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domingo, 13 de abril de 2014

DOMINGO DE RAMOS

DOMINGO DE RAMOS



Pocos domingos hay en todo el año más solemnes en la Iglesia que el domingo de Ramos, y quizá ninguno en que la Religión padezca con más gloria y majestad, y en que la fe y la devoción de los fieles se haga más sensible. La Iglesia ha creído deber honrar con un culto particular la entrada triunfante que hizo Jesucristo en la ciudad de Jerusalén cinco días antes de su muerte; porque está persuadida a que no fue sin misterio. Así, desde que la Iglesia se vio en libertad por la conversión de los emperadores a la fe de Jesucristo, instituyó esta fiesta. La ceremonia de las palmas o ramos benditos que llevan los fieles en las manos no es otra cosa que un símbolo de las disposiciones interiores con que deben celebrarla, y una justa representación de la triunfante entrada que hizo el Salvador en Jerusalén, la que los santos Padres miran como una figura de su entrada triunfante en la Jerusalén celestial.

La bendición de las palmas y de los ramos, y la procesión pública en que se llevan estas palmas, han sido siempre tan solemnes en la Iglesia, que los solitarios y los monjes que se retiraban a lo más interior de los desiertos después de la Epifanía, para disponerse a la gran fiesta de Pascua apartados de todo comercio humano, no dejaban de volver a sus monasterios a celebrar la de Ramos con sus hermanos; y después de haber asistido a la procesión con su palma, se retiraban otra vez a la soledad para pasar toda la Semana Santa en la penitencia, y en la contemplación de los misterios de la pasión.

Es fácil conocer cuál fue el motivo que tuvo la Iglesia para la institución de esta fiesta, y lo que se propuso en la ceremonia de los ramos. Quiere, sin duda, la Iglesia honrar la triunfante entrada de Jesucristo en Jerusalén entre los gritos de alegría, y entre los aplausos y aclamaciones del pueblo. Quiere por medio de un culto verdaderamente religioso, y de un homenaje sincero de todos los corazones cristianos, suplir, por decirlo así, lo que faltaba a un triunfo puramente exterior y que fue seguido pocos días después de la más negra y más infame perfidia. Con este espíritu de religión se deben tomar y llevar los ramos, y asistir a todas las ceremonias de estos días según las intenciones de la Iglesia. Las mismas bocas que gritaban en este día: Hossana filio David: Salud, gloria y bendición al hijo de David que viene en el nombre del Señor, al Rey de Israel y al Mesías, gritan claman cinco días después: Tolle, tolle, crucifige eum: Crucifícalo, que sea sacrificado como un facineroso; que sea clavado en una cruz como si hubiese sido el más malvado de los hombres. Para reparar esta cruel impiedad, quiere la Iglesia que todos sus hijos reciban en triunfo a su divino Salvador, y reparen de algún modo aquel superficial, hazañero e hipócrita recibimiento de los pérfidos judíos.

Pero ninguna cosa da una idea más justa de esta fiesta, y de la santidad de esta religiosa ceremonia de los ramos, que las oraciones de que se sirve la Iglesia en la bendición de los mismos ramos. Empieza esta ceremonia por aquella exclamación de gozo en que prorrumpió el pueblo que había venido de Jerusalén, llevando en sus manos palmas y ramos de olivo para honrar la entrada del Salvador en aquella capital: Hosanna filio David, benedictus qui venit in nomine Domini, o rex Israel! Hosanna in excelsis: Viva el hijo de David; salud y gloria al rey de Israel; bendito sea el que viene en el nombre del Señor: Hosanna en lo más alto de los cielos. Después de esto se lee aquel pasaje del capítulo XV del Éxodo, en donde Moisés refiere el segundo acampamento que hicieron los israelitas después del paso del mar Rojo, en Elim, donde había doce fuentes y setenta palmas. Los hijos de Israel, dice el texto, vinieron a Elim, donde había doce fuentes de agua y setenta palmas, y acamparon junto a las aguas. Todos los santos Padres dicen que estas doce fuentes de agua viva significaban a los doce Apóstoles; y que los setenta discípulos estaban significados en las setenta palmas. Son pocos los pasajes del Antiguo Testamento, especialmente los más notables, que no sean figura de algunos hechos del Nuevo. La bendición de los ramos se continúa inmediatamente por la siguiente oración:

Auge fiden in te sperantium, Deus, etc. Aumenta ¡oh Dios! La fe de los que ponen en Ti toda su confianza; y oye favorablemente a los que imploran con humildad tu clemencia. Multiplica sobre nosotros los efectos de tu misericordia; bendice estos ramos de palmas o de olivos; y así como para darnos una excelente figura de las gracias que derramas sobre tu Iglesia, bendijiste y enriqueciste a Noé al salir del arca, y a Moisés cuando salió de Egipto con los hijos de Israel, así también haz que los que llevamos estas palmas y estos ramos de olivo, salgamos al encuentro a Jesucristo, ricos en buenas obras, y por Él entremos en el gozo eterno.

