¡BIENVENIDOS!

Este es un blog dedicado a la FE CATÓLICA de siempre. Contáctanos si deseas a: propaganda.catolica2@gmail.com

sábado, 26 de abril de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA: XIII. Muerte de San Joaquín y de Santa Ana.

XIII.   Muerte de San Joaquín y de Santa Ana.



Había ocho o nueve años que la santísima Virgen estaba en su retiro, siendo la admiración de los hombres y de los Ángeles por el resplandor extraordinario de su santidad, y por el conjunto maravilloso de las más eminentes virtudes, cuando perdió a su padre san Joaquín, y poco después a su madre santa Ana. Una muerte tan preciosa a los ojos de Dios como la de sus queridos padres, le fue sensible; pero la contristó poco: estaba demasiado segura de la suerte feliz de entrambos, y demasiado resignada en las sagradas órdenes de la Providencia Divina para no consolarse bien pronto de su ausencia; había mucho tiempo que Dios estaba en lugar de padre, de madre y de todas las cosas, respecto de ella. Como los sacerdotes se servían en el templo eran por oficio los tutores de las niñas huérfanas consagradas al servicio de Dios, tuvieron desde entonces un cuidado más particular de esta insigne virgen, la que había mucho tiempo era el objeto de su cariño y de su admiración.

Apenas hubo llegado a la edad de catorce o quince años, que era la edad en que se pensaba en casar a las doncellas, pensaron sus tutores en buscarle un esposo que fuese digno de tal esposa. Se turbó María a la primera proposición que se le hizo sobre este punto. Un autor antiguo, citado por san Gregorio Niseno, dice que la santísima Virgen representó con mucha modestia a los que estaban encargados de su conducta, que habiendo sido consagrada a Dios por sus padres, aun antes de nacer, para servir en el templo, había ratificado después ella misma esta consagración, y que así no tenía ni otra inclinación ni otros deseos que pasar en él el resto de sus días en calidad de virgen; que si querían tener alguna consideración a la intención de sus padres y a la inclinación propia, no le podrían dar mayor gusto que el no hacerla mudar de estado. Alabaron todos su devoción; pero como entre los judíos toda la gloria consistía en tener sucesión, para de este modo poder esperar tener un día algún parentesco con el Mesías, especialmente aquellos y aquellas que eran de la tribu de Judá y de la raza de David, como lo era María, no se defirió a lo que esta niña deseaba; y solo se pensó en buscarle un esposo correspondiente, el cual fuese de la misma tribu y de la misma estirpe real que ella.

Era una costumbre introducida entre los judíos, y observada religiosamente en todos los siglos, que cuando una familia se hallaba reducida a una sola hija, se casara esta con el pariente más cercano de la misma tribu, con el fin de que distando menos los enlaces, se viese más claro cuál era la genealogía del Mesías, que era el fin de todos los casamientos y generaciones, tanto en la ley natural como en la escrita. Así, Abraham se casó con Sara, y Nacor con Melca, una y otra hijas de Aran, hermano de Abraham y de Nacor; así, Tobías el joven, por consejo del ángel Rafael, y en conformidad con la ley de Moisés, se casó con Sara, hija única de Raquel, su parienta cercana. Habiendo, pues, sabido la santísima Virgen el designio que tenían de casarla, y no habiendo juzgado a propósito declarar el voto secreto que había hecho de permanecer siempre virgen, sabiendo muy bien que habiéndole hecho de tan poca edad no dejarían de dispensarle, recurrió a la oración, y no cesó de suplicar día y noche al Señor que tomara bajo su protección a su esposa. Vos estáis en posesión de mi corazón, decía hablando con el divino Esposo: Vos le poseéis desde el primer instante de mi vida; vuestro santo Espíritu ha habitado en mi cuerpo desde entonces como en su templo; no permitáis, Dios de pureza, que este templo sea manchado jamás.


No se duda que después de algunas largas y fervorosas súplicas tuvo una secreta seguridad de que el matrimonio que contraería, siendo ordenado por la Providencia Divina, no serviría de obstáculo al cumplimiento de su voto; y que el esposo que el cielo la destinaba, sería el custodio de su virginidad en el mismo matrimonio.

viernes, 25 de abril de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SACADA DE LOS CUATRO EVANGELISTAS: XIII. El bautismo de Jesucristo, el cual comienza a tener discípulos.

XIII.  El bautismo de Jesucristo, el cual comienza a tener discípulos.



Habiendo salido del desierto el Hijo de Dios, fue cerca del paraje donde Juan Bautizaba; el cual viéndole acercarse, dijo en voz alta al pueblo que se había juntado alrededor de él: ¿Veis a ese que viene? Mostrándoles a Jesús: Ese es el cordero de Dios: ese es el que quita los pecados del mundo; ese es aquel de quien os he dicho, después de mí viene un Salvador que es antes que yo. Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar me dijo: Aquel sobre quien vieres bajar el Espíritu Santo es el Hijo de Dios; y habiendo visto bajar sobre Él el Espíritu Santo en figura de paloma, le he conocido, y doy testimonio que Él es el Hijo de Dios: Ego vidi, et testimonium perhibui quia hic este Filius Dei (Joan. I). De este modo desempeñaba el santo Precursor las obligaciones de su ministerio.

