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domingo, 20 de abril de 2014

DOMINGO DE LA RESURRECCIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

PASCUA DE RESURRECCIÓN


Este es, dice el Profeta, el día feliz que hizo el Señor: Hæc est dies quam fecit Dominus: celebrémosle con todo el gozo y alegría de que somos capaces: Exultemus, et lætemur in ea. ¿Hubo jamás motivo más justo para alegrarnos que la resurrección del Salvador? Este misterio es la prueba invencible de todos los otros; es el fundamento de nuestra Religión, la prenda segura de nuestra felicidad, la basa de nuestra fe y el áncora de nuestra esperanza. Jesucristo resucitado, dice san Atanasio, ha hecho que la vida de los hombres sea una fiesta continua; ningún dolor, ningún temor debe turbar ya nuestra esperanza, nada tiene ya de vacilante, ni de incierto; pues nuestro Maestro resucita para nunca más morir; nosotros no podemos ya morir sino para volver a vivir. Hemos llorado a Jesucristo, y así es justo que habiendo sentido los dolores e ignominias de su muerte, tengamos parte en la gloria y en el gozo de su triunfo. Manifieste su alegría todo el universo, dicen los Profetas: manifieste todo el mundo en este día afortunado los gritos y cánticos de gozo para celebrar un triunfo que debe hacernos a todos dichosos: Noli timere terra, exulta, et lætare (Joel, II). La muerte es vencida, el infierno deja escapar sus más ilustres cautivos; la tierra antes del tiempo de la restitución general se ve forzada a volverles a muchos Santos los despojos de sus cuerpos para honrar la pompa de su victoria. El cielo envía sus Ángeles a anunciar a todos los fieles la gloriosa y triunfante resurrección de su Redentor; los Apóstoles salen en fin de las tinieblas de su ignorancia y de su incredulidad para reconocer y adorar la divinidad de su Salvador, a quien ven en este día victorioso de la misma muerte.