Petimus, Domine sancte, Pater omnipotens, æterne Deus, ut hanc creaturam olivæ, etc. Te suplicamos, Señor santo, Padre omnipotente, Dios eterno, que bendigas y santifiques estos ramos de olivo, que hiciste salir del tronco del árbol, y de que en otro tiempo la paloma llevó un ramo en su pico cuando volvió al arca, para que todos aquellos a quienes se distribuyan estos ramos, reciban de Ti al llevarlos una especial protección para el alma y para el cuerpo; y para que lo que es símbolo de tu gracia, sea para nosotros un remedio eficaz y saludable.

¡Oh Dios! que congregas lo que está disperso, y que conservas lo que has congregado (continúa el sacerdote), así como bendijiste al pueblo que llevaba ramos delante de Jesús, así también echa tu bendición a estos ramos de palma y de olivo, que tus fieles siervos llevan en honor de tu nombre, para que en cualquier lugar que se guarden, reciban tu bendición los que habiten allí; y para que tu mano proteja y libre de todo mal a los que han sido redimidos por tu Hijo Nuestro Señor Jesucristo, que siendo Dios vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos.

¡Oh Dios! que por un orden admirable de tu providencia quisiste servirte hasta de las cosas insensibles para hacernos comprender la maravillosa economía de nuestra salvación; dígnate alumbrar el espíritu y el corazón de tus fieles siervos, y dales un conocimiento útil y saludable de los misterios que nos quisiste representar en la acción de aquel pueblo, que por inspiración del cielo fue tal día como hoy delante del Redentor, y tendió ramos de palma y de olivo en el camino por donde pasaba. Las palmas significaban la victoria que había de alcanzarse sobre el príncipe de la muerte, y los ramos de olivo publicaban en cierto modo que habías derramado sobre la tierra la unción espiritual de tu gracia. Pues aquel dichoso pueblo comprendió entonces que esta ceremonia era una figura del combate que nuestro Salvador, compadecido de las miserias del hombre, había de dar al príncipe de la muerte para dar la vida a todo el mundo, y de la victoria que había de conseguir muriendo. Animado de este espíritu, llevó delante del Salvador los ramos de árboles, que representaban su glorioso triunfo y la efusión abundante de su misericordia. Así también nosotros, en vista de esta acción y de los misterios que la fe nos hace descubrir en ella, nos dirigimos a Ti, Señor, Padre santo, Dios omnipotente y eterno, y te suplicamos humildemente por el mismo Jesucristo nuestro Señor, que así como quisiste por tu gracia que fuésemos sus miembros, así nos hagas triunfar en Él y por Él del imperio de la muerte, para que merezcamos tener parte en la gloria de su resurrección.

¡Oh Dios! que quisiste que una paloma anunciase en otro tiempo la paz a la tierra por un ramo de olivo; haznos, si gustas, la gracia de santificar con tu celestial bendición estos ramos de olivo y de otros árboles, para que sirvan de salud a todo tu pueblo: Ut concto populo tuo proficiant ad salutem. Per Christum Dominum nostrum.


Te suplicamos, Señor (continúa el preste), que bendigas estos ramos de palma y de olivo, y que hagas que triunfando tu pueblo del enemigo de su salvación, y dedicándose de todo corazón a las obras de misericordia, haga espiritualmente dentro de sí, por medio de una devoción sincera y fervorosa, lo que hace exteriormente este día a honra tuya.

¡Oh Dios! que enviaste a este mundo a tu Hijo Jesucristo nuestro Señor para nuestra salvación, para que bajándose hasta nosotros, nos hiciese volver a Ti, y que quisiste que cuando entró en Jerusalén para cumplir las Escrituras, una tropa de pueblo fiel con una devoción sincera tendiese sus vestidos, y echase ramos de palma en el camino por donde pasaba; te suplicamos nos hagas el favor de prepararle el camino de la fe, y quitar toda piedra de tropiezo y escándalo, para que llevando delante de Ti los ramos espirituales de las buenas obras, podamos seguir los pasos del que vive y reina contigo.

