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viernes, 18 de abril de 2014

VIERNES SANTO: CRUCIFIXIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

VIERNES SANTO


El Viernes Santo, llamado también por antonomasia el Viernes mayor, a causa del gran misterio de nuestra redención consumada en el día de hoy, se ha mirado en todo tiempo como el más santo, el más augusto y el más venerable de todos los días, y el que los Cristianos han celebrado siempre con más religión y con una devoción más sensible. Es el gran día de las misericordias del Señor, pues es el día en que este Divino Salvador quiso, por un exceso de amor incomprensible a todo creado entendimiento, sufrir los más crueles tormentos, espiar ignominiosamente en una cruz; para que, dice el sagrado texto, fuésemos curados con sus llagas, lavados en su sangre, justificados por la sentencia de su condenación, y para que en su muerte hallásemos el principio de nuestra vida. Este es el gran día de las expiaciones, pues es el día en que Jesucristo expió con su sangre todos los pecados de los hombres: Anima quæ afflicta non fuerit die hoc, peribit de populis suis. El hombre que no se afligiere en este día de expiación, decía el Señor, perecerá en medio de su pueblo. Quería Dios que en el día destinado para las expiaciones de su pueblo cada uno se excitase a afectos de dolor; y si por desgracia había alguna alma tan endurecida que no participase de la aflicción común, mandaba fuese exterminada, y que no se la contase más entre los de su pueblo. Este es el gran día de las expiaciones. ¿Por ventura no tiene Dios derecho para decir en este día: Anima quæ afflicta non fueril die hoc, peribit? ¿Y qué sería, si al paso que el amor de un Dios se muestra tan sensible a nuestros intereses, nosotros fuéramos insensibles a sus penas? Esta insensibilidad ¿no sería un carácter visible de reprobación?

Ningún día del año es más respetable, ninguno, por decirlo así, más cristiano, ninguno más distinguido que el Viernes Santo. Su celebridad nació con la Iglesia. Todo el mundo es de parecer que los Apóstoles instituyeron aquellas fiestas cuyos misterios pasaron a sus ojos. ¿Quién no ve, dice san Agustín, que la fiesta del Viernes Santo precedió a todas las demás fiestas? Se puede decir que la Iglesia ha como consagrado todos los viernes del año para que sean como la octava perpetua de la fiesta y del misterio del Viernes Santo, así como todos los domingos son la octava del misterio de la resurrección y del santo día de Pascua. Y este es el motivo por que los príncipes cristianos prohibieron el que se hiciesen procesos y sentenciasen pleitos el Viernes Santo, y aun quisieron que esta observancia se comunicase del Viernes Santo a todos los viernes del año, por respeto y en memoria de la pasión del Señor.

Este día es una doble época: es el fin de la antigua alianza, y es el principio de la nueva. La muerte de Jesucristo fue el nacimiento de la Iglesia, y la sepultura, por decirlo así, de la Sinagoga: su sangre, como un diluvio de celestiales bendiciones, renovó toda la tierra, levantando un nuevo pueblo de Dios, y reprobando el antiguo. Se le dio a este día el nombre de Parasceve, que es una palabra griega que significa preparación, por el motivo de que el sexto día de la semana preparaban los judíos cuanto era necesario para celebrar el sábado. Entre los griegos el Viernes Santo se llamó Pascua Staurossime, que quiere decir de Jesús crucificado, y el domingo siguiente Pascua Anastassime, que significa de Jesús resucitado. La fiesta de este día ha sido siempre en la Iglesia una fiesta de lloros, de duelo y de penitencia; y aunque con el tiempo se ha introducido algún alivio, por no decir relajación, en el ayuno de la Cuaresma, se puede decir que nada ha alterado el rigor del ayuno del Viernes Santo. Este es propiamente el único día en que se observa, especialmente en las casas religiosas, y aun entre seglares, la xerophagia, es decir, el ayuno reducido a viandas secas o a raíces y yerbas, y muchos también ayunan hoy a pan y agua.

Desde los Apóstoles viene el no haber Misa en este día. El gran duelo de la Iglesia y la muerte del Salvador hacen que no se ofrezca el divino sacrificio. Antes que el oficio de la noche de Pascua se adelantase al sábado, tampoco había Misa este día por la misma razón: Hoc biduo, dice el papa Inocencio I, Sacramenta non celebrantur. El concilio IV de Toledo, tenido el año 633, dice que el Viernes Santo cerraban en España todas las puertas de las iglesias, para significar la profunda tristeza y la aflicción en que estaba sumergida la Iglesia; ordena no obstante que se celebre el oficio y se predique la pasión. Antiguamente el clero y el pueblo comulgaban el Viernes Santo; esta costumbre ya no se observa sino en algunas antiguas abadías.

El oficio de este día, que se ha sustituido en lugar de la Misa, es uno de los más augustos y más tiernos; todo inspira compunción, devoción y una religiosa tristeza; el espíritu del misterio y de la religión se descubre y se hace sentir en todas las ceremonias y en todas las oraciones; todo representa la triste solemnidad de un día, que es el día de la muerte del Salvador, cuyas exequias celebra hoy la Iglesia.
Se tiende sobre el altar un mantel sin doblez, que es la imagen de la sábana en que fue envuelto el cuerpo del Salvador después de haberlo bajado de la cruz. El preste, postrado boca abajo, testifica por esta postura la amargura en que está sumergido su corazón, la cual debe ser común en este día a todos los fieles. Empieza leyendo dos Epístolas, la una del profeta Oseas, y la otra del pasaje del Éxodo en que Moisés describe la ceremonia del cordero pascual, como figura de Jesucristo inmolado en este día por todos los hombres. El cordero pascual fue seguido del fin de la esclavitud de los israelitas que vivían en Egipto; y la muerte de Jesucristo en este día nos libertó de la servidumbre del pecado.