Todo el Cristianismo está fundado sobre la creencia de este misterio, todo estriba sobre esta verdad fundamental: Si Christus non resurrexit (dice san Pablo, I Cor. XV), inanis est prædicatio nostra, inanis est et fides vestra: Si Jesucristo no ha resucitado, en vano me canso en predicaros, y en vano creéis lo que os predicamos. Si Jesucristo no ha resucitado, dicen los Padres, todas sus promesas son vanas, toda nuestra esperanza se seca y se cae, nuestra fe se desvanece y se apaga. Aunque la divinidad de Jesucristo hubiese sido suficientemente establecida, ya por las obras sobrenaturales que había hecho en el discurso de su vida mortal, ya por los oráculos de los Profetas, que se referían todos tan exactamente a las diversas circunstancias de su vida, de su pasión y de su muerte; los demonios arrojados, los ciegos curados, los muertos de cuatro días resucitados; tantos prodigios lo autorizaban al parecer bastantemente en la calidad que tomaba de Hijo de Dios; sin embargo era necesario que resucitase para poner una verdad tan importante fuera de todo tiro de la calumnia; puede decirse que la revelación de la divinidad de Jesucristo estaba sobre todo aligada y como pendiente de su resurrección. Esta era la prueba que daba Él mismo de que era Dios. El Evangelio está lleno de las declaraciones expresas que hacía tan repetidas veces a sus discípulos, no solo de los oprobios de su muerte, sino también de sus gloriosas consecuencias, y singularmente de la resurrección de su cuerpo al tercer día: Quia oportet eum occidi, et tertia die resurgere (Luc. XXIV; Marc. IX). De nada servía haberla confiado a sus discípulos, si la hubiera ocultado enteramente a sus enemigos; por eso a cada paso les hablaba a unos y a otros de su resurrección. Ya se servía de expresiones misteriosas y figuradas para despertar su atención y su curiosidad. Vosotros me preguntáis, les decía, ¿con qué autoridad arrojo a latigazos a los que con un tráfico el más indigno profanan el templo? Destruid este templo, y yo le reedificaré en tres días: Solvite templum hoc, et in tribus deibus ædificabo illud. El templo de que hablaba, era (dice san Juan, cap. II), su propio cuerpo. Después que hubiereis destruido con una muerte cruel e ignominiosa este templo visible, que es mi cuerpo, yo le volveré a poner al tercer día en el mismo estado, y en un estado todavía más perfecto. Me pedís, les decía en otra ocasión, un milagro nuevo para convencer vuestra incredulidad; los que he obrado, y de que la mayor parte de vosotros habéis sido testigos, podrían bastaros; pero yo haré uno que les pondrá el sello a todos los otros, y que ningún hombre, que no sea Dios, es capaz de hacerle. Este milagro será aquel de que fue figura el profeta Jonás; es a saber, que después de haber estado encerrado tres días en el seno de la tierra, esto es, en el sepulcro, saldré de él, como Jonás salió con vida del vientre de la ballena. Por más figuradas que fuesen estas expresiones, no obstante las comprendieron muy bien los judíos, y penetraron tan bien su verdadero sentido, que inmediatamente que espiró corrieron a decirle a Pilatos: Recordati sumus, nos acordamos que aquel embaucador dijo muchas veces, durante su vida, que resucitaría al tercer día: Quia seductor ille dixit adhuc vivens: Post tres dies resurgam (Matth. XXVII); y por consiguiente que era menester prevenir el error, y cerrar todos los caminos a la impostura, tomando todas las precauciones posibles para embarazar el que se le llevasen del sepulcro. En efecto se tomaron las precauciones; la autoridad del gobernador, la desconfianza de los pontífices, los artificios de los fariseos, la vigilancia de los guardias, el sello de los magistrados, todo se empleó para impedir cualquier sorpresa; y todo sirvió, mal que les pesase, a hacer más incontestable, más palpable la verdad de la resurrección. Si Pilatos se hubiera contentado con enviar simplemente su guardia, y dar sus órdenes para velar alrededor del sepulcro, los judíos, dice san Juan Crisóstomo, hubieran podido desconfiar de unos soldados extranjeros que no les estaban sujetos; pero, para quitar este pretexto a su incredulidad, quiere Dios que Pilatos lo deje todo a la disposición de los judíos, tan obstinadamente empeñados en querer abolir la memoria del Salvador, y tan interesados en hacer se falsificase la predicción de su resurrección. Así se ve que nada omiten. Sola la piedra con que tienen cuidado de cerrar la entrada del sepulcro hubiera bastado a asegurarlos por su enorme peso. No contentos con haber puesto alrededor una guardia de soldados aguerridos y de confianza, ponen su sello en la piedra. Veis aquí el sepulcro cerrado, sellado, y por decirlo así, sitiado. ¿Qué aparato más glorioso a la majestad del Salvador? Dice un santo Padre. Pero al mismo tiempo ¿hay cosa en que brille más la gloria de la sabiduría y del poder de Jesucristo? Pues en esta sutil y viva atención de los judíos en buscar cómo embarazar su designio, encuentra modo de confundirlos, dice uno de los más famosos oradores cristianos. Quiere el Señor que estos fariseos nada tengan que reprenderse de parte de la vigilancia, para que nada tengan que reconvenirle de parte de la verdad. Los guardias puestos para quitar a la resurrección el medio de esparcirse por el mundo, les quitan a sus enemigos el medio de contestarla y oponerse a ella; eran en la intención de los judíos otros tantos apoyos de la verdad. Sin estos soldados hubiera sido preciso que los primeros denunciadores de este prodigio hubiesen sido los Apóstoles, gente sospechosas