El preste da fin a la ceremonia de los ramos con esta oración: Dios todopoderoso y eterno, que quisiste que Nuestro Señor Jesucristo montase sobre un jumentillo, y que inspiraste a un gran número de pueblo que tendiese sus vestidos, y esparciese ramos de árboles por donde pasaba, cantando en alabanza suya: Hosanna, salud y gloria; te suplicamos nos hagas la gracia de poder imitar su inocencia y candor, y merecer tener parte en su mérito. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.

En todas estas oraciones se descubre el motivo y el fin de esta fiesta, y con qué espíritu y disposiciones se debe asistir a la ceremonia de los ramos, que los fieles han tenido la devoción en todo tiempo de conservar en sus casas con respeto, persuadidos a que estando bendecidos, no podrían dejar de ser saludables. Las alabanzas que da la Iglesia en las oraciones de la bendición al pueblo judaico que fue delante del Salvador, miran a las santas disposiciones y verdaderos sentimientos de respeto y veneración en que estaba verdaderamente aquel pueblo, el cual miraba entonces al Salvador como al Mesías; y si algunos días después su estimación y veneración se convirtieron en un extremado menosprecio y en un inaudito furor, esto no fue sino por la impiedad y malignos artificios de los pontífices y fariseos, que les hicieron creer que había descubierto que aquel que habían recibido con buena fe como al Mesías prometido, era un insigne embustero, que los había deslumbrado y engañado con sus falsos milagros. Por más célebre que haya sido la fiesta de palmas y ramos desde los primeros siglos de la Iglesia, se ha tenido por conveniente reducir toda la ceremonia a la bendición, y a una procesión solemne que representa, así la entrada triunfante de Jesucristo en Jerusalén, como también su entrada triunfante en la mansión de la gloria; y este es el motivo de hacerse la procesión fuera de la iglesia, la que se tiene cerrada no sin misterio, y no se abre hasta la vuelta de la procesión; entonces el subdiácono llama a la puerta con el palo de la cruz, lo cual nos hace acordar que el cielo estaba cerrado para los hombres, y que Jesucristo fue el que nos abrió la puerta, y nos mereció la entrada por su muerte de cruz. En muchas partes se hace la bendición y la distribución de los ramos fuera del pueblo, y por eso se ven cruces fuera de las poblaciones y lugares, y mesas de piedra sobre las cuales se bendicen los ramos, y de allí se va en procesión a la Iglesia[i].

Antiguamente hecha la distribución de los ramos al pueblo, y estando para partir la procesión, dos diáconos tomaban de encima de la credencia el libro de los Evangelios que estaba sobre una rica almohada, y lo llevaban, como se hace con las cajas de las reliquias, sobre sus espaldas, rodeados de una multitud de velas encendidas, entre continuas incensaciones, precedidos de todo el clero y seguidos de todo el pueblo, con palmas y ramos en las manos. Todo esto estaba acompañado de cruz, de estandartes, de banderas, y de todo lo que podía aumentar la pompa de esta representación del triunfo de Jesucristo. En algunas partes, en lugar del libro de los Evangelios se llevaba el Santísimo Sacramento de la Eucaristía en triunfo, como pensando que la presencia real de Jesucristo bajo las especies de pan representaría mucho mejor lo que pasó en su entrada en Jerusalén, y haría más impresión en el pueblo, que la representación de su espíritu bajo la letra del Evangelio. Lanfranco, arzobispo de Cantorbery en el siglo XI, dice que se llevaba en triunfo en esta procesión el Santísimo Sacramento, cerrado en una caja en forma de sepulcro. Esta costumbre ha cesado en todas partes, menos en Rohan, donde se lleva todavía el copón en una caja en hombros de dos presbíteros en la procesión de ramos. El famoso himno Gloria, laus et honor tibi sit rex Christe redemptor, que se canta en ella, fue compuesto por Teodulfo, obispo de Orleans, en su prisión de Angers, donde el emperador Luis el Benigno lo había hecho poner, por haber tenido parte en la conspiración de Bernardo, rey de Italia. Asistiendo el Emperador a la procesión el domingo de Ramos en Angers, lo oyó cantar a unos niños a la puerta de la cárcel, y se enterneció de modo, que dio libertad a su autor, y lo restableció en su silla.

