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viernes, 11 de abril de 2014

VIERNES DE PASIÓN

VIERNES DE PASIÓN

Profeta Jeremías dictando sus profecías

En el oficio de la Misa de este día nos anuncia la Iglesia de una manera más expresa la pasión y la muerte del Salvador, queriendo que nos preparemos para celebrarlas los ocho días que las preceden.

El introito de la Misa se tomó del salmo XXX, que es una oración humilde, afectuosa y llena de confianza, que David hace a Dios en medio de sus mayores aflicciones y en el riesgo más inminente de su vida. Viéndose David en medio de sus enemigos, sin esperanza de evitar la muerte que Saúl había decretado y concertado con ellos, abandonado de sus parientes y de sus amigos, que no se atrevían a declararse por él; habiéndolo proscrito y tallado Saúl, sus enemigos no se anduvieron más en contemplaciones con él; los grandes se hicieron del partido, o por mejor decir, de la pasión del monarca. ¡Qué figura más propia, dicen los Padres, de Jesucristo en su pasión!

Miserere mihi, Domine, quoniam tribulor: Señor, lastimaos y compadeceos de la extremada aflicción en que me veis sumergido. Libradme, Señor, y sacadme de las manos de mis enemigos, que me persiguen con furor con el fin de perderme: Domine, non confundar, quoniam invocavi te. No padezca yo la confusión de verme abandonado de Vos después de haber invocado vuestro nombre. Siempre he esperado en Vos, Señor; haced que no padezca el sonrojo de haber esperado en vano; armaos de vuestra justicia, y venid a librarme. Ya se ha observado en otras partes, que habiéndose aplicado Jesucristo a sí mismo el versículo VI de este salmo, nos ha declarado con esto que las persecuciones de David eran figura de las suyas.

La Epístola corresponde perfectamente a este salmo: está compuesta de las palabras del profeta Jeremías, que siendo también figura de Jesucristo pide a Dios lo libre de sus enemigos. Predice en ella el Profeta que los que abandonaren a Dios serán confundidos, y los que se retiren de Él serán escritos sobre el polvo de la tierra para ser borrados y deshechos bien presto.

El profeta Jeremías tuvo orden de Dios para anunciar al pueblo judaico, al rey, a los grandes de la corte y a los sacerdotes las desdichas que habían de suceder de allí a poco tiempo a la ciudad de Jerusalén y a toda la nación. Quería el Señor obligarlos a hacer penitencia para aplacar su justicia divina, justamente irritada por la corrupción general de las costumbres; y a este fin les envió un profeta para que les advirtiese y predijese los castigos que les amenazaban. Pero se burlaron e hicieron mofa de la profecía del profeta. Después de haber amenazado diversas veces al pueblo su próxima ruina y cautividad, y siempre inútilmente, atacó a los grandes del país, a los sacerdotes mismos, y a los doctores o intérpretes de la ley. Todos vivían en una corrupción tan general, y estaban tan endurecidos en la impiedad, en la idolatría, en la avaricia, en la destemplanza y en todo género de disoluciones, que la palabra de Dios, intimada por su profeta, no fue recibida de nadie; antes bien irritándose todos contra el que se la anunciaba y procuraba moverlos a penitencia para desviar las desdichas de que estaban amenazados, se pusieron y dedicaron a perseguirlo de la manera más cruel, y formaron desde entonces el designio de perderle; pero el profeta ni se asustó por ello, ni cedió de su empeño. Viendo que no lo querían oír dictó a Baruc, su principal discípulo, todo lo que había profetizado contra Jerusalén y contra toda la nación. Esta profecía se la mostraron al rey Joaquín, el cual sobrecogido y asustado de las desdichas que se le anunciaban, rasgó este escrito con una navaja de cortar plumas y lo echó al fuego; pero Dios le mandó al profeta que volviera a escribir las mismas amenazas en otro volumen y que añadiese todavía otras muchas. Esta santa libertad, que le infundió el espíritu de Dios que lo animaba, lo expuso a las persecuciones más bárbaras de los judíos. Lo pusieron en la cárcel dos o tres veces; pero no pudiendo sufrir los cortesanos de Sedecías, que sin embargo de su prisión echase en cara continuamente a los judíos sus desórdenes y les anunciase las desdichas que les amenazaban, lo arrojaron a una cisterna profunda llena de cieno, en donde hubiera perecido, si un etíope, llamado Abdemelec, a quien su mérito había puesto cerca del Rey, no hubiese obtenido de este Príncipe permiso para sacarlo. Los de la ciudad de Anatot, lugar de su nacimiento, fueron, al parecer, los más atrevidos en perseguirle. Sus conciudadanos le amenazaron con la muerte si profetizaba más en el nombre del Señor; pero sus amenazas solo sirvieron para que les anunciase con más libertad los terribles efectos del enojo de Dios, y solo por milagro pudo librarse de sus manos.

