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sábado, 13 de abril de 2019

LA SEMANA SANTA

SEMANA SANTA
INTRODUCCIÓN

Semana Santa en Sonsonate, El Salvador

Desde los primeros días de la Iglesia fue mirada por los fieles la semana que precede inmediatamente al día de Pascua como el tiempo más santo del año, como un tiempo que pide de nosotros más devoción y santidad, a causa de los grandes misterios cuya memoria celebra en ella la Iglesia; y así en todo tiempo se ha llamado la Semana Santa por excelencia. Otros muchos nombres ha tenido también relativos o a los misterios que se celebraban en ella, o a los ejercicios en que acostumbraban pasarla los fieles. Eusebio habla de ella bajo el nombre de semana de las Vigilias, porque se pasaban casi todas las noches en ejercicios de devoción para honrar la pasión del Salvador, y en particular aquella cruel noche que hizo padecer a Jesucristo tantos tormentos y lo hartó de oprobios. En aquella noche fue cuando se entregó a aquella mortal tristeza que le hizo sudar sangre. En ella fue entregado alevosamente por el apóstol apóstata; fue preso y atado como un facineroso, arrastrado por las calles de Jerusalén de tribunal en tribunal, abofeteado, cubierto de heridas y de salivas; entregado, en fin, a la insolente barbarie de los soldados, los que toda la noche ejercieron sobre Él todo lo que la impiedad más desenfrenada, la insolencia más descarada y la crueldad más desencadenada pudo hacerle sufrir de doloroso y afrentoso. Para honrar, pues, estos tormentos nocturnos del Salvador, duró por muchos siglos el pasar los fieles todas las noches de la Semana Santa en oración, en penitencia y en ejercicios de devoción; y esto fue lo que hizo dar a esta semana el nombre de semana de las Vigilias. También hallamos haberse llamado Penal, o semana Penosa, a causa de las penas y tormentos de Jesucristo, los cuales dieron motivo a los griegos para que en este sentido la nombraran días de dolores, días de cruz y días de suspiros; así como los latinos han solido llamarla semana laboriosa, y días de trabajos. Se llamó también semana de indulgencia, por ser estos los días en que el Salvador hizo ostentación de sus grandes misericordias, y en que eran recibidos los penitentes a la absolución, y sucesivamente a la comunión de los fieles.

Pero el nombre de semana santa y de semana mayor se ha hecho universal en toda la Iglesia. El llamarse semana mayor no es, dice san Juan Crisóstomo, porque tenga más días que las otras, ni porque sus días sean más largos, sino porque Jesucristo obró en ella los más grandes misterios: libró a los hombres de la tiranía del demonio; satisfizo plenamente por nuestros pecados a la justicia divina; instituyó el divino sacrificio, y nos volvió la vida, así como se la volvió a sí mismo, como habla san Pablo, perdonándonos todos nuestros pecados; borró y deshizo las actas que había contra nosotros. El decreto que nos condenaba, lo anuló, clavándolo en la cruz: Delens quod adversus nos erat chirographum decreti, affigens illud cruci. Les quitó los despojos a los principados y potestades, triunfando de ellos en su persona. Esto es lo que hace llamar a esta semana la semana mayor; y esto es lo que hace, como añade san Juan Crisóstomo, que muchos fieles aumenten en estos días sus ejercicios de devoción. “Unos hacen ayunos más austeros que en los demás de la Cuaresma, dice el Santo; otros pasan estos días en continuas vigilias, y otros dan grandes limosnas. Hasta los emperadores honran esta semana, y conceden vocaciones a todos los magistrados, con el fin de que libres de los cuidados del mundo, pasen estos días en el culto de Dios; honran asimismo estos días enviando a todas partes despachos y órdenes para que se dé libertad a los que están en las cárceles.” Todo esto es de san Juan Crisóstomo, el cual concluye así: “Honremos, pues, estos días, y en lugar de ramos y palmas ofrezcamos nuestro corazón a Jesucristo.”

La Semana Santa siempre se ha mirado como una semana de mortificación y de penitencia. Desde los primeros siglos vemos que los ayunos eran más largos, y las abstinencias más rigurosas que en los demás del año; no había cristiano, por poco celoso que fuese, que se dispensase de este saludable rigor: ninguno dejaba de añadir a su ayuno algunas otras austeridades. San Dionisio, obispo de Alejandría, dice que se admiraba de que hubiese gentes que el Viernes y Sábado Santo no ayunasen sino como los demás días de ayuno. San Epifanio llama a la Semana Santa la semana de las xerophagias, o de los ayunos rigurosos, es decir, en que los ayunos se reducían a pan y agua, o cuando más a frutas secas, sin guiso particular ni delicadeza alguna: Hebdomada xerophagiæ, quæ vocatur sancta. Las constituciones apostólicas dicen que en estos seis días no se comía sino pan, agua, sal y frutas: Sex diebus Paschæ pane tantum, sale, oleribus et aqua vixentes. La Semana Santa se llama en dichas constituciones semana de Pascua, como si dijera, semana que servía de preparación a esta grande solemnidad. A la verdad, la observancia de esta xerofagia, o abstinencia de legumbres, de lacticinios y de pescado no era de precepto, como los monasterios lo pretendían; pero era tan generalmente practicada, que todo el mundo se avergonzaba de dispensarse de ella. Con el tiempo se redujo esta abstinencia a los dos días que preceden a la vigilia de Pascua, después a solo el Viernes Santo; pero el día de hoy ¿quién observa esto muy escrupulosamente[i]?