El día siguiente por la tarde, pasando Jesús por el mismo paraje, no bien le hubo visto san Juan, que acababa de despedir a los que habían ido a oírle, cuando dijo en presencia de dos de sus discípulos, que se habían detenido: Veis ahí el Cordero de Dios. Los dos discípulos, oyendo decir a su maestro que Jesús era el cordero de Dios, comprendieron desde luego que Jesús era el Mesías, le siguieron, pues, y habiéndole preguntado dónde estaba alojado, le acompañaron hasta su alojamiento. Su conversación los confirmó bien presto en su opinión; y desde la primera vez que le oyeron hablar, conocieron que habían encontrado al Salvador. El uno de los dos, llamado Andrés, saltando de gozo, deja por un instante a Jesucristo, y va a referir a su hermano Simón que había encontrado al Mesías: Invenimus Messiam. Los dos hermanos fueron sin detenerse a juntarse otra vez con el Salvador, quien mirando a Simón, sobre el cual tenía ya formado sus designios, le dijo: Hasta ahora te has llamado Simón, hijo de Jonás; pero de aquí adelante te llamaras Cefas, que significa Pedro o piedra. Por esta distinción y preferencia del Salvador tuvo san Pedro la prerrogativa de ser puesto el primero en el número de los discípulos de Jesucristo; pues a Él fue a quien el Salvador dirigió desde luego la palabra, y a quien destinó desde entonces, por una predilección bien conocida, a ser la cabeza de su Iglesia, su vicario en la tierra, y la piedra en que debía descansar y sobre que debía fundarse todo el edificio. Lo restante del día, y quizá parte de la noche, lo pasaron con el Salvador, y conocieron bien presto que sus palabras eran palabras de vida eterna.


El día siguiente, como Jesús se volviese a Nazaret acompañado de sus tres primeros discípulos (se ignora el nombre del compañero de san Andrés), encontró el Señor a Felipe, que era de Betsaida, de donde eran también los dos hermanos Pedro y Andrés; le dijo el Salvador que le siguiera, y Felipe no se detuvo un instante a deliberar si le seguiría. Habiendo este encontrado poco después a Natanael, que se cree ser san Bartolomé, le dijo: Amigo, hemos encontrado a aquel que se nos prometió por los Profetas y por Moisés; este tal es Jesús de Nazaret. ¿De Nazaret, replicó Natanael, puede salir cosa buena? Fue decir, según el dictamen de algunos santos Padres: me dices que Jesús de Nazaret es el Mesías; ¿por ventura el Mesías no debe venir de Belén? El Salvador ¿puede venir de esta ciudad de Galilea? Ven conmigo, replicó Felipe, y tú mismo verás quién es. Le siguió Natanael; y viendo Jesús que se acercaba, dijo: Este es un verdadero israelita. Sorprendido Natanael de la acogida que le hizo el Señor, le dijo: Maestro, ¿de dónde me conoces? Le respondió el Salvador: Yo te conocía ya antes que Felipe te llamase, y sé con qué fervor le pedías a Dios debajo de la higuera que te diese a conocer al Mesías. Ilustrando entonces la gracia a este nuevo discípulo, exclamó: ¡Ah! ¡bien veo, Señor, que Vos sois el Hijo de Dios, y el Rey de Israel anunciado por los Profetas! Tu es Filius Dei, tu es Rex Israel (Joan. I). Con todo, esta confesión no le valió tanto a Natanael, como le valió a Pedro otra semejante que hizo después: puede ser que el principio de la de Natanael no fuese tan sobrenatural.

jueves, 24 de abril de 2014

Catolicidad: NI SIQUIERA EL PAPA PUEDE AUTORIZAR LA COMUNIÓN A ...

Catolicidad: NI SIQUIERA EL PAPA PUEDE AUTORIZAR LA COMUNIÓN A ...: Este escrito defiende la fe católica con relación a una reciente y desorientadora noticia que corre en todo el mundo. Es una ley de derec...

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD: LA EUCARISTÍA, NECESIDAD DEL CORAZÓN DE JESÚS

LA EUCARISTÍA, NECESIDAD DEL CORAZÓN DE JESÚS


Desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum
“He deseado con ardiente deseo comer esta pascua con vosotros” (Lc 22, 15)

La Eucaristía es una obra supererogatoria a la redención; la justicia de su Padre no la exigía de Jesucristo.
La pasión y el calvario bastaban para reconciliarnos con Dios y abrirnos las puertas de la casa paterna. ¿Para qué instituyó, pues, la Eucaristía?
La instituye para sí mismo, para su propio contentamiento, para satisfacer los anhelos de su Corazón.
Así comprendida, la Eucaristía es la obra más divina, más tierna y más empapada de amor celestial; su naturaleza, su carácter distintivo, es bondad y expansiva ternura.
Aun cuando nosotros no hubiésemos sacado provecho de ella, Jesucristo la hubiese instituido de igual manera, porque sentía la necesidad de instituirla, y esto por tres razones.

I
Primero, porque era nuestro hermano, Jesucristo quiso satisfacer el afecto fraternal que por nosotros sentía.
No hay afecto más vivo ni amor más expansivo que el amor fraterno. La amistad exige igualdad, y ésta nunca es tan perfecta como entre hermanos; pero el amor fraterno de Jesús está por encima de cuanto pueda imaginarse.
Dice la Sagrada Escritura que el alma de David estaba ligada estrechamente a la de Jonatás y que los dos formaban una sola; mas por muy estrecha que sea la amistad que une a dos hombres, siempre queda en el fondo de cada uno de ellos un principio de egoísmo: el orgullo. En Jesucristo, en cambio, no existe tal principio ni sombra de él, sino que nos ama de una manera absoluta, sin ninguna mira personal. Poco importa que le correspondamos o no; Él no se cansa de buscarnos con amor cada vez mayor.
Si un hermano desea ver a otro hermano y vivir con él; si Jonatás languidecía lejos de David, ¿qué pena no le causaría a Jesucristo la idea de tener que abandonarnos, siendo tan grande su deseo de estar siempre a nuestro lado para podernos repetir: “Sois mis hermanos”?
¡Qué expresión más tierna! Con ninguna otra cualidad de Jesús, se expresa mejor la amistad. Bien es verdad que es también nuestro bienhechor y salvador; mas aquella amabilidad dulce y familiar no se ve en estos atributos.
La Eucaristía pasa el rasero sobre todos los hombres y engendra la verdadera igualdad; fuera y aun dentro del templo hay dignidades, mas en la mesa de Jesús, nuestro hermano mayor, todos somos hermanos.
¡Cuán impropio es acercarse uno a comulgar acordándose solamente de la majestad y santidad de nuestro Señor! Bueno es esto cuando se medita sobre algún otro misterio; pero tratándose de la Eucaristía, dejemos ellos pensamientos y acerquémonos lo más posible a Jesús, a fin de que haya entre Él y nosotros expansión y ternura.

