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miércoles, 5 de marzo de 2014

P. JEAN CROISSET. CUARESMA: Miércoles de Ceniza.

MIÉRCOLES DE CENIZA


Empezamos hoy, hermanos míos, dice san Bernardo, el santo tiempo de Cuaresma; este tiempo de combates y de victorias para el cristiano, por medio de las armas del ayuno y de la penitencia. ¡Con qué ánimo, con qué confianza, con qué fervor debemos comenzar esta carrera! pero ¡con qué religión y con qué exactitud debemos observar este ayuno los viernes! Es esta una ley, dice san Bernardo, común a todos los fieles. Habiendo Jesucristo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, ¿se atrevería un cristiano a dispensarse el ayuno de Cuaresma? San Agustín dice que el ayuno de cuarenta días establecido en la Iglesia está autorizado por el Antiguo y por el Nuevo Testamento: por el Antiguo, puesto que Moisés y Elías han ayunado un número igual de días seguidos; por el Nuevo, puesto que el Evangelio nos hace ver que Jesucristo ha ayunado otro tanto tiempo; por donde vemos la conformidad del Evangelio con la Ley figurada por Moisés, y con los Profetas representados por Elías. Sin duda por esto, añade este santo Doctor, apareció Jesucristo entre Moisés y Elías en su transfiguración, para significar más auténticamente lo que el Apóstol dice del Salvador, que la Ley y los Profetas dan testimonio de Él.

Puede decirse con verdad que el ayuno de Cuaresma es tan antiguo como el Evangelio, puesto que el Hijo de Dios no comenzó a predicar su Evangelio sino después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches; pero aunque pueda decirse que fue esta la primera institución de la Cuaresma, puesto que san Jerónimo dice que Jesucristo santificó entonces el ayuno de los Cristianos, no se puede decir que el ejemplo de Jesucristo haya sido desde entonces una ley inviolable, a la cual hayan estado sujetos todos sus discípulos. Aun por la misma respuesta que el Salvador dio a los fariseos parece que no había querido obligar a sus discípulos a que ayunasen, hasta después que estuviesen privados de la presencia del Esposo celestial: día vendrá, dice, en que les será quitado el Esposo, y entonces ayunarán. En efecto, apenas el Salvador había subido al cielo, cuando los ayunos fueron muy frecuentes entre los Apóstoles y entre los primeros fieles. Así es que aunque el ayuno sea de precepto divino, el establecimiento de la Cuaresma, esto es, la forma del ayuno, o la manera de ayunar un número de días reglado antes de Pascua, es de institución apostólica. El Salvador, dice san Jerónimo, santificó por su ayuno de cuarenta días el ayuno solemne de los Cristianos, y su ejemplo fue la primera institución de Cuaresma; pero no hizo entonces un precepto expreso; probablemente desde su resurrección hasta su ascensión fue cuando enseñando a sus Apóstoles acerca del modo con que debían formar su Iglesia, y las observancias religiosas que quería que se estableciesen en ella, les indicó el tiempo y la forma del ayuno de Cuaresma. El ejemplo del Salvador del mundo fijó el número de días, y el tiempo inmediatamente anterior a la Pascua les pareció el más propio para que sirviese de preparación a esta gran fiesta. En efecto, dice san Agustín, no podría elegirse en todo el año un tiempo más conveniente para el ayuno de Cuaresma que el que termina en la pasión de Jesucristo; y este es puntualmente el que el Espíritu Santo ha fijado en la Iglesia.

Como las seis semanas de Cuaresma no comprenden más que treinta y seis días de ayuno, la Iglesia, siempre conducida por el Espíritu Santo, ha añadido a ella los cuatro días precedentes, y ha fijado el principio de esta santa cuarentena al Miércoles de Ceniza. Es bien sabido que se llama así este primer día del ayuno de Cuaresma, a causa de la santa ceremonia de poner la ceniza sobre la cabeza de los fieles que en él se acostumbra. No solo en la nueva Ley, sino también en el Antiguo Testamente, han sido las cenizas el símbolo de la penitencia, y la señal sensible del dolor y de la aflicción. Queriendo Tamar dar a conocer su pesar y su dolor, puso ceniza sobre su cabeza (2 Reg. XIII). Yo me acuso a mí mismo, dice Job hablando con el Señor, y hago penitencia en el polvo y la ceniza (Job XLII). Asustados los israelitas al acercarse Holofernes, y queriendo los sacerdotes apaciguar la cólera de Dios, le ofrecen sacrificios con la cabeza cubierta de ceniza (Judith IV). Mardoqueo, consternado con la nueva de la desgracia que amenazaba a toda su nación, se reviste de un saco, y se cubre la cabeza con ceniza (Esth. IV). Todo el pueblo hizo lo mismo en las provincias. Los ancianos de la ciudad de Sion, dice Jeremías en sus Lamentaciones, han cubierto su cabeza con ceniza en espíritu de penitencia (Jerm. VI). Daniel juntó al ayuno y a la oración la ceniza, para apaciguar al Señor irritado contra su pueblo (Dan. IX). Deseando el rey Nínive apaciguar al Señor, descendió de su trono, se cubrió con un saco, y se sentó sobre la ceniza (Jonæ III). Los Macabeos acompañaron su ayuno solemne con la ceremonia de la ceniza que pusieron sobre la cabeza (1 Mach. III).