No hubo profecía más clara, más precisa y más expresa de la muerte, de la resurrección del Salvador y del establecimiento de la Iglesia que la del profeta Oseas, que hace el asunto de la primera Epístola de este día, y por la que comienza el oficio, el cual tiene lugar de Misa: Hæc dicit Dominus: esto dice el Señor; In tribulatione sua mane consurgent ad me; en el exceso de su aflicción se darán priesa de recurrir a Mí. Venid, dirán, volvamos al Señor: Venite, et revertamur ad Dominum; Nos ha castigado por nuestros pecados, esperemos que se ha de compadecer de nosotros; su justicia nos ha herido, y su misericordia nos sanará: Ipse cepit, et sanabit nos: percutiet, et curabit nos. En el sentido alegórico, estos de quienes habla son todo el género humano que por el pecado atrajo sobre sí aquel diluvio de males que por más de cuatro mil años inundó toda la tierra, y no podía ser libertado de la esclavitud del pecado por otro que por aquel que lo había condenado a ella. A la verdad era menester la sangre de un Hombre-Dios para curar todas las llagas del hombre; esto es lo que el Profeta nos predice, y se ha verificado en el misterio que celebramos. Este divino Salvador nos vivificará en el misterio que celebramos. Este Divino Salvador nos vivificará dentro de dos días, dice el Profeta; y al tercero nos resucitará; y después viviremos delante de Él; y no nos mirará ya sino con los ojos propicios; será nuestro Dios, y nosotros seremos su pueblo; sabremos entonces por una fe viva quién es el Señor, y le seguiremos con ansia y con fidelidad, conociéndolo más y más cada día. Él se nos comunicará a nosotros, no ya entre rayos y truenos como en el monte Sinaí, sino como un blando rocío de la primavera, o como una lluvia fecunda del otoño, que no caen sobre la tierra sino para hacerla más fértil en flores y frutos; su salida será semejante a la de la aurora que inspira alegría a todas las cosas: Vivificavit nos per duos dies; in die tertia suscitavit nos. Esta profecía, tomada en su sentido propio y literal, no se efectuó jamás rigurosamente entre los hebreos, dicen los intérpretes. Inútilmente se buscaría en la historia el número de los días después de los cuales el pueblo o algún particular había de recibir una nueva vida, y el tercer día en que había de resucitar. En esto insinuaba Oseas la resurrección de los fieles redimidos con la sangre de Jesucristo, y señalaba de la manera más expresa la resurrección del mismo Salvador, que, como dice san Pablo, nos dio la vida cuando estábamos muertos por nuestros pecados: Cum essemus mortui peccatis, convivificavit nos in Christo (Ephes. II). También nos resucitó con Jesucristo y nos hizo sentar en el cielo en su persona: Conresuscitavit, et consedere fecit in cælestibus (Ibid.). A este lugar del Profeta hace, sin duda, alusión el Apóstol cuando dice que el Salvador resucitó al tercer día conforme a las Escrituras: Quia Christus resurrexit tertia die, secundum Sripturas. Se dejará ver el Salvador, continúa el Profeta, como la aurora; en su resurrección fue aquel sol saliente que disipó todas las tinieblas del error y de la idolatría; vendrá a nosotros como una lluvia que cae a tiempo sobre una tierra seca, que sin ellas jamás hubiera llevado fruto. Quid faciam tibi Ephraim? Quid faciam tibi Juda? La Judea estaba dividida en dos reinos desde la muerte de Salomón; el de Judá, que solo comprendía dos tribus, y el de Israel, que comprendía las otras diez, y porque Jeroboam, primer rey de las diez tribus, era de la tribu de Efraín, se entiende habla Dios a todos los judíos cuando a las dos tribus principales les dice por su Profeta: ¿Qué me podéis pedir a vista de lo que acabo de hacer? Como si dijera: La muerte del Mesías dará fin a vuestra cautividad, y su resurrección os dará una nueva vida: ¿qué mayor maravilla podéis esperar de mi bondad? Si yo no hubiese mirado sino a vuestras oraciones, a vuestras obras de caridad tan poco constantes y a vuestra penitencia tan superficial, jamás hubiera resplandecido tanto mi misericordia y mi compasión para con vosotros; a mi sola bondad debéis una tan grande maravilla: Misericordia vestra, quasi nubes matutina et quasi ros mane pertransiens. Por mas que os he amenazado por mis Profetas, y os he predicho todos los males con que he resuelto castigar vuestras impiedades, no por eso sois menos indóciles. Aprende, ingrato; sábete que yo prefiero el sacrificio del corazón y la caridad a todos vuestros sacrificios; y que la ciencia y el conocimiento que se tiene de Dios por la fe me es más agradable que todos los holocaustos que me podéis ofrecer: Quia misericordiam volui, et non sacrificium; et scientiam Dei plus quam holocausta.


