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jueves, 20 de febrero de 2014

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD: EL DON DEL CORAZÓN DE JESÚS

EL DON DEL CORAZÓN DE JESÚS


Si scires donum Dei!...
“¡Si conocierais el don de Dios!...” (Jn 4, 10)

Llegado al término de su vida mortal, Jesús debe irse al cielo. Los habitantes de aquella patria venturosa reclaman a su rey para recibirle en triunfo después de haber sufrido tan rudos combates.
Jesús no quiere, sin embargo, abandonar a los que ha adoptado por hijos; no quiere separarse de su nueva familia. ¿Qué hará? “Yo me voy –dice a los apóstoles– y vuelvo a vosotros”.
¿Cómo puede ser esto, por qué maravilla de vuestro poder volvéis a nosotros y cómo podéis quedar entre nosotros si al mismo tiempo os marcháis?
Aquí está el secreto y la obra de su divino Corazón.
En adelante, Jesús tendrá dos tronos: uno de gloria en el cielo y otro de dulzuras, de amor, en la tierra; doble será su corte, la corte celestial y triunfante y, entre nosotros, la corte de los redimidos.
Digámoslo sin rebozo: si Jesucristo no pudiera permanecer entre nosotros al mismo tiempo que entre los bienaventurados, preferiría quedarse con nosotros antes que subir al cielo sin nosotros. Está fuera de duda, como muy bien lo tiene demostrado, que prefiere el último de sus pobres redimidos a todos los esplendores de su gloria, y que son sus delicias en estar con los hijos de los hombres.
¿En qué estado permanecerá Jesús entre nosotros? ¿Será un estado transitorio o vendrá a nosotros de vez en cuando? No. Jesús se quedará de manera estable, para siempre.
¡Qué lucha debió suscitarse en el alma santísima de Jesús! Porque la divina justicia reclama diciendo: ¿No está acabada la obra de la redención? ¿No está fundada la Iglesia? ¿No está el hombre en posesión del evangelio, de la gracia y de la ley divina, con los auxilios necesarios para practicarla?
El corazón de Jesús responde que lo que es bastante para la redención no lo es para su amor. Una madre no termina sus funciones al dar a luz a su hijo, sino que después lo alimenta, lo cuida, lo educa y no se separa de él. “¡Yo amo a los hombres –dice Jesús– más que la mejor de las madres puede amar a sus hijos; yo permaneceré con ellos!”.
¿En qué forma? Bajo la forma velada del Sacramento.
Ahora es la majestad de Dios la que protesta y quiere oponerse a una humillación más profunda que la de la encarnación, más depresiva que la de la pasión. ¡La salvación del hombre no exige tal anonadamiento!
Mas yo –responde el sagrado Corazón– quiero ocultarme a Mí mismo, ocultar mi gloria, a fin de que los resplandores de mi persona no impidan a mis pobres hermanos acercarse a Mí como la gloria de Moisés impidió que se le acercaran los judíos. Quiero velar el brillo de mis virtudes, porque éstas humillarían al hombre le harían desesperar de poder llegar a imitar un modelo tan perfecto.
Así se me acercará con más facilidad, porque viéndome descender hasta el límite de la nada, descenderá conmigo, y yo con mayor derecho podré siempre repetirle: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”.
¿De qué medio se valdrá Jesús para quedarse perpetuamente entre nosotros?
El misterio de la encarnación se realizó por obra del Espíritu Santo; el de la cena eucarística, por la virtud omnipotente del mismo Jesús, y ahora, al querer reproducir este misterio, ¿quién será digno? ¡Un hombre..., el sacerdote!
Mas la sabiduría divina dice: ¡Cómo! ¿Un hombre mortal hará encarnar de nuevo a su Salvador y Dios? ¿Un hombre mortal será el cooperador del Espíritu Santo en esta nueva encarnación del Verbo divino? ¿Un hombre mandará al rey inmortal de los siglos y éste le obedecerá?
Sí, sí –dice el corazón de Jesús–; amaré al hombre hasta el punto de someterme a él en todo. A la voz del sacerdote bajaré del cielo, y cuando los fieles quieran, saldré del tabernáculo. A todos aquellos de mis hijos enfermos que quieran recibirme yo visitaré gustoso, aun cuando tenga que atravesar plazas y calles. ¡Todo el honor del amor está en amar, en entregarse, en sacrificarse!
También la santidad divina de Jesús se alarma. ¡Al menos –dice–, el hijo de Dios habitará magníficos templos, dignos de su gloria! ¡Tendrá sacerdotes dignos de su realeza! Todo en la ley nueva ha de ser más hermoso que en la antigua. ¡Solamente os recibirán los cristianos que sean puros y que estén bien preparados!
“Mi amor –contesta Jesús– no reserva nada ni pone condiciones. En el calvario obedecí a los verdugos que me sacrificaban: si en el Sacramento se me acercan nuevos Judas, recibiré de nuevo su beso infernal y les obedeceré”.
Al llegar a este punto, ¡qué cuadro se descubre a la vista de Jesús! Su corazón se ve obligado a combatir sus propias inclinaciones. Las angustias de Getsemaní le abruman ya. En el huerto de los olivos, Jesús estará triste viendo las ignominias que le esperan durante su pasión. Derramará lágrimas de sangre al considerar que su pueblo se perderá a pesar de su sacrificio, y sentirá vivamente la apostasía de muchos de los suyos.
¡Qué luchas tuvo que sostener! ¡Qué angustias debió sufrir!
Quiere entregarse totalmente, sin reserva alguna. Pero, ¿creerán todos en su amor?; y todos los que crean, ¿le recibirán con gratitud?; y los que le hayan recibido, ¿le serán fieles?
Con todo, su divino Corazón no vacila ni está perplejo, aunque sí horriblemente torturado.
Malos cristianos, y aun corazones consagrados, renovarán su pasión cada día en el Sacramento de su amor. Se ve traicionado por la apostasía, vendido por el interés, crucificado por el vicio. Encontrará un nuevo calvario en muchos de los corazones que le reciban...
¡Qué sufrimiento para un corazón tan sensible como el corazón de Jesús!
¿Qué hará?
¡Se entregará! ¡Se entregará a pesar de todo!

