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domingo, 23 de febrero de 2014

DOMINGO DE SEXAGÉSIMA. LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR.

DOMINGO DE SEXAGÉSIMA. D2cl. – MORADO



Salmo 42, 23-26
Primera Epístola de San Pablo a los Corintios 11, 19-33; 2, 1-9
San Lucas 8, 4-15

El domingo de la Sexagésima no tiene otro misterio en su nombre, como ya se ha dicho, que el número de seis semanas hasta el domingo de Pasión, y los cuarenta días de ayuno para los que no ayunaban los jueves o los sábados, y que por consiguiente comenzaban la Cuaresma al otro día del domingo de la Sexagésima.

La Iglesia en la semana de la Septuagésima toma por asunto de los oficios nocturnos la historia de la creación y de la caída del primer hombre, y en la de la Sexagésima ha elegido en la Escritura la historia de la reparación del género humano después del diluvio. La primera contiene la historia del Génesis desde Adán hasta Noé, y esta desde Noé hasta Abraham comprende la segunda edad del mundo.

La institución de la Sexagésima ha seguido casi en todas partes a la de la Septuagésima, y pueden las dos considerarse como de una misma antigüedad; mas habiéndose advertido en lo sucesivo que la dispensa del ayuno del jueves o el sábado, durante la Cuaresma, no tenía más objeto que el endulzar por esta interrupción la continuación del santo ayuno, lo Padres del cuarto concilio de Orleans, celebrado en el año de 541, miraron esta templanza como un abuso y una relajación en la disciplina, y establecieron un canon por el cual ordenaron la uniformidad en todas las iglesias del reino de Francia para la observancia del ayuno de Cuaresma, conforme al uso de la Iglesia Romana, y prohibieron a todo sacerdote u obispo el indicar o prescribir el principio de la santa cuarentena al otro día de la Sexagésima, queriendo que los cuarenta días de ayuno no fuesen interrumpidos mas que por el santo día del domingo, el cual siendo mirado en la Iglesia como la octava continua de la fiesta gloriosa de la Resurrección, es un día de regocijo, exento por consiguiente del ayuno.

Algunos consideran también el domingo de la Sexagésima como un día consagrado en parte en honor o a la memoria del apóstol san Pablo. La oración de la Misa está bajo de su invocación particular, esto es, es una súplica hecha a Dios por su intercesión; no se ve otra razón que pueda traerse para la elección que la Iglesia ha hecho en este día de la invocación de san Pablo, sino porque la estación de los fieles en Roma está asignada para este día a la Iglesia de este santo Apóstol.

La Epístola de la Misa no es otra cosa que la historia o descripción que el mismo san Pablo hace a los corintios de sus trabajos evangélicos, de sus sufrimientos, de su arrebatamiento al tercer cielo, de sus tentaciones, y de todo lo que ha creído que convenía decir de sí para oponerlo a la vanidad de los falsos apóstoles, que no omitían nada para hacerse valer y para desacreditar a san Pablo entre los corintios.

No bien hubo el Apóstol salido de Corinto, cuando el demonio, irritado por las prodigiosas conquistas que este Apóstol de las naciones había hecho para Jesucristo, envió inmediatamente allá sus emisarios. Eran estos unos cristianos en la apariencia muy celosos, los cuales, siendo judíos, querían mezclar las ceremonias de la ley con el Evangelio, y para desacreditar a san Pablo, cuya doctrina no concordaba con la suya, hablaban incesantemente con tanto desprecio de él, como ventajosamente de sí mismos. Se atrevían a sostener que san Pablo era relajado en su moral, y que bajo el pretexto de hacer valer la nueva ley, aniquilaba la antigua. Que no había recibido su misión ni de Jesucristo ni de los primeros apóstoles. Que tampoco había dado prueba alguna de su apostolado; que despreciable por su persona no lo era menos por sus talentos, y que debían tener por sospechosa su doctrina. Como estos impostores afectaban en lo exterior un aire modesto y estudiado, y se adornaban sin cesar con la máscara de la mortificación, de piedad y de reforma, imponían a los sencillos, y tenían admiradores y partidarios. Informado san Pablo de los artificios malignos de estos seductores, se creyó obligado a emplear todos los remedios propios para prevenir un tan gran mal, y hacer abrir los ojos a los que habían caído en el lazo. Se vio precisado a descubrir aquellos falsos profetas, y demostrar la autenticidad de su misión; y para esto, a pesar de su profunda humildad, a hacer su elogio, haciendo el compendio de la historia de su vida. Nada hay tan ingenioso como el rodeo que da a la necesidad en que se ve de referir hechos que le hacen tanto honor; nada más elocuente que la misma sencillez con que habla en su favor. Previene, por una humilde y sabia precaución, lo que pudiera disgustar en el testimonio ventajoso que se ve obligado a dar de sí mismo. Sé yo bien, dice, que no es propio de la sabiduría el elevarse; pero sé también que sois sobrados caritativos, y sufriréis un poco mi flaqueza. Porque vosotros que sois sabios sufrís de buena gana a los que no lo son; esto es, siendo, como sois, sabios y moderados, no os debe ser penoso el sufrir mis flaquezas. Vosotros que estáis acostumbrados a sufrir los aires imperiosos, las alternarías, las vejaciones de vuestros pretendidos apóstoles, ellos han tratado de exponer vuestra paciencia a pruebas mucho más duras que lo que os la expondremos por las alabanzas que nos concediéremos. Yo lo digo para mi confusión, y acaso para la vuestra: al tiempo que mostráis tanta deferencia hacia esos impostores, nos miráis a nosotros como gentes de poco valor y despreciables, porque no os hemos tratado con tanta altanería. Es solo propio de los herejes y de los falsos doctores el ser imperiosos, altivos, y el hablar siempre como gentes inspiradas; al paso que la dulzura, la modestia, la humildad forman el carácter de los verdaderos Apóstoles.

