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domingo, 30 de marzo de 2014

DOMINGO CUARTO DE CUARESMA: Milagro de la Multiplicación de los panes y peces.

DOMINGO CUARTO DE CUARESMA

Dominica Laetare


Isa., 66, 10 y 11; Salmo 121, 1
Epístola del Apóstol San Pablo a los Gálatas 4, 22-31
San Juan 6, 1-15

El cuarto domingo de Cuaresma ha tenido siempre en la Iglesia una solemnidad mayor que los tres antecedentes: era uno de los cinco domingos del año que llamaban principales, porque tenían oficio fijo, el que nunca cedían al de ninguna otra fiesta. La razón de esta particular solemnidad es porque en este día hace la Iglesia la fiesta del milagro de la multiplicación de los cinco panes, que ha sido siempre mirado como uno de los efectos más insignes del poder de Jesucristo, como se vio en que el pueblo después de este prodigio pensó en hacerle rey, y ponerle sobre el trono. Antes que se hubiese fijado a este domingo la fiesta de este milagro, la juntaban con la del primer milagro de Jesucristo, y se celebraba su memoria el mismo día de la Epifanía, porque se creía, sobre una antigua tradición, que la multiplicación milagrosa de los cinco panes en el desierto había sucedido en aquel mismo día.

Además del nombre de domingo de los cinco panes, se le da también en algunas partes el nombre del domingo Laetare, de la primera palabra del introito de la misa: Laetare Jerusalem, et conventum facite omnes qui diligitis eam: Alégrate, Jerusalén, y congregaos todos los que la amáis para juntar vuestra alegría con la suya; saltad de gozo los que habéis estado de asiento en la tristeza y en dolor, y seréis colmados de delicias, y os saciaréis de los consuelos que manan y brotan de su seno. Estas expresiones de alegría se han tomado del capítulo LXVI de Isaías, donde el Profeta, después de haber predicho de un modo claro y preciso la conversión de los gentiles a la fe de Jesucristo, bajo la figura de los judíos, libres, en fin, de la cautividad, y de vuelta a su país, convida a todo el pueblo escogido a hacer demostraciones de alegría por la dichosa vuelta de la conversión de los gentiles para no hacer sino una Iglesia. Quis audivit unquam tale? ¿Quién oyó jamás cosa igual? dice el Profeta, Et quis vidit huic simile? ¿Quién jamás vio cosa semejante? ¿Quién hubiera pensado jamás, añade, que Sion hubiera podido parir en tan poco tiempo un pueblo tan numeroso? En efecto, ¿qué cosa más admirable y más pasmosa que la prodigiosa conversión de los gentiles a la fe de Jesucristo? ¿Quién hubiera jamás creído que doce pobres pescadores, gente grosera, sin letras, sin fuerzas, sin opinión, habían de emprender reformar toda la tierra, y persuadir a unos hombres nacidos en la disolución, criados en la licencia de las costumbres, abandonados al libertinaje de los sentidos, que creyeran los misterios más impenetrables al espíritu humano, y más inaccesibles a las luces de la razón, y que se sometieran al yugo de una moral la más austera? Parece increíble que hayan emprendido todo esto; pero más increíble parece que lo hayan conseguido. Sin embargo, así ha sido. ¡Qué maravilla el que una religión como ésta en menos de un siglo se haya derramado y extendido por casi todas las partes del mundo; y que a pesar de las continuas oposiciones de la carne y del espíritu, y que sin embargo de las más horribles persecuciones, esta religión persevere sin la menor alteración en su moral y en su fe, no solo después de dieciocho siglos, sino hasta el fin de los siglos! Esto es lo que anunciaba el Profeta a la hija de Sion, y lo que le hacía decir, que se alegraran todos los que amaban a Jerusalén, y que enjugaran sus lágrimas, porque vendría un tiempo en que esta ciudad se vería llena de gloria, y en que toda la tierra participaría de las delicias que corrieran de su seno. Parece que la Iglesia en lo demás del oficio ha querido elegir de la Escritura los pasajes que hay más propios para ejercitar en sus hijos un gozo todo espiritual: Laetatus sum in his, quae dicta sunt mihi: in domum Domini ibimus. Me he llenado de gozo cuando me han dicho que iremos a la casa del Señor: por estas palabras empieza el salmo CXXI, que contiene los sentimientos de alegría del pueblo judaico, cuando se vio en vísperas de salir de la cautividad de Babilonia; enseñándonos el Espíritu Santo con estas figuras cuáles deben ser nuestros sentimientos por el cielo, nuestra verdadera patria; y disponiéndonos la Iglesia por estos sentimientos de gozo para la tristeza que debe producir en nosotros la pasión del Salvador, que se empieza a celebrar el domingo siguiente, y para la alegría de la resurrección, figurada en el fin de la cautividad de Babilonia, como también en la salida de Egipto. Con el mismo fin de inspirar en este día estos sentimientos de alegría a sus hijos, esparce la Iglesia el día de hoy flores sobre sus altares, y se sirve del órgano para la celebridad de la fiesta; lo cual es una especie de alivio, dicen los autores más críticos, que la Iglesia parece procurar a los que han pasado felizmente la mitad de la carrera de los ayunos de Cuaresma. Asimismo se ha elegido algunas veces en Roma este domingo para hacer la ceremonia de la coronación de los emperadores cristianos. El papa Inocencio IV en su sermón sobre este cuarto domingo dice que el oficio de este día está todo lleno de sentimientos de alegría; los cardenales dejan en él el color morado; pero la más vistosa de las señales y ceremonias que nos quedan de la fiesta de este cuarto domingo es la de la rosa de oro, que se hace en Roma este día, y que le ha dado también el nombre del domingo de la Rosa. Esta ceremonia consiste en la bendición solemne que hace el papa de una rosa de oro en la iglesia de Santa Cruz de Jerusalén; después de la misa, el Papa, acompañado de los cardenales en hábitos morados, vuelve procesionalmente llevando la rosa de oro, la que envía después a algún príncipe.

