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viernes, 21 de marzo de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SACADA DE LOS CUATRO EVANGELISTAS: X. El Niño Jesús disputando con los doctores en el templo de Jerusalén.

X.   El Niño Jesús disputando con los doctores en el templo de Jerusalén.



Por más que la ciudad de Jerusalén está bastante distante de Nazaret, como la santísima Virgen y san José eran muy exactos y religiosos en observar la ley, acudían todos los años a celebrar la fiesta de Pascua a aquella capital. Luego que Jesucristo llegó a la edad de doce años, quiso acompañar a sus padres. El viaje era a lo menos de treinta leguas; pero como la santísima Virgen y san José sabían el espíritu que le animaba, asintieron fácilmente a que hiciera con ellos el viaje. Pasados los días de la fiesta, José y María volvieron a tomar el camino de Nazaret en compañía de los que habían ido con ellos a la fiesta. Aunque nunca perdían de vista a su querido Hijo, pero en esta ocasión permitió Dios que Jesús se quedara en Jerusalén sin que lo advirtiesen: caminaron todo un día, pensando que Jesús iría con la comitiva; pero habiendo llegado por la tarde a Berea, distante tres leguas y media de Jerusalén, quedaron sorprendidos al ver que no iba con los demás caminantes. Todo es misterioso en la vida de Jesucristo. Beda, san Epifanio y san Bernardo son de parecer que en aquellos viajes los hombres iban a pelotones, separados de las mujeres, y que estando san José y la santísima Virgen uno en una banda, y otro en otra, creyeron fácilmente que el niño Jesús, que por la prerrogativa de su edad podía ir indiferentemente en una de las dos, estaría sin duda en una o en la otra: san José creyendo que estaría con María, su madre, y María creyéndole en compañía de su querido esposo. A la tarde, como las dos bandas se juntaban, le echaron menos. Ya se deja considerar cuál sería entonces su inquietud y su dolor. Lo mismo fue amanecer que volver atrás la santísima Virgen y san José; y la mañana siguiente, que era el tercer día después de su partida de Jerusalén, le encontraron en medio de una infinidad de doctores, sentado en una de las galerías o salas que había alrededor del templo, donde los doctores de la ley acostumbraban sentarse y tener sus conferencias: allí el divino Niño enseñaba a los maestros, así con su modestia y mansedumbre, como por la sabiduría y sutileza de sus preguntas, y por la solidez y claridad de sus respuestas; no había en el congreso quien no estuviera lleno de admiración, y se preguntaban unos a otros, si el que hablaba era un niño o un Ángel.

La santísima Virgen, menos sorprendida que los demás de aquella sabiduría tan superior a su edad, porque conocía a su Hijo mejor que ellos, no pudo dejar de manifestarle la pena que les había ocasionado su ausencia: Hijo mío, le dijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos muy afligidos. Quería darle a entender con esto, que si les hubiera dicho una palabra, se hubieran detenido, y le hubieran aguardado con mucho gusto. No debáis estar con pena por mí, respondió el Salvador; podíais pensar que no estando con vosotros estaría en el templo; porque no ignoráis que yo debo emplearme en el servicio de mi Padre en toda ocasión, y buscar en todo su gloria, con preferencia a toda otra obra. Con esto daba Jesucristo a entender bastante que no era simplemente hijo de María, sino que era también el Hijo único de Dios Padre; pero los que estaban presentes no lo comprendieron, excepto la santísima Virgen: por eso el Evangelista añade, que María conservaba todo esto en su memoria para meditarlo despacio.

Habiendo salido Jesús del templo, después de haber dejado a todos los doctores llenos de admiración, volvió con María y José a la pequeña ciudad de Nazaret, donde quiso vivir desconocido, sin que nada se haya sabido en particular de las grandes acciones de virtud que ejercitó en su vida escondida; solo se sabe que obedecía puntualmente a María y a José: que, conforme iba creciendo en edad, mostraba más madurez y prudencia, como si su alma infinitamente santa, y siempre unida a la persona del Verbo, hubiese podido hacer nuevos progresos, y crecer en gracia y en mérito delante de Dios, como lo hacía a los ojos de los hombres, acomodándose a su genio y capacidad.

