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domingo, 19 de enero de 2014

DOMINGO 2º. DESPUÉS DE EPIFANÍA. MILAGRO DE LAS BODAS DE CANÁ

DOMINGO 2º. DESPUÉS DE EPIFANÍA. D. – VERDE


Salmo 65
Rom. 12, 6-10
Io. 2, 1-11

La Iglesia comienza la misa de este día por las palabras del tercer versículo del Salmo LV, donde David convida a toda la tierra a adorar y bendecir al Señor. Toda la tierra os adore y os bendiga: entone cánticos a la gloria de vuestro nombre, ¡oh Altísimo! David hace hablar en este salmo al pueblo judío, que agradece a Dios su libertad, y convida a toda la tierra a que se una a él para dar gracias al Señor. Los judíos libres de su cautividad son la figura de los gentiles libertados de la esclavitud del demonio por el Bautismo. Puede también entenderse que el Profeta habla en nombre de todos los hombres rescatados por Jesucristo.

La Epístola de la misa está tomada del capítulo XII de la carta del apóstol san Pablo a los romanos, donde les advierte que renuncien a la vanidad del siglo para consagrarse enteramente a Dios, sin engreírse por los dones que han recibido, y sin pasar los límites de estos dones, aplicándose cada uno a las funciones de su ministerio, y a cumplir las obligaciones de su estado; refiriéndolo todo a la utilidad del prójimo, con el cual deben hacer un todo, como hacen los miembros de un mismo cuerpo, sin que el uno se ingiera en las funciones del otro. La comparación de que aquí se sirve el santo Apóstol es expresiva. Como todos nosotros no formamos más que un solo cuerpo de Jesucristo, todos recíprocamente somos miembros los unos de los otros, para aliviarnos por aquella función que es propia a cada miembro particular. Así como todos tenemos dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado, es preciso que cada uno emplee sus talentos para el bien común. A la manera que en un solo cuerpo cada miembro tiene sus funciones particulares, que ejerce sin celos de parte de los otros miembros, así en la Iglesia cada fiel ha recibido de Dios el don que le es propio, y no debe envidiar a los demás el que ellos han recibido, sino contentarse con la medida de gracia que le ha sido acordada. La caridad debe hacernos comunes los favores que se han hecho a nuestros hermanos, y no debemos envidiárselos, así como la mano no envidia al ojo la facultad de ver, ni al pie la de caminar. Es preciso que haya una subordinación de los unos a los otros, y una comunicación de servicios semejantes a la que se ve en los diferentes miembros de un mismo cuerpo. El que está autorizado para predicar el Evangelio, y para interpretar la Escritura, hágalo, no según las luces de su propio juicio, sino según las de la fe, del espíritu de Dios y de la Iglesia, a cuyas luces debe estar sometido todo espíritu particular; y guárdese de dogmatizar aquellos a quienes Dios no ha escogido para este ministerio. El que ha recibido el don de enseñar, hágalo con solicitud; y el que está encargado de la conducta de los demás, compórtese con ellos con mucha dulzura y caridad. El Apóstol, después de haber instruido a los que ocupan los empleos, pasa a dar lecciones generales y propias para todos los fieles. No seáis tardos, añade, en hacer en favor de vuestros hermanos todos los buenos oficios que pudiereis, no hagáis desear vuestros servicios; mucho menos los hagáis comprar demasiado caros. Sed fieles en cumplir con puntualidad todas vuestras obligaciones. Tened siempre un nuevo fervor en el servicio de Dios. Preveníos con urbanidad los unos a los otros; el agasajo, la cortesanía aun, sin afectación y sin artificio, honran la piedad, y le son ordinarias. La esperanza cristiana debe inspirarnos siempre alegría. Perseverad en la oración y en el ejercicio de las buenas obras. Tomad parte en las necesidades de los fieles, y ayudadlos con vuestras obras de misericordia. Ejercitad con gusto la hospitalidad. La paciencia es la virtud de los pobres, la caridad debe ser la virtud de los ricos; ellos no han recibido más bienes que los otros, sino para socorrer las necesidades de los que viven en la pobreza, y frecuentemente carecen de todo. Haced bien hasta a vuestros enemigos; hasta aquí debe ir el heroísmo y la perfección de la caridad cristiana; esta virtud heroica es la que debe hacer sentir al cristiano todos los bienes y todos los males que suceden a sus hermanos. Aumenta la alegría en el tiempo de su prosperidad por la parte que le ven tomar en ella; y endulza sus lágrimas mezclando las suyas con las que ellos derraman. No alterquéis; la diversidad de pareceres agría tanto el corazón como los espíritus. Al paso que se acalora la disputa, se resfría la caridad. No penséis presuntuosamente de vosotros mismos. La presunción es una vanidad necia, que nace de la ceguedad en que estamos con respecto a nosotros mismos; nada hay más opuesto al espíritu del Cristianismo que esta ridícula vanidad. Sed humildes, compasivos, dulces y modestos; no seáis sabios a vuestros propios ojos, porque nos engañan siempre sobre lo que a nosotros nos interesa. Puede decirse que esta Epístola es el compendio de toda la moral cristiana.