Las vigilias acompañaban a los grandes ayunos de la Semana Santa; la más considerable era la del Jueves al Viernes Santo, la que todavía se ve observada por un gran número de personas religiosas, que pasan toda la noche rezando o en oración delante del Santísimo Sacramento, para honrar con sus adoraciones y ejercicios de devoción las humillaciones del Salvador, y todo lo que padeció de más ignominioso y más doloroso durante toda la noche que precedió a su muerte, y se siguió a la institución de la adorable Eucaristía.

En los primeros siglos de la Iglesia toda la Semana Santa era fiesta, como también la siguiente, por celebrarse en estas dos semanas la muerte y resurrección de Jesucristo. Así lo dicen expresamente las constituciones apostólicas. Focio, en el compendio de las leyes imperiales y de los cánones, dice que los siete días antes de Pascua y los siete después eran días de fiesta: Dies festi sunt septem diez ante Pascha, et septem post Pascha; y el papa Gregorio IX, en su decretal de las fiestas cuenta también estos quince días por fiestas de obligación y de precepto. San Juan Crisóstomo dice que no eran solo los pastores de la Iglesia los que mandaban a los fieles honrar y santificar la Semana Santa, sino que también los emperadores lo ordenaban así, y lo intimaban a toda la tierra, haciendo suspender las causas y los pleitos criminales, y todos los negocios civiles y seculares, con el fin de que en estos santos días, exentos del ruido, de las disputas y de los embarazos de los pleitos, y de cualquier otro tumulto, pudiesen emplearse los fieles despacio y con tranquilidad en el culto de la Religión, en ejercicios de penitencia y en buenas obras. Si entre los griegos estaba prohibida toda obra servil y todo pleito en los quince días de Semana Santa y de Pascua, los latinos observaban muy religiosamente la fiesta de estas dos semanas, con obligación de no trabajar; y esto se practicaba en Italia, en Francia y en España con la mayor escrupulosidad. Con el tiempo se permitió al pueblo el trabajo de manos, contentándose la Iglesia con que se cerrasen los tribunales por estos quince días.

La Semana Santa siempre se ha mirado como un tiempo de indulgencia y de remisión. Los príncipes y los magistrados cristianos, en atención al perdón y gracias que Dios dispensa a los hombres por los méritos de la pasión y muerte de Jesucristo, hacían abrir las cárceles mientras duraban estos días de las divinas misericordias; y conformando, por decirlo así, su policía con la de la Iglesia, que reconciliaba los penitentes, y los admitía al altar, perdonaban a los reos, y les remitían en todo o en parte la pena que merecían sus delitos. San Juan Crisóstomo nos enseña que el emperador Teodosio enviaba en los días que preceden a la fiesta de Pascua órdenes a las ciudades para que soltasen los presos, y no ejecutasen la pena de muerte en los que la tenían merecida. También en Francia se acostumbraba ya en el siglo VII dispensar iguales gracias a los reos en la Semana Santa.

Habiendo el rey Carlos VI resuelto castigar a unos rebeldes que se guardaban estrechamente en la cárcel, mandó, no obstante, que los soltasen por estar en Semana Santa. Esta costumbre no está del todo abolida. Se ve todavía que el Martes Santo, que es el último día de audiencia, va el parlamento a las cárceles de palacio. Se pregunta a los presos el motivo de su prisión, y se sueltan muchos de aquellos cuyas causas no son de mucha monta. Esto mismo se hacía en Francia el día que precedía a la vigilia de Navidad y de Pascua del Espíritu Santo. De todo lo que acabamos de decir se infiere la singular veneración que en todo tiempo han tenido los fieles a esta semana privilegiada, en la cual se obraron los más grandes misterios de nuestra Religión, y en la cual el Señor derrama tan abundantemente los tesoros de sus grandes misericordias sobre todos los fieles. Todo nos convida a pasarla con aquel espíritu de religión que debe animar todas nuestras acciones. La elección y la celebridad de los oficios, la misteriosa majestad de las ceremonias, el duelo universal de la Iglesia, todo nos predica compunción, contrición y penitencia; todo nos instruye y nos enseña. Son estos unos días los más santos por los grandes misterios que se celebran; pero cada cual debe santificarlos con santos ejercicios. Son días de indulgencia, dice san Juan Crisóstomo. Un cristiano ¿debe hallar dificultad en perdonar? Los emperadores romanos por un efecto de su devoción, y por una observancia ya antigua, dice san León el Grande, abaten y suspenden todo su poder en honor de la pasión y de la resurrección de Jesucristo, mitigan la severidad de sus leyes, y mandan soltar a muchos reos de diversos delitos. Es muy justo, continúa el mismo Padre, que los pueblos cristianos imiten a sus príncipes, y que estos grandes ejemplos de clemencia los muevan a usar de indulgencia entre sí en las favorables coyunturas de un tiempo tan santo; pues las leyes domésticas no deben ser más inhumanas que las leyes públicas. Es, pues, necesario que todos se perdonen recíprocamente, que se remitan las ofensas y las deudas, que se reconcilien y renuncien todo resentimiento, si quieren tener parte en las gracias que Jesucristo nos mereció con su pasión. Y si queremos que se nos perdonen nuestras deudas, perdonemos nosotros a nuestros deudores, y olvidemos de todo corazón todas las injurias que se nos hubieren hecho.


[i] En el día solo se observa en algunas comunidades religiosas.

REFLEXIONES CUARESMALES PARA CADA DÍA. Sábado de Pasión. Reflexiones.

