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domingo, 2 de marzo de 2014

DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA. HIMNO A LA CARIDAD Y N.S.J.C. DEVUELVE LA VISTA AL CIEGO.

DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA. D2cl. – MORADO


Salmo 30, 3-4
Primera Epístola de San Pablo a los Corintios 13, 1-13
San Lucas 18, 31-43

El domingo de Quincuagésima no es menos privilegiado en la Iglesia que los dos precedentes. El sabio Alcuino no halla otra razón del nombre de Quincuagésima que se le ha dado, que porque precede inmediatamente al primer domingo de Cuaresma; y así como este se ha llamado domingo de Cuaresma porque es seguido de cuarenta días que hay hasta Pascua, del mismo modo se ha llamado aquel domingo de Quincuagésima porque efectivamente es el quincuagésimo día antes de Pascua. Este es todo el misterio que se encuentra en el nombre de Quincuagésima, aunque algunos creen que la reflexión que se ha hecho sobre este número de cincuenta es posterior a su institución.

Pedro de Blois dice que los eclesiásticos comenzaban el ayuno de Cuaresma en la Quincuagésima, según el decreto del papa san Telésforo que vivía en tiempo del emperador Adriano. Lo que dio sin duda ocasión a este decreto fue que en los primeros tiempos la mayor parte de los fieles no creían que se debiesen comprender en los cuarenta días de ayuno de Cuaresma el Viernes y Sábado Santos, cuyos ayunos, destinados singularmente a honrar la pasión y la muerte de Jesucristo, los habían observado los mismos Apóstoles antes que se impusiese una ley de tiempo determinado y del ayuno de Cuaresma. Por esto se comenzaba la Cuaresma desde el lunes, y se ayunaba cuarenta y dos días durante las siete semanas. Vemos aun en nuestros días que muchas comunidades y Órdenes religiosas comienzan el ayuno de Cuaresma desde el lunes de la Quincuagésima, como se hacía entonces. Se llamaba antiguamente este domingo Cabeza de ayuno, a causa de que el principio del ayuno solemne de Cuaresma no se había fijado aún al miércoles de la semana, que nosotros llamamos miércoles de Ceniza; por la misma razón que se llama todavía este domingo, domingo de Carnestolendas, porque en esta semana es cuando comienza la Cuaresma. Los griegos le llaman Tyrophages, porque empiezan en él la abstinencia de carnes y de lacticinios, y es un día muy célebre entre ellos. En Occidente se acostumbra todo lo contrario, y se llama vulgarmente el domingo, lunes y martes gordo, desde que el principio de la Cuaresma se ha fijado al miércoles de Ceniza.

La Iglesia, que no intenta, como se ha dicho ya, más que inspirar a los fieles el espíritu de compunción, de penitencia y de recogimiento, durante las tres semanas que preceden al santo tiempo de Cuaresma, ha elegido en la Escritura para sus oficios nocturnos la historia de las tres primeras edades del mundo: la primera, que es desde Adán, esto es, desde la creación del mundo hasta Noé, se lee en el oficio del domingo de Septuagésima, y de su semana; la segunda, desde Noé hasta Abraham, hace el asunto del oficio de la Sexagésima y de los días siguientes; y la historia de la tercera edad del mundo desde Abraham hasta Moisés comienza en la Quincuagésima. La Iglesia, al representarnos la imagen de estos primeros tiempos, pretende trazarnos el plan de toda la economía de la Divina Providencia sobre los elegidos, y excitarnos, por medio de la memoria del cuidado paternal que Dios tiene de sus hijos, a recurrir a Él en todas nuestras necesidades, a tener cada vez más confianza en su bondad, y a aprovecharnos del beneficio de la redención, llevando una vida inocente y penitente. La Epístola y el Evangelio de la Misa de este día concurren también al mismo fin. Aquella haciéndonos ver la necesidad que tenemos de vivir en la amistad de Dios y en el fervor de la caridad; este trayéndonos a la memoria lo que el Salvador ha sufrido por nuestra salud, y estimulándonos por esto a llorar sin cesar nuestros pecados, y llenar en nuestra carne, como habla el Apóstol, lo que falta a los tormentos del Salvador del mundo.