No se ha usado menos en la nueva Ley que en la antigua la ceremonia de la ceniza. Reprendiendo Jesucristo a los de Corozain y de Betsaida su endurecimiento y su indocilidad, dice, que si los milagros que se han hecho entre ellos se hubiesen hecho en Tiro y en Sidón, habría ya mucho tiempo que hubieran hecho penitencia en el saco y en la ceniza (Malth. XI). Ninguna cosa fue más común entre los penitentes desde los primeros días de la Iglesia. Los Padres y los concilios antiguos han añadido siempre la ceniza a la penitencia. Optato reprendía a los donatistas el haber puesto en penitencia a las vírgenes consagradas a Dios, poniéndoles ceniza sobre la cabeza. San Ambrosio dice que la ceniza debe distinguir al penitente (Lib 1 ad Virg. laps. 8). Y san Isidoro, arzobispo de Sevilla, dice que los que entran en penitencia ponen ceniza sobre su cabeza, en reconocimiento de que a consecuencia del pecado no son más que polvo y ceniza; y que con justicia ha pronunciado Dios contra ellos la sentencia de muerte.

Reginón ha tomado de los antiguos concilios el modo con que se ponía la ceniza a los grandes pecadores, y la ceremonia del día de ceniza. Todos los penitentes, dice, se prestaban a la puerta de la iglesia cubiertos con un saco, los pies desnudos, y con todas las señales de un corazón contrito y humillado. El obispo o el penitenciario les imponía una penitencia proporcionada a sus pecados. Después, habiendo recitado los salmos penitenciales, se les imponían las manos, se les rociaba con agua bendita, y se cubría su cabeza con ceniza. Esta era la ceremonia del día de ceniza, o de los primeros días de los ayunos de Cuaresma, para los pecadores públicos, cuyos enormes pecados habían hecho mucho ruido y causado escándalo. Pero como todos los hombres son pecadores, dice san Agustín, todos deben ser penitentes; esto es lo que movió a los fieles, hasta a los más inocentes, a dar en este día una señal pública de penitencia recibiendo la ceniza sobre su cabeza. Ninguno de los fieles se exceptuó; los príncipes como sus vasallos, los sacerdotes y aun los obispos, dieron al público desde los primeros tiempos este ejemplo tan edificante de penitencia. Y lo que había sido en el principio peculiar solo de los penitentes públicos, se hizo por fin común a todos los hijos de la Iglesia, por la persuasión en que todos deben estar, conforme a la palabra de Jesucristo, que no hay nadie, por inocente que se crea, que no tenga necesidad de hacer penitencia. Los mismos Papas se someten como los demás a esta ceremonia humillante de la Religión; toda la distinción respetuosa que se hace al Vicario de Jesucristo consiste en no decir nada al imponerle la ceniza.

Acuérdate, hombre, que eres polvo, y que te convertirás en polvo. Estas son las memorables palabras que Dios dijo al primer hombre en el momento de su desobediencia, y las mismas dirige la Iglesia en particular a cada uno de nosotros, por boca de sus ministros, en la ceremonia de este día. Palabras de maldición en el sentido que Dios las pronunció, dice el más célebre de los oradores cristianos; pero palabras de gracia y de salud, en el fin que se propone la Iglesia cuando nos las dice. Palabras terribles y fulminantes para el hombre pecador, porque significan el decreto irrevocable de su condenación a muerte; pero palabras dulces y consoladoras para el pecador penitente, dice san Juan Crisóstomo, porque le enseñan el camino de su conversión por la penitencia. Tomad en la mano un puñado de ceniza, dijo Dios a Moisés y a Aarón, y derramadla sobre el pueblo (Exod. IX). Esta ceniza así derramada, dice la Escritura, fue como la materia con que Dios formó los azotes que afligieron a todo el Egipto, y causaron en él una desolación tan general. El efecto de la ceremonia de este día tiene un efecto muy diferente en el Cristianismo; porque los sacerdotes de la ley nueva no derraman hoy la ceniza sobre nuestras cabezas, sino para apaciguar la cólera del Señor por este acto de humillación, para atraernos las gracias y los favores de Dios, para hacernos acreedores de su bondad, y para excitar en nuestros corazones los sentimientos de una verdadera penitencia; y en este espíritu y con esta disposición se debe practicar en este día la ceremonia de la ceniza. Esta se hace de la leña de los ramos benditos en el año precedente, y llevados en la procesión el domingo de Ramos. También se bendice esta ceniza por el sacerdote antes de ponerla sobre la cabeza de los fieles, y basta hacerse cargo de las oraciones de que la Iglesia se sirve en esta bendición, para comprender con qué espíritu de religión se debe participar de esta saludable ceremonia.