El Evangelio no es menos instructivo. Contiene la historia del primer milagro de Jesucristo, verificado en las bodas de Caná a ruegos de la santísima Virgen. He aquí como lo refiere san Juan:


Había ya comenzado el Salvador a predicar, después de haber concluido su ayuno de cuarenta días en el desierto, donde se había retirado después que san Juan Bautista dio de Él un testimonio tan brillante. Acababa también de elegir algunos discípulos; san Pedro, san Andrés, san Felipe y Natanael habían sido ya llamados, y se habían agregado a Él, cuando fue convidado a una boda que se celebraba en Caná de Galilea, que era una aldea a tres jornadas pequeñas de Betabara, en donde a la sazón se hallaba el Salvador. La santísima Virgen estaba también allí, y a lo que parece era alguno de sus parientes el que se casaba. Según el parecer de san Epifanio, se presume que estaba ya entonces viuda, pues en todo el resto de la historia de Jesucristo no se dice ya una palabra de san José. Algunos han creído que estas bodas se celebraban en la casa de Alfeo o de Cleofás, que casaba a su hijo Simón, llamado el Cananeo. Otros han pretendido que era san Bartolomé, llamado Natanael; pero el venerable Beda, santo Tomás y muchos otros creen que era san Juan Evangelista, a quien el Salvador llamó del estado del matrimonio al apostolado, y permaneció siempre virgen, habiendo dejado a su esposa el día mismo de sus bodas. Sea, pues, de esto lo que quiera, lo que sí es cierto, que el Hijo de Dios quiso hacer ver en esta ocasión que se le puede hallar no solo en el retiro, sino también en las reuniones, cuando los deberes o la beneficencia lo exigen, y todo lo que hay en ellas es cristiano. Se pregunta ¿por qué Jesucristo concurrió a estas bodas con su Madre y sus discípulos? Parece que la vida austera y retirada que siempre había llevado, apenas podía convenir con la alegría y la diversión que ordinariamente acompañan a esta especie de fiestas. La mayor parte de los Padres dicen que fue a fin de aprobar con su presencia el matrimonio. Como por su ejemplo y por sus discursos debía aconsejar a todos sus discípulos el celibato, y exhortar a todos los Cristianos a guardar la castidad, de la cual hacía en todas ocasiones tan magníficos elogios, quería también hacer ver que no desaprobaba el matrimonio, que debía elevar aun a Sacramento. Es bastante creíble que, como allí se encontraban muchos parientes suyos y los discípulos que hasta entonces había reunido, quiso hacer en su presencia su primer milagro con el fin de afirmar la creencia de los que ya le reconocían por el Mesías, y de darse a conocer de los que no creían todavía en Él.

Hacia el fin de la comida notó la santísima Virgen que faltaba vino, y comprendió fácilmente el embarazo en que esto tenía a los que servían, y el sentimiento que ocasionaba a los que celebraban la boda esta falta de previsión. Como era la caridad mas bien que el acompañarles lo que la había traído allí, resolvió excusarles esta confusión, y proveer a la necesidad, sin ruido, pero de un modo eficaz. El camino que tomó, fue dirigirse a Jesús, que estaba colocado cerca de ella. Sabía bien que no tenía menos bondad que poder, y que bastaba para obligarle a hacer un milagro el manifestarles solamente la necesidad y la turbación en que se encontraban. Volviéndose, pues, a Él, se contentó con decirle: Les falta el vino. El Salvador, que respondiendo a su Madre quería instruirnos, y hacernos conocer que Él no obraba más que por motivos sobrenaturales, y de ningún modo por mira alguna humana, le dijo con un tono grave, que conocía bien la necesidad que tenía, y que ella no tenía por qué apurarse por ella, que Él haría todo lo que fuese necesario a su tiempo; pero el de manifestar mi poder y mi gloria, añadió, no ha llegado todavía. San Agustín, san Juan Crisóstomo y muchos otros Padres dicen que el Salvador esperaba que el vino faltase absolutamente, a fin de que no se creyese que había simplemente aumentado aquel licor, o que solo había mezclado el agua con el vino. Quería que su primer milagro fuese incontestable, y que toda la boda fuese testigo de él. Jesucristo quiso también dar a conocer por esta respuesta, que si no había hecho hasta entonces brillar su poder por medio de los milagros, no era por falta de poder, sino porque aún no había llegado el tiempo determinado por su sabiduría. También parece que quiso dar a conocer cuán eficaz era la intercesión de su Madre, y el poder que tenía sobre Él, pues habiendo dicho que su hora de hacer milagros no había llegado todavía, no por eso dejó de hacer uno de los más brillantes tan pronto como ella le manifestó que lo deseaba.