II
Jesús quiso además permanecer entre nosotros por ser nuestro Salvador, y esto no sólo para aplicarnos los méritos de la redención, pues hay otros medios para ello, como la oración, los sacramentos, etc., sino para gozar de sus títulos de Salvador y de su victoria.
El hijo salvado por su propia madre, de un gran peligro, es doblemente amado.
Jesucristo nuestro Señor, a quien tanto le hemos costado, sentía la necesidad de amarnos con ternura para resarcirse de los sufrimientos del Calvario.
¡Cuánto ha hecho por nosotros! Nos ama en proporción de lo que le hemos costado, y le hemos costado infinitamente.
No deja uno abandonados aquellos a quienes ha salvado. Una vez expuesta la vida por ellos, se los ama como la propia vida, en lo cual el corazón experimenta una dicha indescriptible.
Nuestro señor Jesucristo tiene corazón de madre, y antes hubiera dejado a los ángeles que a nosotros.
Jesús tiene necesidad de volvernos a ver. Los que en el campo de batalla fueron amigos no aciertan a expresar su satisfacción y alegría cuando vuelven a encontrarse después de largos años. A veces se emprende un largo viaje por visitar a un amigo, sobre todo si es amigo de la infancia. ¿Y por qué razón no ha de tener Jesucristo estos sentimientos tan nobles y tan buenos?
Jesucristo conserva en la Eucaristía las señales de sus heridas. Las ha querido conservar como trofeo de gloria y para su consuelo, porque ellas le recuerdan el amor que nos tuvo.
¡Cuánto le agrada ver que nos acercamos a Él para darle gracias por los beneficios que nos concedió y por los sufrimientos qué por nosotros se impuso! Puede decirse que en gran parte instituyó la Eucaristía para que los fieles acudiesen a su lado con el fin de consolarle de sus dolores, de su pobreza, de su cruz. ¡Llega Jesús hasta mendigar la compasión y la correspondencia a s u amor!
Sí; Jesucristo debe estar con aquellos a quienes ama; objeto de su amor lo somos nosotros, porque nosotros somos los salvados por Él.

III
Finalmente, Jesucristo quiere vivir entre nosotros y atestiguarnos en la Eucaristía su ardiente caridad, porque ve el amor infinito de su Padre celestial hacia los hombres y siente la necesidad de pagarle por nosotros la deuda de amor que hemos contraído con Él.
A veces se siente uno súbitamente poseído de afecto hacia una persona desconocida, a la que por ventura ni siquiera se había visto: un rasgo, un detalle, una circunstancia cualquiera que vemos en ella nos recuerda muchas veces a un amigo querido y sentimos en nosotros simpatía hacia aquel que hace así revivir en nuestra mente a un amigo perdido.
Asimismo nos sentimos inclinados otras veces a amar al amigo del amigo nuestro, aun sin conocerle, y únicamente por ser grato a nuestro amigo; muy poco se necesita para excitar en nosotros este amor, porque el afecto del corazón se extiende, como por instinto, a todo lo que guarda relación con el amigo.
Lo propio ocurre con Jesús. Dios Padre nos ama; y como Jesucristo ama a su Padre, nos amará también a nosotros a causa de Él, independientemente de cualquier otro motivo. Esto viene a ser para el Hijo de Dios una necesidad, porque no puede olvidar aquellos a quienes ama su Padre.
Invirtiendo los términos de la cuestión, podemos decir a nuestro señor Jesucristo: Gracias te doy, Señor, por haber instituido la Eucaristía en beneficio mío; pero, dulce Salvador mío, permíteme que te diga que me debes a mí el haberla podido instituir, por cuanto yo he sido la ocasión. Si en ella nos puedes mostrar tus títulos de Salvador y llamarte hermano nuestro, yo he sido la causa ocasional. Aun me estás obligado por poder seguir derramando tus beneficios y continuar tu oficio de Salvador. A nosotros nos debes el hermoso título de hermano.
Además de esto, nuestro Señor mendiga adoradores y Él es quien nos ha llamado con su gracia. ¡Nuestro Señor nos deseaba, tenía necesidad de nosotros!
Necesita adoradores para ser expuesto, sin que pueda en caso contrario salir del tabernáculo.
Para celebrar la santa misa se requiere por lo menos un ayudante que represente al pueblo fiel: nosotros ponemos a nuestro Señor en condiciones de ejercer su reinado.
Ahondad estos pensamientos, que ellos os elevarán y ennoblecerán; excitarán en vosotros inmensos deseos de amor y os harán recordar que nobleza obliga.
Repetid con frecuencia y con santa libertad a nuestro señor Jesucristo

¡Sí, Señor, algo nos debes!

domingo, 20 de abril de 2014

DOMINGO DE LA RESURRECCIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

PASCUA DE RESURRECCIÓN


Este es, dice el Profeta, el día feliz que hizo el Señor: Hæc est dies quam fecit Dominus: celebrémosle con todo el gozo y alegría de que somos capaces: Exultemus, et lætemur in ea. ¿Hubo jamás motivo más justo para alegrarnos que la resurrección del Salvador? Este misterio es la prueba invencible de todos los otros; es el fundamento de nuestra Religión, la prenda segura de nuestra felicidad, la basa de nuestra fe y el áncora de nuestra esperanza. Jesucristo resucitado, dice san Atanasio, ha hecho que la vida de los hombres sea una fiesta continua; ningún dolor, ningún temor debe turbar ya nuestra esperanza, nada tiene ya de vacilante, ni de incierto; pues nuestro Maestro resucita para nunca más morir; nosotros no podemos ya morir sino para volver a vivir. Hemos llorado a Jesucristo, y así es justo que habiendo sentido los dolores e ignominias de su muerte, tengamos parte en la gloria y en el gozo de su triunfo. Manifieste su alegría todo el universo, dicen los Profetas: manifieste todo el mundo en este día afortunado los gritos y cánticos de gozo para celebrar un triunfo que debe hacernos a todos dichosos: Noli timere terra, exulta, et lætare (Joel, II). La muerte es vencida, el infierno deja escapar sus más ilustres cautivos; la tierra antes del tiempo de la restitución general se ve forzada a volverles a muchos Santos los despojos de sus cuerpos para honrar la pompa de su victoria. El cielo envía sus Ángeles a anunciar a todos los fieles la gloriosa y triunfante resurrección de su Redentor; los Apóstoles salen en fin de las tinieblas de su ignorancia y de su incredulidad para reconocer y adorar la divinidad de su Salvador, a quien ven en este día victorioso de la misma muerte.