A la verdad el espíritu del siglo, siempre contrario al espíritu de la Iglesia y de Jesucristo, enseña máximas del todo opuestas. Él quiere que la tristeza y el recogimiento que la Iglesia nos predica en estos días de devoción se conviertan en fiestas y regocijos enteramente profanos, y que estos últimos días de Carnaval, que son como el preludio del santo tiempo de Cuaresma, sean días de desenfreno y disoluciones, dedicados a diversiones del todo paganas, y a los espectáculos. Este desorden, que se ha hecho tan común y tan universal, es el que ha animado el celo de los verdaderos fieles para procurar y emplear todo lo que puede servir de dique a este impetuoso torrente, y esto es lo que ha dado motivo al establecimiento de la oración solemne de las Cuarenta horas. Hacia la mitad del siglo XVI fue cuando el Señor inspiró a algunos de sus más celosos siervos el pensamiento de levantar esta contrabarrera contra la licencia del siglo y los esfuerzos del demonio[1].

El año de 1556 los Padres de la Compañía de Jesús, establecidos poco hacía en Loreto, habiendo sabido con un extremo dolor los preparativos extraordinarios que se hacían en la ciudad para una fiesta de Carnaval durante los tres últimos días anteriores al miércoles de Ceniza, resolvieron emplear toda su piadosa industria para hacer útil este artificio del demonio, atrayendo al pueblo a un espectáculo más cristiano y más santo. Erigieron una decoración de las más magníficas y de un nuevo gusto en la iglesia. Estuvo expuesto el Santísimo Sacramento durante los tres días. Un excelente concierto, una música de devoción de las más acabadas llenaba todo el tiempo que no estaba ocupado con la predicación, las meditaciones y las plegarias. Este religioso artificio surtió todo su efecto. La novedad y la santidad del espectáculo, llamando la curiosidad del público, interesó a los espectadores. Los espectáculos profanos quedaron abandonados; las academias de juego y de placeres quedaron desiertas, y desechas las partidas de diversión. Los ejercicios de religión santificaron estos tres días, y esta nueva devoción hizo tanto fruto, hizo tanto ruido, y fue tan universalmente aplaudida, que no solo la Italia sino también todas las principales ciudades de la Europa imitaron un artificio tan cristiano, y siguieron un ejemplo tan santo.

La Epístola de la Misa de este día está tomada del capítulo XIII de la primera carta que san Pablo escribió a los corintios, en donde el santo Apóstol hace ver la necesidad de la caridad, cuáles son sus deberes, que debe ser constante, y cuán superior es a la fe, a la esperanza y a los demás dones de Dios. Estando san Pablo en Éfeso supo por Estéfanas, Fortunato y Acayo, que le habían venido a ver de Corinto, o sea por cartas que se le escribieron por los principales de la iglesia de Corinto, que después que se ausentó de ellos, se había introducido un espíritu de cisma y de división entre aquellos fieles. Él les hace ver que aun cuando hubiesen recibido todos los dones de Dios, los más apreciables, si carecen de la caridad cristiana, que es la que une todos los espíritus y todos los corazones, y la que quiere Jesucristo que sea el carácter de distinción de todos los que le sirven, todas sus pretendidas virtudes son defectuosas, aparentes, y para nada valen.