La segunda Epístola está sacada del Éxodo. Gemían, largo tiempo habían, los israelitas bajo la opresión de los egipcios, cuando movido Dios de los clamores de su oprimido pueblo envió a Egipto a Moisés para intimar de su parte al rey Faraón que pusiese en libertad a su pueblo. Moisés, acompañado de su hermano Aarón, se presentó delante del Rey, le declaró la orden de Dios; y habiéndose negado este a lo que se le mandaba, lo hirió a él y a su reino con muchas plagas conforme al poder y orden que había recibido del Señor. Habiéndose endurecido el Faraón, se obstinó en no dejar ir a los israelitas; pero Dios, antes de descargar el último golpe que debía romper sus cadenas, antes de hacerlos salir de aquella larga cautividad, mandó a Moisés les dijese que se dispusieran para celebrar la Pascua, es decir, el tránsito o el paso del Señor. Esta Epístola contiene lo que Dios ordenó a Moisés tocante a esta famosa ceremonia.

El mes en que estáis será en adelante para vosotros el primer mes del año, les dijo: esto era hacia el equinoccio de la primavera, al cual se fijó desde entonces el principio del año santo de los israelitas, pues el año civil empezaba siempre por el equinoccio de otoño como entre los egipcios. El décimo día de este mes, dice el Señor, se tomará un cordero por familia; y si la familia no es bastante numerosa para comerse un cordero, junte de la parentela o de la vecindad el número de personas que sean bastantes para cumplir con esta ceremonia. Este número se determinó que llegase por lo menos a diez. El cordero pascual no debe tener más de un año, no ha de tener mancha ni deformidad alguna. La palabra en hebreo significa perfecto. Los Apóstoles y los Padres de la Iglesia nos hacen advertir la perfecta semejanza entre el cordero pascual y Jesucristo, que es el solo cordero sin mancha, inmolado por nosotros en la cruz, el cual por su sangre nos libró de la esclavitud del pecado, nos puso a cubierto del Ángel exterminador, y sirve aun todos los días de alimento a todos los fieles en el sacramento de la Eucaristía. Lo guardaréis, dice el Señor, hasta el día catorce de este mes: se llamaba aquel mes Nisán, y correspondía a nuestro mes de marzo; y toda la multitud de los hijos de Israel lo inmolará por la tarde. Esta inmolación del cordero pascual era una figura bien expresa del sangriento sacrificio del Salvador del mundo. Se tomará de su sangre, añade el Salvador, y se pondrá sobre los dos postes, es decir, a los dos lados y encima de las puertas de las casas donde lo comieren, para que el Ángel que ha de matar a los primogénitos de los egipcios no entre en las casas que tuviesen esta señal. No era esto, dicen los Padres, porque los Ángeles tuviesen necesidad de esta señal para distinguir las casas de los hebreos de las de los egipcios; pero era necesario hacer comprender por alguna cosa sensible a aquel pueblo grosero la protección especial con que miraba Dios a sus familias. San Jerónimo parece decir que con aquella sangre se hacía una señal de la cruz; lo cierto es que la sangre del cordero pascual era figura y símbolo de la sangre de Jesucristo que nos libra mucho más eficazmente del poder del Ángel exterminador; y poniéndonos a cubierto de la indignación de Dios, nos hace dignos de su misericordia. Haréis asar este cordero, continúa el Señor, no comeréis nada de él crudo ni cocido en agua, sino solamente asado al fuego; os comeréis la cabeza juntamente con los pies y los intestinos; debe consumirse todo aquella noche, sin que reservéis nada para el día siguiente; y si quedare alguna cosa, se quemará y se reducirá a cenizas para que no se profane. Lo comeréis con panes sin levadura y con lechugas silvestres. Cuando lo comáis tendréis ceñidos los riñones, calzados los pies y con báculos en las manos, como unos caminantes prontos a partir, y lo comeréis de priesa, porque es la Pascua, esto es el paso del Señor. Todo es misterioso, todo figura en esta famosa ceremonia descrita tan por menor; jamás hubo una figura de Jesucristo inmolado por nosotros en la cruz más expresa, más significativa y más simbólica que esta inmolación del cordero pascual con todas sus circunstancias a la salida de los israelitas de Egipto: Est enim phase (id est transitus) Domini: es el tránsito o paso que el Señor ordena haga su pueblo, de la cautividad en que vivía a un estado libre, de Egipto a la tierra de promisión; y por Jesucristo inmolado, del estado servil del pecado al dichoso estado de la gracia. Es evidente que la milagrosa libertad que consiguieron los judíos en esta primera Pascua no era sino figura de la libertad del linaje humano de la servidumbre del pecado por la muerte de Jesucristo, cuya memoria celebramos hoy. La sangre del Cordero pascual preservó a los hebreos de la mortandad que se hizo aquella misma noche en las casas de los egipcios, y la sangre de Jesucristo, dijo san Pablo, nos libró de la indignación de su Padre. Él es, según san Pedro, como el Cordero sin mancha y sin deformidad, cuya sangre nos ha salvado. Él mismo, para cumplir en su persona lo que estaba predicho de Él bajo la figura del cordero pascual, Él mismo fue a Jerusalén a ponerse en las manos de los que habían de inmolarlo el día diez de la luna, esto es, el mismo día que debían, según la ley, proveerse de un cordero. Fue inmolado el día catorce, y espiró en la cruz a la misma hora que se empezaba aquel mismo día la inmolación del cordero pascual. No se le rompieron las piernas como se acostumbraba hacer con todos los que se crucificaban; y esto se hizo, dice san Juan, para que se cumpliese la Escritura que prohibía romperle hueso alguno al cordero pascual: Nec os illius confrigetis (Exod. XII, 46). Se comía el cordero pascual para que se acordaran, dice la Escritura, del paso o tránsito del Señor. Nosotros comemos a Jesucristo después de haberlo ofrecido a su Padre en el sacrificio de la Misa, que es la continuación real del sacrificio de Jesucristo en la cruz. El pan sin levadura, es decir, insípido, las lechugas silvestres y amargas con que se comía el cordero pascual, dan bastantemente a entender que la mortificación debe acompañar siempre así a la sagrada comunión, como a la celebración del divino sacrificio: este es uno de los frutos que debe producir la memoria de la celebración del doloroso misterio de la pasión del Señor.