Todo el Cristianismo está fundado sobre la creencia de este misterio, todo estriba sobre esta verdad fundamental: Si Christus non resurrexit (dice san Pablo, I Cor. XV), inanis est prædicatio nostra, inanis est et fides vestra: Si Jesucristo no ha resucitado, en vano me canso en predicaros, y en vano creéis lo que os predicamos. Si Jesucristo no ha resucitado, dicen los Padres, todas sus promesas son vanas, toda nuestra esperanza se seca y se cae, nuestra fe se desvanece y se apaga. Aunque la divinidad de Jesucristo hubiese sido suficientemente establecida, ya por las obras sobrenaturales que había hecho en el discurso de su vida mortal, ya por los oráculos de los Profetas, que se referían todos tan exactamente a las diversas circunstancias de su vida, de su pasión y de su muerte; los demonios arrojados, los ciegos curados, los muertos de cuatro días resucitados; tantos prodigios lo autorizaban al parecer bastantemente en la calidad que tomaba de Hijo de Dios; sin embargo era necesario que resucitase para poner una verdad tan importante fuera de todo tiro de la calumnia; puede decirse que la revelación de la divinidad de Jesucristo estaba sobre todo aligada y como pendiente de su resurrección. Esta era la prueba que daba Él mismo de que era Dios. El Evangelio está lleno de las declaraciones expresas que hacía tan repetidas veces a sus discípulos, no solo de los oprobios de su muerte, sino también de sus gloriosas consecuencias, y singularmente de la resurrección de su cuerpo al tercer día: Quia oportet eum occidi, et tertia die resurgere (Luc. XXIV; Marc. IX). De nada servía haberla confiado a sus discípulos, si la hubiera ocultado enteramente a sus enemigos; por eso a cada paso les hablaba a unos y a otros de su resurrección. Ya se servía de expresiones misteriosas y figuradas para despertar su atención y su curiosidad. Vosotros me preguntáis, les decía, ¿con qué autoridad arrojo a latigazos a los que con un tráfico el más indigno profanan el templo? Destruid este templo, y yo le reedificaré en tres días: Solvite templum hoc, et in tribus deibus ædificabo illud. El templo de que hablaba, era (dice san Juan, cap. II), su propio cuerpo. Después que hubiereis destruido con una muerte cruel e ignominiosa este templo visible, que es mi cuerpo, yo le volveré a poner al tercer día en el mismo estado, y en un estado todavía más perfecto. Me pedís, les decía en otra ocasión, un milagro nuevo para convencer vuestra incredulidad; los que he obrado, y de que la mayor parte de vosotros habéis sido testigos, podrían bastaros; pero yo haré uno que les pondrá el sello a todos los otros, y que ningún hombre, que no sea Dios, es capaz de hacerle. Este milagro será aquel de que fue figura el profeta Jonás; es a saber, que después de haber estado encerrado tres días en el seno de la tierra, esto es, en el sepulcro, saldré de él, como Jonás salió con vida del vientre de la ballena. Por más figuradas que fuesen estas expresiones, no obstante las comprendieron muy bien los judíos, y penetraron tan bien su verdadero sentido, que inmediatamente que espiró corrieron a decirle a Pilatos: Recordati sumus, nos acordamos que aquel embaucador dijo muchas veces, durante su vida, que resucitaría al tercer día: Quia seductor ille dixit adhuc vivens: Post tres dies resurgam (Matth. XXVII); y por consiguiente que era menester prevenir el error, y cerrar todos los caminos a la impostura, tomando todas las precauciones posibles para embarazar el que se le llevasen del sepulcro. En efecto se tomaron las precauciones; la autoridad del gobernador, la desconfianza de los pontífices, los artificios de los fariseos, la vigilancia de los guardias, el sello de los magistrados, todo se empleó para impedir cualquier sorpresa; y todo sirvió, mal que les pesase, a hacer más incontestable, más palpable la verdad de la resurrección. Si Pilatos se hubiera contentado con enviar simplemente su guardia, y dar sus órdenes para velar alrededor del sepulcro, los judíos, dice san Juan Crisóstomo, hubieran podido desconfiar de unos soldados extranjeros que no les estaban sujetos; pero, para quitar este pretexto a su incredulidad, quiere Dios que Pilatos lo deje todo a la disposición de los judíos, tan obstinadamente empeñados en querer abolir la memoria del Salvador, y tan interesados en hacer se falsificase la predicción de su resurrección. Así se ve que nada omiten. Sola la piedra con que tienen cuidado de cerrar la entrada del sepulcro hubiera bastado a asegurarlos por su enorme peso. No contentos con haber puesto alrededor una guardia de soldados aguerridos y de confianza, ponen su sello en la piedra. Veis aquí el sepulcro cerrado, sellado, y por decirlo así, sitiado. ¿Qué aparato más glorioso a la majestad del Salvador? Dice un santo Padre. Pero al mismo tiempo ¿hay cosa en que brille más la gloria de la sabiduría y del poder de Jesucristo? Pues en esta sutil y viva atención de los judíos en buscar cómo embarazar su designio, encuentra modo de confundirlos, dice uno de los más famosos oradores cristianos. Quiere el Señor que estos fariseos nada tengan que reprenderse de parte de la vigilancia, para que nada tengan que reconvenirle de parte de la verdad. Los guardias puestos para quitar a la resurrección el medio de esparcirse por el mundo, les quitan a sus enemigos el medio de contestarla y oponerse a ella; eran en la intención de los judíos otros tantos apoyos de la verdad. Sin estos soldados hubiera sido preciso que los primeros denunciadores de este prodigio hubiesen sido los Apóstoles, gente sospechosas