La Epístola de la misa de este día contiene las instrucciones que de san Pablo a los fieles de Galacia, donde contrapone la libertad de la ley nueva a la servidumbre de la antigua bajo la figura de los hijos de Abraham; Ismael, nacido de Agar, e Isaac, nacido de Sara: el primero, que era hijo de la esclava, nació según la carne, sin que Dios lo hubiese prometido; el otro, que era hijo de la mujer libre, nació en virtud de la promesa de Dios. Todo esto, dice el Apóstol, no es otra cosa que una alegoría que bajo estas dos mujeres nos presenta las dos alianzas, de las cuales la una es la de los esclavos, y la otra de las personas libres. A la mujer libre, nuestra madre, figura de la Iglesia, es a quien se dijo por el profeta Isaías: Alégrate, estéril que no pares, prorrumpe en gritos de alegría tú que has estado tanto tiempo sin el consuelo de ser madre; porque la que estaba abandonada y repudiada, tiene más hijos que la que tiene marido. En cuanto a nosotros, hermanos míos, continúa el Apóstol, debemos estar ciertos que somos los hijos de la promesa, como Isaac; luego no somos los hijos de la esclava, esto es, de la Sinagoga, sino de la mujer libre; esto es, de la Iglesia, que es la Esposa de Jesucristo, cuya libertad nos adquirió este Salvador con su muerte.