Sábado de Pasión. Reflexiones.
(Lección del profeta Jeremías 18, 18-23)

Venid, hirámosle con los tiros de nuestras lenguas, y no hagamos caso de nada de lo que nos dice. Ved aquí a lo que se reduce todo el odio, toda la rabia de los enemigos de la virtud contra las personas devotas. Desprecios insolentes de sus sabios consejos y de sus buenos ejemplos, sátiras picantes, chanzas frías y enfadosas, discursos extravagantes y negras calumnias: estas son las armas y estos los medios indignos de que el mundo, de que el libertinaje y de que la herejía se sirve para vengarse de la incomodidad que les ocasiona la verdadera virtud por su exacta probidad, y del sonrojo que les causan las gentes de bien por la pureza de sus costumbres, por el resplandor de su devoción y por sus grandes ejemplos. No hagamos caso de lo que nos dice. Una vida inocente, una conducta irreprensible, religiosa, y una devoción sólida son lecciones mudas pero elocuentes y patéticas, incapaces de gustar a los mundanos y a los libertinos, porque los avergüenzan y los incomodan con la continua reprensión que les dan sobre sus desbarros, y porque les echan en cara a toda hora su insigne locura. Se pregunta: ¿De dónde viene que los impíos han mostrado siempre tan mal humor contra las personas devotas, aunque la modestia y la reserva de estas, no menos que su espíritu de retiro y de soledad, deberían ponerlas al abrigo del odio de los libertinos? Pero ¿Quién no ve que es esto mismo lo que los exaspera? Quien inflama su bilis es aquella regularidad de costumbres y aquella conducta de tanta edificación que advierten en las personas devotas. Ninguna cosa desacredita tanto al vicio como la virtud. Este contraste y paralelo pone a la vista y saca a la luz todo lo que hay de más irreligioso, de más defectuoso y de más indigno en la conducta desarreglada de las personas mundanas; a más que el resplandor inseparable de la virtud penetra hasta en el fondo de sus conciencias, donde causa, mal que les pese, crueles remordimientos. Irritados furiosamente contra los que vienen a turbar así su funesto reposo, se encolerizan, se amotinan, conspiran contra el justo, y quisieran exterminarlo de sobre la tierra, para que no hubiese quien los turbase en su falsa seguridad. A falta de otras armas emplean los tiros de sus lenguas para herirlos. No hay acción buena en el justo que no la oscurezcan: no hay obra buena que no desacrediten, ni ejercicio de devoción de que no murmuren y de que no se fisguen neciamente. Si su negra malicia no puede oscurecer una conducta y una probidad, que todo hombre racional aplaude y alaba, piensan hacer presa de la intención y de los motivos; y viéndose tan horrorosos y tan disformes, así a su vista como a los ojos de todo hombre cristiano, querrían a lo menos persuadir a los simples, que no hay verdadera virtud sobre la tierra. De ahí nacen esas murmuraciones, esas conversaciones impías y esas horrendas calumnias. Pero ¿Qué puede toda su malignidad contra la verdadera virtud, cuando esta no es capaz de ser oscurecida sino para unos espíritus ciegos? Lo que hace la virtud en el corazón corrompido de los libertinos, lo hace la verdad en el espíritu inficionado de los herejes: quien los anima contra los católicos no es otro que el espíritu de error: sus eternas calumnias son la prueba más clara de sus desbarros y de sus errores.

ÚLTIMA SEMANA DE CUARESMA. SÁBADO DE PASIÓN.

SÁBADO DE PASIÓN

Las Lamentaciones del profeta Jeremías

Introito extraído de los Salmos 30, 10, 16 y 18; 30, 2
Lección del profeta Jeremías 18, 18-23
Evangelio según San Juan 12, 10-36

El sábado después del domingo de Pasión se llamó vacante en el añalejo romano, es decir, no tenía oficio particular, ni estación pública, a causa de estar el Papa ocupado este día en dar limosna a los pobres, para que de este modo pudiesen pasar más cómodamente la Semana Santa y las fiestas de Pascua en los ejercicios de religión y de piedad. Estas limosnas se daban en la iglesia de San Pedro en el Vaticano, no solo a los pobres de la ciudad, sino también a los forasteros y a los enfermos pobres de los diferentes barrios del pueblo, que no podían acudir por sí, o que tenían empacho de parecer: se hacía asimismo la ceremonia de lavar los pies a los pobres, anticipando estos dos actos, que ahora solo se hacen el Jueves Santo, para tener este día más tiempo de asistir a los oficios y ceremonias de la Iglesia, que son muy largos.

El introito de la Misa es el mismo que el de la misa del día antecedente: Miserere mihi, Domine, quoniam tribulor, etc. Compadeceos, Señor, de mi aflicción, que no puede ser mayor. Toda mi confianza está en Vos; y aunque parece que han de acabar conmigo mis enemigos, por ser muchos, y muy grande su malicia, Vos sabréis muy bien librarme de sus manos, de suerte, que toda su malicia y su crueldad solo servirán para hacer, con vuestra asistencia, más gloriosa y más completa mi victoria: Domine, non confundar, quoniam invocavi te.

La Epístola contiene una especie de conspiración que los judíos hacían contra Jeremías, la cual miramos nosotros como una figura de la que los descendientes de aquellos judíos formaron más adelante contra Jesucristo, y cuya historia refiere el Evangelio de ayer.