Acostumbrados los corintios a la distinción de las diferentes sectas de los filósofos que reinaban en la Grecia, creyeron que poco más o menos sucedería lo mismo en la Iglesia, y que Pedro, Pablo y Apolo, a quienes reverenciaban como los doctores de la fe, formaban otras tantas sectas particulares, y que tenían cada uno su partido. Y aun cuando todos enseñasen la misma doctrina, los corintios se gloriaban de ser particularmente discípulos de aquellos que les habían bautizado; cada uno ponderaba el mérito de aquel que le había instruido, y esta parcialidad causaba entre ellos la división, y formaba una especie de cisma. Yo sé, hermanos míos, con sumo dolor, les dice el santo Apóstol, que hay contiendas entre vosotros. Cada uno dice por su parte: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Pedro. ¿Por ventura Jesucristo se ha dividido? ¿Ha sido Pablo, añade, crucificado por vosotros, o habéis sido bautizados en nombre de Pablo? En todos tiempos el odio y la envidia ocultos bajo la máscara de la religión han formado partidos entre las personas que hacen profesión de piedad. Pero ¡ah! No solo se dice hoy, yo soy de Pablo, y yo de Apolo; se añade no pocas veces, yo soy de Apolo contra Pablo, yo soy de Pablo contra Apolo. El espíritu de división y de partido no fue jamás el espíritu de Dios. El que san Pablo trata de destruir es un espíritu contencioso, tan contrario a la caridad cristiana. Los corintios eran naturalmente testarudos, contenciosos. San Clemente en la carta que les escribió algunos años después que el santo Apóstol, les echa también en cara su espíritu de contienda, sus pleitos y sus divisiones domésticas. San Pablo les reprende abiertamente de esto: oigo decir, les dice, que hay división entre vosotros. Para abolir estas divisiones y para obstruir su origen se extiende tanto en el capítulo XIII, del cual está tomada la Epístola de la Misa, sobre la caridad con Dios y con el prójimo. En un pormenor el más concluyente hace ver su necesidad, descubre sus cualidades, presenta su verdadero carácter, muestra sus efectos, y esto de un modo tan elocuente, con un estilo tan vivo, que no es posible engañarse. Aun cuando yo tuviese, les dice, todas las virtudes en un grado eminente, aun cuando tuviese el don de lenguas, el de profecía, la inteligencia de los misterios más profundos y una ciencia universal; si con esto tuviese todavía tanta fe que hiciese mudar de sitio a las montañas, sino tengo caridad, nada soy. Dios no hará caso de nada. La caridad es infinitamente más apreciable que el don de hacer milagros: ni tampoco ha querido el Señor que se distinguiesen sus discípulos por el poder de obrar prodigios, sino por la caridad que se tuviesen los unos a los otros. San Pablo recorre todos los dones sobrenaturales, todas las virtudes aun las más brillantes, y concluye que si no tiene la caridad de Dios y del prójimo, porque la una no puede estar sin la otra; concluye, digo, que nada ha hecho, que todo esto de nada le sirve para su salvación. Si yo entregase mi cuerpo hasta ser abrasado, y me faltase la caridad, todo esto me sería inútil. El demonio tiene sus mártires, como tiene sus confesores; estos sostienen el error con tenacidad, aquellos dan hasta su sangre por cierto atractivo de secta. Pero ¿quién no sabe que el martirio sufrido fuera de la Iglesia, en la herejía, en el cisma, sufrido en odio de su prójimo, en el pecado, sin contrición, sin sentimiento, de nada sirve para la salud a aquel que le sufre? El martirio no sirve sino mientras es el efecto del amor, de la verdad y de la justicia, el efecto del amor de Dios y del prójimo. ¡Qué ilusión, Señor, la de aquellos que se alimentan con una idea aparente de piedad y de religión, mientras que viven en la frialdad y aun en la enemistad con sus hermanos! San Pablo, después de haber referido las cualidades de la verdadera caridad y los defectos de que está exenta, concluye por decir, que lo que es absolutamente y siempre necesario en esta vida, lo que sobre todas las cosas debemos desear no perder jamás, no son los dones extraordinarios, sino la fe, la esperanza y la caridad. Y todavía de estas tres virtudes la fe y la esperanza no subsistirán ya en el cielo, a causa de la visión intuitiva y de la presencia de Dios; así que en todo sentido a la caridad es a la que debemos dar el primer lugar.

El Evangelio de la Misa de este día es el capítulo XVIII de san Lucas, en donde habiendo llamado aparte el Salvador a sus doce discípulos, les predijo claramente todo lo que debía sucederle en esta desgraciada ciudad. Era ya la última vez que Jesús debía ir a ella. Estaba en Efrén, cerca del desierto de Judea, donde permaneció algún tiempo con sus discípulos después de la resurrección de Lázaro; de donde no salió hasta el 22 o 23 de marzo para ir a celebrar la Pascua a Jerusalén, y en este viaje fue cuando dijo a sus Apóstoles lo que leemos en el Evangelio.