e interesadas en publicar este hecho; pero lo son los mismos soldados, los cuales, testigos oculares de la resurrección, la denuncian a los pontífices, y confunden con esto su malignidad. Porque acusar, como lo hicieron, la negligencia y el sueño de los soldados, es una excusa ridícula, dice san Agustín, y que hace todavía más incontestable la milagrosa resurrección del Salvador. Porque si los soldados velaban, ¿cómo pudieron a sangre fría dejar romper el sello, levantar y volver la piedra, y hurtar el cuerpo? Y si dormían, ¿son abonados para negar el prodigio? La ficción es demasiado grosera para que tenga ni aun la menor vislumbre de probabilidad. ¿Es verosímil que todo un cuerpo de guardia se haya dormido? ¿Que ni uno de tantos soldados haya despertado al ruido que necesariamente han debido hacer un gran número de personas para echar a un lado la piedra, para sacar el cuerpo del sepulcro, y hacerle pasar por una abertura muy estrecha a fuerza de brazos? ¿Qué letargo no cedería a aquel estruendo, a aquel tumulto? Pero ¿quién pudo inspirar un valor tan repentino, una osadía tan peligrosa a un puñado de pobres pescadores, que a la sola nueva de la prisión del Salvador habían echado todos a huir, y de los cuales el más determinado, a la simple acusación de una criada, había jurado no ser su discípulo? Aún más: si los discípulos se redujeron a hurtar el cuerpo de su Maestro, es preciso estén convencidos de que no puede resucitarse después de habérselo asegurado tantas veces; y deben tener por evidente que es un insigne embustero. Y si es un embustero sobre este artículo esencial, ¿qué quieren hacer de su cuerpo? ¿y qué pueden esperar de las demás promesas que les han hecho? ¿Qué interesaban en persuadir una mentira a toda su nación para sostener a un impostor que los había engañado? ¿qué no interesaban en ganar a las potestades, y qué recompensa no debían esperar de los escribas y fariseos, si descubrían ellos mismos el engaño? No teniendo que esperar ya nada de un hombre muerto que los había engañado, ¿se hubieran expuesto a los más terribles tormentos sin ninguna utilidad? Dicite quia discipuli ejus nocte venerunt, et furati sunt eum, nobis dormientibus (Matth. XXVIII). ¿Podían los judíos servirse de un artificio más grosero, y de un enredo más mal forjado? Una negra malicia cuanto más quiere disfrazarse, tanto más se manifiesta. Porque en fin, si los soldados se durmieron, ¿quién no ve que deben ser castigados por una negligencia tan culpable? Si los discípulos, es decir, si esos pobres y tímidos pescadores han sido tan osados que han forzado la guardia, si han tenido la osadía de robar un cuerpo puesto en depósito bajo el sello público, ¿qué pesquisa, qué averiguación se hace sobre ello? ¿con qué penas se castiga un delito tan enorme? Se premia larga y liberalmente el pretendido descuido de los soldados: Pecuniam copiosam dederunt militibus; y no se les dice una palabra a aquellos que son acusados de un delito tan grande. ¡Oh, y cómo una conducta tan irregular, y cómo estas contradicciones de artificios, de suposiciones y de sutilezas inútiles, son unas pruebas bien claras, dicen los Padres, de la verdad de este gran misterio! Así como la verdad de este gran misterio es una prueba sin réplica de la divinidad de Jesucristo, y por consiguiente de la verdad, de la santidad, de la infalibilidad de nuestra Religión, fundada y establecida especialmente por Él; así también, en virtud de la seguridad y de la fe con que se cree esta tan milagrosa resurrección del Salvador, se ha multiplicado el Cristianismo, el Evangelio ha hecho en el mundo infinitos progresos, la divinidad del Salvador, a pesar del infierno y de todas sus potestades, ha sido creída hasta en las extremidades del mundo. Nunca predicaban los Apóstoles a Jesucristo, que no produjesen su resurrección como una prueba sin réplica: Hunc Deus suscitavit tertia die. En el primer sermón que predicó san Pedro en medio de Jerusalén, cincuenta días después de haber resucitado Jesucristo, y en que convirtió tres mil judíos, no se habla sino de este misterio, sin que ningún escriba, fariseo o pontífice se atreviese a desmentirle. El que os predicamos, decían en voz alta los Apóstoles, es aquel mismo que vosotros crucificasteis, que espiró en una cruz, y que tres días después se resucitó a Sí mismo. La evidencia de esta resurrección es la prueba evidente de todas las verdades de fe, y la demostración de todos los otros misterios. Y aún puede decirse que en el nacimiento de la Iglesia toda la fuerza del celo de los Apóstoles se reducía a dar testimonio al público de la resurrección del Salvador: Virtute magna reddebant Apostoli testimonium resurrectionis Jesu Christi (Act. IV). No se preciaban, al parecer, ni se calificaban sino de testigos de la resurrección del Señor: Cujus nos testes sumus. Si es menester sustituir un nuevo discípulo en lugar del pérfido Judas, no se busca sino uno que como ellos haya sido testigo de la resurrección de Jesucristo: Testem resurrectionis ejus nobiscum fieri unum ex istis (Act. I). En efecto, añade san Lucas, no había quien no se rindiese a la fuerza de este testimonio. Toda la Religión, todo el Evangelio se encierran, por decirlo así, en este solo artículo de nuestra fe. ¿Jesucristo ha resucitado? Luego es Hijo de Dios; luego es Dios, como Él mismo nos lo ha asegurado; sus palabras son oráculos de verdad; luego su Evangelio es la sola regla de las costumbres; su Iglesia el solo camino de la salvación; su Religión la sola verdadera religión que puede haber en el mundo.