PENSAMIENTOS: No consideres amigo al que...


miércoles, 19 de febrero de 2014

BOSSUET: Expiación por la penitencia y preparación para la Eucaristía.

BOSSUET



El tema a tratar es el del leproso y del centurión (Mt. 8,1; Mc. 1,40; Lc. 5,12). Bossuet ve en los dos milagros del Señor la imagen de dos sacramentos. La curación del leproso representa la penitencia. La del siervo del centurión, la preparación para la Eucaristía (cf. Oeuvres de Bossuet [ed. Firmin-Didot, París 1877] t.2 p.278-280).

Expiación por la penitencia y preparación para la Eucaristía

LA LEPRA Y EL PECADO

“Al bajar Jesús de la montaña donde acaba de explicar los preceptos de la ley evangélica, nos enseña el perdón de los pecados. Después del precepto, la prevaricación y la remisión por medio de la gracia. Poco se suele pensar en las obras buenas que se deben hacer y en los pecados que importa expiar; sin embargo, debemos procurar cada día la remisión de los pecados que continuamente cometemos (cf. SAN AGUSTÍN, Serm. 58,6: PL 38,395). Toda nuestra vida es inútil; no sólo palabras ociosas, sino toda ella ociosidad; somos la ociosidad misma. En nombre de todos confieso nuestros pecados a Jesús y le digo: Domine, si vis, potes me mundare[1]. El contestará por medio del sacerdote: Volo, mundare[2]”.

Le advirtió, no lo digas a nadie (v.4), no para que el pueblo ignorase las maravillas de su misión, sino para que las fuera conociendo por el camino ordinario señalado por el Padre.

La lepra es una impureza y significa el pecado, ya que ninguna impureza le aventaja. No todos los leprosos reciben el mismo trato, porque unos lo son recientes y otros inveterados. Los pecadores también se dividen en dos clases. No busquéis médicos que no sepan distinguir. La Iglesia tiene llaves para abrir y para cerrar.

Los leprosos vivían separados del mundo en las afueras de la ciudad. El pecador debe separarse también por miedo al contagio. Cristo, nuestro médico, fue separado y muerto fuera de la puerta (Hebr. 13,12). Era la víctima del pecado.

Ofrece la ofrenda que Moisés mandó (v.4). El leproso tenía que ofrecer dos pájaros, de los cuales se inmolaba uno y el otro, después de bañado en la sangre del muerto, se dejaba en libertad. Nuestra naturaleza, para ser libre, debe bañarse en la sangre de Cristo inmolado; bañarse por medio de la mortificación. La vida regalada no sufre este empaparse en la sangre de Cristo. Por eso viviendo estáis muertos (1 Tim. 5,6).