Ismael nada tiene que lo distinga. A la verdad es hijo de Abraham, nacido según el orden natural y de una mujer esclava, la cual fue con el tiempo echada de casa con su hijo, que fue después padre de doce hijos, de los cuales descienden los ismaelitas, los árabes, los sarracenos y los otros pueblos que no tuvieron parte en las promesas; pero Isaac había sido prometido a Abraham, y Dios le había dicho que sería su verdadero heredero, en favor del cual se ejecutarían las promesas que le había hecho. Se ve con bastante claridad por todo esto, que en la historia de estos dos hijos hay una alegoría misteriosa y un sentido místico y figurado; los mismos judíos han reconocido, no solo en Ismael y en Isaac, sino también en Agar y en Sara, la figura de los dos testamentos o alianzas: Agar esclava no puede ser madre del heredero, ni pudo parir sino esclavos; también es figura de la Sinagoga, cuyos hijos, es a saber, los judíos, estuvieron sujetos ser vilmente a la ley y a todas las ceremonias legales; y así esta ley fue dad y como aparecida entre fuegos, truenos y relámpagos, símbolos naturales del temor. El Apóstol continúa la alegoría hasta el fin, siempre con el designio de persuadir a los gálatas que la nueva alianza, esto es, la Iglesia de Jesucristo representada por Sara, madre de Isaac, no tiene sino hijos libres de la servidumbre de la ley, a la cual la Sinagoga, representada por Agar, madre de Ismael, había sujetado sus hijos hasta la venida del Mesías. Sina, continúa el Apóstol, es un monte en la Arabia, cercano a la Jerusalén de ahora, la cual es esclava con sus hijos. Todos saben que el monte Sina o Sinaí está en la Arabia Pétrea. Este monte, como también Agar, madre de los árabes o ismaelitas, es figura de los judíos carnales, sujetos servilmente a la ley. La relación y semejanza entre la Jerusalén terrestre y Agar consiste en que Agar era una esclava, y los judíos, representados por Jerusalén, lo son también, siendo éstos tan esclavos en sus observancias de la ley y en su culto, como Agar e Ismael lo eran respecto de Abraham; pero la Jerusalén de arriba, la cual es nuestra madre, es libre. El Apóstol entiende por estas dos Jerusalenes, una en la que vivían los judíos de su tiempo, ciudad material, terrestre, perecedera, representada por la esclava Agar; y la otra representada por Sara, la Iglesia de Jesucristo, su Esposa, a quien los Profetas llaman la nueva Jerusalén, y le dan los epítetos de libre, celestial, siempre resplandeciente, siempre adornada como la Esposa del Cordero, y eterna. Esta Jerusalén venida de lo alto es la Esposa de Jesucristo, y madre de todos los fieles. La Iglesia no tiene sino hijos libres, herederos de las promesas hechas por Dios a Abraham en favor de su hijo Isaac. En solo este hijo de Abraham, figura de Jesucristo, que es su hijo según la carne, debían ser benditas todas las naciones. Agar, figura de la Sinagoga, no tuvo sino hijos esclavos. Tales son los judíos servilmente sujetos a las observancias de la ley; se puede decir que sus fines, su culto, su religión misma, todo era material, todo natural, todo servil; solo los hijos de la Iglesia son verdaderamente libres; el privilegio de un culto espiritual y sobrenatural, la adoración en espíritu y en verdad eran propios de la nueva alianza; y si se han encontrado en los Santos y justos del Antiguo Testamento, ha sido porque pertenecían por la fe en Jesucristo y por la gracia el Testamento Nuevo. Se puede decir que solo en la religión cristiana es adorado Dios en espíritu y en verdad, y servido por amor, donde el temor que reina es un temor filial. Entre los verdaderos hijos de la Iglesia no se conoce otra verdadera servidumbre que la del pecado.

Está escrito, continúa el Apóstol, alégrate, estéril que no pares. Estas palabras las tomó san Pablo del profeta Isaías, de aquel Profeta a quien fueron revelados todos los misterios del Mesías y de la redención, y que tenía presente el retrato de la Iglesia, la felicidad de su dichosa fecundidad, cuya posteridad ha sido más numerosa: está más extendida, es cien veces más permanente que la de la Sinagoga, su primogénita, que se gloriaba de lo numeroso de sus hijos, y que a los principios parecía echar en cara a la Iglesia su oscuridad y esterilidad: Quia multi filii desertae, magis quam ejus quae habet virum. Por lo que toca a nosotros, hermanos míos, somos los hijos de la promesa, figurados por Isaac; no seáis tan cobardes, tan insensatos, que renunciéis esta gloriosa prerrogativa, y os hagáis voluntariamente hijos de Ismael, metiéndoos otra vez en la esclavitud de que Jesucristo os libró, sujetándoos por un error imperdonable a las ceremonias de la ley.