Comienza el sacerdote la bendición de las cenizas por el versículo del salmo LXVIII: Oíd, Señor, mis ruegos, ya que tanto os complacéis en hacer bien; seguid los movimientos de vuestra infinita misericordia, y poned en mí vuestros ojos. Dios omnipotente y eterno, continúa el sacerdote, sed propicio a los que os ruegan con confianza, y perdonad a los pecadores penitentes. Dignaos enviar vuestro santo Ángel del cielo, que bendiga y santifique estas cenizas, para que sean un remedio saludable a todos aquellos que con un corazón contrito y humillado invocan vuestro santo Nombre, confiesan públicamente que son pecadores, y penetrados de un vivo dolor de haberos ofendido, se postran hoy delante de Vos, implorando vuestra infinita misericordia. Dignaos, Dios de bondad, dejaros inclinar por este acto de religión; y haced por la invocación de vuestro santo Nombre que todos los que recibieren estas cenizas sobre su cabeza, además del perdón de sus pecados, reciban también la salud del cuerpo y del alma. Por Nuestro Señor Jesucristo.

Oh Dios, que no queréis la muerte, sino la conversión de los pecadores, apiadaos de la fragilidad humana, continúa el sacerdote, y dignaos por vuestra misericordia bendecir Vos mismo estas cenizas que queremos poner sobre nuestra cabeza, en señal de humildad cristiana de que hacemos profesión, y para obtener por este acto de penitencia el perdón que esperamos, a fin de que, cuando por Él reconocemos que no somos más que polvo, y que en castigo de nuestra prevaricación nos convertiremos en polvo, obtengamos de vuestra misericordia el perdón de todos nuestros pecados, y la recompensa que habéis prometido a los que hacen una verdadera penitencia. Por Jesucristo nuestro Señor. Así sea.

Oh Dios, que os dejáis rendir por la humillación, y ganar por una satisfacción sincera, prosigue, dignaos escuchar nuestros ruegos y nuestros votos, y mientras que la cabeza de vuestros siervos está cubierta con la ceniza, derramad vuestra gracia en sus corazones, a fin de que los llenéis del espíritu de compunción, les concedáis el efecto de su justa petición, y que ya no pierdan las gracias que les hubiereis concedido. Os lo suplicamos por Jesucristo nuestro Señor.

Dios omnipotente y eterno, que os habéis dignado perdonar a los ninivitas, cubiertos de ceniza, y revestidos con un saco en señal de su penitencia; concedednos, por vuestra misericordia, la gracia de que imitándoles hoy en las señales de nuestra penitencia, obtengamos como ellos el perdón de nuestros pecados. Por nuestro Señor, etc. La Iglesia termina esta bendición de la ceniza exhortando a todos los fieles de una manera patética, y en el sentido del profeta Joel, a que se haga útil y eficaz la ceremonia de la ceniza. No nos reformemos solo en lo exterior, por la modestia de los vestidos, en la ceniza y en el cilicio: ayunemos, y acompañemos nuestros ayunos con lágrimas de contrición, que debemos derramar delante del Señor; porque nuestro Dios está lleno de bondad y de misericordia, y siempre pronto a perdonarnos nuestros pecados: corrijamos las faltas que hemos cometido o por flaqueza, o por ignorancia, o por malicia; y no difiramos el hacerlo, no sea que sorprendidos por la muerte no tengamos tiempo para convertirnos.

