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viernes, 25 de abril de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SACADA DE LOS CUATRO EVANGELISTAS: XIII. El bautismo de Jesucristo, el cual comienza a tener discípulos.

XIII.  El bautismo de Jesucristo, el cual comienza a tener discípulos.



Habiendo salido del desierto el Hijo de Dios, fue cerca del paraje donde Juan Bautizaba; el cual viéndole acercarse, dijo en voz alta al pueblo que se había juntado alrededor de él: ¿Veis a ese que viene? Mostrándoles a Jesús: Ese es el cordero de Dios: ese es el que quita los pecados del mundo; ese es aquel de quien os he dicho, después de mí viene un Salvador que es antes que yo. Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar me dijo: Aquel sobre quien vieres bajar el Espíritu Santo es el Hijo de Dios; y habiendo visto bajar sobre Él el Espíritu Santo en figura de paloma, le he conocido, y doy testimonio que Él es el Hijo de Dios: Ego vidi, et testimonium perhibui quia hic este Filius Dei (Joan. I). De este modo desempeñaba el santo Precursor las obligaciones de su ministerio.

El día siguiente por la tarde, pasando Jesús por el mismo paraje, no bien le hubo visto san Juan, que acababa de despedir a los que habían ido a oírle, cuando dijo en presencia de dos de sus discípulos, que se habían detenido: Veis ahí el Cordero de Dios. Los dos discípulos, oyendo decir a su maestro que Jesús era el cordero de Dios, comprendieron desde luego que Jesús era el Mesías, le siguieron, pues, y habiéndole preguntado dónde estaba alojado, le acompañaron hasta su alojamiento. Su conversación los confirmó bien presto en su opinión; y desde la primera vez que le oyeron hablar, conocieron que habían encontrado al Salvador. El uno de los dos, llamado Andrés, saltando de gozo, deja por un instante a Jesucristo, y va a referir a su hermano Simón que había encontrado al Mesías: Invenimus Messiam. Los dos hermanos fueron sin detenerse a juntarse otra vez con el Salvador, quien mirando a Simón, sobre el cual tenía ya formado sus designios, le dijo: Hasta ahora te has llamado Simón, hijo de Jonás; pero de aquí adelante te llamaras Cefas, que significa Pedro o piedra. Por esta distinción y preferencia del Salvador tuvo san Pedro la prerrogativa de ser puesto el primero en el número de los discípulos de Jesucristo; pues a Él fue a quien el Salvador dirigió desde luego la palabra, y a quien destinó desde entonces, por una predilección bien conocida, a ser la cabeza de su Iglesia, su vicario en la tierra, y la piedra en que debía descansar y sobre que debía fundarse todo el edificio. Lo restante del día, y quizá parte de la noche, lo pasaron con el Salvador, y conocieron bien presto que sus palabras eran palabras de vida eterna.


El día siguiente, como Jesús se volviese a Nazaret acompañado de sus tres primeros discípulos (se ignora el nombre del compañero de san Andrés), encontró el Señor a Felipe, que era de Betsaida, de donde eran también los dos hermanos Pedro y Andrés; le dijo el Salvador que le siguiera, y Felipe no se detuvo un instante a deliberar si le seguiría. Habiendo este encontrado poco después a Natanael, que se cree ser san Bartolomé, le dijo: Amigo, hemos encontrado a aquel que se nos prometió por los Profetas y por Moisés; este tal es Jesús de Nazaret. ¿De Nazaret, replicó Natanael, puede salir cosa buena? Fue decir, según el dictamen de algunos santos Padres: me dices que Jesús de Nazaret es el Mesías; ¿por ventura el Mesías no debe venir de Belén? El Salvador ¿puede venir de esta ciudad de Galilea? Ven conmigo, replicó Felipe, y tú mismo verás quién es. Le siguió Natanael; y viendo Jesús que se acercaba, dijo: Este es un verdadero israelita. Sorprendido Natanael de la acogida que le hizo el Señor, le dijo: Maestro, ¿de dónde me conoces? Le respondió el Salvador: Yo te conocía ya antes que Felipe te llamase, y sé con qué fervor le pedías a Dios debajo de la higuera que te diese a conocer al Mesías. Ilustrando entonces la gracia a este nuevo discípulo, exclamó: ¡Ah! ¡bien veo, Señor, que Vos sois el Hijo de Dios, y el Rey de Israel anunciado por los Profetas! Tu es Filius Dei, tu es Rex Israel (Joan. I). Con todo, esta confesión no le valió tanto a Natanael, como le valió a Pedro otra semejante que hizo después: puede ser que el principio de la de Natanael no fuese tan sobrenatural.

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