Se dijo en el día antecedente cuál era el origen envenenado de aquel odio mortal que los judíos habían concebido contra el santo Profeta. Les anunciaba por orden de Dios las desdichas que habían de venir sobre ellos en castigo de sus horribles desórdenes. Pero ¿qué mal les hacía? ¿Qué motivo toman para querer quitarle la vida? A lo menos ¿no debían aguardar el evento de las predicciones del Profeta? Sus predicciones no eran la causa de los males que les amenazaban; al contrario, eran un medio que Dios les daba para prevenirlos y evitarlos; por otra parte los judíos no ignoraban sus delitos, ¿qué hubieran arriesgado en corregirse y hacer penitencia? El evento no tardó en verificar la funesta predicción. Pero por eso ¿se disminuyó su ojeriza? Al contrario, exasperaron más, y se empeñaron en perseguirle con más furor: Venite, et cogitemus contra justum cogitationes: Venid, y formemos nuevos designios contra Jeremías; por más irreprensible que sea en su conducta y en sus costumbres, nos ha anunciado todas las desdichas que nos suceden; es menester perderlo. Así discurre la pasión; nunca se discurre de otro modo cuando es la pasión quien domina: Non enim peribit lex a sacerdote. No dejaremos de encontrar, sin el sacerdote, quien nos instruya en la ley, sabios que nos aconsejen, y Profetas que nos anuncien las voluntades del Señor. Algunos intérpretes dan a estas palabras otro sentido, que no hace menos injusto e insubsistente el modo de discurrir de los judíos: Venid, hagamos perecer a Jeremías; porque mientras viva, jamás perderá de vista la ley, jamás dejará de observarla, y así no cesará de echarnos en cara el que nosotros la violamos, nos fatigará eternamente con los importunos consejos de su pretendida sabiduría, y con sus molestas predicciones. Venid, le heriremos con los tiros agudos de nuestras lenguas, percutiamus eum lingua. Tiznemos su reputación con toda especie de calumnias. En todas estas persecuciones era Jeremías una figura harto expresa de Jesucristo. Apenas se dijo cosa de este santo Profeta, que no convenga todavía mejor al Salvador, perseguido por los judíos. Vosotros decís: ¿Cómo quitamos nosotros la vida a Jesucristo, habiendo sido Pilatos quien lo condenó a muerte, y sus soldados los que ejecutaron la sentencia? Et vos judæi, occidistis: también vosotros ¡oh judíos! Le disteis la muerte, dice san Agustín; y ¿cómo le hicisteis morir? gladio linguæ, responde el Santo: con la espada de la lengua, porque aguzasteis vuestras lenguas: ¿y cuándo os servisteis de esta espada para darle la muerte sino cuando gritasteis: Crucifícalo, crucifícalo? Nisi quando clamastis: Crucifige, crucifige?

Señor, poned sobre mí vuestros ojos, dice Jeremías, y atended a las palabras de mis enemigos. ¿Por ventura se paga mal por bien? Numquid redditur pro bono malum? ¿Quién jamás tuvo más razón para hacer esta reconvención a los judíos, y para quejarse de ellos, que Jesucristo? Multa bona opera ostendi vobis: propter quod eorum opus me lapidatis? Yo no os he hecho sino bien, les dice. ¿Qué de enfermos he curado? ¿qué de muertos he resucitado? ¿y qué de hambrientos he alimentado? ¿Por cuál de estos beneficios y de estos milagros queréis quitarme la vida? Mi muerte de cruz, que pedís con tan furiosas instancias, ¿debe ser todo el fruto de vuestro agradecimiento? Acordaos, Señor, continúa el Profeta, que me he presentado delante de Vos para pediros que les perdonaseis, para desviar vuestra indignación de este pueblo ingrato. ¿Quién no dirá que el que habla aquí es el mismo Jesucristo?

Pide a Dios el Profeta que castigue a los judíos: Da filios eorum in famem: abandona sus hijos al hambre, etc. no es, dicen los Padres, un espíritu de amargura y de venganza el que hace hablar así a Jeremías, sino un espíritu de celo de la gloria de Dios, y de caridad por aquel infeliz pueblo, que no habiéndose hecho mejor con las exhortaciones ni con las amenazas, pide el Profeta que se convierta siquiera con el castigo y las aflicciones. Pide que el pecado sea castigado, para que la impunidad no fuese un motivo de escándalo a sus descendientes: Ne inultum peccatum cæteris noceat exemplo, dice san Jerónimo. Vos, Señor, prosigue el Profeta, conocéis todas sus malignas intenciones, y la conspiración que han tramado contra mí; tratadlos con toda severidad al tiempo de vuestro furor: In tempore furoris tui abutere eis. No es esto, dicen los Padres, deseo de un celo amargo, sino una simple profecía de lo que debía suceder bien presto.

El Evangelio de la Misa de este día es el capítulo XII de san Juan, en el que cuenta lo que le sucedió a Jesucristo el día después de haber comido en casa de Simón el Leproso en Betania, donde se había hallado presente Lázaro nuevamente resucitado, y María su hermana había derramado su bálsamo. Esta historia empieza contando el pesar que tuvieron los príncipes de los sacerdotes al ver que muchos judíos se retiraban de ellos después de esta milagrosa resurrección, y creían en Jesucristo. Como Lázaro resucitado era un monumento vivo e incontestable del poder divino de Jesucristo, y como su nueva vida era una prueba visible y permanente de la verdad del Mesías, los príncipes de los sacerdotes y los más calificados de la nación resolvieron quitarle la vida; pensamiento tan extravagante como cruel, dice san Agustín. ¿Por ventura el golpe que quitaría la vida a Lázaro, quitaría a su bienhechor el poder de volvérsela? El que había podido resucitar a Lázaro muerto de muerte natural, ¿no hubiera podido resucitarlo de muerte violenta? Dominus Christus qui resucitare potuit mortuum, non posset occisum? Todo el delito de Lázaro para con los príncipes de la Sinagoga era ser amigo de Jesucristo; este milagro vivo, este predicador mudo, pero persuasivo, de la santidad y de la omnipotencia del Salvador, irritaba la envidia y el odio de los pontífices, porque aumentaba el número de los discípulos del Señor y la veneración del público para con Él.

viernes, 12 de abril de 2019

REFLEXIONES CUARESMALES PARA CADA DÍA. Viernes de Pasión, también Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. Reflexiones.

