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viernes, 31 de enero de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SACADA DE LOS CUATRO EVANGELISTAS: III. Otras predicciones tocantes a la venida del Salvador.

III.               Otras predicciones tocantes a la venida del Salvador.


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Como el Verbo divino debía hacerse hombre, no solo en favor de los judíos, sino también de los gentiles, quiso Dios, a nuestro modo de entender, hacer que en medio de la gentilidad hubiese oráculos que predijesen la encarnación del Verbo, la venida del Hijo de Dios, y las principales acciones de su vida. Tales son las predicciones de las Sibilas, citadas por los antiguos Padres, las cuales anunciaban, entre otras cosas, el nacimiento de Jesucristo de una madre virgen, su pasión, su muerte, su milagrosa resurrección, y el juicio universal, que son los misterios más estupendos y más sobre la capacidad del espíritu humano. Como el don de profecía es un puro don de Dios, independiente del mérito o de la indignidad del sujeto, como se ve Balaam y en Saúl, que ambos a dos profetizaron, no es imposible que Dios comunicase este don a algunos de entre los gentiles, siguiendo en esto los adorables designios de su providencia.

San Agustín, aquel grande ingenio, superior a tantos otros, refiere en su libro 18 de la ciudad de Dios la predicción que hizo de Jesucristo la Sibila Eritrea, cerca de mil y doscientos años antes del nacimiento del Salvador. Cuenta este santo Doctor la descripción viva y enérgica que esta profetisa hace del juicio final en versos acrósticos sobre estas palabras: Jesu Christus, Dei Filius, Salvador. No es menos admirable ni menos propia la pintura que hace más delante de la pasión del Salvador: estas son sus palabras, según las refiere san Agustín después de Lactancio y de Eusebio de Cesarea, quien cita veintisiete versos de esta misma Sibila, que predicen la primera venida del Hijo de Dios a unirse a nuestra naturaleza, y la segunda a juzgar al mundo.

“Será entregado, dice, en las manos impías de los que no quisieron reconocerle (habla de Jesucristo): este Dios será abofeteado por unas manos sacrílegas, y cubierto de salivas envenenadas que unas bocas impuras vomitarán sobre Él: sus inocentes espaldas serán rasgadas por una tempestad de azotes, y todo su cuerpo será maltratado a golpes, sin que salga una sola palabra de su boca. Su cabeza será coronada de espinas; y en medio de los más crueles tormentos no le presentarán sino hiel y vinagre para apagar su sed. Nación insensata, tú no has querido reconocer a tu Dios disfrazado bajo los velos de la humanidad: tú, por irrisión y por una crueldad inaudita, le has coronado de espinas, y le has abrevado con hiel. Se rasgará el velo del templo, y a la mitad del día se extenderá una noche sombría sobre la faz de la tierra por espacio de tres horas. Morirá en fin tu Dios; pero su muerte, que durará tres días, se podrá llamar un sueño, pues resucitará pasados estos tres días, y su resurrección será acompañada de la de aquellos que volverá Él mismo a la vida.” San Agustín, que trae esta predicción, añade que la Sibila Eritrea vivía en tiempo de la famosa guerra de Troya; es decir, mil doscientos años antes del nacimiento del Salvador del mundo.

Habiendo, pues, dado Dios a los hombres el retrato de su Hijo tanto tiempo antes que se hiciese hombre, era fácil no desconocerle ni equivocarle cuando este Dios-Hombre se dejase ver. La semejanza tan visible y la conformidad tan perfecta entre el modo como el Mesías debía nacer, vivir y morir, según la pintura que de Él habían hecho los Profetas, y el modo como nació Jesucristo, vivió sobre la tierra, y murió; esta conformidad, vuelvo a decir, era más que bastante para desterrar toda perplejidad y toda duda; sin embargo, para mayor abundamiento quiso Jesucristo demostrar su pasión, su omnipotencia y su divinidad con los más estupendos y más incontestables milagros, de los que toda su vida no es otra cosa que un tejido.

Después de haber estado el mundo en una expectación de cuatro mil años, y llegado el tiempo prescrito por Dios, y señalado por los Profetas para la venida del Mesías, estando los judíos esperando ver todos los días, según su cálculo, comparecer al Redentor, que era tanto tiempo había el objeto de sus votos y promesas, se vio en fin nacer el que debía ser su precursor: Juan Bautista, digo, aquel hombre maravilloso, cuya voz, según Isaías, debía hacerse oír en el desierto, y decir a gritos: Preparad el camino del Señor, enderezad las sendas de nuestro Dios, porque su gloria se va a manifestar, y toda carne verá el cumplimiento de lo que ha sido prometido (Isaí. XL): aquel Ángel mortal de quien Dios había dicho por boca del profeta Malaquías: Veis aquí que envío mi Ángel, el cual dispondrá el camino delante de mí (Malach. III): finalmente, aquel nuevo profeta y más que profeta, que no debía anunciar el Mesías futuro, como lo habían hecho todos los otros, sino que debía mostrarle como ya presente, como en efecto lo hizo, cuando al ver a Jesucristo exclamó: Mirad al Cordero de Dios, veis allí al que quita los pecados del mundo; y cuando en otra ocasión dijo: En medio de vosotros hay uno que conocéis: Él es el que debe venir después de mí, aunque es antes que yo, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de los zapatos (Joan. I).


Se sabe qué maravillas se obraron en la concepción de Juan Bautista, cuyo ministerio de precursor del Mesías anunció el ángel san Gabriel, cuando le dijo a Zacarías: que sin embargo de su avanzada edad y de la larga esterilidad de su esposa Isabel, tendría un hijo que se llamaría Juan.

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