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jueves, 20 de marzo de 2014

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD: LA MARAVILLA DE DIOS.

LA MARAVILLA DE DIOS



Memoriam fecit mirabilium suorum...
“Ha hecho un memorial de todas sus maravillas” (Ps 110, 4)

La Eucaristía es obra de un amor inmenso, que ha tenido a su disposición un poder infinito, esto es, la omnipotencia de Dios.
Santo Tomás la llama “maravilla de las maravillas –miraculorum ab ipso factorum maximum”.
Para convencerse de ello basta meditar lo que enseña la Iglesia acerca de este misterio.

I

La primera maravilla que se obra en la Eucaristía es la transubstanciación, obrada por Jesucristo y después todos los sacerdotes por su divina institución y mandato, toman en sus manos pan y vino, pronuncian sobre esta materia las palabras de la consagración, y al punto desaparece toda la substancia del pan y del vino y se convierte en cuerpo sagrado y sangre adorable de nuestro señor Jesucristo.
Tanto bajo las especies del pan como bajo las del vino se encuentra verdadera, real y substancialmente presente el cuerpo glorioso del Salvador.
Del pan y del vino no han quedado más que accidentes: color, sabor, peso; para los sentidos hay todavía pan y vino, mas para la fe no hay más que unos accidentes que ocultan el cuerpo y la sangre de Jesús. Y estos accidentes subsisten únicamente por virtud de un nuevo milagro de la omnipotencia divina, que suspende las leyes ordinarias de la naturaleza, según las cuales no pueden subsistir las cualidades de los cuerpos sin los cuerpos que las sostienen. Aquí no hay que buscar otra razón que la voluntad de Dios, como es ella misma la razón de nuestra existencia. Dios puede todo lo que quiere, y una cosa no exige de Él mayor esfuerzo que otra. Esta es la primera maravilla de la Eucaristía.

II

Otra maravilla, contenida en la primera, es que este milagro de la transubstanciación se renueva por virtud de la simple palabra de un hombre, esto es, del sacerdote, y tantas veces como él lo quiera. ¿Quiere que Dios se ponga en este altar?... Pues allá viene el Señor. Tal es el poder que le ha concedido.
El sacerdote, revestido de este poder, obra exactamente el mismo milagro que obró Jesús en la cena eucarística, porque obra en nombre de Jesucristo y de Él procede toda la eficacia de su palabra. Nunca ha resistido nuestro Señor a la palabra de su ministro.
¡Oh milagro de la omnipotencia divina! ¡Una simple, mortal y débil criatura encarna a Jesús sacramentado!

III

En el desierto, tomando Jesús cinco panes, los bendijo, y con ellos tuvieron los apóstoles bastante para alimentar a cinco mil hombres. Débil imagen de esta otra maravilla de la multiplicación que Jesús obra en la Eucaristía.
Como Jesús ama por igual a todos los hombres, quiere darse a todos y todo entero a cada uno, de manera que cada uno pueda recoger la parte que le corresponde de este divino maná. Preciso será que se multiplique tanto como sea menester para que le reciban los fieles que lo quieran y cuantas veces lo quieran; hace falta, por decirlo así, que la mesa eucarística cubra el mundo.
Y esto es precisamente lo que se verifica por su poder. Cuantos le reciben sacramentalmente le reciben todo entero y con cuanto es, porque cada una de las hostias le contiene. Dividid estas hostias en muchas partes, en todas las partes que queráis, y Jesús estará todo entero en cada una de ellas. La fracción de la Hostia no divide a Jesús, sino que le multiplica.
¿Quién podrá contar el número de hostias que desde el cenáculo ha puesto Jesús a disposición de sus hijos?

IV

Pero no sólo se multiplica Jesús tanto como las partículas consagradas, sino que, además, por otra maravilla que tiene conexión inmediata con la anterior, está presente a la vez en innumerables lugares.
Durante los días de su vida mortal, Jesús se hallaba en un solo lugar, habitaba una sola casa, por lo que pocas eran las personas privilegiadas que podían gozar de su presencia y tener la dicha de escucharle; mas hoy, presente en el santísimo Sacramento, puede decirse que está en todas partes al mismo tiempo. Su sacratísima humanidad participa, de alguna manera, de la inmensidad de Dios que todo lo llena. Jesús está entero en número indefinido de templos y todo en cada uno de ellos. Y es que como los cristianos, miembros del cuerpo místico de Jesús, están esparcidos por la tierra, es preciso que el alma de este cuerpo místico, Jesús, esté en todas partes llenando todo el cuerpo, comunicando y conservando la vida a cada uno de sus miembros.

Déjanos, ¡oh Jesús amante!, adorar la eficacia de tu poder soberano que multiplica estas maravillas de la Eucaristía, para que así puedas vivir en medio de tus hijos, ser todo para ellos y hacer que ellos puedan a Ti llegarse.

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