e interesadas en publicar este hecho; pero lo son los mismos soldados, los cuales, testigos oculares de la resurrección, la denuncian a los pontífices, y confunden con esto su malignidad. Porque acusar, como lo hicieron, la negligencia y el sueño de los soldados, es una excusa ridícula, dice san Agustín, y que hace todavía más incontestable la milagrosa resurrección del Salvador. Porque si los soldados velaban, ¿cómo pudieron a sangre fría dejar romper el sello, levantar y volver la piedra, y hurtar el cuerpo? Y si dormían, ¿son abonados para negar el prodigio? La ficción es demasiado grosera para que tenga ni aun la menor vislumbre de probabilidad. ¿Es verosímil que todo un cuerpo de guardia se haya dormido? ¿Que ni uno de tantos soldados haya despertado al ruido que necesariamente han debido hacer un gran número de personas para echar a un lado la piedra, para sacar el cuerpo del sepulcro, y hacerle pasar por una abertura muy estrecha a fuerza de brazos? ¿Qué letargo no cedería a aquel estruendo, a aquel tumulto? Pero ¿quién pudo inspirar un valor tan repentino, una osadía tan peligrosa a un puñado de pobres pescadores, que a la sola nueva de la prisión del Salvador habían echado todos a huir, y de los cuales el más determinado, a la simple acusación de una criada, había jurado no ser su discípulo? Aún más: si los discípulos se redujeron a hurtar el cuerpo de su Maestro, es preciso estén convencidos de que no puede resucitarse después de habérselo asegurado tantas veces; y deben tener por evidente que es un insigne embustero. Y si es un embustero sobre este artículo esencial, ¿qué quieren hacer de su cuerpo? ¿y qué pueden esperar de las demás promesas que les han hecho? ¿Qué interesaban en persuadir una mentira a toda su nación para sostener a un impostor que los había engañado? ¿qué no interesaban en ganar a las potestades, y qué recompensa no debían esperar de los escribas y fariseos, si descubrían ellos mismos el engaño? No teniendo que esperar ya nada de un hombre muerto que los había engañado, ¿se hubieran expuesto a los más terribles tormentos sin ninguna utilidad? Dicite quia discipuli ejus nocte venerunt, et furati sunt eum, nobis dormientibus (Matth. XXVIII). ¿Podían los judíos servirse de un artificio más grosero, y de un enredo más mal forjado? Una negra malicia cuanto más quiere disfrazarse, tanto más se manifiesta. Porque en fin, si los soldados se durmieron, ¿quién no ve que deben ser castigados por una negligencia tan culpable? Si los discípulos, es decir, si esos pobres y tímidos pescadores han sido tan osados que han forzado la guardia, si han tenido la osadía de robar un cuerpo puesto en depósito bajo el sello público, ¿qué pesquisa, qué averiguación se hace sobre ello? ¿con qué penas se castiga un delito tan enorme? Se premia larga y liberalmente el pretendido descuido de los soldados: Pecuniam copiosam dederunt militibus; y no se les dice una palabra a aquellos que son acusados de un delito tan grande. ¡Oh, y cómo una conducta tan irregular, y cómo estas contradicciones de artificios, de suposiciones y de sutilezas inútiles, son unas pruebas bien claras, dicen los Padres, de la verdad de este gran misterio! Así como la verdad de este gran misterio es una prueba sin réplica de la divinidad de Jesucristo, y por consiguiente de la verdad, de la santidad, de la infalibilidad de nuestra Religión, fundada y establecida especialmente por Él; así también, en virtud de la seguridad y de la fe con que se cree esta tan milagrosa resurrección del Salvador, se ha multiplicado el Cristianismo, el Evangelio ha hecho en el mundo infinitos progresos, la divinidad del Salvador, a pesar del infierno y de todas sus potestades, ha sido creída hasta en las extremidades del mundo. Nunca predicaban los Apóstoles a Jesucristo, que no produjesen su resurrección como una prueba sin réplica: Hunc Deus suscitavit tertia die. En el primer sermón que predicó san Pedro en medio de Jerusalén, cincuenta días después de haber resucitado Jesucristo, y en que convirtió tres mil judíos, no se habla sino de este misterio, sin que ningún escriba, fariseo o pontífice se atreviese a desmentirle. El que os predicamos, decían en voz alta los Apóstoles, es aquel mismo que vosotros crucificasteis, que espiró en una cruz, y que tres días después se resucitó a Sí mismo. La evidencia de esta resurrección es la prueba evidente de todas las verdades de fe, y la demostración de todos los otros misterios. Y aún puede decirse que en el nacimiento de la Iglesia toda la fuerza del celo de los Apóstoles se reducía a dar testimonio al público de la resurrección del Salvador: Virtute magna reddebant Apostoli testimonium resurrectionis Jesu Christi (Act. IV). No se preciaban, al parecer, ni se calificaban sino de testigos de la resurrección del Señor: Cujus nos testes sumus. Si es menester sustituir un nuevo discípulo en lugar del pérfido Judas, no se busca sino uno que como ellos haya sido testigo de la resurrección de Jesucristo: Testem resurrectionis ejus nobiscum fieri unum ex istis (Act. I). En efecto, añade san Lucas, no había quien no se rindiese a la fuerza de este testimonio. Toda la Religión, todo el Evangelio se encierran, por decirlo así, en este solo artículo de nuestra fe. ¿Jesucristo ha resucitado? Luego es Hijo de Dios; luego es Dios, como Él mismo nos lo ha asegurado; sus palabras son oráculos de verdad; luego su Evangelio es la sola regla de las costumbres; su Iglesia el solo camino de la salvación; su Religión la sola verdadera religión que puede haber en el mundo.