Acabadas estas dos Epístolas, se lee la historia de la pasión según san Juan, el que habiendo sido testigo de cuanto pasó en ella, asegura que dice la verdad y que se debe dar crédito a su testimonio: Et qui vidit testimonium perhibuit: et verum est testimonium ejus.

Todo pasma en la pasión de Jesucristo; pero sobre todo es incomprensible, así la rabia y la inhumanidad de los judíos, como el amor y la paciencia del Salvador. En medio de aquella infinidad de crueldades y oprobios, ¿quién no hubiera creído que sola la vista de aquel Hombre-Dios en el espantoso estado a que lo había reducido la barbarie de los que lo azotaron, los cuales habían hecho de todo su cuerpo una sola llaga; ¿quién no hubiera creído que este espectáculo había de haber dejado satisfecha la rabia y el furor que aquel pueblo cruel había concebido contra un hombre divino, que no les había hecho sino bien, y que había obrado en favor de ellos tantas maravillas? Sin embargo, un objeto tan lastimero solo sirve para irritar más y más su crueldad; aquella sangre, que corre de todas partes, inflama su rabia en lugar de apagarla. No bien ha sido condenado a muerte el Salvador contra toda justicia, cuando cada uno quiere tener parte en la ejecución de aquella injusta sentencia. ¡Con qué barbarie se arrojan aquellos furiosos sobre este divino Cordero! Lo despojan de sus vestiduras; la sangre había pegado a su cuerpo la vestidura de púrpura de que lo habían vestido por escarnio; le tiran con violencia de esta vestidura, y con ella le arrancan muchos pedazos de carne; le vuelven a poner sus vestidos para que fuese menos desconocido; y aunque está sumamente débil y apurado de fuerzas, le cargan no obstante la cruz, cuyo peso le hace caer repetidas veces.

Bien se echa de ver que todo es extraordinario en la pasión de Jesucristo. ¿A quién, por bárbaro que fuese, le ocurrió jamás hacer un reo llevase a cuestas su cadalso? Pero ¿quién jamás se hubiera atrevido a poner una carga tan pesada a un hombre, sobre todo estando tan aniquilado con tantos tormentos, de los cuales muchos eran más que bastantes para quitarle la vida? Pero, por más débil y apurado de fuerzas que esté el Salvador, quiere llevar Él mismo su cruz para hacernos ver la indispensable necesidad que tenemos todos de llevar la nuestra. ¿Y no llevaba Él solo todas las nuestras? Sale Jesús de Jerusalén con aquella pesada carga sobre sus hombros; titubea bajo de su peso, cede a Él y cae sobre sus rodillas a cada paso; necesita de un nuevo milagro para no espirar bajo de aquel peso. Se hubiera tenido compasión de una bestia abrumada del peso de su carga; pero con Jesucristo no tiene lugar la compasión, no le alcanza ningún sentimiento de humanidad; cuanto más se le ve padecer, tanto más se desea verle sufrir, tanto más se discurre cómo hacerle padecer nuevos tormentos. Llega en fin Jesús al lugar destinado a servirle de altar al más santo de todos los sacrificios. Lo desnudan allí segunda vez; y tirando con violencia de sus vestidos, se vuelven a abrir todas sus heridas; lo tienden sobre la cruz; y por un exceso de crueldad, casi desconocido hasta entonces a los más crueles tiranos, le atraviesan los pies y las manos con gruesos clavos, que a grandes golpes de martillo hacen entrar hasta en la cruz en que descansa y que lo sostiene. ¡Oh Dios! no es menester más que punzar un nervio para causar horribles convulsiones. ¡Qué concurso, pues, de todos los más vivos dolores de que un cuerpo es capaz cuando con esos gruesos clavos se hienden, se rasgan y se taladran esos pies y esas manos, que no son sino un tejido de nervios, de músculos, de venas y de arterias! Concibamos, si es posible, lo que Jesucristo padece. Pero ¡qué tormento, Dios mío, y qué exceso de dolores cuando levantan la cruz, y la dejan caer en el agujero que habían hecho en una peña! ¡Qué doloroso estremecimiento este para aquel cuerpo a quien su peso arrastra hacia abajo, y que no obstante queda colgado de tres clavos! ¡Cuánta verdad es que morir en la cruz es morir tantas veces cuantos momentos se vive en ella! ¡Triste y cruel estado! Sin embargo, Jesucristo pasa tres horas en él. Entonces fue, como dice san Pablo, cuando el Salvador de los hombres, estando clavado en la cruz, clavó en ella el decreto o cédula de nuestra condenación, borrándola con su sangre; entonces fue cuando desarmó las potestades y los principados, quitándoles sus despojos, y triunfando de ellos en su persona a vista de todo el mundo: Delens quod adversus nos erat chirographum decreti, quod erat contrarium nobis… affigens illud cruci (Colos. II).

