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sábado, 15 de febrero de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA: V. Cómo sienten los Padres de la Iglesia acerca de la Inmaculada Concepción de María.

V. Cómo sienten los Padres de la Iglesia acerca de la Inmaculada Concepción de María.
S.S. Gregorio XV

No se hallará Padre alguno de la Iglesia que sea de otra opinión en cuanto a la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen, destinada a ser Madre de Dios (D. Ansel. de Nat. Virg.). Convenía, dice san Anselmo, que esta Señora fuera tan pura, que no se pudiera imaginar mayor pureza que la suya en ninguna otra criatura. No era justo, dice san Cipriano, que este vaso de elección (habla de María) estuviese sujeto a la infelicidad común de los otros hombres; pues aunque participó de la naturaleza humana, no participó de la culpa (D. Bern. epist. ad Lugd.). A la verdad, dice san Bernardo, ¿quién puede creer que lo que se le concedió a Eva, madre de los hombres, que fue creada sin pecado, se le negase a María, Madre de Dios? Sobre esta incomparable cualidad de Madre de Dios se funda san Agustín, cuando dice que es menester exceptuar de la ley general a la santísima Virgen, de la cual, dice, no puedo sufrir que se haga mención alguna cuando se trata del pecado; y esto por la honra que se le debe al Señor, de quien es Madre; porque estamos ciertos que esta Señora recibió más gracia y más auxilios para vencer enteramente al pecado, la cual mereció concebir y parir al que jamás tuvo ni pudo tener pecado. Las palabras del santo Doctor son tan bellas, que no es razón omitirlas (Aug. lib. de Nat. et Grat. 46): Excepta sancta Virgine, de qua propter honorem Domini nullam prorsus, cum de peccato agitur, habere volo quæstionem; inde, enim scimus quod ei plus gratiæ collatum fuit ad vincendum omni ex parte peccatum, quæ concipere, et parere meruit eum, quem constat nullum habuisse peccatum. No solo no pretende san Agustín comprender a la santísima Virgen cuando trata del pecado origianl, en que son concebidos generalmente todos los hombres, sino que ni aun puede sufrir que se ponga en cuestión si estuvo sujeta a él. La razón que alega explica todavía mejor su pensamiento; porque sabemos, dice el santo Doctor, que esta incomparable Virgen recibió tanto más abundantes gracias para triunfar enteramente del pecado, cuanto mereció concebir y parir al que la fe nos enseña haber sido exento de todo pecado, y absolutamente incapaz de tener nada de común con el pecado. ¿De dónde podría venir, dice en otra parte, la mancha a una casa en que ningún habitante, esto es, ningún deseo terreno, ningún extranjero entró jamás, ni fue habitada jamás sino por el Señor que la creó? Unde sordes in domo in qua nullus habitator terræ accessit? Solus ad eam ejus fabricator et Dominus venit (D. Hier. epist. ad Eust.). No hay duda, dice san Jerónimo, que la Madre del Señor debió ser de una pureza tan grande y de una santidad tan perfecta, que no se la pudiese echar en cara haber sido manchada jamás con el menor pecado. María es aquella vara de que habla el Espíritu Santo, dice san Ambrosio, toda derecha, toda lisa y resplandeciente, en la cual jamás se halló ni el nudo del pecado original, ni la corteza del actual.

Este sentimiento es tan universal y tan común entre los Padres de la Iglesia, que no se sabe haya habido alguno que se haya atrevido a poner en duda si la santísima Virgen contrajo el pecado original.

Este insigne privilegio les pareció a todos tan conveniente a la augusta cualidad de Madre de Dios, que no hallaron términos bastante pomposos ni bastante enérgicos para publicar y celebrar esta primera gracia; y todas las razones de este insigne privilegio las encierra san Agustín en decir que la carne de Jesús es una parte, o es la misma carne que la de María Madre de Dios: Caro Jesu, caro est Mariæ (Aug. de Assumpt. B. V.).

A la verdad, ¿qué hijo podría jamás sufrir que su madre hubiese estado un solo instante cubierta de lepra, que hubiese estado en desgracia del soberano, y que hubiese sido esclava de su mayor enemigo, si hubiera estado en su poder el estorbarlo? El Hijo de Dios pudo embarazar el que su Madre estuviese en el primer instante de su concepción cubierta de la lepra del pecado original, y por consiguiente en desgracia de Dios y bajo la tiranía del demonio; ¿quién, pues, se atreverá a imaginar, dice el ya citado san Bernardo, que no la haya preservado? Esto obligó a los Sumos Pontífices a prohibir tan expresamente el defender jamás que la santísima Virgen fue envuelta en la masa común; y Gregorio XV en su bula de 24 de mayo de 1622 prohíbe no solo el que se enseñe en las escuelas y se predique en los púlpitos, sino también el que se defienda aun por vía de conversación, que la Virgen santísima contrajo el pecado original. He aquí cómo habla el Sumo Pontífice en dicha bula:

“Después de un largo y maduro examen, hecho con toda la atención y diligencia posible, declaró y mandó nuestro santísimo padre el Papa, y por el presente decreto ordena y manda a todos y a cada uno en particular, así eclesiásticos como seculares, de cualquier orden religioso que sean, de cualquier clase, condición y dignidad que puedan ser, que en adelante no se atrevan a defender, predicar o enseñar en los púlpitos o en las escuelas, en sus lecciones, ni en ninguno de todos los demás actos públicos, que la santísima Virgen fue concebida en pecado original; y quiere y declara Su Santidad, que cualquiera que contravenga al presente decreto, incurra en las censuras y penas, etc. Por las mismas razones, y bajo las mismas penas prohíbe Su Santidad defender, aun en las conversaciones particulares o en escritos privados, que la santísima Virgen fue concebida en pecado original.” Post longam et maturam discussionem, etc.

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