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viernes, 2 de mayo de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SACADA DE LOS CUATRO EVANGELISTAS: XIV. El primer milagro que hace Jesucristo en público.

XIV.  El primer milagro que hace Jesucristo en público.



Hasta aquí no había hecho el Hijo de Dios cosa que por lo estupendo diese golpe a los hombres: los cinco discípulos que se le habían juntado, habían sido atraídos solamente por los lazos secretos de la gracia, por la virtud todopoderosa de su palabra, y por la unción de sus conversaciones; pero habiendo llegado a Nazaret, fue convidado con su Madre y sus discípulos a una boda que se celebraba en Caná, pequeño pueblo de Galilea poco distante de Cafarnaúm. Jesucristo nunca hacía nada que no fuese con algún fin y por algún motivo sobrenatural; todo era perfecto en este Señor, aun en sus acciones las más comunes: convidado a la boda, se dignó asistir a ella. A mitad de la comida, habiendo faltado el vino, la santísima Virgen, que estaba puesta a la mesa junto a Él, advirtiendo la turbación en que se hallaban aquellos a cuyo cargo estaba la función, y queriendo ahorrarles a los que les habían convidado la confusión que les iba a causar esta falta, dio a conocer sencillamente al Salvador el deseo que tenía de que se sirviese en esta ocasión de su omnipotencia para remediar milagrosamente una tan urgente necesidad; le respondió Jesús: Mujer, ¿qué te va a ti ni a mí en esto? (Joan. II). (La palabra mujer, de que se sirve Jesucristo en esta ocasión, no es un término de arrogancia, y mucho menos de menosprecio: la voz mujer era entre los hebreos un término político y de respeto, como lo es entre los franceses el de madama, y entre los españoles el de señora). Todavía no ha llegado mi hora; quiere decir, que sin que la Virgen se lo hubiera rogado, no hubiera empezado tan pronto a manifestarse al mundo con milagros públicos. No tenía necesidad la santísima Virgen de una respuesta más positiva; sabía demasiado bien que su Hijo no era capaz de negarle nada, y que bastaba mostrarle su inclinación para ser oída al mismo instante; así se vio que llamó luego a los criados, y les dijo que hicieran puntualmente cuanto Jesús les dijese. Había en la casa seis tinajas de piedra; es decir, de aquella especie de alabastro que con facilidad se deja trabajar del cincel, y aun se puede tornear: estas tinajas estaban muy en uso entre los judíos; se servían de ellas para lavar los vasos en que bebían, y los cuchillos y otras cosas de que se servían a la mesa; como también por si alguno quería lavarse las manos y la cara, que es lo que llamaban los judíos purificación; cabía en cada una de estas tinajas sesenta u ochenta azumbres de agua, que es lo que hacen las dos o tres metretas que dice el Evangelio. Dijo Jesús a los que le servían que llenaran de agua las tinajas; y al instante aquella agua se convirtió en un excelente vino. Este fue el primer milagro estupendo que hizo en público el Salvador, cuya vida fue después un continuo tejido de prodigios. Todo es lección, todo es misterio en la vida de Jesucristo; a ruegos de la santísima Virgen hace el Salvador su primer milagro; la transustanciación del agua en vino, por medio de este primer milagro, es figura de la que había de hacer el Señor al fin de su vida; la que debía renovarse continuamente hasta el fin de los siglos en la adorable Eucaristía por la transustanciación del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre. La fama de este prodigio se extendió bien pronto por toda la comarca.

No tardaron mucho en oírse en Cafarnaúm, que no distaba sino dos o tres leguas de Caná, las alabanzas que le daban al nuevo Profeta. Era Cafarnaúm una ciudad de mucho tráfico junto al mar de Tiberíades, en la parte donde recibe las aguas del Jordán. En esta ciudad hizo Jesucristo su principal mansión; y con este motivo vino a ser bien presto este pueblo el teatro de su predicación y de sus prodigios. Sin embargo, como la fiesta de Pascua estaba cerca, marchó a Jerusalén, y se fue en derechura al templo; encontró en el atrio o pórtico de Salomón una especie de feria, en que se vendían animales para los sacrificios; se veían también allí cambiantes sentados al mostrador que prestaban dinero a grandes intereses, o bajo de caución, a los que les faltaba para comprar las cosas necesarias durante la feria. Indignado el Salvador de aquella profanación que los sacerdotes habían dejado introducir, y de que sacaban su lucro, y animado del más vivo celo de la gloria de su Padre, habiendo hecho como un azote de cordeles delgados, echó del templo todos los animales, arrojó a tierra el dinero de los cambiantes y sus mesas; y a los que vendían palomas les dijo: Quitad esto de aquí, y no hagáis de la casa de mi Padre una casa de negociación. ¿Qué hubiera hecho el Salvador, dice el venerable Beda, si hubiera visto que había contiendas y riñas en el templo; que muchos se abandonaban en él a risotadas disolutas, que se hablaba de bagatelas? ¿Qué hubiera hecho con los tales el que echó del templo a los que en él compraban lo necesario para ofrecer sus sacrificios? ¿Y qué hubiera hecho si hubiera visto las irreverencias y profanaciones que vemos en el día de hoy?

La sumisión con que recibieron todos esta corrección de una persona que parecía no tener ningún derecho para hacer un acto tan expreso de autoridad, y que todavía no se había manifestado con milagros, ha parecido a los santos Padres un milagro particular; lo cierto es que aquel hombre, tan poco conocido hasta entonces, vino a ser desde aquel punto la admiración de toda la Judea.


Todo el tiempo que Jesucristo se detuvo en Jerusalén fue una continua serie de prodigios. Las enfermedades más incurables desaparecían delante de Él; los demonios no podían sufrir su presencia; no había energúmeno que no quedase libre a la menor insinuación de su voluntad; las olas se endurecían debajo de sus pies; el mar, los vientos, las tempestades, todo obedecía a su voz; los cielos, la tierra, los infiernos, todo cedía, todo estaba sujeto a sus órdenes; al menor de sus preceptos toda la naturaleza olvidaba su armonía, sus reglas y sus leyes; mandaba a todas las criaturas, no como oficial subalterno, ni tampoco como ministro del Altísimo, sino como dueño absoluto, y con un pleno y supremo poder; en todo obraba como Dios-Hombre. Si resucitaba los muertos y curaba todas las enfermedades, era en su propio nombre; cuando hacía milagros, no suplicaba, sino mandaba; todos los milagros que obraba tenían un carácter de autoridad soberana que le era personal; este poder supremo no le era extraño, ni le venía de afuera; hablaba el lenguaje de los hombres; pero obraba como Dios. Un Elías, un Eliseo y otros muchos grandes profetas habían hecho milagros; pero haciéndolos, habían hecho ver que solo eran ministros de la autoridad suprema. Solo Jesucristo obra con autoridad propia en cuantos prodigios hace. Levantaos, dice a los muertos: yo os lo mando, sanad, dice a los que iban a espirar: yo soy quien os lo dice; y cuando hasta los mismos Ángeles se contentan con decir al demonio: el Señor ejerza su imperio sobre ti: Jesucristo, que los echaba de los cuerpos en su propio nombre, habla de una manera mucho más terminante y precisa: Sal de ese cuerpo, dice, espíritu maligno, yo te lo mando. Hasta los menores de sus discípulos se hacen obedecer de estos espíritus soberbios desde el punto que les mandan en nombre de Jesucristo.

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