Por la excelencia de este misterio juzguemos de la solemnidad de la fiesta de este día. La fiesta de Pascua es la primera y la más augusta de todas las fiestas de la religión cristiana. La Iglesia la ha mirado siempre como el día del Señor por excelencia, y la ha hecho llevar el nombre augusto de domingo: Dominica dies, después de haber trasladado a este día todos los honores y obligaciones del día del sábado, que hasta entonces había sido el día singularmente consagrado al Señor. y no se contentó con limitar su solemnidad al día de su resurrección, ni a los términos de una octava ordinaria; quiso que los regocijos espirituales de la fiesta continuasen todos los cincuenta días que se llaman el tiempo pascual; y que durante el año, el primer día de la semana, que por esto ha entrado a ocupar el lugar del sábado, nos renovase la memoria del misterio de la Resurrección, solemnizase en parte su celebridad, y que cada domingo fuese como la octava perpetua de la fiesta de Pascua.

San Basilio dice que la fiesta de Pascua es como el principio de la fiesta de la eternidad, o a lo menos como la representación de la fiesta de la eternidad bienaventurada. Los otros santos Padres la llaman la fiesta de las fiestas. La fiesta de la Pascua, dice san Gregorio Nazianceno, es sobre las demás fiestas del Señor, cuanto estas son sobre las fiestas de los Santos; y el papa san León, queriendo darnos una justa idea de esta gran solemnidad, dice que entre todos los días que se honran con un culto particular en la religión cristiana, no hay otro más augusto ni más excelente que el de la fiesta de Pascua, de la cual todas las otras solemnidades de la Iglesia reciben su dignidad, y por decirlo así, su consagración. Por este motivo desde los ocho o nueve primeros siglos toda la semana de Pascua se componía de tantas fiestas como días, y venía a ser, digámoslo así, una sola fiesta solemne que duraba ocho días. El concilio II de Macon, tenido en 585, renueva expresamente y encarga singularmente el que se deje de trabajar, y cese toda obra servil en los seis días siguientes al domingo de Pascua; no debiendo, dice, emplear los fieles todo este tiempo sino en celebrar con devoción y con una santa alegría el triunfo de nuestro Redentor, y en darle gracias por el beneficio de la redención: Ut illis sanctissimis sex diebus nullus servile opus audeat facere, sed homines simul coadunati, etc. (Can. 2). Ninguno, dice le Concilio, en estos seis días tan santos se atreva a hacer ninguna obra servil, sino que todos juntos en la iglesia celebren alegres con himnos y cánticos la fiesta de Pascua, y asistiendo todos los días al divino sacrificio, no cesemos de alabar y dar gracias a nuestro Salvador, especialmente por la mañana, al mediodía y a la tarde. Teodulfo, obispo de Orleans en el siglo IX, después de haber ordenado en su capitular que se comulgue el Jueves Santo, quiere que se comulgue también todos los días de la semana de Pascua: Et ipsi dies Paschalis hebdomadæ omnes æquali religione colendi sunt (Can. 41). El concilio de Maguncia en 813 ordena casi lo mismo. El de Meaux en 835 amenaza hasta con excomunión a los que violaren la santidad y solemnidad de estos ocho días. Finalmente, el concilio de Engelheim, en Alemania, renueva en el siguiente siglo el mismo decreto sobre la celebración de estos ocho días de fiesta: Ut Paschalis hebdómada festive tota celebretur (Can. 97). Hacia los principios del siglo XI se redujeron a tres estos ocho días de fiesta.

Siendo la fiesta de Pascua no solo la más solemne de las fiestas de la Iglesia, sino también la famosa época que fija el tiempo de todas las otras, era necesario que se celebrase en un mismo día en todo el mundo cristiano. Los judíos han celebrado siempre su Pascua el 14 de la luna de marzo, en memoria de haber sido libertados este día de la cautividad de Egipto. La Iglesia en memoria de la resurrección del Salvador celebra la Pascua el domingo después de la luna llena de marzo, la cual cae inmediatamente después del equinoccio de la primavera, por disposición del concilio Niceno, a fin de no encontrarse con los judíos, ni parecer que los imita.

Antes del concilio Niceno, tenido el año 325, los cristianos de Asia celebraban la Pascua el 14 de la luna, día en que Jesucristo había sido crucificado; pero los cristianos de Occidente la celebraban todos en domingo. Esta diversidad de disciplina excitó como a la mitad del siglo II grandes disputas entre los occidentales y los asiáticos, pretendiendo estos que se debía celebrar la Pascua el 14 de la luna de marzo, como lo hacían los judíos, lo que hizo se les diera el nombre de cuartodecimanos; y sosteniendo aquellos que no debía celebrarse sino el domingo, el papa Víctor amenazó separar de su comunión a las iglesias de Asia que se obstinasen en conformarse con los judíos. Esta diferencia se terminó, en fin, por el famosos concilio ecuménico de Nicea, que declaró debía celebrarse la Pascua en toda la Iglesia el domingo después del 14 de la luna de marzo; es decir, el domingo después de la luna llena, que cae precisamente en el equinoccio de la primavera, o inmediatamente después de este equinoccio, el cual se fijó desde entonces invariablemente al 21 de marzo; y de aquí viene la variación del día de Pascua; pues la luna, cuyo día 14 cae en el equinoccio, pertenece al mes antecedente; y la luna de marzo es siempre aquella cuyo día 14 concurre en el equinoccio; pues para que el primer día de esta luna se encuentre constante entre el 8 de marzo y el 5 de abril, la Pascua nunca puede bajar más que al 22 de marzo, ni pasar más allá del 25 de abril; en este intervalo es preciso que caiga siempre.