Como los falsos profetas se gloriaban de su nacimiento, de su celo y de los trabajos que se jactaban haber sufrido por Jesucristo, san Pablo les da en cara con el pormenor conciso de lo que ha hecho y sufrido en las funciones de su ministerio. Vuestros pretendidos apóstoles, dice, se alaban de que son judíos, yo también lo soy; se llaman hijos de Abraham, y yo también; se dicen ministros de Jesucristo, yo también lo soy aún más que ellos, porque he sufrido más trabajos y más prisiones, he sido maltratado con exceso, y en muchos lances me he visto a pique de perder la vida. Cinco veces he recibido de los judíos treintainueve azotes; tres veces he sido golpeado con varas, es decir, que los judíos me han hecho azotar cinco veces, y como la ley les prohibía el dar más de cuarenta golpes, para no ponerse en peligro de violarla no pasaban jamás del número de treintainueve por delicadeza de conciencia. He sido golpeado con varas por los romanos; porque éstos se servían con más frecuencia de varas, así como los judíos se servían ordinariamente de correas. En seguida continúa el santo Apóstol refiriendo todos los peligros que ha corrido, y lo que ha tenido que sufrir de parte de los falsos hermanos. Como el ministerio de Jesucristo y de sus Apóstoles es un misterio de trabajo, de persecución y de sufrimiento, san Pablo prueba por aquí la verdad de su misión y de su apostolado. Al dar el Hijo de Dios la misión a sus discípulos, les había dado el poder de hacer milagros, y les había predicho que tendrían que sufrir persecuciones (Mt. X). San Pablo presenta estas dos pruebas de su apostolado cuando dice a los corintios: Yo os he ofrecido las señales de mi apostolado por una paciencia a prueba de todo, por los milagros, los prodigios, otras tantas pruebas del poder divino. Forma luego un pormenor largo de los trabajos de su celo infatigable y de su caridad inmensa: he sido apedreado una vez; he naufragado tres veces; he estado un día y una noche en la profundidad del mar. San Juan Crisóstomo y santo Tomás creen que el Apóstol estuvo un día y una noche en medio del mar después de un naufragio, habiéndose visto obligado todo este tiempo o a nadar, o a sostenerse sobre algunos restos del navío, combatiendo contra las olas, los vientos y la muerte misma. Añadid a todo esto el cuidado de todas las iglesias y la multitud de negocios de que estoy como sitiado. Además lo que sufre mi corazón por el ardor de mi caridad con todos y de mi celo. ¿Quién hay que desfallezca, que no me haga a mí desfallecer? ¿Quién da una caída, un paso falso, que no me ocasione un dolor intenso?

Yo sé, continúa, que vuestros falsos profetas se vanaglorian eternamente de que son favorecidos de Dios, y tratan de sorprenderos con la relación pomposa de sus pretendidas revelaciones. Sabed, hermanos míos, que Dios no se comunica a aquellos que no tienen su espíritu, y que no se someten a la Iglesia. Pero pues que ellos tratan de sorprenderos con hechos supuestos, me veo obligado a descubrirme a vosotros, debiendo yo a Dios los favores singulares de que me ha colmado, y que yo había resuelto sepultar en un eterno silencio. Porque si yo hubiese de gloriarme, no lo haría por mi voluntad mas que de las cosas que me humillan. No me es decente, añade, el gloriarme; mas pues me veo precisado a ello por la necesidad de defenderme contra mis calumniadores, yo traeré aquí, con toda la sinceridad de que Dios es testigo, lo que pasó de extraordinario en mí hace catorce años, cuando fui elegido con Bernabé para predicar el Evangelio a las naciones ya los diferentes pueblos. Aquí la molestia y el trabajo que costaba a san Pablo el hablar de sus revelaciones le hacen hablar en tercera persona. Es una gran disposición para recibir de Dios las gracias más singulares el saberlas sepultar en un silencio tan largo. Y ciertamente, después de catorce años concedidos a la humildad, era muy justo que el Apóstol concediese también alguna cosa a la caridad, y a la edificación de sus hermanos y aun de toda la Iglesia.