Al leproso se le obligaba a cortarse el pelo y la barba, porque, según Bossuet, en estas partes superfluas anidaba principalmente la lepra. La lepra del alma suele arraigar en lo superfluo y vano, y hemos de cortarlo radicalmente. No me preguntéis por dónde habéis de cortarlo radicalmente. No me preguntéis por donde habéis de empezar; cortad un poco y recibiréis luz para seguir cortando. Empezad por la limosna. No antepongáis vuestro bienestar. Es preciso cortarse cejas y la barba, y no importa que el rostro quede algo desfigurado. Nadie tiene más obligación de dar limosna que el leproso que se purifica y el pecador que sana.

LOS MOTIVOS POR LOS CUALES LA LIMOSNA CURA EL PECADO.

1-     El pecado exige el castigo de la privación de todo bien, puesto que el reo ha abusado de todo. Lo menos que puede hacer en compensación es compartir sus bienes con los que realmente sufren privaciones.
2-     La limosna evita los pecados de los demás, porque un gran número de ellos se originan por la pobreza, verbigracia, los pecados ocultos, los incestos, por el hacinamiento en que se vive y otras abominaciones. Nada mejor para expiar nuestros pecados que evitar los del prójimo. Charitas operit multitudinem peccatorum[3] (1 Petr. 4,8).

La Limosna, en fin, es una excelente preparación para la comunión. Dar a Jesucristo es el mejor modo de disponerse para que Jesucristo se dé a nosotros.



[1] Señor, si quieres, puedes limpiarme. (Mt. 8,2)
[2] Quiero, sé limpio. (Mt. 8,3)
[3] Porque la caridad cubre la muchedumbre de pecados. (1 Petr. 4,8)

martes, 18 de febrero de 2014

PENSAMIENTOS: Ser bueno no consiste...


P. FRANCISCO SPIRAGO. CATECISMO EN EJEMPLOS: Las leyes del Estado sólo son verdaderas leyes cuando no se oponen a la Voluntad Divina. San Mauricio y la legión tebana.

Las leyes del Estado sólo son verdaderas leyes cuando no se oponen a la Voluntad Divina.

San Mauricio y la legión tebana.



El emperador Maximiano, que con Diocleciano regía andando el año 286 el imperio de Roma, emprendió una expedición militar contra las Galias. Ya en los lindes (en Octodorum, actualmente Martinac) mandó sacrificar a los dioses implorando un feliz acabamiento de la guerra. Se encontraba en el ejército la legión tebana mandada por su caudillo Mauricio (Moritz). Los 6,600 hombres de esta legión procedían de Tebas en Egipto (no lejos de la desembocadura del Nilo), y eran cristianos. No queriendo participar en los sacrificios a los ídolos paganos, continuaron su camino, sin detenerse por más de tres horas, alcanzando a Agaunum, que tiene hoy por nombre Sankt Moritz (cerca de este lugar desemboca el Ródano en el lago de Ginebra). El emperador echó de menos la legión y mandó fuese llamada. Mauricio remitió entonces al emperador un escrito firmado por todos los oficiales de la legión que decía lo siguiente: “Todos somos cristianos y servidores del Dios verdadero. Queremos serte fieles y luchar con ardor contra tus enemigos, pero no podemos hacer lo que el Dios verdadero nos prohíbe”. Irritado el emperador, mandó diezmar la legión, o sea, numerarla de a diez y matar todos los hombres décimos. Esto por dos veces. Como si no fuese bastante, mandó que fuese azotado y acuchillado hasta el último hombre. Un monumento corona el lugar donde estos 6,600 mártires fueron sepultados. Mandatos que fueren contra la ley de Dios, emanados de las autoridades seculares, no son válidos. Bien decía San Agustín: “Si un gobernador os manda una cosa, y el emperador otra, obedeced al emperador; pero si os ordena el emperador una cosa, y otra Dios, obedeced a Dios”.

lunes, 17 de febrero de 2014

LA VOZ DEL PAPA: EL MUNDO DE HOY, SIN CRUZ Y SIN MISERICORDIA. VI. Nuestra cruz, sobrenaturalmente mirada, es el primer medio de santificación.