viernes, 18 de abril de 2014

VIERNES SANTO: CRUCIFIXIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

VIERNES SANTO


El Viernes Santo, llamado también por antonomasia el Viernes mayor, a causa del gran misterio de nuestra redención consumada en el día de hoy, se ha mirado en todo tiempo como el más santo, el más augusto y el más venerable de todos los días, y el que los Cristianos han celebrado siempre con más religión y con una devoción más sensible. Es el gran día de las misericordias del Señor, pues es el día en que este Divino Salvador quiso, por un exceso de amor incomprensible a todo creado entendimiento, sufrir los más crueles tormentos, espiar ignominiosamente en una cruz; para que, dice el sagrado texto, fuésemos curados con sus llagas, lavados en su sangre, justificados por la sentencia de su condenación, y para que en su muerte hallásemos el principio de nuestra vida. Este es el gran día de las expiaciones, pues es el día en que Jesucristo expió con su sangre todos los pecados de los hombres: Anima quæ afflicta non fuerit die hoc, peribit de populis suis. El hombre que no se afligiere en este día de expiación, decía el Señor, perecerá en medio de su pueblo. Quería Dios que en el día destinado para las expiaciones de su pueblo cada uno se excitase a afectos de dolor; y si por desgracia había alguna alma tan endurecida que no participase de la aflicción común, mandaba fuese exterminada, y que no se la contase más entre los de su pueblo. Este es el gran día de las expiaciones. ¿Por ventura no tiene Dios derecho para decir en este día: Anima quæ afflicta non fueril die hoc, peribit? ¿Y qué sería, si al paso que el amor de un Dios se muestra tan sensible a nuestros intereses, nosotros fuéramos insensibles a sus penas? Esta insensibilidad ¿no sería un carácter visible de reprobación?

Ningún día del año es más respetable, ninguno, por decirlo así, más cristiano, ninguno más distinguido que el Viernes Santo. Su celebridad nació con la Iglesia. Todo el mundo es de parecer que los Apóstoles instituyeron aquellas fiestas cuyos misterios pasaron a sus ojos. ¿Quién no ve, dice san Agustín, que la fiesta del Viernes Santo precedió a todas las demás fiestas? Se puede decir que la Iglesia ha como consagrado todos los viernes del año para que sean como la octava perpetua de la fiesta y del misterio del Viernes Santo, así como todos los domingos son la octava del misterio de la resurrección y del santo día de Pascua. Y este es el motivo por que los príncipes cristianos prohibieron el que se hiciesen procesos y sentenciasen pleitos el Viernes Santo, y aun quisieron que esta observancia se comunicase del Viernes Santo a todos los viernes del año, por respeto y en memoria de la pasión del Señor.

Este día es una doble época: es el fin de la antigua alianza, y es el principio de la nueva. La muerte de Jesucristo fue el nacimiento de la Iglesia, y la sepultura, por decirlo así, de la Sinagoga: su sangre, como un diluvio de celestiales bendiciones, renovó toda la tierra, levantando un nuevo pueblo de Dios, y reprobando el antiguo. Se le dio a este día el nombre de Parasceve, que es una palabra griega que significa preparación, por el motivo de que el sexto día de la semana preparaban los judíos cuanto era necesario para celebrar el sábado. Entre los griegos el Viernes Santo se llamó Pascua Staurossime, que quiere decir de Jesús crucificado, y el domingo siguiente Pascua Anastassime, que significa de Jesús resucitado. La fiesta de este día ha sido siempre en la Iglesia una fiesta de lloros, de duelo y de penitencia; y aunque con el tiempo se ha introducido algún alivio, por no decir relajación, en el ayuno de la Cuaresma, se puede decir que nada ha alterado el rigor del ayuno del Viernes Santo. Este es propiamente el único día en que se observa, especialmente en las casas religiosas, y aun entre seglares, la xerophagia, es decir, el ayuno reducido a viandas secas o a raíces y yerbas, y muchos también ayunan hoy a pan y agua.

Desde los Apóstoles viene el no haber Misa en este día. El gran duelo de la Iglesia y la muerte del Salvador hacen que no se ofrezca el divino sacrificio. Antes que el oficio de la noche de Pascua se adelantase al sábado, tampoco había Misa este día por la misma razón: Hoc biduo, dice el papa Inocencio I, Sacramenta non celebrantur. El concilio IV de Toledo, tenido el año 633, dice que el Viernes Santo cerraban en España todas las puertas de las iglesias, para significar la profunda tristeza y la aflicción en que estaba sumergida la Iglesia; ordena no obstante que se celebre el oficio y se predique la pasión. Antiguamente el clero y el pueblo comulgaban el Viernes Santo; esta costumbre ya no se observa sino en algunas antiguas abadías.

El oficio de este día, que se ha sustituido en lugar de la Misa, es uno de los más augustos y más tiernos; todo inspira compunción, devoción y una religiosa tristeza; el espíritu del misterio y de la religión se descubre y se hace sentir en todas las ceremonias y en todas las oraciones; todo representa la triste solemnidad de un día, que es el día de la muerte del Salvador, cuyas exequias celebra hoy la Iglesia.
Se tiende sobre el altar un mantel sin doblez, que es la imagen de la sábana en que fue envuelto el cuerpo del Salvador después de haberlo bajado de la cruz. El preste, postrado boca abajo, testifica por esta postura la amargura en que está sumergido su corazón, la cual debe ser común en este día a todos los fieles. Empieza leyendo dos Epístolas, la una del profeta Oseas, y la otra del pasaje del Éxodo en que Moisés describe la ceremonia del cordero pascual, como figura de Jesucristo inmolado en este día por todos los hombres. El cordero pascual fue seguido del fin de la esclavitud de los israelitas que vivían en Egipto; y la muerte de Jesucristo en este día nos libertó de la servidumbre del pecado.