Yo sé, dice, que un hombre consagrado a Jesucristo fue arrebatado hace catorce años hasta el tercer cielo: si esto fue con el cuerpo, o sin el cuerpo, es decir, en un éxtasis, esto es lo que yo no sé; Dios lo sabe. Yo solamente sé que él ha oído cosas llenas de misterios, de las que no es lícito a un hombre hablar. San Agustín y muchos santos Padres creen que las cosas misteriosas que san Pablo había visto u oído eran superiores al alcance del entendimiento humano, y que una lengua humana no hubiera jamás podido expresar ni dar una justa idea de ellas. Que el tercer cielo adonde fue arrebatado es la mansión de los bienaventurados, según los judíos, y que Dios le descubrió allí los más secretos misterios de la religión cristiana, que ciertamente son superiores al concepto y a las expresiones de los entendimientos más sublimes y más sutiles. Sin embargo, como en esta relación de los favores celestiales el santo Apóstol no perdía nunca de vista la humildad, su virtud favorita, añade que en medio de todos estos insignes favores, de que el Señor le ha colmado, le ha dejado el aguijón de la carne, que le ha hecho conocer su flaqueza, y que sirve de contraveneno a todos los sentimientos de la vanidad. El parecer más común es que por esta expresión metafórica ha querido el santo Apóstol indicar las rebeliones de la carne, de que los mayores Santos no siempre están exentos; queriendo Dios darles por medio de esta humillación un ejercicio de paciencia y de mérito, y poner su virtud, aun la más relevante, al abrigo del orgullo. Dios se sirve de la tentación para impedir que uno se infle con sus dones; y se sirve también de la humilde disposición de un alma a quien favorece, para confundir el orgullo del tentador y disipar sus esfuerzos. San Juan Crisóstomo y algunos antiguos han creído que el Apóstol ha pretendido hablar bajo de esta metáfora de las persecuciones, de las aflicciones y de las contradicciones que el demonio le suscitaba en la predicación del Evangelio; pero la primera interpretación es más universalmente seguida. San Pablo dice que ha rogado muchas veces al Señor que le librase de una tentación tan importuna, y que el Señor le ha respondido que le bastaba su gracia. Dios permite al demonio que nos tiente; pero no sufre jamás que seamos tentados sobre nuestras fuerzas, y siempre proporciona sus auxilios a los esfuerzos de nuestros enemigos. Dios no es fiel en la tentación combatiendo con nosotros, nos es fiel después de la tentación coronando nuestras victorias: seámosle fieles por nuestra parte, combatiendo con valor y atribuyéndole la gloria del combate; pero para experimentar el auxilio de la gracia, que Dios no niega jamás a nadie, no nos expongamos temerariamente a la tentación.

El Evangelio de la Misa de este día está tomado del capítulo VIII de san Lucas. Habiendo llegado el Salvador a la orilla del lago de Genesaret, que se llamaba el mar de Galilea, se reunió inmediatamente alrededor de Él una gran multitud que venía de todas las poblaciones vecinas, de tal modo que se vio precisado a entrar en una barca que estaba bogando, y habiéndose sentado en ella, comenzó a instruir a aquella muchedumbre de oyentes esparcidos por la ribera. Su modo de enseñarles, como ya se ha dicho, era el proponerles parábolas tan agradables como útiles; y por medio de estas comparaciones familiares les representaba como en un cuadro las diversas disposiciones y los estados diferentes de las almas, de una manera tan inteligible aun a los entendimientos más groseros, que cada uno comprendía lo que quería enseñarles. He aquí la primera parábola que propuso:

Salió el que siembra para sembrar su grano en la tierra; mas habiendo caído una parte de la semilla en el camino real, luego la pisaron los viajeros, o se la comieron los pájaros. Otra habiendo caído en un paraje muy pedregoso, en donde el grano tenía poca tierra, creció inmediatamente, pero sin haber profundizado; mas apenas salió el sol, el bochorno abrasó la yerba, y la secó por falta de raíces. Otra parte cayó en un sitio lleno de espinas, y habiendo crecido las espinas, la sofocaron; por fin, habiendo caído el resto de la semilla en buena tierra, echó raíces el grano, arrojó y produjo tan buenas espigas y tan llenas, que algunas dieron ciento por uno, otras sesenta, y otras treinta.