Yendo a Jerusalén, caminaba tan aprisa, dice san Marcos, que aun cuando considerase aquella miserable ciudad como el teatro de sus oprobios, el celo en que ardía, y el ansioso deseo que tenía de dar su sangre por la salud de los hombres, le hacía correr y adelantarse mucho a todos los que le acompañaban. Les declaró, pues, que había llegado el tiempo en el cual se cumpliría todo lo que habían predicho los Profetas acerca de sus tormentos y de su muerte. Vosotros veis, les decía, que vamos a Jerusalén. Allí el Hijo del Hombre será vendido y puesto en manos de los príncipes de los sacerdotes, de los doctores de la ley y de los magistrados, que le entregarán a los gentiles. Allí se le expondrá a la risa de un populacho insolente, se le escupirá en el rostro, se le desgarrará con azotes, y se le condenará por fin a morir en una cruz; pero su muerte será seguida de una resurrección gloriosa. Todo este discurso era para los Apóstoles un enigma del cual nada comprendía. Ellos no podían entender cómo el Mesías, esperado tanto tiempo había, debiese ser tratado de un modo tan indigno; ni podían concordar tantas ignominias con tanta dignidad y grandeza en la persona de su Maestro. El misterio de la muerte del Hijo de Dios por la salud de los hombres estaba todavía oculto para ellos. Jesucristo no dejaba de tener muchas veces con ellos este discurso, a fin de que, cuando viesen que se cumplía todo lo que se les había predicho tan positivamente, se asegurasen, y comprendiesen al menos entonces que los tormentos del Salvador habían sido voluntarios, y que no había muerto sino porque había querido.

Así se entretenía Jesús con sus Apóstoles, cuando acercándose a Jericó, un ciego que estaba sentado a la orilla del camino, y pedía limosna, al oír pasar la muchedumbre que salía de la ciudad para ir al encuentro del Salvador, se informó de lo que era. Le dijeron que era Jesús Nazareno que pasaba e inmediatamente exclamó: Jesús, hijo de David, tened compasión de mí. ¡Qué dichoso fue este hombre por haber sabido aprovecharse tan bien de la presencia del Salvador! ¡Ah! Si hubiera dejado pasar la ocasión, es muy probable que hubiese muerto con su ceguera. Hay efectivamente momentos en que Jesucristo se acerca más a un pecador, haciéndole sentir las más vivas impresiones de su gracia; estos momentos son preciosos, y muchas veces no vuelven a presentarse. ¡Desgraciado aquel que los deja ir! Los que iban delante de Él, dice el historiador sagrado, le decían bruscamente que callase; pero él gritaba con más fuerza: Jesús, hijo de David, tened compasión de mí. No solo los judíos, sino también los extranjeros y los paganos que trataban frecuentemente con los judíos, estaban persuadidos de que el Mesías debía descender de la estirpe de David; así es que no se le designaba más que bajo de esta cualidad. Jesús se detuvo, hizo que se acercase el ciego, y le preguntó qué era lo que deseaba. ¡Ah! respondió él, todo lo que yo os pido es que me concedáis la vista. Pues ve, le dijo Jesús, y al punto vio. Este milagro hizo mucho ruido; y el ciego que había sido curado no quiso ya dejar a un bienhechor tan insigne: le siguió, y se hizo uno de sus discípulos. Cualquiera, dice san Gregorio, que reconoce las tinieblas de su ceguera, cualquiera que conoce que está privado de la luz eterna, que clame de lo más profundo de su corazón, que haga resonar la voz de su alma, y que diga en alta voz: Jesús, hijo de David, tened compasión de mí.

FUENTE: P. Jean Croisset SJ, Año Cristiano ó ejercicios devotos para todos los domingos, cuaresma y fiestas móviles, TOMO I, Librería Religiosa. 1863. (Pag.171-177)

[1] El P. Fr. José de Milán, capuchino, estableció en 1556 las Cuarenta horas estos tres días, en memoria de las que estuvo Jesucristo en el sepulcro; y en 1592 las instituyó en Roma Clemente VIII, concediéndolas para toda la Iglesia.

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