VI. Nuestra cruz, sobrenaturalmente mirada, es el primer medio de santificación


* * *

a) LA EXPLICACIÓN NATURAL DEL DOLOR FÍSICO NO SACIA NUESTRO ENTENDIMIENTO
“Nos referimos al dolor y a la muerte. Sin duda ninguna, el dolor físico tiene también una función natural y saludable. Es una señal de alarma que descubre el nacimiento y el desarrollo, a veces insidioso, de la enfermedad oculta e induce e impulsa a procurar el remedio. Pero el médico encuentra inevitablemente el dolor y la muerte en el curso de sus investigaciones científicas como un problema del cual el espíritu no tiene la clave. Y en el ejercicio de su profesión, como una ley inevitable y misteriosa, frente a la que muchas veces su arte queda impotente y su compasión resulta estéril. El médico puede formarse su diagnóstico conforme a todos los elementos del laboratorio y de la clínica, formular su pronóstico conforme a todas las exigencias de la ciencia; pero en el fondo de su conciencia, de su corazón de hombre y de estudioso notará que la explicación de aquel enigma se empeña en escaparse. Sufre por ello, le atenaza inexorablemente la angustia hasta que puede obtener una respuesta que, aunque no completa, tal cual existe en el misterio de los designios de Dios, y que descubrirá en la eternidad, basta, sin embargo, para tranquilizar a su alma” (Pío XII, A ochocientos médicos italianos, 12 de noviembre de 1952).


b)    SI NO ES VIENDO EN EL DOLOR UN INSTRUMENTO DE LA PROVIDENCIA Y UN MEDIO DE SANTIFICACIÓN
“He aquí la respuesta: Dios, al crear al hombre, por un don gratuito le había eximido de aquella ley natural que en todo cuerpo vivo y corpóreo instituye. En su destino no había querido introducir el dolor y la muerte. El pecado los introduce. Pero Él, Padre de las misericordias, los ha tomado en sus manos, los ha hecho pasar por el cuerpo, por las venas, por el corazón de su amado Hijo, Dios como Él, hecho hombre para ser Salvador del mundo. Así, el dolor y la muerte, para todo hombre que no rechaza a Cristo, se han convertido en medios de redención y santificación. Así, la vida del género humano, que se desliza a lo largo del dolor y de la muerte, mientras que acá abajo madura y purifica el alma, le conduce a la felicidad sin límites de una vida que no tiene fin. Sufrir, morir, son, si queremos usar la audaz expresión del Apóstol de las Gentes, la lucra de Dios, locura más sabia que toda la sabiduría de los hombres” (Pío XII, ibid.).


c)   HAY DESDICHAS A LAS QUE NO ALCANZA REMEDIO ALGUNO DE MANO DE HOMBRE
“En el torbellino de tantas desventuras y pruebas, Nos sentimos y reconocemos en la amargura de nuestro espíritu cuán desproporcionados e inadecuados al exceso inmenso de una miseria sin nombre son todos los socorros humanos. Hay desdichas para las cuales no basta la mano del hombre, aun la más munífica y generosa” (Pío XII, En el quinto aniversario de su coronación, 12 de marzo de 1944).


d)    POR ESO ES NECESARIO ALZAR LOS OJOS A CRISTO, QUE ALIVIA AL QUE ESTÁ CARGADO
“Alzad, por eso, los ojos arriba, amados hijos e hijas, hacia Aquel que os dará fuerzas para llevar vuestra cruz con fe viva y cristiana fortaleza, a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. A Él deseamos llevaros. Él mismo os invita y os dice (Mt. 11,28): Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré” (Pío XII, ibid.).


e)     LOS SUFRIMIENTOS SON UN TESORO Y HAY QUE SABER RECIBIRLOS
“Vosotros sois especialmente gratos al corazón de nuestro divino Maestro, a su bendita Madre y también a Nos, que, con San Pablo, podemos decir: Porque os ha sido otorgado no sólo creer en Cristo, sino también padecer por Él (Phil. 1,29). Convenceos de que es un tesoro este sufrimiento que la voluntad de Dios os envía; soportadlo siempre uniéndolo a los sufrimientos de nuestro Señor, ofreciéndoselo a Él para el aumento y la santificación de los miembros de su cuerpo. Así contribuiréis a completar las tribulaciones de Cristo… por su cuerpo, que es la Iglesia (Col. 1,24). Con las palabras de San Pedro, primer Vicario de Cristo, os exhortamos (1 Petr. 4,12-13): Carísimos, no os sorprendáis, como de un suceso extraordinario, del incendio que se ha producido entre nosotros, que es para vuestra prueba; antes habéis de alegraros en la medida que participáis en los padecimientos de Cristo, para que en la revelación de su gloria exultéis de gozo” (Pío XII, A un grupo de peregrinos inválidos, 23 de octubre de 1953).