No hubo profecía más clara, más precisa y más expresa de la muerte, de la resurrección del Salvador y del establecimiento de la Iglesia que la del profeta Oseas, que hace el asunto de la primera Epístola de este día, y por la que comienza el oficio, el cual tiene lugar de Misa: Hæc dicit Dominus: esto dice el Señor; In tribulatione sua mane consurgent ad me; en el exceso de su aflicción se darán priesa de recurrir a Mí. Venid, dirán, volvamos al Señor: Venite, et revertamur ad Dominum; Nos ha castigado por nuestros pecados, esperemos que se ha de compadecer de nosotros; su justicia nos ha herido, y su misericordia nos sanará: Ipse cepit, et sanabit nos: percutiet, et curabit nos. En el sentido alegórico, estos de quienes habla son todo el género humano que por el pecado atrajo sobre sí aquel diluvio de males que por más de cuatro mil años inundó toda la tierra, y no podía ser libertado de la esclavitud del pecado por otro que por aquel que lo había condenado a ella. A la verdad era menester la sangre de un Hombre-Dios para curar todas las llagas del hombre; esto es lo que el Profeta nos predice, y se ha verificado en el misterio que celebramos. Este divino Salvador nos vivificará en el misterio que celebramos. Este Divino Salvador nos vivificará dentro de dos días, dice el Profeta; y al tercero nos resucitará; y después viviremos delante de Él; y no nos mirará ya sino con los ojos propicios; será nuestro Dios, y nosotros seremos su pueblo; sabremos entonces por una fe viva quién es el Señor, y le seguiremos con ansia y con fidelidad, conociéndolo más y más cada día. Él se nos comunicará a nosotros, no ya entre rayos y truenos como en el monte Sinaí, sino como un blando rocío de la primavera, o como una lluvia fecunda del otoño, que no caen sobre la tierra sino para hacerla más fértil en flores y frutos; su salida será semejante a la de la aurora que inspira alegría a todas las cosas: Vivificavit nos per duos dies; in die tertia suscitavit nos. Esta profecía, tomada en su sentido propio y literal, no se efectuó jamás rigurosamente entre los hebreos, dicen los intérpretes. Inútilmente se buscaría en la historia el número de los días después de los cuales el pueblo o algún particular había de recibir una nueva vida, y el tercer día en que había de resucitar. En esto insinuaba Oseas la resurrección de los fieles redimidos con la sangre de Jesucristo, y señalaba de la manera más expresa la resurrección del mismo Salvador, que, como dice san Pablo, nos dio la vida cuando estábamos muertos por nuestros pecados: Cum essemus mortui peccatis, convivificavit nos in Christo (Ephes. II). También nos resucitó con Jesucristo y nos hizo sentar en el cielo en su persona: Conresuscitavit, et consedere fecit in cælestibus (Ibid.). A este lugar del Profeta hace, sin duda, alusión el Apóstol cuando dice que el Salvador resucitó al tercer día conforme a las Escrituras: Quia Christus resurrexit tertia die, secundum Sripturas. Se dejará ver el Salvador, continúa el Profeta, como la aurora; en su resurrección fue aquel sol saliente que disipó todas las tinieblas del error y de la idolatría; vendrá a nosotros como una lluvia que cae a tiempo sobre una tierra seca, que sin ellas jamás hubiera llevado fruto. Quid faciam tibi Ephraim? Quid faciam tibi Juda? La Judea estaba dividida en dos reinos desde la muerte de Salomón; el de Judá, que solo comprendía dos tribus, y el de Israel, que comprendía las otras diez, y porque Jeroboam, primer rey de las diez tribus, era de la tribu de Efraín, se entiende habla Dios a todos los judíos cuando a las dos tribus principales les dice por su Profeta: ¿Qué me podéis pedir a vista de lo que acabo de hacer? Como si dijera: La muerte del Mesías dará fin a vuestra cautividad, y su resurrección os dará una nueva vida: ¿qué mayor maravilla podéis esperar de mi bondad? Si yo no hubiese mirado sino a vuestras oraciones, a vuestras obras de caridad tan poco constantes y a vuestra penitencia tan superficial, jamás hubiera resplandecido tanto mi misericordia y mi compasión para con vosotros; a mi sola bondad debéis una tan grande maravilla: Misericordia vestra, quasi nubes matutina et quasi ros mane pertransiens. Por mas que os he amenazado por mis Profetas, y os he predicho todos los males con que he resuelto castigar vuestras impiedades, no por eso sois menos indóciles. Aprende, ingrato; sábete que yo prefiero el sacrificio del corazón y la caridad a todos vuestros sacrificios; y que la ciencia y el conocimiento que se tiene de Dios por la fe me es más agradable que todos los holocaustos que me podéis ofrecer: Quia misericordiam volui, et non sacrificium; et scientiam Dei plus quam holocausta.

lunes, 14 de abril de 2014

LA SEMANA SANTA: ¿Semana de vacaciones o de luto?

La semana santa:
¿Semana de vacaciones o de luto?

Queridos católicos:

El Jueves Santo, el Viernes Santo y el Sábado Santo forman el Triduo Sacro. Son los días de la Semana Santa, de la semana más importante de la historia de la humanidad. Porque para nada hubiera servido la creación si no hubiera habido la salvación.

La Semana Santa es la semana de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Pasión significa sufrimientos, muerte de Cristo en la Cruz. Pasión, Redención, Salvación y vida eterna para nosotros están vinculadas. Sin los sufrimientos, la Cruz y la muerte de Cristo no hay salvación para ti, pecador ingrato.

Cristo se hizo nuestro cordero que carga con nuestros pecados. Cristo quiere “morir a fin de satisfacer en nuestro lugar a la justicia de Dios, por su propia muerte”, dice Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica (III, 66, 4).

Cristo acepta ser maltratado, para que tú no lo seas eternamente; Cristo acepta ser flagelado para que tú no seas flagelado por los demonios y el fuego en el infierno.

Cristo acepta gustar la tremenda sed de la crucifixión y la muerte amarga de la cruz, para que tú no padezcas la sed eterna de felicidad. Cristo acepta ser deshonrado en la cruz para que tú no seas deshonrado y con-fundido en el día del Juicio final.