Pero a lo menos ¿fue entonces plañido, fue compadecido de la multitud que había acudido a aquel espectáculo? De ningún modo; lo mismo fue ser levantado en alto el Salvador a vista de todo aquel pueblo, que verse insultado, cargado de oprobios, de ultrajes y de maldiciones; las imprecaciones y las blasfemias parece se hicieron solo para Él. ¿Qué paciente se vio jamás cargado de execraciones y de injurias en la horca en que se le veía espirar? Todo es singular, todo inaudito y todo increíble en la muerte del Salvador. Pero lo que da todavía más golpe es su mansedumbre, es su paciencia, es su caridad; pide a su Padre por los que le hacen morir, muere por ellos y les solicita el perdón. Es un Dios quien padece y quien muere, pero que padece y muere como Dios; una paciencia tan prodigiosa, una mansedumbre tan extraordinaria mueve y enternece a uno de los dos criminales que morían a sus dos lados. ¡Dichosa conversión, y conversión terrible! ¡Ah Señor! el día de vuestras grandes misericordias, el mismo día que morís por la expiación de todos los pecados y por la salvación de todos los hombres, de dos pecadores que habían diferido hasta aquel punto su conversión, ambos a vuestro lado, uno y otro salpicados de la sangre que corría de vuestras llagas, solo uno se convierte, solo uno se salva y el otro se condena ¿Quién puede diferir hasta la muerte su penitencia y lisonjearse que morirá penitente?

La santísima Virgen tenía demasiada parte en este sacrificio, y amaba con demasiada ternura a su querido Hijo para abandonarlo en esta extremidad. ¿Quién puede concebir cuál fue el dolor del Hijo y de la Madre en tan crueles circunstancias? Aquí fue donde la predicción de Simeón se verificó a la letra: aquí fue donde el alma de María fue traspasada de una espada que le hizo padecer un dolor más amargo que la muerte. En fin, viendo el Salvador, en medio de los ladrones, de las humillaciones, de los oprobios de que estaba harto, que los decretos del cielo se habían ejecutado, que la justicia Divina estaba plenamente satisfecha, que todos los oráculos de los Profetas estaban verificados, que la gran obra de la redención estaba cumplida, pagadas todas las deudas de que los hombres eran responsables a la justicia Divina, y satisfecho su extremado amor a estos mismos hombres, dijo con una voz moribunda: Todo está consumado; y al mismo tiempo, bajando la cabeza para consumar su sacrificio, puso su alma como en depósito en las manos de su Padre, diciéndole: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu; y acabado de decir esto, espiró. Apenas murió el Salvador, se advirtió un temblor de tierra universal. El velo que separaba las dos partes del templo se rasgó por el medio. Este rasgarse el velo denota bastante visiblemente el entero cumplimiento de lo que significaban las figuras de la ley antigua; que el cielo se nos había abierto por la muerte de Jesucristo; que se habían disipado las sombras de la ley; que la antigua alianza con el pueblo judaico se había roto por el deicidio; que al pueblo cristiano se le iba a dar la inteligencia de los más grandes misterios de la Religión por las luces de la fe. San Efrén dice que al rasgarse el velo se vio salir una paloma del interior del santuario, como para significar que el Espíritu Santo abandonaba un templo en que Dios no había de ser ya adorado en espíritu y en verdad. Se abrieron muchos sepulcros con el terremoto que sucedió al tiempo que murió el Salvador; pero se cree que los cadáveres no resucitaron sino después de la resurrección de Jesucristo, que debía ser el primero de entre los muertos: Primogenitus ex mortuis. Y se cree también que subieron al cielo en cuerpo y alma con Él. A vista de tantas maravillas los corazones más endurecidos se movieron y se ablandaron. Los judíos se retiraron dándose golpes de pecho y detestando su endurecimiento y su error; y el centurión, que era el oficial que había quedado con algunos soldados para impedir que se llevasen el cuerpo de Jesús, según la orden que le habían dado, asombrado de un espectáculo tan maravilloso, no pudo menos de exclamar: Vere Filius Dei erat iste: Este hombre era verdaderamente el Hijo de Dios.

¡Ah Señor, qué caro te cuesta! ¡A qué precio has redimido mi alma, divino Salvador mío! ¿Puedo yo verte en la cruz, y no mezclar siquiera mis lágrimas con tu sangre? ¿Puedo acordarme que mis pecados te han clavado en la cruz, y no tener sino un mediano dolor de mis culpas? Los corazones más duros se ablandaron por fin en tu muerte: ¿y solo el mío ha de quedar insensible? No, Jesús mío, no; ya siento el efecto de tu gracia; ya es tiempo que mi corazón se rinda a un objeto tan tierno. Acordaos, Señor, que habéis prometido que cuando fueseis levantado sobre la cruz atraeríais a Vos todas las cosas: aquí me tenéis, Señor, pronto a seguiros; cúmplase en mí vuestra promesa; este corazón ya no os resistirá más; Vos moristeis por mí; justo es, Señor, y muy justo, que yo no viva ya sino para Vos.

Todo es misterioso en la historia de la pasión; apenas hay circunstancia que no encierre algún misterio, y ninguna que no pueda servirnos de instrucción. Procuraré dar el sentido moral o alegórico de ciertos pasajes de esta sagrada historia, según la explicación de los santos Padres y de los más sabios intérpretes. He guardado para aquí estas cortas interpretaciones por no interrumpir el hilo de la historia.