f)      PUES EL SUFRIMIENTO SOPORTADO POR DIOS ACERCA MÁS A ÉL
“Si la condición de inferioridad a que la calamidad de la guerra os ha reducido es un mal, un horrible mal, y si el dolor que se sigue es un enemigo, después que Jesús ha venido y ha sufrido por los crímenes del mundo, este mal aparece como la expiación de los pecados de todos, y este dolor, para quien lo sabe aceptar, toma el valor de una iniciación a la vida superior; él llega a ser un resorte de nuestro progreso moral y el más perfecto estimulante del amor a Dios, nuestro Padre.
En otras palabras, cuando se ama a Jesucristo, el rendimiento de la vida no tiene límite. En fin –y esto debe ser para vosotros un verdadero motivo de júbilo–, vuestro sufrimiento, unido a los sufrimientos de nuestro Señor, os llevará a un más grande amor a Él y a una tierna y fuerte caridad para con nuestros hermanos. Esto es suficiente–¿no es verdad, queridos hijos?–para consolaros y para devolver a vuestro corazón la tranquilidad y la paz” (Pío XII, A un grupo de niños mutilados de guerra, 28 de agosto de 1953).


g)     TODOS LOS DOLORES DE LA VIDA HUMANA HAN DE SER CONSIDERADOS COMO PERTENECIENTES A LA ESENCIA MISMA DE LA PROFESIÓN CRISTIANA
“Si es sincera nuestra exaltación de lo que un día fue vergonzoso patíbulo, digno de infamia y de maldición, y es hoy guion triunfante, he aquí en conclusión, amados hijos, a qué os obligan los honores que a este estandarte tributáis; os obligan a considerar los dolores de la vida como pertenecientes a la esencia misma de vuestra profesión cristiana. “No hay salud para el alma–escribe el piadoso autor de la Imitación de Cristo (1.2 c.12)–ni esperanza de vida eterna sino en la cruz”. Si es así, si son factores esenciales de la religión del Evangelio los sacrificios y los sufrimientos; si la única vía para ascender a verdadera nobleza y elevación espiritual está en la ley del dolor, quiere decir que a nadie es concedido elevarse espiritualmente en Jesucristo y gozar por completo los frutos de su mensaje, si se revela contra los propios dolores, que son elemento necesario del cristianismo vivido, pero al mismo tiempo la fuente y el aroma, el alma y la vida” (Pío XII, Al clero y fieles de la diócesis de Novara, 4 de junio de 1952).


h)    ADEMÁS, LOS SUFRIMIENTOS TIENEN UN VALOR PURIFICADOR Y REDENTOR
“Desearíamos, sobre todo, que, madurados en el sufrimiento común, los corazones, lejos de irritarse y de cerrarse, se dilaten, por comprensión, persuadidos del valor purificador y redentor del sufrimiento y de la cruz” (Pío XII, Al Episcopado francés, 13 de marzo de 1945).


i)      ABRAZAR LA CRUZ DE CADA DÍA ES LA PRIMERA PENITENCIA Y EL PRIMER MEDIO DE SANTIFICACIÓN DE TODO CRISTIANO
“Saber cómo soportar la vida. Esa es la primera penitencia de todo cristiano, la condición primordial y el primer medio de santificación y de perfección. Con la dócil resignación propia de quien cree en un Dios justo y bueno y en nuestro Señor Jesucristo, maestro y guía de los corazones, abrazad con valor la cruz de cada día, a menudo pesada, que al llevarla con Jesús se torna más ligera.

Pero las condiciones particularmente graves de la hora presente impelen a los cristianos, con mayor fuerza que nunca, a completar en sí mismos lo que falta a las tribulaciones de Cristo (Col. 1,24), no sólo con el deseo de ofrecer mayor reparación por la iniquidad que se comete y de dar más de un signo y una prueba seguros de la sinceridad de su retorno, sino también de contribuir a la salvación de todos los redimidos” (Pío XII, A los fieles de Roma y del mundo, 26 de marzo de 1950).

domingo, 16 de febrero de 2014

DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA. LA PARÁBOLA DE LOS TRABAJADORES DE LA VIÑA.

DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA. D2cl. – MORADO



Salmos 17, 5, 6 y 7
Primera Epístola de San Pablo a los Corintios 9, 24-27
San Mateo 20, 1-16

Se llama domingo de Septuagésima el primero de los tres que preceden al primer domingo de Cuaresma, en cuyo tiempo comenzaba está en lo antiguo, y en el cual principia la Iglesia a prepararse por la penitencia para celebrar con fruto la fiesta de la Resurrección.

El sabio Alcuino, tan célebre desde el tiempo de Carlomagno, pregunta por qué se da el nombre de Septuagésima a este domingo tan privilegiado; porque al fin, dice, aunque la autoridad de la Iglesia Romana debe ser suficiente para establecer un uso en materia de religión, sin embargo nunca la Iglesia ha establecido semejantes usos sin razón para ello. Y el mismo Doctor responde, que una de las razones del establecimiento de estas tres semanas de penitencia que preceden a la Cuaresma, es que antiguamente, en aquellos lugares donde no se ayunaba los seis días de cada semana de Cuaresma, se procuraban tomar los días que faltan al número de los cuarenta de las semanas precedentes, para ayunar y cumplir así el número de los cuarenta ayunos prescritos. La Quincuagésima era por causa de los que no ayunaba el Jueves Santo, en razón de los grandes misterios que en él se obran, ni el Sábado Santo, atendiendo a la alegría de la fiesta de Pascua, cuya solemnidad comienza desde la víspera; y estos dos días se reemplazaban por el ayuno del lunes y del martes que seguían al domingo de la Quincuagésima. La Sexagésima era para aquellos que, según el uso de su Iglesia, no ayunaban los jueves de Cuaresma a causa de que Jesucristo había instituido la Eucaristía, y subido al cielo en este día, de donde viene que el papa Melquíades prohibió ayunar el jueves en memoria de estos dos grandes misterios. Como desde la Sexagésima hasta Pascua hay ocho semanas, si se quitan los domingos y los jueves, quedan cuarenta días de ayuno completos. En fin, la Septuagésima era para aquellos que no ayunaban en Cuaresma ni los jueves ni los sábados. Más aun cuando comenzasen a ayunar desde el lunes de esta semana, no salen más que treinta y seis ayunos en su cuaresma, que ellos consideraban solamente como un diezmo del año que ofrecían a Dios.

Como el día de Pascua es la regla de todas las fiestas móviles en todo el curso del año, la Septuagésima es el primer término de las que la preceden; y a ella ha fijado la Iglesia el principio de las lecturas que hace de la Escritura Santa en sus oficios nocturnos. Por lo que hace al nombre de Septuagésima que se ha dado a este domingo, tomándolo literalmente, parece que deba indicar una época de setenta días; y así es como pretenden explicarle la mayor parte de los autores litúrgicos. Los unos han creído que el decirse Septuagésima no era más que porque es el séptimo domingo antes del de Pasión, como se llaman Sexagésima, Quincuagésima y Cuadragésima los tres domingos siguientes, que son el sexto, quinto y cuarto antes del mismo domingo. Otros quieren que el nombre de Septuagésima signifique los setenta días que hay desde el domingo hasta la víspera de Cuasimodo, esto es, el sábado antes del domingo de Cuasimodo, no considerándose la octava de Pascua, según el espíritu y el rito de la Iglesia, más que como el mismo día, y esta es la opinión del célebre Alcuino en su carta a Carlomagno. Y así como al primer domingo de Cuaresma se le ha dado el nombre de Cuadragésima, a causa de los cuarenta días de ayuno prescritos en este santo tiempo, añade el mismo autor, y el de Quincuagésima al domingo precedente, porque efectivamente hay cincuenta días desde el domingo hasta Pascua; del mismo modo, dice él, se ha llamado Sexagésima al domingo que precede, a causa de los sesenta días que hay hasta el miércoles de la semana de Pascua, que es el medio entre la fiesta de Pascua y Cuasimodo. Pero sin ir a buscar tanto misterio donde tal vez no hay ninguno, se puede decir que como el primer domingo de Cuaresma o de los cuarenta días de ayuno se llama Cuadragésima en el lenguaje de la Iglesia, cuando se ha subido retrogradando hasta los tres domingos precedentes, cuyas semanas sirven de preparación a la Cuaresma, se ha querido guardar el orden de los números por decenas, y se ha llamado Quincuagésima al domingo que precede al primero de la Cuaresma, y Sexagésima y Septuagésima los dos domingos precedentes.