Este domingo ha tenido diferentes nombres en la Iglesia. En Tiempo que se observaban los usos de la disciplina antigua por lo tocante a la reconciliación solemne de los penitentes públicos y al bautismo de los catecúmenos se llamaba el domingo de indulgencia, el domingo o pascua de los competentes o postulantes; eran estos los que estando mejor instruidos, eran admitidos al Bautismo. Se llamaba también el día del Lavatesta, en latín Capilavium, porque en este día se hacía la ceremonia de lavar el cogote a los que debían ser bautizados, especialmente a los niños, para recibir con más decencia la unción santa. Pero de todos modos los nombres que se han dado a este domingo los más comunes, y los que se le dan aun universalmente el día de hoy son: el de domingo de Ramos y el de Pascua florida, a causa de las flores de que se formaban unos ramilletes, que se llevaban sobre varas altas en la procesión, y se habían bendecido con los demás ramos. De donde los españoles dieron el nombre de la Florida a la gran parte de la América que se llama hoy así porque la descubrieron el día de Pascua florida del año 1513.

Toda la Misa de este día es de la pasión del Salvador. El introito de la Misa es del salmo XXI, el que debe entenderse a la letra de Jesucristo; en él se ve la oración del Salvador en la cruz, la pintura de su pasión y de sus tormentos. Su resurrección está pintada en Él, como igualmente su reino, y la vocación de los gentiles a la fe. Los judíos antiguos convinieron todos en que este salmo hablaba del Mesías, y solo después del Cristianismo han pensado los judíos modernos entenderlo de otro modo y en otro sentido. Todas las circunstancias de la pasión y muerte de Jesucristo están en él claramente expresas: Domine, ne longe facias auxilium tuum a me, ad defensionem meam aspice: Señor, no difieras más el venir en mi socorro, no te descuides en defenderme: Libera me de ore leonis, etc.: Arrancadme cuanto antes de los dientes de estas bestias feroces y crueles; y en lugar de esta vida temporal que voy a perder por tu orden, haz que cuando antes vuelva a tomar una vida nueva. Deus, Deus meus, réspice in me, quare me dereliquisti? longe a salute mea verba delictorum meorum: Dios mío, Dios mío, considerad el estado en que estoy; ¿por qué me habéis abandonado a la rabia de mis enemigos? Los pecados de los hombres con que he querido cargarme os pidan justicia, y yo voy a satisfacer abundantemente a esta justicia por mi muerte.

La Epístola se tomó del capítulo II de la carta de san Pablo a los filipenses, en que el santo Apóstol exhorta a los fieles a revertirse de verdaderos sentimientos de humildad a ejemplo de Jesucristo, que siendo imagen esencial y consustancial de Dios Padre, y por consiguiente Dios, se anonadó por nuestro amor hasta tomar forma o figura de esclavo, habiéndose encontrado en la condición del hombre, revestido de todas sus miserias excepto el pecado. ¿Qué motivo más poderoso para inspirarnos el amor del abatimiento y del desprecio, y qué impresión no debe hacer sobre nuestro corazón y sobre nuestro espíritu un tal ejemplo? Semetipsum exinanivit: Se anonadó a Sí mismo, tomando la figura de siervo y de esclavo. En efecto, ¿qué abatimiento más profundo que este? ¿No es una especie de anonadamiento o aniquilación el estado a que se redujo Dios haciéndose hombre, queriendo ser tratado como el ínfimo de los hombres, y espirando en una cruz? El nombre, forma de que se sirve san Pablo en este pasaje, no significa una simple apariencia exterior, destituida de toda realidad, así como el término de imagen de Dios, de que se sirve más arriba, tampoco significa una representación vacía o una simple semejanza. Por estos dos términos entiende el Apóstol la naturaleza humana, hipostáticamente unida bajo una sola persona en Jesucristo. Por la imagen de Dios entiende san Pablo que Jesucristo es verdadero Dios, igual en todo a su Padre; y por la forma de esclavo, que es verdadero hombre, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado. Esto lo explica el mismo Apóstol cuando dice que, siendo el Salvador imagen de Dios, no creyó que el ser igual a Dios, y llamarse tal, fuese en Él una usurpación, pues era igual a Dios Padre por su naturaleza divina, así como por su naturaleza humana era igual a nosotros.