Habiendo ido a Jerusalén continuó sus funestas predicciones con el mismo celo que antes; y dijo a gritos que el templo no defendería a la ciudad del furor del Señor, el cual la trataría como había tratado a Silos, añadiendo que la haría execración de todos los pueblos de la tierra. Los pontífices, el pueblo y los profetas, que eran entonces lo que fueron después de la cautividad los escribas y los doctores, habiéndolo oído se echaron sobre él, diciendo a gritos que debían hacerlo morir sin la menor dilación para que no profetizara más en el nombre del Señor. Se le prendió, fue llevado ante el Rey, a quien le pidieron su muerte, diciendo que la había merecido por haber profetizado contra la ciudad. Se juntaron los sarracenos para deliberar sobre ello; habiendo reconocido que todo su delito consistía, no en haber atraído desdicha alguna sobre la ciudad, sino en haber predicho aquellas de que estaba amenazada de parte del Señor, y en haber querido excitar al pueblo a que hiciese penitencia para aplacar a Dios, lo dejaron libre y absuelto de toda pena, a pesar del furor del pueblo y del odio de los sacerdotes.

Lejos de acobardarse a vista de tan injustas persecuciones y de tan frecuentes e inminentes riesgos, nunca se mostró más intrépido su celo: sus predicciones fueron en adelante menos vagas y menos oscuras. Profetizó que el enojo del Señor iba a reventar incesantemente sobre Jerusalén, y que el instrumento de que se serviría Dios para castigarla era Nabucodonosor, rey de Babilonia. Estas postreras amenazas, con ser tan precisas, todavía no tuvieron fuerza para ablandar aquellos corazones endurecidos. Todavía hubiera sido tiempo de aplacar al cielo irritado si aquel desventurado pueblo hubiera recurrido a la clemencia de Dios y a la penitencia. Este suceso verificó a poco tiempo todas estas funestas predicciones. Nabucodonosor se encaminó con su ejército hacia el Jordán para entrar en la Judea.

Había al otro lado de este río ciertos solitarios llamados recabitas, del nombre de Recab, uno de los dos descendientes de Jetró, suegro de Moisés. Eran estos unas gentes de una vida muy austera, que nada poseían, y que vivían en todo tiempo en tiendas de campaña; su abstinencia era espantosa; pasaban su vida en cantar las alabanzas de Dios, acompañando siempre su canto con instrumentos músicos. Estando Nabucodonosor para entrar con su ejército en el país de estos solitarios, se retiraron todos para ponerse a cubierto de los insultos de los soldados paganos, y habiendo pasado el Jordán vinieron a refugiarse a Jerusalén como a un asilo. Luego que llegaron a la ciudad, queriendo Dios confundir a los judíos rebeldes a sus voluntades y a su ley con el ejemplo de unas gentes exactas y tan rigurosamente sujetas al instituto que su Padre les había prescrito, mandó a Jeremías que los tentara para probar su fidelidad, dándoles a beber vino. El Profeta los llevó a todos al templo, habiéndoles hecho entrar en la sala del tesoro, hizo poner delante de ellos unas tazas llenas de vino, y les dijo que bebieran. Todos se excusaron diciendo, que habiéndoles mandado su padre Jonadab, hijo de Recab, que jamás bebiesen vino, ni ellos, ni sus hijos y descendientes lo beberían jamás, por ningún motivo del mundo. Entonces Jeremías, se sirvió de este ejemplo de los recabitas, hizo ver a los habitadores de Jerusalén como eran inexcusables en violar tan insolentemente los mandamientos de su Dios, y como los recabitas tendrían derecho para levantarse contra ellos, y acusarlos en el gran día de las divinas venganzas. A este modo debía Jesucristo servirse un día del ejemplo de los ninivitas para el mismo efecto. Todas estas sabias representaciones y reconvenciones del Profeta no hicieron otra cosa que irritar más aquel pueblo endurecido. Acercándose Nabucodonosor a Jerusalén, Jeremías fue puesto en la cárcel para impedirle el que fuera a predicar al templo como tenía de costumbre. En fin, después de la toma y el saqueo de Jerusalén, después del cumplimiento de todos los males que les había predicho Jeremías, aquel pueblo infeliz, lejos de reconocerse y volver de sus desbarros, se apoderó del santo Profeta, que no cesaba de echarles en cara sus disoluciones y su idolatría, de suerte, que no pudiendo sufrir más sus justas y saludables reprensiones lo apedrearon en la ciudad de Tafnes. Durante el fuego de estas persecuciones hizo Jeremías a Dios la admirable deprecación que hace el asunto de la Epístola de la Misa de este día. Ninguna cosa es más visible que la analogía que se encuentra entre las persecuciones de Jeremías y las de Jesucristo; el asunto del odio y los motivos de los perseguidores son muy semejantes; por eso este Profeta ha sido mirado en todo lo que padeció de parte de los judíos por la justicia como figura de Jesucristo en su pasión.

El Evangelio del día contiene la sentencia de muerte, por decirlo así, dada en el concilio de los judíos contra el Salvador del mundo.