Aunque el alma de Jesucristo gozaba continuamente de la bienaventuranza y veía a Dios intuitivamente, esta visión beatífica no impidió el que sintiese verdaderamente aquella excesiva tristeza, aquel temor y aquel mortal tedio de que hablan los Evangelistas. Todos estos movimientos le eran libres, y Él mismo los hacía nacer; pero quiso sentir todo el rigor y todo el acíbar de estos mismos movimientos, reservando todo el alivio para aquellos que en adelante habían de padecer por su amor.

Cuando el Salvador dijo a su Padre que si era posible pasase de Él aquel cáliz, no ignoraba que su muerte estaba resuelta en los decretos eternos de Dios; Él mismo los había firmado voluntariamente; no se arrepiente de ello, la voluntad humana no se opone aquí a la divina; solamente manifiesta el Salvador la repugnancia natural que todo hombre tiene a padecer, la que en Jesucristo fue más viva que en todos los otros hombres; prueba de ello es el sudor que corría hasta la tierra como gotas de sangre. Todo esto fue para prevenir la duda que se podía tener de sí la naturaleza divina en Jesucristo había quitado todo sentimiento de dolor a la naturaleza humana. El Salvador hace ver claramente, por todo lo que pasó en el huerto, que sintió todo el rigor y toda la amargura de las penas y tormentos más vivamente que ningún hombre los haya podido jamás sentir. La repugnancia natural de la parte inferior hace nacer el deseo natural de no padecer; pero la perfecta sumisión de la parte superior a las órdenes de Dios, dice san León, triunfa del deseo de la parte inferior: Prima petitio infirmitatis est, secunda virtutis; illud optavit ex nostra, hoc eligit ex propia; superiori voluntati voluntas cessit inferior.

Viendo san Pedro que prendían a su divino Maestro y lo ataban, dejándose llevar de su natural vivo y del ardor de su celo, echó mano a una espada para defenderlo, y descargó un golpe sobre uno de los criados del sumo sacerdote, llamado Malco: huyó este el golpe, pero no tanto que no le cortase una oreja; pero fue curado allí mismo por el Salvador, quien reprendió severamente a san Pedro por un celo mal entendido; Jesucristo no había enseñado a sus Apóstoles a servirse de las armas; pues les había prohibido hasta llevar báculos en las manos. Y así sucedió esta aventura por haber interpretado mal las palabras del Salvador, y por no haber penetrado bien su pensamiento.

Después de haber acordado Jesucristo a sus Apóstoles que mientras había estado con ellos nada les había faltado; que en todas partes habían sido bien recibidos, y que habían tenido muy poco que padecer, les había advertido que había llegado el tiempo que todo les faltaría, y en que serían perseguidos de todo el mundo. Para hacerles comprender el estado de persecución en que van a hallarse, se sirve, según tenía de costumbre, de un modo de hablar alegórico y figurado; les representa lo que sucede en tiempo de carestía y de guerra. Entonces se hace provisión de víveres y de dinero, y todos andan armados. Cuando os envié, les dijo, sin bolsa, sin saco y sin sandalias, ¿os faltó por ventura alguna cosa? Nada, le dijeron ellos. Pero ha llegado tiempo, añadió, en que os va a suceder lo que sucede en tiempo de hambre y de guerra; todos llenan entonces de dinero la bolsa para hacer provisiones de boca; y para esto, si faltan sacos, se buscan para llenarlos de grano; así como en tiempo de guerra se vende hasta la capa para comprar espada con que poder defenderse, vosotros vais a veros bien presto en unos tiempos tan calamitosos como estos; y tendríais necesidad de las mismas precauciones y de los mismos socorros si vuestro apoyo consistiera solo en la ayuda de los hombres; pero yo, yo mismo seré todo vuestro apoyo y vuestro único asilo; y así no tenéis necesidad de hacer los mismos preparativos contra estos tiempos de persecución. No manda, pues, Jesucristo a sus discípulos que se provean de armas y de dinero; solo les advierte las miserias y peligros a que se verán expuestos de allí adelante. No habiendo penetrado los Apóstoles el pensamiento del Salvador, tomaron demasiado a la letra lo que les acababa de decir; y así no es extraño le dijeran que allí tenían dos espadas. Conociendo el Hijo de Dios que no comprenderían lo que había que decirles hasta después de su resurrección, no tuvo por conveniente darles una más clara explicación de una cosa que todavía no eran capaces de penetrar. Les interrumpió, pues, el discurso, diciéndoles: Bastantes son. Tiempo vendrá en que comprenderéis que las únicas armas de que debéis serviros en las persecuciones son la mansedumbre, la confianza en Mí y la paciencia.

Después de todas las humillaciones a que se entregó voluntariamente el Salvador, no debe admirarnos el que quisiese ser consolado, por decirlo así, y confortado por un Ángel. Quiso con este ejemplo enseñar a todos los fieles a vencer sus repugnancias, y a esperar de Dios el consuelo en la tribulación. No ignora el Señor nuestras penas; desea con ansia aliviárnoslas; nuestros Ángeles de guarda hacen invisiblemente con nosotros el mismo oficio que hizo visiblemente el Ángel que vino a consolar al Salvador en su tristeza mortal y en su agonía.