La Epístola de la Misa de este día está tomada del profeta Joel al capítulo II. Nada podía convenir mejor al espíritu y a la celebridad de este día. Los azotes con que Dios castigaba los pecados de su pueblo le ofrecen una buena ocasión al Profeta para estimularle a que procure apaciguar la cólera de Dios por medio del ayuno y de la penitencia, prediciéndole que el Señor movido por la humillación, por la maceración del cuerpo y la oración, derramará sus bendiciones sobre los corazones contritos y humillados, y colmará de bienes las almas verdaderamente penitentes. El estilo de este Profeta es pomposo, magnífico, vehemente, expresivo, figurado, y al mismo tiempo vivo, interesante y patético. La alegoría de las langostas, comparadas a un ejército, está perfectamente bien sostenida. Sus pinturas son vivas. Pinta las cosas de modo que parece que se ven. Romped vuestros corazones y vuestros vestidos, y convertíos al Señor vuestro Dios, porque es bueno y compasivo, paciente y rico en misericordia, y todavía más misericordioso que nosotros perversos. Era entonces una costumbre muy ordinaria el desgarrar los vestidos en el luto y en el transporte del dolor. Innumerables son los ejemplos que presenta la Escritura; pero Dios no se contenta con estas señales equívocas de conversión, de dolor y de arrepentimiento; quiere una conversión sincera, un dolor interior, un corazón contrito y despedazado de dolor; quiere la conversión del corazón, la reforma de las costumbres; pide frutos dignos de penitencia. ¿Quién sabe si se aplacara con nuestras lágrimas, y se ablandará viéndonos humillados? El Profeta designa a la vez tres disposiciones con que debemos hacer la penitencia: la confianza en la bondad de Dios, la contrición de nuestros pecados, y la desconfianza de nuestros propios méritos. Se anunciaban las fiestas y las reuniones a son de trompeta, según está ordenado en el capítulo X de los Números; y el Profeta exhorta a los jefes de la nación a que reúnan el pueblo, y en esta reunión general ordenen un ayuno solemne, y estimulen a todos, y en particular a los ministros del Señor, a apaciguar la cólera de Dios con sus lágrimas y su penitencia. Derramen lágrimas, dice, los sacerdotes postrados entre el vestíbulo y el altar, y exclamen: Perdonad, Señor, perdonad a vuestro pueblo, y no permitáis que vuestra heredad caiga en el oprobio, y que sea dominado por las naciones. ¿Sufriréis que los extranjeros digan de nosotros: dónde está su Dios? En el estado en que entonces se hallaba el país, nada hubiera sido más fácil a los enemigos de los judíos que el apoderarse de ellos. El pueblo, consternado, abatido por el espanto, debilitado por un hambre horrible, apenas estaba en estado de resistir a un ejército de asirios o de caldeos. El Profeta exhorta, pues, a los ministros del Señor, a que le pidan que no permita que su pueblo caiga bajo de la dominación de los extranjeros, y que las naciones infieles no tengan que acusar al Dios de Israel, o de flaqueza, o de dureza, por haber así abandonado a su pueblo a la merced de sus enemigos. No bien el Profeta ha exhortado a todos sus hermanos a la penitencia, cuando les predice que el Señor se dejará ablandar de sus clamores. El Señor se ha conmovido, dice, a vista de sus lágrimas, y les ha perdonado; y a este perdón ha seguido todo género de prosperidades y de una bendición abundante. Tanta verdad es que la penitencia desarma a Dios, por más irritado que esté, y trae la prosperidad y la calma.


El Evangelio de la Misa de este día está tomado del capítulo VI del Evangelio según san Mateo, en donde Jesucristo nos enseña la pureza de intención que debe haber en el ayuno. Acababa el Salvador de enseñar a sus Apóstoles cómo debían orar, prescribiéndoles el modelo de la oración más excelente, y cómo debían perdonar las injurias, reservándose a sí mismo el ser el modelo más perfecto de una caridad tan relevante. Después de haberles dado los preceptos sobre la oración y sobre el perdón de las injurias, les da también sobre el ayuno que debe acompañar y sostener la oración. ¿Queréis saber, les dice, cuáles ayunos son santos y agradables a Dios? Son aquellos que se practican en secreto. No extrañéis que yo os prohíba el imitar a los hipócritas, que ayunan haciendo ostentación de su austeridad; su virtud no está en el corazón sino en el rostro, y por una cara penitente, por un aire triste y austero, por ayunos largos y rigorosos, tratan de adquirir reputación de gentes mortificadas, y con estas exterioridades afectadas e hipócritas embaucar a los hombres. Tened por cierto lo que os he dicho ya, y os digo ahora, que la recompensa de tales sujetos está reducida al honor vano con que se apacientan. Yo espero de vosotros un porte muy diferente; porque lo que yo quiero es que en los días de ayuno os perfuméis la cabeza, y os lavéis el rostro, como acostumbráis hacerlo en los días solemnes y de regocijo, a fin de que a la sombra de un rostro festivo ocultéis la austeridad de vuestro ayuno: de modo que, si puede ser, solo Dios sepa que ayunáis, y si es necesario, aquellos a quienes debéis dar buen ejemplo. Esto es lo que Dios quiere, esto lo que aprecia; cuanto más ocultareis a los hombres vuestras penitencias, tanto más pública y gloriosa será algún día vuestra recompensa. Un cristiano verdaderamente penitente oculta con cuidado a los ojos de los hombres los rigores a que se condena; como no ha ofendido más que a su Dios, a Él solo es al que quiere agradar; le parecen muy pequeñas las penas con que se aflige, para no temer el que se disminuya su mérito exponiéndolas a la vista de los hombres: por tanto solo debemos hacer a los hombres testigos de nuestra penitencia, si los hemos hecho testigos de nuestros desórdenes: el escándalo solo se repara por la conversión y la reforma de las costumbres.