La resurrección de Lázaro era un milagro demasiado pasmoso para que no hubiera hecho grande impresión en los espíritus. Un número muy considerable de los que habían sido testigos de él habían creído en Jesucristo; otros, en lugar de rendirse a un milagro tan visible, se endurecieron más en su incredulidad. Así se ve aun todos los días gentes endurecerse en el delito y en el error, oyendo o leyendo lo que convierte a los que tienen un corazón recto, y cuyo espíritu no está fascinado por alguna pasión dominante. Estos judíos obstinados, venidos de Betania a Jerusalén, contaron a los fariseos lo que Jesús acababa de hacer, y les dijeron que aquel milagro había hecho una grande impresión sobre los espíritus, y que aumentaba todos los días el número de sus discípulos. Este maravilloso suceso asustó y alteró en gran manera la envidia y el odio de los enemigos del Salvador; creyeron que debían juntarse para deliberar, y que no había que perder tiempo. Se tuvo la junta, la que se componía de los pontífices que la presidían, de los fariseos y de los escribas. Solo se pensó en buscar medios para oprimir al Salvador, como si el bien que hacía en todas partes hubiese sido un mal público al que se hubiesen debido poner un pronto remedio. Aquí se ve la relación y semejanza que hay entre la Epístola y el Evangelio del día. ¿Qué hacemos? Decían, ¿en qué pensamos? Este hombre hace muchos milagros que lo ponen en gran reputación, y hacen creer al pueblo que es el Mesías. Si lo dejamos libre, todo el mundo creerá en Él. y bien presto va a ser reconocido por toda la nación por Rey de los judíos y por el Salvador prometido a nuestros padres; lo que dará motivo a que los romanos, que no pueden sufrir otra dominación que la suya, vengan a atacarnos como a unos rebeldes y destruyan nuestra ciudad, nuestro templo y nuestra nación. ¡Qué mal se discurre, Dios mío, cuando quien discurre es la pasión o el espíritu de partido! Mientras que los fariseos creyeron poder desacreditar los milagros del Salvador, lo atacaron como a un enemigo del verdadero Dios. El día de hoy, que se ven forzados a reconocer su poder, procuran perseguirle como a enemigo del Estado. Así el espíritu de error lo hace servir todo a sus designios para perder a un adversario temible. Pero ¿en qué vinieron a parar todas estas precauciones de la Sinagoga? En atraer sobre sí aquel mismo mal que juzgaba evitar deshaciéndose de Jesucristo. Los judíos aprendían que el pueblo elegiría a Jesucristo por rey, y que los romanos tratarían a su nación como rebelde y la destruirían; pero el delito que este temor imaginario les hace comprender, atrae bien presto sobre toda la nación la desdicha que ellos hacen semblante de querer evitar.

Después que se hubo opinado de una y otra parte, Caifás, que presidía el Concilio en calidad de sumo pontífice, de que hacía aquel año las principales funciones, tomando la palabra, les dijo: Vosotros nada sabéis; no veis que es interés nuestro el que un solo hombre muera por todos los otros, y que a no ser que queramos todos perecer, es indispensablemente necesario sacrificar un hombre para salvar a toda la nación. El Evangelio añade que no habló así de su cabeza, sino que como era pontífice aquel año, dijo con espíritu profético, que Jesucristo debía morir por la salud de la nación. ¡Qué admirable es Dios en los medios que emplea para ejecutar sus designios! La pasión y el mismo error sirven aquí, según sus fines, de órgano a la verdad. Caifás, animado de odio contra Jesucristo, decreta que se le debe dar la muerte para salvar al pueblo; y sus palabras, tomadas en el sentido que él las da, nada tienen que no sea falso; pues la muerte de Jesucristo debe, en efecto, ser seguida de la destrucción de la nación judaica; pero Caifás es soberano pontífice aquel año; y sus palabras, entendidas en el sentido del Espíritu Santo, que en esta ocasión habla por su boca, son el decreto de muerte dado contra Jesucristo por su Padre por la salvación de los judíos y de los gentiles. Se resolvió, pues, en aquel concilio que muriera Jesucristo. No se trató más de deliberar sobre ello. Solo se pensó en los medios que se habían de emplear para ejecutar la resolución que habían tomado.


Por más secreta que fuese la deliberación, no lo era para aquel a quien nada se puede ocultar; pero como no había llegado aún el día que su Padre le había señalado, no quiso el Salvador comparecer más en los parajes públicos; se retiró en el país vecino del desierto a una ciudad llamada Efrén, y se detuvo allí con sus discípulos. ¡Cosa extraña! Lo que determina a los judíos a hacer morir a Jesucristo es haber resucitado a un muerto enterrado cuatro días había; es decir, porque ha hecho el mayor y más estupendo de todos los milagros, el que solo la omnipotencia de Dios podía obrar. Se le debe hacer morir, porque prueba invenciblemente que es el Mesías, y lo demuestra evidentemente con el más pasmoso de todos los milagros. La injusticia, la malignidad de la más furiosa pasión, la impiedad y la irreligión jamás obraron tan de concierto ni tan al descubierto.

FUENTE: P. Jean Croisset SJ, Año Cristiano ó ejercicios devotos para todos los domingos, cuaresma y fiestas móviles, TOMO II, Librería Religiosa. 1863. (Pag.266-271)

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