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sábado, 29 de marzo de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA: XI. La presentación de la Virgen María.

XI.   La presentación de la Virgen María.


Entre los judíos había dos géneros de presentación en el templo: la primera era de obligación, pues era mandada por la ley, y era la que hacían las mujeres en determinados días después de sus partos; es a saber, a los ochenta días por las niñas, y a los cuarenta por los varones. La otra presentación se hacía por los que habían votado consagrar sus hijos al servicio de Dios en el templo, como la que hizo Ana, madre de Samuel, y santa Ana, madre de la santísima Virgen. Había para esto alrededor del templo de Jerusalén habitaciones destinadas, unas para los hombres, otras para las mujeres, algunas para los niños, y otras para las niñas, que debían cumplir la promesa que habían hecho ellos o ellas, o sus padres por ellos. Había maestros hábiles, y maestros de una virtud conocida para educar en la piedad a los niños y niñas respectivamente; y el empleo de éstos y de éstas era servir en los ministerios sagrados, cada cual según su edad, su estado, su sexo y su capacidad. Instruidos san Joaquín y santa Ana en aquello del Sabio: Si has hecho voto a Dios, no dilates su cumplimiento, desde que vieron que su santa hija tenía más prudencia y más virtud a los tres años que los otros niños a los quince, resolvieron cumplir su voto, cuyo cumplimiento solicitaba su santa hija con un ardor extraordinario.

Esta piadosa ceremonia se hacía siempre con solemnidad; los padres, acompañados de toda la parentela, llevaban sus hijos al templo: habiendo el padre y la madre presentado el niño al sacerdote al pie del altar, le decían el voto que habían hecho de consagrar su hijo al templo; y después de ciertas oraciones el sacerdote le admitía solemnemente en el número de los ministros o sirvientes de la casa de Dios, hasta un tiempo determinado; y esto es lo que se llamaba prestar un niño al Señor, según el lenguaje de la Escritura: Idcirco et ego commodavi eum Domino; por eso le he prestado al Señor, decía Ana, madre de Samuel, cuando fue a presentarle en el templo.

Isidoro de Tesalónica dice que la ceremonia de la presentación de la santísima Virgen en el templo de Jerusalén se hizo con un aparato extraordinario: que no solo quiso acompañarla toda la parentela, sino que por una inspiración secreta de la Divina Providencia, cuyo misterio se ignoraba, todas las personas de distinción de Jerusalén quisieron asistir a esta augusta ceremonia, mientras que los Ángeles acompañaban y celebraban con sus dulces cánticos esta fiesta. No se sabe quién fue el sacerdote que recibió a esta incomparable virgen. San German, patriarca de Constantinopla, y Jorge de Nicomedia tienen por verosímil que fue san Zacarías, padre de san Juan Bautista. Esta presentación fue, sin duda, acompañada de algún sacrificio, como lo fue la de Samuel; pero el que hizo entonces a Dios esta bienaventurada niña de todo cuanto era y tenía, fue de un valor y de un mérito mucho mayor delante de Dios, que todas las víctimas inmoladas.

Las otras niñas que se presentaban en la menor edad para ser consagradas al servicio del templo, como la mayor parte de ellas no tenían todavía el uso de la razón, no sabían lo que se hacía de ellas en esta ceremonia, y su voto no tenía mérito sino por respecto a la consagración interior y espiritual que hacían de ellas sus padres; pero María, en quien por un privilegio especial se había adelantado el uso de la razón y de la libertad desde el primer instante de su vida, instruida perfectamente por el Espíritu Santo, conocía toda la santidad de esta augusta ceremonia, y la acompañaba de todos los sentimientos de religión y de las demás virtudes; lo que hacía que su sacrificio fuese más meritorio y más agradable a los ojos de Dios que cuantos se habían ofrecido hasta entonces en el mundo. Omnis gloria ejus filiæ Regis ab intus, dice de la santísima Virgen el Profeta. Por más que las brillantes cualidades exteriores de esta hija del Rey de los cielos, que había de ser a un mismo tiempo Esposa y Madre suya, fuesen la admiración y el embeleso de todos, sin embargo, era infinitamente más hermosa interior que exteriormente por sus eminentes virtudes. Por esto la Iglesia, gobernada en todo y por todo por el Espíritu Santo, ha querido honrar esta santa presentación con una fiesta particular que se celebra el 21 de noviembre. ¿Por ventura había visto Dios jamás víctima que le fuese más agradable? ¡Qué de espíritus celestiales asistirían a este acto de religión tan glorioso para Dios, a esta augusta ceremonia, que era la admiración de toda la celestial Jerusalén! Todo el cielo estuvo de fiesta en este dichoso día: ¿cómo podía, pues, la Iglesia dejar de celebrar el mismo día la memoria y la fiesta de la presentación de su Reina y abogada? Esto es lo que movió a tantos santos Padres, a san Evodio de Antioquía, a san Epifanio de Salamina, a san Gregorio de Nisa, a san Gregorio el Teólogo, a san Andrés de Creta, a san German de Constantinopla, a san Juan Damasceno, y a tantos Padres latinos a mirar la presentación de la santísima Virgen en el templo de Jerusalén como el primer acto de religión más agradable a Dios, y la fiesta de este día como el preludio y el ensayo, por decirlo así, de todas las fiestas.


Habiendo sido admitida la santísima Virgen en el número de las niñas consagradas solemnemente al Señor, aunque era la más joven de todas, bien pronto sobrepujó en cordura, en virtud y en mérito, tanto interior como exteriormente, a todas las otras. Las bellas prendas de que estaba dotada la ganaron muy desde los principios el corazón y la estimación de las devotas matronas, destinadas a educarla. Jamás se vio educación más bella, más feliz, y que costase menos. El tesoro de gracias, de virtudes, de merecimientos con que el Espíritu Santo la había enriquecido desde su Inmaculada Concepción, y que ella aumentaba todos los instantes por su fiel correspondencia, se desplegaba todos los días a los ojos de cuantos la veían; y si decimos que desde entonces era ya mirada como la maravilla de su sexo, como el prodigio de su siglo, y como un milagro de inocencia, nada tendrán de ponderación estas expresiones.

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