Se sabe que el nombre de Pascua viene de la palabra hebrea pesak, que significa tránsito o paso; y que entre los judíos significaba el paso del mar Rojo a la salida de los israelitas de Egipto, y el paso del Ángel exterminador, el cual viendo la sangre del Cordero pascual pasaba sin hacerles ningún mal, al paso que entraba en las casas de los egipcios para matar todos los primogénitos de los hombres y de las bestias. Entre los Cristianos la palabra Pascua tiene la misma significación, pero en un sentido mucho más espiritual, con relación al misterio de que aquel paso del Ángel y de los hebreos no era sino figura. Significa propiamente el paso de la muerte a la vida en la resurrección de Jesucristo, de la esclavitud del pecado a la dichosa libertad de hijos de Dios en los Cristianos, de la ley antigua a la nueva, y del desierto de esta vida, dicen los Padres, a la verdadera tierra de promisión, que es el cielo, a la cual nos da derecho la muerte y la resurrección del Salvador.

En muchas iglesias, y sobre todo en muchas comunidades religiosas, se procura celebrar el día de hoy el glorioso momento en que resucitó Jesucristo, con procesiones que se hacen al amanecer alrededor de las iglesias, o en los baptisterios, y con la Misa de Resurrección, que se dice en un altar que se levanta fuera de la iglesia, para venerar la santa impaciencia y prontitud con que las tres Marías fueron al sepulcro del Salvador antes del día. Los griegos y los orientales hacen una especie de fiesta particular, que llaman la fiesta del triunfo de Jesucristo, que sale glorioso del sepulcro. Al amanecer, luego que empieza a rayar la aurora, van a la iglesia, y después de algunas oraciones y lecciones se canta un himno o cántico de la resurrección, a cuyo tiempo el preste que oficia besa la imagen de Jesucristo resucitado, luego besa el más respetable del concurso, el cual besa al que está inmediato a él, y así pasan de unos a otros. Las mujeres hacen lo mismo unas con otras, y hasta los niños practican esta santa ceremonia. El que da el ósculo dice: Jesucristo ha resucitado; y el que le recibe responde: Ha resucitado verdaderamente. Esta señal de alegría cristiana no se estilaba solo en la iglesia; no había otro modo de saludarse los Cristianos estos tres días en las calles y casas. En el Occidente se observaba la misma ceremonia: Surrexit Dominus vere, decían al saludarse; el Señor ha resucitado verdaderamente; y se respondía: Deo gratias, démosle a Dios eternas gracias. Se valían ordinariamente de esta ocasión para reconciliarse por este ósculo de paz, que estaba tan en uso. Con el tiempo vino a no darse sino en la Misa, hasta que en fin se ha reducido únicamente a los ministros del altar y a los clérigos. El himno o cántico de regocijo que se cantaba más ordinariamente en las procesiones que se hacían al amanecer, era aquel que comienza por estas palabras: Salve festa dies, cuyo primer dístico era intercalar, por decirlo así, el estribillo como el Gloria, Laus, el domingo de Ramos, y el Crux fidelis del Viernes Santo. Finalmente, todo está lleno de una santa alegría; todo en el oficio pascual inspira aquel santo gozo de que la Iglesia está toda penetrada: salmos, himnos, cánticos, antífonas, versículos, todo concurre a celebrar con solemnidad el triunfo del Salvador en este día, y el más interesante y más tierno de los misterios. Esto es lo que hizo decir a san Gregorio que la fiesta de Pascua es, no solo la primera y la más importante de todas, sino también la solemnidad de las solemnidades; porque abriéndonos el cielo, nos hace gozar con anticipación por la fe, por la esperanza y por la caridad de los gozos celestiales.

No debe admirarnos el que la Iglesia celebre con tanta solemnidad un misterio que mira no solo como el fundamento de nuestra fe, sino también como la causa y el símbolo de la vida eterna y bienaventurada, que es el objeto de nuestra esperanza. La Cuaresma, que ha servido de preparación a esta fiesta, era figura de la vida penitente y laboriosa que debemos tener en este lugar de destierro; y la fiesta de Pascua representa aquella vida gloriosa que debe ser la recompensa de la vida presente. Por eso la Iglesia en todo el oficio de esta semana entra ya en espíritu en la celestial patria. No quiere ya alabar a su Dios con himnos ordinarios, sino que repite sin cesar en lugar de himno la Alleluia, que los bienaventurados, dice san Juan (Apoc. XIX) cantan eternamente en la gloria: Vocem turbarum multarum in cælo dicentium: Alleluia. Oí como la voz de muchas tropas de gente en el cielo, que decían Alleluia: la gloria y el poder sean dados a nuestro Dios, al cual pertenece la cualidad de Salvador. Dad sin cesar alabanzas a nuestro Dios todos los que sois sus siervos: Alleluia: laudem dicite Deo nostro omnes servi ejus; y todos repetían: Alleluia. Porque el Señor nuestro Dios todopoderoso ha tomado posesión de su reino: Quoniam regnavit Dominus Deus noster omnipotens. Alegrémonos, saltemos de gozo, y glorifiquémosle: Gaudeamus et exultemus et demus gloriam ei. Ved aquí lo que pasa en el cielo, según san Juan, y lo que la Iglesia procura imitar sobre la tierra, por la frecuente repetición de la palabra Alleluia durante el tiempo pascual.