Pero así como el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el espíritu, lo mismo sucede ahora. Así como Ismael perseguía al joven Isaac, así también hoy los judíos carnales e incrédulos persiguen a los Cristianos. Habiendo sido tratado tan mal el Salvador, no se debía esperar que los discípulos tuviesen un tratamiento más favorable: Si me persecuti sunt, et vos persequentur. Pero ¿qué dice la Escritura? Añade san Pablo. Echa de casa a la esclava y a su hijo, pues no debe tener parte este en la herencia. Según el sentido literal y alegórico, el Apóstol da a entender bastantemente a los gálatas, que deben echar de sí a los verdaderos Ismaeles que los persiguen, y a los falsos apóstoles que los pervierten. Según el sentido moral debemos echar de nosotros todo lo que es contrario a nuestra salvación, como son las ocasiones próximas de pecado, y todo lo que puede sernos motivo de caída, sin que en esto haya la menor reserva. Debemos asimismo negarnos a las sugestiones del amor propio, y domar nuestras pasiones.

El Evangelio de la misa de este día contiene, como ya se ha dicho, la historia de la multiplicación de los cinco panes con que el Salvador dio a comer en el desierto a más de cinco mil personas.

Jesucristo acababa de curar al paralítico de treintaiocho años, que yacía junto a la piscina. Este milagro, que había hecho gran ruido en Jerusalén y en los alrededores, había dado motivo al Salvador de probar muy por extenso y de un modo demostrativo y sin réplica la autenticidad de su misión, su divinidad, y la santidad de su doctrina. Los fariseos, lejos de rendirse a una verdad tan clara, solo buscaban cómo apoderarse de Él, resueltos a quitarle la vida; pero como todavía no había llegado el tiempo determinado para este gran sacrificio, el Salvador, que sabía todo lo que se tramaba contra Él, tuvo por conveniente el retirarse. Comenzaba entonces el tercer año de su predicación. Sus Apóstoles, a quienes había enviado a predicar, habiéndose juntado cerca de Él, de vuelta de su misión, fueron en su seguimiento hasta la ribera del mar de Tiberíades, así llamado por motivo de la ciudad de este nombre, edificada poco tiempo había sobre este gran lago a honra del emperador Tiberio. Habiéndose embarcado el Señor, pasó el lago y se retiró al desierto llamado de Betsaida, porque estaba enfrente del pueblo de este nombre, queriendo hacer descansar allí a sus Apóstoles de las fatigas de su postrera misión. Pero no pudo ser tan secreta su partida que no fuese vista de algunos, los que habiéndolos visto embarcar, la publicaron al instante; corrieron de todas partes a donde el Señor se hallaba, y no hubo ciudad ni aldea en los alrededores de donde no saliese un gran número de habitantes, a quienes el deseo de ver a Jesús, de oírle, de hablarle, parecía hacía olvidar lo largo del camino y no sentir la fatiga.

El Salvador había subido a lo alto de una colina, donde había hecho sentar a sus discípulos alrededor de sí: viendo desde allí la gran multitud de personas que venían a Él de todas partes, se enterneció y compadeció de ellas; y para ahorrarles la pena de subir, se bajó al llano, donde los recibió con un rostro que mostraba bien la tierna afición que les profesaba. La primera cosa que hizo fue suministrarles el alimento espiritual, enseñándoles las máximas de la más alta perfección, y arrojando en sus corazones las primeras semillas del Cristianismo, que llamaba ordinariamente el reino de Dios, disponiéndolos así para la gran fiesta de Pascua, que estaba ya próxima. Era ya tarde y el sol empezaba a bajar: por este motivo los Apóstoles le rogaron que despachara a todo el pueblo. Acababa de curar a todos los enfermos que se le habían presentado, y era ya tiempo que el pueblo se retirase a las poblaciones vecinas para buscar alojamiento y tomar algún alimento, porque la mayor parte estaban aún en ayunas. Pero el Salvador pensaba todavía más en sus necesidades que ellos mismos. Por lo que encarándose a uno de los doce, llamado Felipe, le dijo: ¿De dónde compraremos pan para que coman éstos? Esto lo decía para probarlo, dice el Evangelista, porque sabía muy bien lo que debía hacer. Felipe le respondió, que aunque tuvieran doscientos denarios no bastarían para comprar un bocado de pan para cada uno. Otro de sus Apóstoles, llamado Andrés, hermano de Simón, al oír esto le dijo: Señor, aquí hay un mozo que tiene cinco panes de cebada y dos peces. Pero ¿qué es esto, añadió, para tanta gente? En efecto, había allí cerca de cinco mil hombres sin contar mujeres y niños. Pero ¿falta jamás nada cuando se está al cuidado de la Divina Providencia? Haced sentar al pueblo sobre el heno, dijo Jesús a sus discípulos, y no os dé pena por nada. Luego, tomando aquel poco de pan y los dos peces, levantando los ojos al cielo y dando gracias a su Padre, de quien había recibido el poder de obrar toda suerte de milagros, los bendijo; y habiendo partido los panes y dividido los dos peces, se multiplicaron de tal suerte los pedazos entre sus manos, que los discípulos, a quienes los distribuía, tuvieron para repartir abundantemente a todo el pueblo. Todos quedaron satisfechos de comida, y quedó después de todo para llenar doce grandes canastas. Los discípulos juntaron estas preciosas sobras por orden del mismo Jesucristo, que no quería se desperdiciase nada, y que deseaba se conservara entre ellos la memoria de un tan grande milagro; enseñándonos con esto, que todo lo que viene de Dios es precioso, y que la memoria de los favores del cielo es de la mayor consecuencia. Se ve aquí, como también en muchas partes del Evangelio, el cuidado del Salvador en persuadir a sus Apóstoles la verdad de los milagros que obraba, y el cuidado de los Evangelistas en notar las circunstancias de estos milagros.

