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miércoles, 12 de febrero de 2014

BOSSUET: Los últimos y los primeros.

BOSSUET



Los últimos y los primeros

El impulso dado por San Vicente de Paúl a las obras de caridad fue secundado por la reina madre Ana de Austria y por Bossuet, que predicó varias veces delante de las asociaciones de la nobleza dedicadas al servicio de los pobres. Transcribimos un sermón pronunciado en la capilla de las Hijas de la Providencia de París en 1659 (cf. ed. LEBARQ, t.3 p.119-138). Existe un extracto de este mismo sermón, para predicarlo en ocasión parecida en Metz, 14 de enero de 1658 (ed. LEBARQ, t.2 p.404-405). Para reconstruir la escena hay que imaginarse a Bossuet en la sala el Hospital rodeado de pobres y ricos.

A)  Pobres y ricos

1)     LOS ÚLTIMOS, LOS PRIMEROS
El mundo rodea a los afortunados de la tierra y abandona a los pobres a su miseria. Por eso, el profeta, al verlo, dice: Tibi derelictus est pauper: A ti se te confía el miserable (Ps. 9, 14). Dios lo ve también y se encarga de los pobres; por eso yo, como sacerdote y, por lo tanto, predicador del Evangelio y abogado de los menesterosos, os voy a hablar de ellos.
La frase del Señor de que los primeros serían los últimos se cumplirá totalmente cuando los justos despreciados por el mundo ocupen los primeros puestos del cielo, pero ha comenzado también a cumplirse en esta vida con la fundación de la Iglesia, ciudad maravillosa cuyo fundamento puso Dios, quien al venir a este mundo, para revolucionar el orden establecido por el orgullo, inauguró una política opuesta por completo a la del siglo.

2)     OPOSICIÓN ENTRE EL MUNDO Y LA IGLESIA
Esta oposición se concreta en tres cosas:
1-     En el mundo, las ventajas y primeros puestos son de los ricos; en el reino de Cristo, los pobres.
2-     En el mundo, los pobres sirven a los ricos y parecen haber nacido para ellos. En la Iglesia no se admite a los ricos sino para que sirvan a los pobres.
3-     En el mundo, las gracias y los privilegios se reservan a los poderosos. En la Iglesia, todas las bendiciones son para los pobres.

B)   La Iglesia, instituida para los pobres.

San Juan Crisóstomo (cf. Hom. 11) se imagina dos ciudades, una de pobres y otra de ricos, y decide que en esta hipótesis todas las ventajas estarían de parte de la primera, pues en la otra nadie serviría ni querría trabajar. Imposible encontrar tal ciudad en el mundo, donde pobres y ricos son necesarios; pero, sin embargo, podemos verla en el reino fundado por Cristo. La ciudad de los pobres es la Iglesia. El primer plan fue construir una Iglesia para los pobres, que son sus verdaderos ciudadanos. Os lo voy a demostrar.

1)     LOS CIUDADANOS DE LA IGLESIA

En la antigua sinagoga, a aquellos hombres bajos y groseros se les prometían para animarles, además del cielo, los bienes de esta tierra. En la Iglesia no se habla de estos últimos y se desprecian las riquezas, sustituidas por la aflicción y la cruz. Los ricos, que tienen los primeros puestos en la sinagoga, no forman clase alguna de la Iglesia, cuyos ciudadanos son los pobres. ¿Queréis verlo en la predicación del Señor? Oíd aquellas palabras en que manda buscar a sus criados por los cruces de los caminos a todos los pobres y menesterosos.
En efecto, Cristo fue enviado a evangelizar a los pobres (Lc. 4,18). Para cumplir su misión les dirige a ellos principalmente la palabra, y en aquel su mejor sermón pronunciado en la montaña desdeña hablar a los ricos, como no sea para fulminar su orgullo. Dirigiéndose a los pobres, les dice: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios (Lc. 6,20). Si, pues, el reino de Dios es de los pobres, la Iglesia es suya, y si es suya es porque ellos entrarán los primeros. Y, en efecto, eso aconteció. Ved cómo San Pablo lo comprueba con la experiencia. No hay entre vosotros (los cristianos) muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles (1 Cor. 1,26). La primera Iglesia era casi una asamblea de pobres, y en el primer momento los ricos que se admitieron hubieron de despojarse a la entrada de sus bienes y ponerlos a los pies de los apóstoles. ¡Hasta tal punto había decidido el Espíritu Santo dejar clara la esencia de la religión cristiana y las prerrogativas del menesteroso como miembro de Cristo!