Y tú, hijo ingrato, ¿qué haces en esos días de la Semana Santa mientras que tu Señor está muriendo en tu lugar para salvarte? ¿Cómo los utilizas? ¿A dónde vas? ¿Por qué los profanas?

Si en esos días tu patrón te dispensa de trabajar porque es Semana Santa, Semana de luto, Semana de la muerte del Hijo de Dios; tú deberías saber muy bien que esos días santos no son días de vacaciones, ni de disipación, ni de playa. Son días de penitencia, de oración y de lágrimas.

El Hijo de Dios hecho hombre está luchando contra el demonio y la justicia divina para librarte. Sí, para librarte a ti y a tu familia del más grande peligro que pueda existir: el de la perdición eterna. Sábelo, incúlcalo a tus hijos para que sean agradecidos con su Salvador.

Es Dios mismo quien te lo dice: “Sin efusión de sangre no hay remisión de pecados” (Hebreos 9, 22). Y esa sangre que borra tus pecados es la de tu Bienhechor: Nuestro Señor Jesucristo. Sobre todo no digas que no has pecado y no necesitas del perdón. Si lo dijeras manifestarías tu gran ceguedad e ignorancia.

Ningún hombre puede conseguir por sí mismo el perdón de sus pecados. Debe buscarlo en otra parte: ¿dónde? en la Sangre del Hijo de Dios que murió en la Cruz el Viernes Santo. San Pablo dice: “En Él, por su Sangre tenemos la redención, el perdón de los pecados...” (Efesios 1,7).

El hombre no puede ofrecer sacrificio propiciatorio por sus pecados. Nuestro Señor Jesucristo se hizo propiciación por nuestros pecados. El se ofrece el Viernes Santo en sacrificio propiciatorio por tí. Sólo, mediante la sangre de Cristo, puedes purificarte, puedes liberarte de las cadenas del pecado y de la tiranía del demonio.

Y en estos días durante los cuales Cristo está en los tormentos de la Cruz para merecerte la salvación, tú, pecador necesitado, tú te vas a la playa, a pasearte, divertirte, quizás acumular más pecados a los que ya hayas cometido. ¡Despiértate, hermano mío, despiértate de tu letargo! ¡Sé agradecido con tu Bienhechor! ¡Actúa  como católico verdadero!

Ve al templo a ver y a escuchar lo que en tu lugar está padeciendo Cristo. Sábelo que la ingratitud atrae el castigo de Dios más bien que su misericordia. No seas, pues, ingrato sino agradecido.

La gratitud cristiana consagra el Triduo Santo para conocer más lo que hizo Nuestro Señor Jesucristo por nosotros e impulsarnos a la penitencia, a la sincera conversión y enmienda de nuestra vida tibia y mediocre.

El Jueves Santo es el día en que el Señor Jesús antes de ir a su Pasión te dejó el Memorial de su muerte. Para aplicar los frutos de su Pasión a tu alma, instituyó el sacramento de su amor que es la Santa Eucaristía y el sacerdocio para consagrarla. El dijo: “haced esto en memoria mía”, para recordarnos lo que padeció por puro amor hacia los ingratos que somos; para comunicar a nuestras almas la santidad y el remedio contra el pecado mediante la digna recepción de su Cuerpo. Y tú ¡irías a divertirte en ese día! No sabes que Cristo dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y Yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en Mí y Yo en él” (San Juan 6, 54-56). Y tú que pretendes ser discípulo de Cristo ¿por qué te privas del Pan celestial que sana, purifica, santifica y pacifica tu alma y tu hogar? Si por tu culpa no aprovechas del remedio que Cristo te ofrece ¿por qué te quejas de tener problemas en tu vida, familia y trabajo?

El Viernes Santo es para que grites con y en la Iglesia misericordia para tí mismo y para todo el género humano. El Viernes Santo es para que participes en las exequias de Cristo, escuchando el Evangelio de la Pasión y las Siete Palabras que son las últimas recomendaciones de Cristo, Nuestro Redentor.

Aprovecha el Viernes Santo para confesar con lágrimas tus iniquidades, lavar tu alma de la lepra del pecado con la Sangre de Cristo, participar en la Pasión de tu Salvador, para tener parte con Él en su victoria.

El Viernes Santo, sufrió Cristo para merecerte el ser librado del pecado que es el más horrible cáncer que pueda existir, y del infierno que es la más grande de las des-gracias. Y tú ¿irías de vacaciones con tantos otros neopaganos quizás para matarte en el camino de la ingratitud?

El Viernes Santo es para que hagas el Vía Crucis, medites lo que hizo y padeció por ti tu Señor; para darte cuenta de lo que merece el pecado. Lea los últimos capítulos de San Mateo, Marcos, Lucas y Juan o vea la Pasión de Cristo por Mel Gibson para que te des cuenta del precio que Cristo pagó para librarte del poder del pecado y del demonio, hacerte hijo de Dios y heredero de la vida eterna. Puedes también leer y meditar Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo por San Alfonso María de Ligorio y La Pasión del Señor por Fray Luis de Granada, o Las Siete Palabras de Cristo por Antonio Royo Marín.

El Viernes Santo es día de ayuno y penitencia, silencio y lágrimas y no día de playa y placeres.

El Sábado Santo es día de luto. Hombres y mujeres deberían vestirse con ropa de luto para acompañar a la Santísima Madre de los Dolores. El Sábado Santo debería servir para meditar con espanto lo que merece el pecado, porque si al Justo que cargó con nuestros crímenes así se le castiga, ¿qué será del culpable si muere con su pecado?

En resumen, hermano mío, escucha a Dios mismo que dice a cada uno de nosotros: “No tardes en convertirte al Señor, ni lo difieras de un día para otro; porque de repente sobreviene su ira, y en el día de venganza acabará contigo” (Eclesiástico, 5, 8).

Católico, aprovecha la Semana Santa para convertirte al Señor, porque la sincera conversión y el verdadero arrepentimiento aseguran el perdón de los pecados; dan paz al alma y, al fin, la vida eterna que pedimos por ti.  

Padre Michel Boniface