Viernes de Pasión.
Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. Reflexiones.
(Lección del Libro de Judit 13, 22 y 23-25)


Nota de Blog: En muchas iglesias se celebra este día la fiesta de la Compasión de la Santísima Virgen o de Nuestra Señora de la Piedad, que en algunas otras se celebra bajo el título de la fiesta de Nuestra Señora de las Angustias, y en otras bajo el de fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. La reflexión que traemos a continuación está dedicada a la lección del libro de Judit 13, 22 y 23-25; que es la que nos provee el P. Jean Croisset en su obra Año Cristiano. Y más allá de este hecho, la publicamos y preferimos debido al flamante fervor, veneración y amor que profesamos hacia Nuestra Madre María Santísima, especialmente en recuerdo a los siete dolores que Ella padeció a causa del martirio de su Divino Hijo. Rindamos todos nosotros, pueblo cristiano, el honor que Ella merece y no nos cansemos de exultar tiernas muestras de amor y devoción hacia Ella que es nuestro Recurso Ordinario, como bien la llamaba San Marcelino Champagnat.

No obstante cabe señalar para conocimiento del lector que la lectura correspondiente a la misa dedicada al Viernes de Pasión es la lección del profeta Jeremías 17, 13-18; de la cual este blog hace una publicación aparte en este día junto al Evangelio que se lee en dicha liturgia.

* * *

Non pepercisti animæ tuæ propter angustias et tribulationem generis tui, sed subvenisti ruinæ ante conspectum Dei nostri. Nada puede aplicarse mejor a la Santísima Virgen, de quien los santos Padres han dicho tan repetidas veces, que así como los que la aman con ternura, la honran con perseverancia, y la sirven con fidelidad, es imposible se pierdan; así los que se apartan de ella, los que abandonan su culto, los que no tienen confianza en Ella, ni le profesan aquella devoción religiosa, que reina en todos los escogidos, no pueden dejar de perderse: Necesse est tu intereat (Bonav. In Phar.). El que sirviere dignamente a la Virgen María, será justificado, y se salvarán pero el que no hiciere caso de ella, morirá en su pecado. El mismo Jesucristo, el Espíritu Santo es quien inspiró a todas estas grandes lumbreras de la Iglesia estos grandes sentimientos de devoción, de confianza, de veneración y de amor para con la Santísima Virgen: el Espíritu Santo fue quien los movió a hacer tan magníficos elogios de Ella. ¡Qué expresiones tan nobles y tan patéticas en sus escritos! ¡Qué términos tan enérgicos y tan expresivos! Tú, Virgen Santa, eres después de Jesucristo la única esperanza de los pecadores, dice san Agustín: estamos llenos de respeto y de veneración, dice san Jerónimo, para con aquella a quien en cierto modo debemos nuestra salud. Algunas veces somos oídos más pronto, dice san Anselmo, invocando el nombre de María que el nombre de Jesús; así como suele suceder, que se obtiene antes una gracia del rey por la intercesión de la reina, que pidiéndosela inmediatamente al rey. De aquí vienen todos aquellos títulos pomposos y verdaderos que la dan de mediadora, de abogada, de Madre de Gracia y de Misericordia, de asilo y de refugio de los pecadores: de aquí que le cante muchas veces al día la Iglesia estas bellas y afectuosas palabras: Salve Regina, Mater misericordiæ, vita dulcedo, et spes nostra, salve: Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia, Dios te salve, vida, dulzura y esperanza nuestra. Estas expresiones jamás fueron del gusto de los herejes. Su aversión a la Madre es tan antigua como su odio contra el Hijo: ninguno se apartó de la verdadera Iglesia, que no volviese las espaldas a María. La Santísima Virgen no tiene otros enemigos de su culto sino los enemigos de Jesucristo. No se apartará de la verdad, decía un antiguo Padre griego, quien dijere de María todo lo que puede decirse de grande, de sublime y de magnífico; pero, por más que diga, nunca su oración igualará a la grandeza del mérito y dignidad de María. No temas excederte, decía el sabio Canciller de la universidad de París, mientras pongas a María debajo de Dios, y en la clase de las criaturas: no temas llevar demasiado altas sus alabanzas, o tus pensamientos: sabe solamente, lo que nadie ignora, que todos los bienes que tiene vienen de Dios, y que no es rica sino de los bienes de su Hijo: esta verdad supuesta, no temas otra cosa al hablar de María, continúa el mismo Doctor, sino decir demasiado poco: por grande, por sublime que parezca lo que se dice, acuérdate que es de la Madre de Dios de quien se habla, y así no temas decir cuanto quisieres. El Evangelista solo dice de María que es Madre de Jesús: y diciendo esto, lo ha dicho todo. En efecto, ¿Debe temerse decir demasiado de esta Señora, o exceder en el culto que se le da? ¿Quién no sabe que honrar a la Madre es honrar al Hijo? La devoción que se tiene con María no divide el corazón, antes bien lo une más estrechamente con Jesucristo. La confianza que tenemos en la protección de la Santísima Virgen no disminuye la que debemos tener en su Hijo, antes por el contrario la aumenta. Nuestro culto, nuestra devoción, nuestra confianza y nuestro amor para con la Santísima Virgen es una prueba sensible de nuestra fe en Jesucristo. Con esta intención, y animada de este espíritu la Iglesia no deja escapar ocasión alguna de honrar a la Madre de Dios. Ya sea que autorice con el mayor gusto todo lo que se dirige a aumentar la devoción de los fieles para con este refugio de los pecadores, ya sea que multiplique tanto como vemos sus fiestas: la que se celebra este día bajo el título de Nuestra Señora de la Conmiseración de los Dolores, y de la pasión de la Santísima Virgen, nos debe ser tanto más venerable, cuanto nosotros fuimos la causa de los dolores que traspasaron su alma.