Después de esto, alzando más la voz para llamar la atención de sus oyentes y hacerles notar estas últimas palabras, que concluían la parábola y contenían el sentido de ella: Hablo a todos, les dice, pero principalmente a aquellos a quienes el Espíritu Santo abre los oídos del corazón, para entender lo que digo, y penetrar su misterio. Esto dio ocasión a los discípulos cuando estuvieron solos con el Salvador para preguntarle por qué, cuando hablaba al pueblo, se servía de parábolas. Para que este pueblo grosero, les respondió, y poco dócil, pueda comprender mejor unas verdades y una moral que mira como extraña, y que son superiores al alcance de su entendimiento. Porque el don de entendimiento, añadió, no es dado a todos; yo os lo he dado a vosotros con preferencia a muchos otros, porque os he elegido para instruir a todo el mundo, para llevar las luces de la fe, y para predicar mi Evangelio a todo el universo. Los conocimientos puros y perfectos se comunican solo a las almas dóciles que desean verdaderamente ser instruidas, y que están siempre prontas a escuchar a Dios, y aprovecharse de todas las luces que reciben. Solamente a estas almas así dispuestas, a estas almas puras, como lo sois vosotros, es a quienes es dado el penetrar las verdades de la fe y las máximas de la nueva ley. Además, si yo hablo en figuras a este pueblo, añadió, es a causa del abuso voluntario que hace de las gracias y de los beneficios de Dios, pues que oyendo todos los días mis instrucciones no se hacen mejores ni más dóciles. Se contentan con escucharme; pero sin fatigarse por poner en práctica lo que oyen: y a fin de que sean menos excusables y puedan retener mejor al menos las verdades que les enseño, me sirvo de comparaciones las más sensibles. Mas su indocilidad con todo esto verifica lo que ha dicho el profeta Isaías: oiréis con vuestros oídos, y no oiréis; veréis con vuestros ojos, y no veréis, puesto que después de haber oído no han hecho nada de lo que les he enseñado. Por lo que hace a vosotros, dad gracias a Dios porque se os ha dado a conocer el Reino de Dios, es decir, todo el fondo de la doctrina evangélica: a vosotros, digo, que abrís los ojos a la luz, y ansiáis el ser instruidos; pero por lo que hace a aquellos que miran la verdad con indiferencia, la tienen delante de los ojos sin conocerla, la oyen sin comprenderla.

Por más fácil que fuese esta parábola, todavía se dignó el Salvador explicarles el sentido moral de ella: la semilla es la Palabra de Dios; el grano es excelente, pero encuentra muy poca buena tierra. Los unos escuchan la Palabra de Dios con un espíritu disipado, con un corazón abierto, como un camino real a todo género de objetos, donde continuamente se admiten los vanos fantasmas del mundo. El demonio que los observa, y que procura prevalerse de su mala disposición, arrebata también con facilidad de su corazón la divina semilla, como los pájaros se llevan el grano que se encuentra en los caminos. Hay otros oyentes un poco más atentos; pero cuyo corazón es semejante a las tierras pedregosas en donde el trigo no puede echar raíz. Otros hay que no se hacen del todo sordos a la Palabra de Dios; ella les entra por el oído, y aun hasta el corazón; pero es muy pronto sofocada en él por los cuidados punzantes de los bienes creados, por los incentivos del deleite, y por las espinas inseparables del amor, del placer y de las riquezas. En fin, hay almas puras, fervorosas y bien dispuestas que, semejantes a las tierras fértiles, jamás reciben en vano la Palabra de Dios. Brota inmediatamente, y produce en ellas una cosecha de las más abundantes. No solo se entiende en esta semilla divina la Palabra de Dios que nos anuncian sus ministros; también se entiende aquella Palabra de Dios interior, la gracia, que es la única que puede dar eficacia a la palabra exterior. Recibamos esta preciosa semilla con un corazón recto y bien dispuesto, con un deseo ardiente y eficaz de ponerla en práctica; seguramente ella producirá fruto céntuplo. Conservemos esta divina semilla, no dejemos a los pájaros que nos la roben, esto es, estemos alerta contra las astucias y los esfuerzos del demonio, contra los asaltos impetuosos de las pasiones, contra la sedición de nuestro propio corazón, contra la violencia de las persecuciones, contra los artificios de nuestro amor propio. Seamos fieles en seguir las santas inspiraciones, generosos para poner en práctica lo que Dios nos dice y nos manda; suframos con paciencia las contradicciones, y esperemos tranquilos el tiempo de la recolección.

FUENTE: P. Jean Croisset SJ, Año Cristiano ó ejercicios devotos para todos los domingos, cuaresma y fiestas móviles, TOMO I, Librería Religiosa. 1863. (Pag.157-164)

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