Esto lo comprendió también perfectamente la santísima Virgen. Porque sin insistir, ni explicarse más con Él, llamó a los que servían, y les dijo que hiciesen todo lo que Jesús les ordenase. Muchos habían ya advertido que no había vino, el mismo esposo lo había notado, cuando Jesucristo mandó a los que servían que llenasen de agua seis tinajas de piedra, esto es, seis vasijas de una especie de alabastro, o de piedra serpentina, destinadas a las purificaciones de los judíos, los cuales antes de la comida acostumbraban lavarse los pies, las manos, desde el codo hasta la punta de los dedos, los vasos para beber, los cuchillos y otras cosas de que se servían en la mesa. Cada una de estas vasijas cogía dos o tres medidas de agua, esto es, cincuenta o sesenta azumbres. Luego que estuvieron llenas hasta arriba, mudó inmediatamente el agua de color y de naturaleza, y se convirtió en un vino excelente por la virtud de aquel que por un solo acto de su voluntad ha hecho todas las cosas de nada. Entonces dijo Jesús a los que servían: Sacad ahora, y llevad para que lo guste el director del festín; el que presidía el festín era ordinariamente, si se cree a las tradiciones judaicas, uno de sus sacerdotes; el cual tenía cuidado de arreglarlo todo, e impedir que se hiciese nada contrario a la honestidad y a la decencia. A este sacerdote, pues, fue a quien se presentó, según la orden del Salvador, el vino nuevo. Le gustó; pero, como ocupado en muchas más cosas, no sabía nada de lo que había pasado, quedó sorprendido de la excelencia del nuevo vino. Llamó inmediatamente al esposo que, según la costumbre, al ir a las mesas daba orden de que todo fuese servido a tiempo, y que en nada se faltase. ¿Con qué de este modo nos engañáis? Le dijo sonriéndose; siempre se ha usado en los demás convites, que el buen vino se sirva al principio de la comida, y el peor cuando se ve que ya se ha bebido bastante; pero vos lo habéis hecho al contrario, habéis guardado el bueno para el fin. No dejó de advertirse esta reconvención, y cada uno reconoció en el gusto, que un vino hecho inmediatamente por el Creador es mejor sin comparación que el que la naturaleza produce. En este prodigio, que fue el primero de sus milagros públicos, comenzó el Salvador a hacer brillar su poder; pues, como siente Maldonado, no puede dudarse que el Salvador no hubiese hecho ya otros innumerables, solo conocidos de la santísima Virgen y de san José; mas como no había llegado aún el tiempo determinado para darse a conocer, permanecían desconocidos del público estos milagros; y fue este el primero por el cual el Salvador manifestó su gloria, y no sirvió poco para darle a conocer y afirmar sus discípulos en la fe.

Los discípulos de Jesucristo habían creído en Él desde que tuvieron la dicha de verle y de oírle: una prueba de su creencia es que le habían seguido, y se habían agregado a Él, habiéndose hecho discípulos suyos; pero este milagro, de que fueron testigos, les afianzó en su fe.

Si esta maravilla manifestó la gloria y el poder del Salvador sobre todas las criaturas; si ella dio a conocer a aquella numerosa compañía lo que Él era, no debe servir menos para dar a conocer a todos los fieles el poder que tiene la santísima Virgen para con su querido Hijo, y la deferencia que este Hijo divino tiene a la voluntad de su muy amada Madre. Algunos han creído que el Salvador no quiso hacer el primero de todos sus milagros sino a ruegos de su Madre, y aun que quiso, al parecer, adelantar el tiempo de manifestar su poder, desde luego que la santísima Virgen le manifestó el deseo que tenía de que obrase esta maravilla. Motivo grande de confianza en la Madre de Dios, dicen los santos Padres, el saber cuán dichosos son aquellos por quienes María se interesa. Sabemos, dice san Anselmo, que la bienaventurada Virgen tiene tanto valimiento con Dios, que no puede dejar de tener su efecto todo lo que ella quiere.


FUENTE: P. Jean Croisset SJ, Año Cristiano ó ejercicios devotos para todos los domingos, cuaresma y fiestas móviles, TOMO I, Librería Religiosa. 1863. (Pag.86-91) [Marcaciones hechas por este blog]

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