ÚLTIMA SEMANA DE CUARESMA. VIERNES DE PASIÓN.

VIERNES DE PASIÓN

Jeremías dictando sus profecías

Introito extraído de los Salmos 30, 10, 16 y 18
Lección del profeta Jeremías 17, 13-18
Evangelio según San Juan 11, 47-54

En el oficio de la Misa de este día nos anuncia la Iglesia de una manera más expresa la pasión y la muerte del Salvador, queriendo que nos preparemos para celebrarlas los ocho días que las preceden.

El introito de la Misa se tomó del salmo XXX, que es una oración humilde, afectuosa y llena de confianza, que David hace a Dios en medio de sus mayores aflicciones y en el riesgo más inminente de su vida. Viéndose David en medio de sus enemigos, sin esperanza de evitar la muerte que Saúl había decretado y concertado con ellos, abandonado de sus parientes y de sus amigos, que no se atrevían a declararse por él; habiéndolo proscrito y tallado Saúl, sus enemigos no se anduvieron más en contemplaciones con él; los grandes se hicieron del partido, o por mejor decir, de la pasión del monarca. ¡Qué figura más propia, dicen los Padres, de Jesucristo en su pasión!

Miserere mihi, Domine, quoniam tribulor: Señor, lastimaos y compadeceos de la extremada aflicción en que me veis sumergido. Libradme, Señor, y sacadme de las manos de mis enemigos, que me persiguen con furor con el fin de perderme: Domine, non confundar, quoniam invocavi te. No padezca yo la confusión de verme abandonado de Vos después de haber invocado vuestro nombre. Siempre he esperado en Vos, Señor; haced que no padezca el sonrojo de haber esperado en vano; armaos de vuestra justicia, y venid a librarme. Ya se ha observado en otras partes, que habiéndose aplicado Jesucristo a sí mismo el versículo VI de este salmo, nos ha declarado con esto que las persecuciones de David eran figura de las suyas.

La Epístola corresponde perfectamente a este salmo: está compuesta de las palabras del profeta Jeremías, que siendo también figura de Jesucristo pide a Dios lo libre de sus enemigos. Predice en ella el Profeta que los que abandonaren a Dios serán confundidos, y los que se retiren de Él serán escritos sobre el polvo de la tierra para ser borrados y deshechos bien presto.

El profeta Jeremías tuvo orden de Dios para anunciar al pueblo judaico, al rey, a los grandes de la corte y a los sacerdotes las desdichas que habían de suceder de allí a poco tiempo a la ciudad de Jerusalén y a toda la nación. Quería el Señor obligarlos a hacer penitencia para aplacar su justicia divina, justamente irritada por la corrupción general de las costumbres; y a este fin les envió un profeta para que les advirtiese y predijese los castigos que les amenazaban. Pero se burlaron e hicieron mofa de la profecía del profeta. Después de haber amenazado diversas veces al pueblo su próxima ruina y cautividad, y siempre inútilmente, atacó a los grandes del país, a los sacerdotes mismos, y a los doctores o intérpretes de la ley. Todos vivían en una corrupción tan general, y estaban tan endurecidos en la impiedad, en la idolatría, en la avaricia, en la destemplanza y en todo género de disoluciones, que la palabra de Dios, intimada por su profeta, no fue recibida de nadie; antes bien irritándose todos contra el que se la anunciaba y procuraba moverlos a penitencia para desviar las desdichas de que estaban amenazados, se pusieron y dedicaron a perseguirlo de la manera más cruel, y formaron desde entonces el designio de perderle; pero el profeta ni se asustó por ello, ni cedió de su empeño. Viendo que no lo querían oír dictó a Baruc, su principal discípulo, todo lo que había profetizado contra Jerusalén y contra toda la nación. Esta profecía se la mostraron al rey Joaquín, el cual sobrecogido y asustado de las desdichas que se le anunciaban, rasgó este escrito con una navaja de cortar plumas y lo echó al fuego; pero Dios le mandó al profeta que volviera a escribir las mismas amenazas en otro volumen y que añadiese todavía otras muchas. Esta santa libertad, que le infundió el espíritu de Dios que lo animaba, lo expuso a las persecuciones más bárbaras de los judíos. Lo pusieron en la cárcel dos o tres veces; pero no pudiendo sufrir los cortesanos de Sedecías, que sin embargo de su prisión echase en cara continuamente a los judíos sus desórdenes y les anunciase las desdichas que les amenazaban, lo arrojaron a una cisterna profunda llena de cieno, en donde hubiera perecido, si un etíope, llamado Abdemelec, a quien su mérito había puesto cerca del Rey, no hubiese obtenido de este Príncipe permiso para sacarlo. Los de la ciudad de Anatot, lugar de su nacimiento, fueron, al parecer, los más atrevidos en perseguirle. Sus conciudadanos le amenazaron con la muerte si profetizaba más en el nombre del Señor; pero sus amenazas solo sirvieron para que les anunciase con más libertad los terribles efectos del enojo de Dios, y solo por milagro pudo librarse de sus manos.