Absorto y admirado el pueblo al ver un prodigio tan asombroso, decía a voces: Este es el Profeta que se nos ha prometido, y por el que suspiramos tantos siglos. Pobres que gemís en la indigencia y carestía de todo, buscad a Jesucristo, no os separéis de Él, como lo hacía este pueblo; poned en Él vuestra confianza, y Él os aliviará; si juzga que no ha de ser para vuestro bien el sacaros de vuestra necesidad, estad seguros que os la hará soportar con aquella suerte de gozo que no se conoce bien sino cuando se experimenta. Como este milagro sensible arrebataba siempre más a aquel pueblo, y lo tenía más atónito, formaron entre sí la resolución de coger al Salvador y levantarlo por rey; pero conociendo el Señor su designio, mandó a sus Apóstoles que se embarcaran cuanto antes y repasaran la mar; hecho esto despidió al pueblo y se retiró solo a lo más interior del desierto de Betsaida.

Se pregunta, ¿por qué habiendo hecho el Salvador otros muchos milagros, no pensaron los judíos en hacerlo rey, ni en reconocerlo por Mesías, sino después de esta milagrosa multiplicación de los panes? Es la razón, dice san Juan Crisóstomo, porque siendo aquel pueblo tan carnal, y estando acostumbrado a no representarse al Mesías sino bajo la idea de un príncipe temporal, bajo cuyo imperio se imaginaban que habían de gozar de todos los placeres de los sentidos y de todos los bienes de la tierra, creyeron que el milagro que acababa de hacer era como una muestra y como el preludio de aquellos grandes bienes de que intentaba colmarlos; ¿y qué no debía esperar de un Profeta que tenía tanta bondad y poder cuando estuviera revestido de la autoridad soberana? Ellos esperaban un Mesías que debía reinar sobre todo Israel, y alcanzarles una perfecta libertad; y viéndose juntos tantos millares de hombres creyeron tal vez, dice san León, que Jesucristo estaría pronto a ponerse a su frente luego que supiese su resolución, y que ejecutaría sus grandes designios de monarquía y de conquista; tal era la idea de toda la nación; y los mismos Apóstoles estuvieron en esta preocupación hasta la venida del Espíritu Santo; entonces empezaron a conocer que el reino de Jesucristo no era de este mundo. Dios había resuelto desde la eternidad salvar a los hombres por la muerte del Mesías; establecer la Iglesia por la paciencia y los trabajos; fundar el edificio espiritual de la santidad sobre la humildad; sembrar el camino del cielo de cruces y espinas; el lustre y resplandor de las grandezas mundanas y del principado no convenía a quien había de ser la cabeza y el modelo de los hijos de esta Iglesia. ¡Qué dulzura para el cristiano que vive de la fe, tener en Vos, Señor, un Rey que sabrá contentar sus deseos por una eternidad entera!

FUENTE: P. Jean Croisset SJ, Año Cristiano ó ejercicios devotos para todos los domingos, cuaresma y fiestas móviles, TOMO II, Librería Religiosa. 1863. (Pag.103-111)

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