2)     CONSECUENCIA: APRECIO DE LOS POBRES

La consecuencia de lo que decimos es que no basta compadecer ni aun ayudar a los desgraciados, sino que debemos llenarnos de respeto hacia ellos. San Pablo nos da ejemplo cuando, al pedir a los romanos una limosna para los fieles de Jerusalén, les dice: Os exhorto, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por la caridad del Espíritu, a que me ayudéis en esta lucha, mediante vuestras oraciones a Dios por mí, para que… el servicio que me lleva a Jerusalén sea grato a los santos (Rom. 15,30).
Pasad y admirad sus palabras; no dice limosna ni asistencia, sino servicios, y servicios que quizás pueden ser agradables. ¿Tanta precaución para que sea agradable una limosna? Sí, porque pensaba en la alta dignidad de los pobres. Se puede dar algo para conquistar el cariño o para aliviar la miseria, por aprecio o por compasión; lo primero es un presente; lo segundo, una limosna. La limosna se da a los inferiores; el obsequio, generalmente, a un superior. Debéis, pues, elevar de condición lo que dais, acompañándolo de modales y circunstancias, que conviertan la limosna en un honor que hacéis al pobre, al considerarlo como miembro de Cristo y primogénito de la Iglesia.
Señoras: Revestíos de los mandamientos apostólicos y, al cuidar de los pobres de esta casa, pensad que, si el siglo os colocó por encima de ellos, Cristo os pone por debajo. Honraos a vosotras mismas sirviéndoles a ellos, a quien el misterioso conducto de la Providencia Divina dio los primeros puestos de la Iglesia.

C)  Los ricos, al servicio de los pobres

1)     CRISTO, MÁS POBRE QUE LOS POBRES

Si Cristo no prometió en su Evangelio más que aflicciones y cruces, innecesario es decir que no necesita de los ricos. ¿Para qué los quiere dentro de su reino? ¿Para que le erijan templos de oro y pedrería? No creáis que aprecia grandemente tales adornos; los recibe sólo como señal de piedad y religión. Cuando funda directamente su culto, a diferencia de lo que se hizo en el Antiguo Testamento, escoge los elementos más sencillos, el agua, el pan el aceite. En las sinagogas era necesario despoblar los ganados, pero en la Iglesia no necesitamos ninguna riqueza. Cristo, en lugar de rodearse de pompa, se ha rodeado de pobres.
Voy a declararos un misterio (1 Cor. 15,15): Jesús no tiene necesidad de nada y lo necesita todo. No necesita nada porque es omnipotente; lo necesita todo porque es compasivo. Voy a declararos un misterio: el misterio del Nuevo Testamento, porque del mismo modo que la misericordia de Jesús, inocente, le hizo una vez cargarse de todos los crímenes, ahora le obliga a Jesús, feliz, a que lleve encima de sí todas las desgracias. Más pobre que los pobres, porque, como el Inocente, llevaba más pecados sobre sí que cualquier pobre. Aquí tiene hambre y allí sed; acá enfermedades y allá pasiones. Más pobre que nadie, porque cada uno de los pobres sufre por sí mismo, y Cristo sufre por la universalidad de los desgraciados.

2)     POR QUÉ LA IGLESIA ADMITE A LOS RICOS

Pero si en la Iglesia no hubiera más que pobres, ¿quién los ayudaría? Esta es la razón por la que ha admitido a los ricos dentro de ella. Pudo utilizar a los ángeles, mas quiso que los hombres fueran ayudados por sus semejantes. El amor a sus hijos, los pobres, permitió la entrada a los extraños, los ricos. ¡Ved el milagro de la pobreza! Los ricos eran extranjeros, y el servicio del pobre los ha nacionalizado. El rico era un enfermo contagioso, y Cristo ha permitido que sus riquezas puedan servirle para curar su enfermedad.
Ricos y pobres se pueden ayudar mutuamente a llevar sus cargas (Gal. 6,2). Los pobres las soportan muy pesadas, y “el servicio que debéis a los necesitados es el de llevar con ellos una parte del peso que les abruma” (cf. SAN AGUSTÍN, Serm. 164 n.9: PL 38,899). Pero los ricos también andan agobiados por el peso. ¿Quién creería que el fardo de los pobres fuera la necesidad y el de los ricos su abundancia? (cf. SAN AGUSTÍN, ibid.).
Ya sé que los mundanos desean que pese sobre ellos una carga semejante, pero día vendrá en que, terminado este mundo de errores semejantes, lleguen a un juicio donde entiendan el peso verdadero de sus riquezas.
No esperéis esa hora fatal; ayudad a llevaros los unos a los otros vuestra carga; ricos, sostened algo la del pobre y sabed que al descargarla aliviáis la vuestra. Ayudad al pobre y que el pobre os ayude a vosotros.

“¡Qué injusticia, hermanos, la de que sean los pobres los únicos que lleven la carga de la miseria sobre sus espaldas! Si se quejan y murmuran contra la Providencia Divina, permíteme, ¡Oh Señor!, que te diga que no les falta alguna apariencia de justicia, porque, amasados todos con el mismo barro y no pudiendo existir gran diferencia entre polvo y polvo, ¿por qué ha de estar en un lado la alegría, el favor y la influencia, y en el otro la tristeza, la desesperación, la necesidad extrema y, además, el desprecio y la servidumbre? ¿Por qué este afortunado ha de vivir en una abundancia tal que pueda satisfacer hasta los deseos más inútiles de una curiosidad estudiada, mientras que este otro miserable, tan hombre como él, no puede sostener su familia ni aliviar su hambre? ¡Ah, señores, en esta absurda desigualdad podríamos acusar a la Providencia de una mala administración de sus tesoros, si no hubiera proveído de algún modo a las necesidades de los pobres y establecido cierta igualdad entre pobres y ricos!” La ha establecido admitiendo a éstos en la Iglesia para que tomen sobre sí las cargas de los pobres. Sabedlo bien: si existen en la Iglesia, es sólo para que comuniquen con ellos su pobreza y merezcan participar de sus privilegios.

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