Habiendo ido a Jerusalén continuó sus funestas predicciones con el mismo celo que antes; y dijo a gritos que el templo no defendería a la ciudad del furor del Señor, el cual la trataría como había tratado a Silos, añadiendo que la haría execración de todos los pueblos de la tierra. Los pontífices, el pueblo y los profetas, que eran entonces lo que fueron después de la cautividad los escribas y los doctores, habiéndolo oído se echaron sobre él, diciendo a gritos que debían hacerlo morir sin la menor dilación para que no profetizara más en el nombre del Señor. Se le prendió, fue llevado ante el Rey, a quien le pidieron su muerte, diciendo que la había merecido por haber profetizado contra la ciudad. Se juntaron los sarracenos para deliberar sobre ello; habiendo reconocido que todo su delito consistía, no en haber atraído desdicha alguna sobre la ciudad, sino en haber predicho aquellas de que estaba amenazada de parte del Señor, y en haber querido excitar al pueblo a que hiciese penitencia para aplacar a Dios, lo dejaron libre y absuelto de toda pena, a pesar del furor del pueblo y del odio de los sacerdotes.

Lejos de acobardarse a vista de tan injustas persecuciones y de tan frecuentes e inminentes riesgos, nunca se mostró más intrépido su celo: sus predicciones fueron en adelante menos vagas y menos oscuras. Profetizó que el enojo del Señor iba a reventar incesantemente sobre Jerusalén, y que el instrumento de que se serviría Dios para castigarla era Nabucodonosor, rey de Babilonia. Estas postreras amenazas, con ser tan precisas, todavía no tuvieron fuerza para ablandar aquellos corazones endurecidos. Todavía hubiera sido tiempo de aplacar al cielo irritado si aquel desventurado pueblo hubiera recurrido a la clemencia de Dios y a la penitencia. Este suceso verificó a poco tiempo todas estas funestas predicciones. Nabucodonosor se encaminó con su ejército hacia el Jordán para entrar en la Judea.

Había al otro lado de este río ciertos solitarios llamados recabitas, del nombre de Recab, uno de los dos descendientes de Jetró, suegro de Moisés. Eran estos unas gentes de una vida muy austera, que nada poseían, y que vivían en todo tiempo en tiendas de campaña; su abstinencia era espantosa; pasaban su vida en cantar las alabanzas de Dios, acompañando siempre su canto con instrumentos músicos. Estando Nabucodonosor para entrar con su ejército en el país de estos solitarios, se retiraron todos para ponerse a cubierto de los insultos de los soldados paganos, y habiendo pasado el Jordán vinieron a refugiarse a Jerusalén como a un asilo. Luego que llegaron a la ciudad, queriendo Dios confundir a los judíos rebeldes a sus voluntades y a su ley con el ejemplo de unas gentes exactas y tan rigurosamente sujetas al instituto que su Padre les había prescrito, mandó a Jeremías que los tentara para probar su fidelidad, dándoles a beber vino. El Profeta los llevó a todos al templo, habiéndoles hecho entrar en la sala del tesoro, hizo poner delante de ellos unas tazas llenas de vino, y les dijo que bebieran. Todos se excusaron diciendo, que habiéndoles mandado su padre Jonadab, hijo de Recab, que jamás bebiesen vino, ni ellos, ni sus hijos y descendientes lo beberían jamás, por ningún motivo del mundo. Entonces Jeremías, se sirvió de este ejemplo de los recabitas, hizo ver a los habitadores de Jerusalén como eran inexcusables en violar tan insolentemente los mandamientos de su Dios, y como los recabitas tendrían derecho para levantarse contra ellos, y acusarlos en el gran día de las divinas venganzas. A este modo debía Jesucristo servirse un día del ejemplo de los ninivitas para el mismo efecto. Todas estas sabias representaciones y reconvenciones del Profeta no hicieron otra cosa que irritar más aquel pueblo endurecido. Acercándose Nabucodonosor a Jerusalén, Jeremías fue puesto en la cárcel para impedirle el que fuera a predicar al templo como tenía de costumbre. En fin, después de la toma y el saqueo de Jerusalén, después del cumplimiento de todos los males que les había predicho Jeremías, aquel pueblo infeliz, lejos de reconocerse y volver de sus desbarros, se apoderó del santo Profeta, que no cesaba de echarles en cara sus disoluciones y su idolatría, de suerte, que no pudiendo sufrir más sus justas y saludables reprensiones lo apedrearon en la ciudad de Tafnes. Durante el fuego de estas persecuciones hizo Jeremías a Dios la admirable deprecación que hace el asunto de la Epístola de la Misa de este día. Ninguna cosa es más visible que la analogía que se encuentra entre las persecuciones de Jeremías y las de Jesucristo; el asunto del odio y los motivos de los perseguidores son muy semejantes; por eso este Profeta ha sido mirado en todo lo que padeció de parte de los judíos por la justicia como figura de Jesucristo en su pasión.