El introito de la Misa de este día es del salmo CXXXVIII: Resurrexi, et adhuc tecum sum, alleluia; quien dice esto es Jesucristo, que en el día de su triunfo dice a su Padre: Yo he resucitado sin haber dejado jamás de estar contigo; sea alabado nuestro Dios. Posuisti super me manum tuam, alleluia: Extendiste tu mano sobre mí, nunca tu infinito poder se manifestó conmigo más glorioso que en el triunfo de mi resurrección; seas glorificado eternamente. Mirabilis facta est scientia tua, alleluia, alleluia: Tu ciencia se ha hecho admirar; alabad a Dios, y no ceséis de cantar a honra suya cánticos de alabanzas. Domine probasti me, et cognovisti me: Como tú solo, Señor, me conoces perfectamente, dice el Salvador, y como solo yo conozco perfectamente lo que tú eres, tu infinito poder, tus divinas perfecciones y tu esencia; has hecho conocer en este día lo que soy yo. Tu cognovisti sessionem meam, et resurrectionem meam: Tú conociste mi muerte y mi resurrección. Conociste el fin, la causa y el mérito de mi muerte, por la cual he satisfecho plenamente a tu justicia; y no ignoras tampoco que por el poder divino, que me es común contigo, he resucitado glorioso y triunfante de la muerte y del sepulcro.

La Epístola de la Misa de este día se tomó de la primera carta que escribió san Pablo a los corintios. Hermanos míos, les dice, deshaceos de la antigua levadura, para que vengáis a ser una nueva masa. Acababa el santo Apóstol de reprender a los fieles de Corinto el que tolerasen entre ellos un incestuoso público, al cual le entrega el Santo a Satanás, para que estando cortado del cuerpo de la Iglesia como un miembro podrido, no tengan en adelante ningún comercio con él. ¿Ignoráis, les dice, que un poco de levadura corrompe toda la masa? Y tomando de aquí ocasión de hacerles comprender la pureza e inocencia que pide Dios a todos los Cristianos, les dice al cortar de la Iglesia este miembro podrido: Sabed que debéis apartar de vuestro corazón toda inmundicia, para que seáis puros e inmaculados; y reengendrados por el Bautismo, tengáis la dicha de celebrar una Pascua continua, en que el mismo Jesucristo es la víctima: Etenim Pascha nostrum immolatus est Christus. Pongámonos en estado de participar de este celestial banquete por medio de una vida pura e inocente, enteramente distinta de la que teníamos antes de nuestra regeneración: Itaque epelemur; non in fermento veteri, neque in fermento malitiæ: sed in azymis sinceritatis et veritatis. El Apóstol, dice un sabio intérprete, hace aquí una alusión continua a lo que practicaban los judíos antes de comer el cordero pascual. Tenían un escrupuloso cuidado de echar de su casa toda la levadura, y todo lo que estaba fermentado. Por la levadura debe entenderse aquí el pecado, y todo lo que mancha el alma. Los judíos tenían por manchada toda una masa, por poca que fuese la levadura que entrase en ella, mientras duraban los siete días de Pascua;  de modo que esto había pasado a proverbio, para significar que las compañías más santas perdían su reputación, y se exponían a ver bien presto introducido en ellas el desorden desde el momento que sufrían impunemente consigo personas de malas costumbres y de una vida escandalosa. Esta expresión epulemur, comamos o hagamos un banquete, no significa un banquete o una acción particular, por lo cual les pida san Pablo a los Cristianos esta virtud y esta exacta pureza; significa y denota todo el tiempo de la vida, el cual se debe pasar en la inocencia y santidad. También puede entenderse de la comunión pascual. Epulemur: celebremos la Pascua cristiana, recibiendo y comiendo la Divina Eucaristía, que es el verdadero Cordero pascual, no con la antigua levadura, esto es, no con aquellas disposiciones viciosas en que estabais antes que hubieseis abrazado la fe, y os hubieseis despojado del hombre viejo para vestiros del nuevo; llegaos a la santa mesa, comed el Divino Cordero que se inmoló por nosotros; comedle con las disposiciones que pide un alimento tan santo con un corazón puro, con una fe viva, con una conciencia limpia, y con aquel vestido de boda que denota una tan gran pureza.

El Evangelio de la Misa de este día contiene en compendio toda la historia del misterio.