Queriendo el Salvador hacernos comprender la amargura y el exceso de dolores en que espiraba, exclamó, un momento antes de dar el último aliento: Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Esta queja no es ni efecto de la desconfianza, ni una reconvención que el Salvador haga a su Padre, ni una queja de injusticia de su castigo; sería una blasfemia decir que el Salvador se quejó a su Padre por haber tratado tan cruelmente al que era la misma inocencia. Nada padeció Jesucristo, que no lo padeciese voluntariamente. Había cargado libremente sobre Sí nuestros pecados, y quiso padecer libremente toda la pena que les era debida: Qui proposito sibi Gaudio, sustinuit crucem. Fue elección suya el preferir la más dolorosa e ignominiosa muerte a una vida acomodada y a una deliciosa prosperidad. Las tales palabras solo son un testimonio de los excesivos dolores en que espiraba. Quería el Salvador declarar por Sí mismo el exceso de los tormentos que padecía, sin que ningún milagro suavizase su rigor ni embotase sus puntas, para hacernos comprender más bien el rigor de los juicios de Dios, y lo mucho que le costaba la obra de nuestra redención. Puede también decirse que esta, más bien que una queja, es una oración que hace Jesucristo a su Padre: Deus meus, Deus meus: Padre mío, haz que todos los hombres conozcan la causa por que me has entregado y abandonado a tan horribles tormentos, y a una muerte tan dolorosa como ignominiosa: Ut quid dereliquisti me? Haz que todos los hombres conozcan la causa por que me tratas con tanto rigor; la cual no es otra que sus pecados, los cuales he cargado yo voluntariamente sobre Mí; y si la sola apariencia de pecado, si el solo título de resguardo y de fianza obliga a exigir de Mí, que soy tu Hijo muy amado en quien tienes todas tus complacencias, una satisfacción tan rigurosa, ¿qué será de ellos? Si in viridi ligno hoc faciunt, in arido quid fiet? Si de esta suerte se trata al leño verde, lleno de jugo y sin mácula ni arruga, ¿qué debe esperar el leño seco? Esta expresión, ut quid, parece autorizar esta última interpretación, la cual es una de las más literales, y que más se acerca al sentido que da a estas palabras san Cipriano.

Algunos santos Padres creyeron que el Hijo de Dios quiso antes de espirar autorizar y cumplir la profecía de David, sirviéndose Él mismo de las primeras palabras del salmo XXI, que es todo de Jesucristo moribundo, en el cual el Profeta hace decir al Salvador en la cruz: Deus, Deus meus, respice in me: quare me dereliquisti? longe a salute mea verba delictorum meorum: Dios mío, Dios mío, mira el estado en que me hallo: ¿por qué me has abandonado a la rabia de mis enemigos? Los pecados con que he querido cargarme te obligan a tratarme con tanto rigor.

La Iglesia en este día, a ejemplo de Jesucristo, ora solemnemente por toda suerte de estados y condiciones, así por sus hijos como por sus mayores enemigos; y estas oraciones se llaman solemnes o sacerdotales; a todas precede una genuflexión (menos cuando se ora por los judíos) para hacerlas más eficaces por este acto de una tan profunda humildad. La primera de estas oraciones es por la Iglesia en general; la segunda por el Papa, que es la cabeza visible de ella; la tercera por los obispos, presbíteros, diáconos, subdiáconos y por todos los demás órdenes de clérigos inferiores, por los confesores de la fe, por las vírgenes, por las viudas y por todo el pueblo de Dios; la cuarta es por el rey o por el soberano del país en que se está; la quinta por los catecúmenos o por los que se disponen para el Bautismo; la sexta es para pedir a Dios que purgue el mundo de todos los errores; que preserve a su pueblo de enfermedades, de hambre y de todos los demás azotes; que ponga en libertad a los esclavos y a los presos; que asista a los caminantes; que dé salud a los enfermos, y que haga llegar felizmente al puerto de la serenidad a todos los que están en la mar; ninguna cosa muestra mejor las entrañas de ternura y de caridad de nuestra madre la Iglesia. La séptima es por los herejes y los cismáticos, para que Dios se signe disipar las tinieblas de su entendimiento y de su corazón, y abrirles los ojos para que vuelvan al seno de la Iglesia. La octava es por los pérfidos judíos, pidiendo a Dios les quite el espeso velo que los hace ciegos y obstinados, y que haga reconozcan en fin por su divino Salvador a Jesucristo, al cual siempre han rehusado reconocer. Esta oración es la única en que no se dobla la rodilla, a causa de la impiedad con que este pueblo la dobló por irrisión delante de Jesucristo, ultrajándolo y tratándolo con sus irrisorias genuflexiones como a rey de teatro y de burlas. La nona y última es por los paganos; en ella se pide al Señor que destruya en todo el universo las reliquias del paganismo, que condenan todavía a tantos desventurados pueblos como el demonio tiene todavía en sus lazos.