En el luto y en el ayuno no se usaba de baño ni de perfumes. Cuando Jesucristo manda que se sirvan de ellos en el ejercicio de la penitencia, no se ha de estar al sentido material de las palabras: quiere solamente que estemos tan lejos de la afectación de parecer ayunadores, que antes bien parezcamos todo lo contrario, y que en vez del aire triste y austero de los fariseos, usemos de maneras francas, abiertas, de un aire festivo y contento; quiere que obremos sin afectación, sin vanidad, sin máscara, sin hipocresía: a fin, dice san Ambrosio, que no parezca, por decirlo así, que vendemos a los hombres nuestro ayuno, y que trabajamos en nuestra salud con tristeza y con pesar, tomando un aspecto sombrío y lloroso que vaya diciendo a todos que ayunamos.

También, prosigue el Salvador, hay en el mundo otra flaqueza muy común, que es la gran pasión de adquirir bienes. El Salvador añade el desprendimiento de los bienes terrenos al precepto del ayuno, para prevenir al indecente motivo de aquellos que llevados de una avaricia sórdida, solo ayunan para ahorrar. Ayunemos de tal modo, dice san Agustín, que el ahorro de nuestros ayunos entre en el tesoro de Jesucristo por las manos de los pobres, y no venga a ser el alimento de nuestra avaricia. Yo no os impido, dice el Salvador a sus discípulos, el que juntéis grandes tesoros, y con tal que no sean de la naturaleza de los que se juntan en la tierra, que los consumen el orín y los gusanos, y que pueden robaros los ladrones. No os afanéis por juntar otros tesoros que los del cielo, donde no hay orín ni gusanos que los consuman, ni ladrones que excaven ni que roben; en el cielo donde los tesoros que juntareis son inalterables, inamisibles y eternos. Por otra parte, si, según el antiguo proverbio, donde está el tesoro allí está el corazón, ¿no es más justo y más útil levantar sin cesar vuestro corazón al cielo, querida patria vuestra, que apegarle a la tierra, triste lugar de vuestro destierro?


San Hilario explicando estas palabras de Jesucristo: no hagáis, dice, vuestro tesoro de la opinión y de las alabanzas de los hombres; no esperéis de ellos vuestra recompensa; esperadla únicamente de Dios. ¡Ah! ¡qué poco racionales son los hombres! ¡qué poco conocen sus verdaderos intereses! No nos empeñamos con actividad más que por los bienes de la tierra; bienes falsos, frívolos, vacíos, bienes aparentes que nada tienen de durable, y que se nos deben quitar necesariamente tarde o temprano. ¡Cuán ciegos somos! ¿por qué no dirigimos todas nuestras miras y nuestras solicitudes hacia el cielo, hacia las verdaderas riquezas, cuya posesión debe ser eterna, y que son las únicas que pueden para siempre llenar nuestros deseos? El justo no tiene afición a la vida, porque cuenta como nada los bienes de que goza en ella. No ha trabajado ni trabaja más que para el cielo; allí está su tesoro, y por consiguiente su corazón. ¡Qué sabio, qué dichoso es este justo en no apegarse aquí abajo, donde es extranjero, y en hacer pasar todo el fruto de su trabajo al cielo; su verdadera, su eterna patria! ¡Qué diferencia en la muerte entre el pecador y el justo! el corazón del pecador está todo en la tierra, y le es preciso dejarla; el corazón del justo está en el cielo, y la muerte le abre la entrada en él. La palabra tesoro, dicen los intérpretes, significa no solo el dinero, sino también los muebles, los vestidos preciosos, los repuestos de grano y de provisiones para la vida; el orín no gasta más que el metal, los gusanos roen los muebles, los vestidos y el grano.

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