Lo que hay de cierto en la institución de esta anticipación del santo tiempo de Cuaresma, es que la Iglesia ha pretendido en estas tres semanas que preceden al tiempo solemne de penitencia conducir a sus hijos para que les sea saludable, preparándose para ella por el recogimiento, por los ejercicios de caridad, por la frecuencia de Sacramentos y por oración. Nadie ignora que lo que se hace en estado de pecado mortal es perdido para siempre; a fin, pues, de que el ayuno, la abstinencia y toda penitencia sea meritoria, como que debe ser hecha en estado de gracia, la Iglesia, que nada desea tanto como la salud y la perfección de los fieles, ha consagrado a los ejercicios de piedad los tres domingos que preceden a esta penosa carrera, con el objetivo de que les sea más saludable. El sabio Teodulfo, obispo de Orleans en el siglo VIII, explicando en su carta pastoral a sus curas cuáles eran los deberes de los fieles durante el santo tiempo de Cuaresma, dice que uno de los principales es confesarse en las semanas que preceden a este santo tiempo; y a fin de que la penitencia sea saludable, debe prevenirse por la reconciliación con sus enemigos, poniendo término a todo proceso y diferencia con cualquiera.

Esto es lo que ha movido a muchas personas piadosas, y singularmente a muchos religiosos, según Pedro de Blois, a comenzar en la Septuagésima el tiempo de penitencia, y aun empezando el ayuno y redoblando los ejercicios de la mortificación desde este día. Es innegable que la intención de la Iglesia es el inspirar a todos los fieles el espíritu de penitencia y de mortificación, sobre todo desde la Septuagésima, en que se cesa de cantar el Alleluia, hasta Pascua; suspendiendo todo cántico de alegría, y no permitiéndose más que el luto de la penitencia. Este espíritu de la Iglesia es el que ha movido al demonio, siempre opuesto al espíritu de Jesucristo, a introducir en el mundo usos y costumbres profanas enteramente contrarias. Para impedir esta preparación a la penitencia cuadragesimal, y sirviéndose de esta misma penitencia, ha introducido el demonio el Carnaval, y ha convertido un tiempo tan santo en días de disoluciones y desórdenes. Cuanto más se acerca el santo tiempo de Cuaresma, más debe emplearse en la devoción, conforme a la intención de la Iglesia; pero en el día, cuanto más se aproxima este santo tiempo, más se abandonan las gentes a diversiones profanas y a disoluciones enteramente paganas. La Septuagésima, esta primera época de los días de penitencia, ha llegado a ser, por decirlo así, como el anuncio de las más licenciosas partidas de placer: bien puede la Iglesia en los oficios de este tiempo deshacerse en llantos y en clamores de penitencia: se la deja gemir sin alterarse, y se entregan las gentes más a los regocijos y a las fiestas mundanas. El espíritu del mundo ha prevalecido; sus perniciosas máximas tiene hoy fuerza de ley; el uso parece haber prescrito. Pero al fin el espíritu de Jesucristo y de la Iglesia no se desmiente. Puede muy bien toda carne haber corrompido sus caminos; mas la Septuagésima viene todos los años a predicarnos la necesidad indispensable de la penitencia: ¡desgraciados aquellos que hacen de ella la época de sus placeres criminales y de su condenación!

Toda la Epístola que la Iglesia hace leer en la Misa de este día es la más propia para desengañar a los cristianos, con respecto a los placeres tan poco cristianos, a las comidas suntuosas, a las glotonerías, que el espíritu del mundo opone en este tiempo escandaloso del Carnaval al espíritu de penitencia a que nos convida la Septuagésima. Está tomada del capítulo IX de la primera carta de san Pablo a los corintios, en la que el santo Apóstol exhorta a los fieles a la mortificación y a la penitencia, y se sirve para ello del ejemplo de aquellos que para correr en la lid y ejercitarse en la lucha llevan una vida tan austera, y esto para conseguir una corona que se marchita en el mismo día; se sirve, digo, de este ejemplo para animar a los cristianos a mortificarse y domar su cuerpo con el castigo para obtener una recompensa eterna.