El Evangelio de la fiesta de este día, que es de la entrada triunfante de Jesucristo en Jerusalén, es del capítulo XXI de san Mateo. Habiendo cenado Jesucristo en Betania, seis días antes de la Pascua, en casa de Simón el Leproso, donde se había hallado Lázaro nuevamente resucitado, y donde su hermana María había derramado sobre sus pies un ungüento o bálsamo precioso, salió la semana siguiente para ir a Jerusalén a consumar su sacrificio. Habiendo llegado cerca de Betfage que estaba a la falda del monte de los Olivos, cerca de media legua de la ciudad, mandó a dos de sus discípulos que fuesen a esta aldea, y le trajesen una jumenta que hallarían atada a una puerta y su pollino con ella; y que si alguno les decía alguna cosa, le dijesen que el Señor los necesitaba, y al punto los dejarían ir. El suceso verificó la predicción; y entonces fue cuando se cumplió la profecía de Zacarías que representa al Mesías haciendo su entrada en la capital de su reino entre las aclamaciones y vítores de los habitadores de Jerusalén: Dicite filiæ Sion: decid a la hija de Sion, es decir, a la ciudad de Jerusalén, de la que es una parte el monte Sion (los hebreos dan frecuentemente a las ciudades el nombre de hija): Ecce Rex tutus venit tibi mansuetus, sedens super asinam, et pullum filum subjugalis; decidla: Mira aquí a tu Rey que viene a ti respirando mansedumbre, sentado sobre una jumenta, y sobre el pollino de la que lleva el yugo; o lo que es lo mismo, sobre el jumentillo hijo de la jumenta: Et super pullum filum asinæ, como dice el Profeta. Ninguna profecía se vio cumplida más visible y más literalmente que ésta en la entrada triunfante de Jesucristo en Jerusalén. El Profeta promete la venida del Rey Salvador y del Mesías, que era toda la expectación y todo el consuelo de los judíos. Los caracteres con que lo señala, y que son los mismos que aquellos con que el profeta Isaías lo pinta, no convienen a otro que al Mesías; y se encuentran tan perfectamente en Jesucristo, que los judíos no hubieran podido jamás desconocerlo, si por su endurecimiento y su obstinada malicia no se hubieran hecho indignos de las luces del cielo, y de las gracias necesarias para conocer y amar a este divino Salvador; pero ninguna ceguedad más incurable que la que es voluntaria. Pocos sacerdotes, pocos doctores de la ley hubo que no advirtiesen en Jesucristo todas las señales características del Mesías; pero su orgullo, su insaciable codicia y la disolución de sus costumbres ahogaban estos buenos sentimientos, y apagaban todas estas saludables luces; y no resolvieron deshacerse de Él, sino por librarse de sus remordimientos demasiado importunos.

No bien habían ejecutado los dos Apóstoles la orden de su divino Maestro, cuando todos a porfía se ofrecieron a contribuir a la pompa y a la alegría de su entrada en Jerusalén. Los discípulos dieron en esto ejemplo a los otros; trajeron la jumenta con el pollino, y habiéndoles echado encima sus mantos a manera de gualdrapas, lo hicieron montar en ellos. Una multitud prodigiosa de pueblo, a quien el ruido de su venida había hecho salir de la ciudad para salirle al encuentro, lo acompañaba y testificaba tanto afecto a su Rey y a su Salvador, que la mayor parte tendían sus vestidos a lo largo del camino por donde había de pasar. Muchos cortaban ramos de árboles y enramaban el camino; otros venían a los dos lados con palmas o ramos de olivos en las manos; y todos generalmente gritaban: Hosanna al hijo de David. Bendito sea el que viene en el nombre del Señor. Hosanna en lo más alto de los cielos. Hosanna significa gloria, salud y bendición. Era este un clamor de gozo y una aclamación del pueblo que le deseaba al Mesías toda suerte de prosperidades. Según el hebreo, la palabra Hosanna significa salvadnos o salvadle; pero a más de esta significación literal tiene un énfasis particular en las aclamaciones, en los vítores y en las exclamaciones de gozo, como: Viva el Rey, Dios guarde al hijo de David larga vida, y toda suerte de bien al Mesías que viene en nombre del Señor para librar a su pueblo. Hosanna en lo más alto de los cielos, quiere decir: Espíritus celestiales, juntad vuestras aclamaciones y vuestros deseos con los nuestros para atraer toda suerte de felicidad y de gloria al Hijo de David, al Rey de Israel, al Mesías y al soberano Libertador. Este grito o expresión de alegría se tomó del salmo CXVII, el cual se cantaba el día de la fiesta de los Tabernáculos o de las Tiendas: O Domine, salvum me fac, o Domine, bene prosperare: Benedictus qui venit in nomine Domini: Llenad, Señor, de vuestras bendiciones al que Dios omnipotente ha enviado para que reine sobre nosotros.

En este día empieza la Iglesia a hacernos leer en la Misa la historia de la pasión del Salvador según la escribió san Mateo. Remitimos a los días siguientes, y sobre todo al Viernes Santo, las reflexiones que se pueden hacer sobre esta historia.



[i] En España ya no se hace esto en ninguna parte, aunque en lo antiguo se hizo en muchas.

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