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domingo, 2 de marzo de 2014

P. JEAN CROISSET. Sobre el Himno a la Caridad (1 Cor. 13, 1-13)

REFLEXIÓN SOBRE EL HIMNO A LA CARIDAD

Sería no más que como un bronce que suena. El más elocuente predicador, sin la caridad que debe animar su voz y nutrir su elocuencia, no es más que un bronce que suena, o una campana que tañe. Puede servir a los otros por su elocuencia, como los instrumentos por su sonido; pero no puede sacar utilidad alguna para sí mismo. Sin la caridad se puede anunciar la palabra de Dios como los jornaleros que siembran el grano, o que cultivan la viña, pero que no tienen parte en la vendimia ni en la cosecha. La caridad es paciente, está llena de bondad. En dos rasgos ha dado concluido el Apóstol el retrato de la caridad más perfecta. La paciencia hace que se sufran sin dificultad los defectos de nuestros hermanos, y la bondad hasta previene todas sus necesidades; esto es lo sustancial, lo que hace toda la dulzura, todo el espíritu, casi todo el ejercicio y el carácter mismo de la caridad. La caridad no es envidiosa. ¡Cuántos, pues, hay a quienes falta la caridad, y a quienes esta sola falta presenta no más que como poseídos de un falso celo! Donde se encuentra la envidia, no hay caridad. No hace nada malo de intento. La caridad es el único lazo que junta la prudencia y la sabiduría con el ardor y la vivacidad. Cualquiera otro amor es ciego cuando es ardiente; y el capricho, la indiscreción, la temeridad, algunas veces la locura, y siempre alguna pasión, es lo que le conduce. La caridad no es ambiciosa. Un ambicioso no ama a nadie cristianamente: desprecia a sus inferiores, no cede a sus superiores sino por interés; cree tener por lo menos los mismos y muchas veces más méritos que ellos para obtener el puesto que ellos ocupan; si sus iguales pueden pretender los mismos honores que él, desconfía de ellos, y trata de engañarlos. Pero si él no ama a nadie, ¿es acaso amado de alguno? No busca sus propios intereses. Si no hay amor sincero que no sea desinteresado, el honor de formar verdaderos amigos está reservado a la caridad cristiana. ¿Qué es en efecto la amistad profana, más que un comercio en que el amor propio se propone casi siempre algún interés? Puede decirse que la verdadera amistad está desterrada de lo que se llama mundo; cada uno se busca a sí mismo en la amistad; es uno amigo mientras que el amigo puede ser útil. ¿Es desgraciado, llega a ser pobre? ¿Conserva entonces muchos amigos? La caridad no piensa mal de nadie. Esos censores malignos que tiene siempre los ojos abiertos sobre los defectos de sus hermanos, y los que juzgando de los demás por sus propias disposiciones, sospechan el mal sobre las más ligeras apariencias, ¿tienen una gran caridad con aquellos de quienes ponderan las menores faltas? En vano se lisonjea con el nombre especioso de celo: todo celo sin la caridad no es más que un orgullo enmascarado, una maligna pasión disfrazada: La caridad cubre la muchedumbre de los pecados. En fin, la caridad, según el Apóstol, lo sufre todo, lo cree todo, lo espera todo, todo lo soporta. La amistad hace las penas ligeras, la caridad llega hasta hacérnoslas amar; ¡qué humilde y sumisa hace la caridad la fe del entendimiento, sometiendo el corazón a la ley! ¡Qué ardor y vivacidad le da a la esperanza! Porque yo amo a mi Dios, suspiro por la dicha de poseerle, y lo espero con confianza.

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