Pasma el que no habiendo venido el Hijo de Dios al mundo sino para glorificar a su Padre, trabajando en la salvación de los hombres, pasase la mayor parte de su vida en la oscuridad: ¿no hubiera podido en todo aquel tiempo correr el universo, instruir a los hombres con su doctrina, edificarlos con sus ejemplos, convencerlos con sus milagros, y traerlos por todos estos caminos al conocimiento del verdadero Dios? El taller de un artesano ¿era una habitación digna del Salvador de los hombres? Una vida escondida y desconocida ¿debía ser la vida del Mesías? Un retiro tan largo ¿era conveniente a un Hombre-Dios? Es menester que así fuese; pues el que era la sabiduría por esencia, el que no hace nada que no sea con una prudencia consumada, lo jugó así.

¿Quién tenía más en el corazón, quién deseaba promover más la gloria de su Padre que el Hijo de Dios? ¿Quién conocía mejor que Él los medios que eran más a propósito para procurarla? ¿Por ventura la salvación de los hombres no era el fin de su encarnación? ¿Ignoraba acaso que la conversión del universo debía ser su obra? Luego era preciso que una vida pobre, humilde y oscura hasta la edad de treinta años, glorificase más, y fuese más grata a Dios que las más estupendas maravillas: luego la obra de nuestra salvación pedía este silencio, este retiro, esta oscuridad de vida por todo aquel tiempo. ¡Oh, y cómo esta verdad confunde visiblemente nuestra falsa prudencia! ¿Quién de nosotros no hubiera pensado lo contrario? Sin embargo, Dios piensa y obra de distinto modo; pero ¡qué de misterios y qué de lecciones en esta vida escondida de Jesús! El Padre eterno quiere ser glorificado con la vida oscura de su Hijo; y el Hijo de Dios prefiere esta oscuridad de vida a todas las maravillas de una vida brillante a los ojos del mundo. ¡Oh, y cómo esto nos enseña claramente que la perfección y el mérito no consisten en hacer ni en padecer grandes cosas por Dios, sino en no querer ni hacer sino lo que le place a Él!

A la verdad Jesucristo en el taller de Nazaret glorificaba tanto a su Padre con los más viles empleos a que se aplicaba, como lo hizo después en la Judea con sus predicaciones y sus más estupendos milagros: no tenía necesidad este Señor de un gran teatro para hacer grandes cosas; sus acciones las más ordinarias y las menos brillantes eran todas de un mérito infinito que sacaba de su propio fondo. El evangelista solamente dice que Jesús en todo aquel tiempo estaba sujeto a José y María: Et erat subditus illis; encerrando la generalidad de sus eminentes virtudes bajo el solo nombre de sujeción y de obediencia. Es constante que Jesucristo poseía todas las virtudes en sumo grado de perfección, y que hacía los actos de todas ellas durante esta vida escondida; todo lo pretende decir el historiador sagrado, diciendo que estaba perfectamente sujeto: Et erat subditus illis.


Pero ¿por qué un Hombre-Dios escoge una vida pobre, vil y oscura, estando en su mano el vivir en la abundancia y en la magnificencia? No se puede responder otra cosa, sino porque es Hombre-Dios. Ninguna condición convenía mejor al Mesías: un Hombre-Dios no necesitaba de un mérito prestado, ni de una virtud ajena para ser grande y glorioso; habiendo venido al mundo para espiritualizarle, el socorro de los sentidos, de los bienes terrenos, y de un resplandor todo material hubiera perjudicado a su designio; su majestad divina no podía, digámoslo así, darse a conocer, ni hacerse sentir mas bien que viviendo en un estado plebeyo; nada de lo que lisonjea la ambición de un corazón carnal debía tener parte en el establecimiento de una religión del todo sobrenatural; en las humillaciones es propiamente donde su virtud parece todavía divina; y se puede decir que la oscuridad de la condición que ha escogido descubre y hace más visible, por decirlo así, su divinidad a los hombres.

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