Después del día sábado, que había empezado el Viernes Santo a las seis de la tarde, y había durado hasta las seis de la tarde del sábado, María Magdalena, María, madre de Santiago el Menor, y Salomé, madre de los hijos de Zebedeo, no habiendo podido acabar de preparar la tarde del viernes todos los bálsamos que necesitaban para embalsamar el cuerpo del Salvador, según era costumbre entre los judíos; no bien hubo pasado el sábado, cuando fueron la tarde del sábado a acabar de proveerse de lo que habían menester para ir la mañana siguiente al sepulcro. Ansiosas e impacientes por tributar este último obsequio al Salvador, parten de Jerusalén al rayar el alba, y llegan al sepulcro como al salir el sol. Conforme se iban acercando se decían unas a otras: ¿Quién nos quitará la piedra que está antes de la entrada del sepulcro? Decían esto porque habían visto con sus propios ojos el trabajo que les había costado a muchos hombres el moverla, y llevarla arrastrando hasta la boca del sepulcro. Si estas santas mujeres hubieran tenido menos amor a Jesucristo, la dificultad que se proponían las hubiera hecho estarse en su casa; pero cuando se ama verdaderamente al Señor, no se encuentra imposible cosa alguna en su servicio. Se sabe que su providencia tiene infinitos medios y recursos, y que nuestra confianza se los hace emplear. Las menores dificultades detienen a un alma floja en el camino de la virtud; pero un alma fervorosa no encuentra cosa que no supere y venza fácilmente con la ayuda de la gracia. ¿De qué consuelo, de qué favores no se hubieran privado, si dando oídos a la razón natural se hubieran espantado y amilanado a vista de una dificultad tan puesta en razón? En el servicio de Dios no es menester sino una generosa resolución para ver aplanarse, y aun desaparecer todos los obstáculos. Se advirtió de repente un gran temblor de tierra; y dejándose ver en la primera bóveda donde estaban los soldados de guardia un Ángel bajado del cielo, les inspiró tanto terror, que todos echaron a correr. A este tiempo, volviendo el Ángel la piedra, se sentó encima. Poco después llegaron estas santas mujeres, las que quedaron agradablemente sorprendidas al no encontrar soldados; pero se sorprendieron mucho más cuando, presentándose a la puerta de la primera cueva, advirtieron que estaba abierta la entrada de la segunda en que había sido puesto el cuerpo del Salvador, y vieron a un Ángel sentado sobre la piedra que se había puesto desde el principio para cerrarla. El excesivo resplandor de aquel espíritu celestial en figura de un joven bizarro las paró, y aun las inspiró algún terror. Su rostro era tan resplandeciente, que despedía unos rayos como relámpagos, y sus vestidos parecían tan blancos como la nieve. Conociendo el Ángel que estaban asustadas y temerosas, les dijo: Sosegaos, no tenéis que temer; vosotras venís a buscar el cuerpo del Salvador para embalsamarlo, pero ¿para qué venís a buscar entre los muertos al que está vivo, y es también autor de la vida? No está aquí, ha resucitado: Surrexit, non est hic (Marc. XVI). Acordaos que os dijo un día, estando con vosotras en Galilea, que el Hijo del Hombre había de ser entregado en manos de los pecadores, que había de ser crucificado, y que tres días después de su muerte había de resucitar. Todo esto ha sucedido, como lo predijo; podéis convenceros de ser esto así por vuestros propios ojos. Veis aquí el lugar donde lo pusieron, no temáis entrar, no encontraréis sino el sudario en que fue envuelto. Después que estéis convencidas por vosotras mismas de su gloriosa resurrección, id y buscar a sus discípulos, y dadles esta dichosa nueva, especialmente a Pedro, a quien ha escogido por cabeza de su Iglesia, y que tiene grandes deseos de verte resucitado. El Ángel, dicen los intérpretes, nombra a Pedro en particular: Dicite discipulis ejus, et Petro (ibid.); así porque todos le reconocían como el primero de los doce, como porque habiendo tenido la desgracia de negar a su buen Maestro, hubieran podido imaginarse los demás discípulos que había caído de su primacía, o él mismo hubiera podido creer que Jesucristo no le miraba ya sino como a un apóstata. Para asegurarle, para consolarle, y para hacerle comprender, dice san Juan Crisóstomo y san Gregorio, que su dolor y sus lágrimas no habían sido vanas, hace el Hijo de Dios que le avisen a él en particular de su resurrección.