Acabada la lectura de las profecías y la historia de la pasión del Salvador, en lo cual consiste la primera parte del oficio; y leídas estas oraciones solemnes que constituyen la segunda, se sigue la adoración de la cruz, que hace la tercera parte del oficio de este día. El preste, teniendo en sus manos la cruz cubierta con un velo, descubre una parte de ella a la extremidad del altar al lado de la epístola; otra parte un poco más adelante; y finalmente, llegando al medio del altar, la descubre enteramente, diciendo cada vez: Ecce lignum crucis in quo salus mundi pependit; a lo cual responde: Venite, adoremus: Ved aquí el leño de la cruz en el cual estuvo pendiente aquel que es la salud del mundo; venid, adorémosle. Esta santa ceremonia de descubrir la cruz entres diferentes parajes significa, dice el abad Ruperto, que el misterio de la cruz, el cual fue un escándalo para los judíos y una necedad para los gentiles, pero que respecto de los Cristianos es la fortaleza y la sabiduría de Dios, nos fue revelado después de haber estado oculto por tantos siglos; y que este adorable misterio, que no se predicó al principio sino en un rincón de la Judea, se anunció después públicamente en toda la provincia, y por último en toda la redondez de la tierra. En la solemne adoración de la cruz se hacen tres genuflexiones, como para reparar con estos tres actos de religión los tres insignes desprecios, y por decirlo así, las tres solemnes irrisiones, las tres afrentas que se hicieron a Jesucristo: la primera en casa de Caifás, donde fue tratado como si fuera un falso profeta y un insigne seductor; la segunda en el pretorio y en la corte de Herodes, donde fue mirado como un rey imaginario y tratado de insensato; la tercera en el Calvario, donde fue mirado como el más malvado de todos los impostores, y como quien había tenido la temeridad de atribuirse la augusta calidad de Mesías, de Hijo de Dios y de Salvador.

La palabra adoración de la cruz es común entre griegos y latinos desde los primeros siglos de la Iglesia; y después del nacimiento de las nuevas herejías han afectado escandalizarse de ella los enemigos de la Iglesia. Ninguna cosa es más común entre los fieles que saber y estar bien persuadidos a que el culto supremo no es debido sino a solo Dios, y que no adoramos sino a Jesucristo cuando nos postramos delante de la cruz en que este Señor fue clavado. Lo que hace el principal objeto de nuestro culto es aquel cuerpo adorable unido hipostáticamente a la Divinidad; es aquella sangre preciosa en que fue teñida la cruz. Sería una idolatría referir la adoración al leño en sí mismo y separado de Jesucristo, pues este leño no es Dios, y solo Dios debe ser el objeto de nuestro culto supremo. Cuando la Iglesia dice el día de hoy al mostrar la cruz a todo el pueblo: Venite, adoremus: Venid, adoremos; cuando canta: Tuam crucem adoramus, Domine: Adoramos tu cruz, Señor; por estas palabras no pretende adorar con culto de latría a la cruz por sí misma, sino a Jesucristo elevado en la cruz. Bastante se ha explicado la Iglesia sobre esto siempre que se ha ofrecido ocasión; y atribuir otra doctrina sobre este punto, es ignorancia o malicia, y siempre una de las más atroces calumnias. Y así estas palabras: Ecce lignum crucis, in quo salus mundi pependit: venite, adoremus, no tienen otra significación que esta: Postrémonos delante de la cruz para adorar a Jesucristo, que estuvo clavado en ella por nuestra salud. a la verdad, el término adorar en nuestra lengua parece estar consagrado para significar comúnmente la honra y el culto supremo que no se deben sino a solo Dios; pero así en latín como en hebreo y en griego tiene una significación más extensa; significa en general postrarse y manifestar su respeto; lo que conviene a otros que a Dios, pues todos los días nos postramos por respeto delante de los hombres sin que los adoremos; la Escritura santa nos presenta sobre este particular muchos ejemplos; y así no debemos juzgar de la fe de la Iglesia por la palabra adorar, la que puede tener muchos sentidos, sino por el sentido que la Iglesia da, y por la declaración solemne que hace de su creencia. La Iglesia, pues, ha protestado siempre que no adoraba sino a solo Dios en la cruz, y que toda otra adoración, así a la cruz como a otras cosas inanimadas, era una adoración respectiva.

No se duda que la adoración de la cruz en el Viernes Santo es de tradición apostólica. Los Padres de la primera antigüedad y concilios asimismo muy antiguos hablan de ella como de una ceremonia de piedad establecida en toda la Iglesia: Lignum venerabilis crucis, dice el diácono Rústico, omnis per totum mundum Ecclesia absque ulla contradictione adorat; es una práctica establecida y recibida en toda la Iglesia adorar la cruz del Salvador. Era esta una de las reconvenciones que Juliano Apóstata les hacía a los Cristianos. Tertuliano, Minucio Felix y san Cirilo Alejandrino dicen que los paganos acusaban a los Cristianos de que adoraban la cruz; y se encuentran pruebas ciertas de la tradición de la Iglesia sobre este punto en san Juan Crisóstomo, san Jerónimo, san León, san Gregorio, Teodoreto y en otros muchos. Pero ¿con qué sentimiento de religión, con qué respeto y con qué afectos de amor, de contrición y de una devoción la más tierna debemos nosotros hacer el día de hoy esta adoración de la cruz, y besar las sacratísimas llagas de Nuestro Señor, pues somos nosotros los que se las hemos hecho, y el Señor no las conserva sino como unas señales eternas del exceso de su amor para con nosotros?


En muchas iglesias se estaba con los pies descalzos todo el tiempo que duraba el oficio del Viernes Santo, y esto no solo comprendía a los sacerdotes, a los monjes y a las demás clerecía, sino también al pueblo: Officio infererunt nudis pedibus, dice Lanfranco en sus estatutos. El santo abad de Cava no oficiaba jamás sino con los pies descalzos; la misma práctica observan aun hoy con gran edificación los señores condes de León de Francia y también el señor arzobispo cuando ofrecía; ninguno asiste al altar que no esté descalzo mientras dura el oficio del Viernes Santo.

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