Quedaron las santas mujeres tan atónitas de lo que veían y oían, que apenas podían hablar una palabra. Vueltas de su espanto entran en el sepulcro y le hallan vacío. En esta consternación se les presentan dos Ángeles, este objeto renueva su terror; salen del sepulcro y van a decir a los discípulos lo que han visto. Pedro y Juan corren al sepulcro para ver con sus propios ojos lo que les decían las mujeres; estas los siguen, entran en él los dos discípulos, y no encuentran sino los lienzos en que había sido amortajado el Salvador. Atónitos del prodigio, agitado su corazón de varios pensamientos, y como suspensos entre el dolor y el gozo, entre la admiración y el temor, toman la vuelta. Magdalena fue la única que se quedó junto al sepulcro, no pudiéndose resolver a volverse sin saber qué se había hecho del cuerpo de su Divino Maestro; su celo, su inquietud, su ardiente amor a Jesucristo la ocupaban tan fuertemente, que no pensaba en lo que le había dicho el Ángel. Ocupada toda del objeto de su amor, se imagina que se le han hurtado, y quiere buscarle a cualquier costa; su impaciencia y su inquietud la hacen desconfiar de sus propios ojos; cree no haberse hecho bien cargo la primera vez, y vuelve a entrar hecha siempre un mar de lágrimas; y habiéndose bajado para registrar y ver mejor el sepulcro, ve dos Ángeles vestidos de blanco sentados en el sitio donde habían puesto el cuerpo de Jesús, el uno a la cabeza y el otro a los pies. La vista de los Ángeles no la resarce de la pérdida que cree haber tenido del que busca. Mujer, le dicen, ¿por qué lloras? Porque me han llevado, les dice, a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. San Juan Crisóstomo cree que Magdalena notó a la sazón en los Ángeles una improvisa y pronta veneración, como si adorasen a alguno. Se volvió para ver qué era aquello, y vio a Jesús que estaba allí; pero no pensó que fuese el Señor. Mujer, le dijo el Salvador, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Mulier, quid ploras? Quem quæris? (Joan. XX). No lo ignoraba el Señor; pero gusta mucho que se le franquee el corazón, dicen los Padres, y que se le diga que se le ama; quiere que se multipliquen y se renueven las pruebas y testimonio de nuestro amor. Magdalena creyó desde luego que era el hombre que cuidaba del huerto, y así le dijo: Señor, si tú te le has llevado, dime dónde le has puesto, y yo le cogeré y me le llevaré. Cuando uno está vivamente sentido y penetrado de dolor de alguna cosa, se imagina que todos saben el motivo que le hace llorar. La impaciencia, el amor y la perseverancia de Magdalena le robaron el corazón al Salvador de modo, que no se atrevió a diferir más tiempo el manifestarse a una amante tan fina. Le dijo: María, a esta sola palabra reconoce Magdalena al Salvador; y transportada del más vivo gozo de que es capaz el corazón, exclama: ¡Ah Divino Maestro mío! Y postrándose a sus pies, los aprieta fuertemente con sus brazos. Le dijo entonces Jesús: No me toques: Noli me tangere; como si dijera, en sentir de los Padres: No te pares a tocarme, como si jamás hubieras de verme más sobre la tierra; sosiégate, y ten por cierto que tendrás tiempo de verme y conversar conmigo despacio, pues todavía no estoy en disposición de dejarte tan pronto para subir al cielo; todavía estaré visiblemente contigo algún tiempo para consolarte, confortarte e instruirte. Y aunque me ves con el mismo cuerpo que me viste antes de mi resurrección, no debes ya mirarme con los mismos sentimientos naturales; elévate por la fe a unos sentimientos más espirituales y a un conocimiento sobrenatural; de hoy en más debes pensar y obrar de un modo mucho más perfecto; y no te imagines que he de vivir entre vosotros, como viven aquellos que he resucitado. Me dejaré ver corporalmente muchas veces entre vosotros; me manifestaré a vosotros; pero de un modo siempre milagroso, hasta que habiéndoos instruido suficientemente, y habiéndoos enseñado a no mirarme ya con ojos corporales, sino con los ojos de la fe, suba a los cielos para estar sentado a la diestra de mi Padre, y prepararos el lugar que os he merecido con mi muerte; ve aquí lo que te mando vayas a decir a mis discípulos. Es digno de advertirse que en ninguna de las apariciones del Salvador se habla una palabra de la santísima Virgen, porque inmediatamente que resucitó Jesucristo, se le había aparecido; siendo muy justo que tuviese parte la primera en el gozo y en la gloria de su triunfo; y por otra parte, estando perfectamente instruida de estos misterios, no tenía necesidad de semejantes lecciones. Noli me tangere, dice san León. Nolo ut ad me corporaliter venias, nec me sensu carnis cognoscas: No pienses tocarme de un modo puramente corporal, y con el mismo sentimiento material que lo hacías antes de ahora. Ad sublimiora te differo: De hoy en más debes obrar de un modo mucho más perfecto. Cuando hubiere subido a mi Padre, pensarás de Mí de un modo más racional y más justo; entonces me reconocerás por verdadero hombre, y me creerás verdadero Dios: Apprehensura quod tangis, et creditura quod non cernis. Esta fina amante corrió al punto a contar a los discípulos lo que le había sucedido. Jesucristo se apareció después a las otras santas mujeres en el camino. El mismo día se manifestó el Salvador a los dos discípulos que iban a Emaús, y a san Pedro antes de dejarse ver de los otros Apóstoles, queriendo darle esta señal de distinción, como a cabeza de los Apóstoles y de toda la Iglesia. Finalmente la tarde del mismo día de su resurrección se manifestó a todos los discípulos juntos.

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