El Evangelio del día contiene la sentencia de muerte, por decirlo así, dada en el concilio de los judíos contra el Salvador del mundo.

jueves, 11 de abril de 2019

REFLEXIONES CUARESMALES PARA CADA DÍA. Jueves de Pasión. Reflexiones.

Jueves de Pasión. Reflexiones.
(Lección del profeta Daniel 3, 25 y 34-35)

Nos vemos humillados el día de hoy en toda la tierra por nuestros pecados. Este sentimiento es religioso y es justo; pero ¿Es tan común como verdadero? Se siente y se conoce la humillación, se gime bajo los azotes con que Dios nos castiga, el peso de las adversidades nos abruma; pero ¿Reconocemos la verdadera causa de nuestros males? Tanto una pérdida como una desgracia, una muerte pronta, un accidente adverso, trastornan el sistema más bien fundado, arruinan todos los proyectos, estrellan, desmenuzan, convierten en polvo una familia floreciente: esos cedros que se levantaban hasta las nubes tenían raíces proporcionadas a su altura, un viento impetuoso les tronchó la copa, y el ardor del sol en menos de nada ha quemado y calcinado el tronco: el estruendo nos aturdió; preguntamos, ¿Quién ha podido en tan poco tiempo trastornar y destruir ese prodigioso coloso? Queremos atribuir desde luego la causa de estos reveses de la fortuna a la envidia de los concurrentes, a la malicia de un enemigo, a los artificios de la mala fe, a la flaqueza de los apoyos, a la inhabilidad y al a imprudencia: se quiere siempre que haya habido subterráneos que se habían ignorado, y causas naturales y ocultas de nuestras desgracias: una enfermedad molesta porfiada, la muerte de un padre, de un hijo único, de un marido, se atribuyen siempre a un disgusto, a un exceso de melancolía, al a intemperie del aire, al trastorno o desigualdad de las estaciones, a una indiscreción poco sensata. ¿A quién le pasa por la imaginación el reconocer y decir que nos vemos humillados y afligidos por nuestros pecados? Sin embargo esta es la causa, y las más veces la única, de nuestras desgracias. ¿A quién le pasa por la imaginación que la piedra que ha derribado esa alta estatua; que el gusano que ha hecho secar esa encina tan verde; que el fuego que ha derretido y consumido esos metales, esa casa tan opulenta, esa fortuna tan brillante es aquel contrato usurario, es esa hacienda mal habida; esa dureza con los pobres y con los miserables; ese corazón agrio y resentido contra un enemigo; esa impiedad descarada, que se lleva hasta los pies de los altares; ese poco o nada de religión; esas impurezas, esos delitos enormes de que ya no se tiene vergüenza; esos hijos tan malcriados, cuyos desórdenes se saben y se toleran; esa profanidad, ese lujo desmedido, los enredos y embrollos de amor de esa señorita mundana, la disolución de este marido tan poco cristiano? Todo esto, o a lo menos algunos de estos desórdenes, es lo que ha excitado esas tempestades, lo que ha causado esos naufragios, lo que ha arruinado esas familias, lo que ha hecho desaparecer y desvanecer aquella prosperidad que parecía haberse hecho hereditaria en aquella casa. No se quiere reconocer cuál es la mano que hiere, y así se sienten todos los golpes sin algún fruto. No busques en otra parte que en los desórdenes de tu corazón el origen de todas tus desgracias: haz que se seque ese manantial por medio de una verdadera conversión a Dios, y verás al punto cesar tus desgracias, o a lo menos vendrán a serte más útiles que las prosperidades, por el buen uso que harás de ellas.

ÚLTIMA SEMANA DE CUARESMA. JUEVES DE PASIÓN.

JUEVES DE PASIÓN

Conversión de la pecadora que llora a los pies de N.S.J.C.

Introito extraído de Dan. 3, 31 y Salmo 118
Lección del profeta Daniel 3, 25 y 34-35
Evangelio según San Lucas 7, 36-50

La proximidad del gran día de las misericordias del Salvador, y del sacrificio que debía hacer de su vida a Dios Padre por la remisión de nuestros pecados, hace que la Iglesia acompañe su duelo con los sentimientos más tiernos y la más viva contrición. Empieza la Misa de este día por una confesión sincera de nuestra iniquidad, confesando que nuestros pecados merecen los más horrendos castigos; pero se consuela con la vista de la infinita misericordia del Señor, en quien pone toda su confianza: Omnia quæ fecisti nobis, Domine, in vero juicio fecisti: quia peccavimus tibi, et mandatis tuis non obedivimus: Señor, todo lo que has hecho con nosotros, lo has hecho por un inicio muy equitativo. Hemos merecido demasiado todos estos castigos, porque hemos pecado contra Ti, y no hemos guardado tus mandamientos. Sed da gloriam nomini tuo, et fac nobiscum secundum multitudinem misericordiæ tuæ: Pero por la gloria de tu nombre trátanos según la grandeza de tu misericordia. Estas palabras se tomaron de la oración que hizo a Dios Azarías, uno de los tres jóvenes hebreos, en el horno encendido de Babilonia, donde había sido echado con sus compañeros por orden de Nabucodonosor.

La Epístola de la Misa es una parte de esta misma oración, según se refiere en el capítulo III del profeta Daniel, donde hallarás toda esta historia.

Entre los cautivos que fueron llevados de Jerusalén a Babilonia por el rey Nabucodonosor, hubo muchos niños de la primera nobleza, entre los cuales este Príncipe mandó escoger cuatro de los más bien hechos, y que parecía tenían más ingenio y despejo, para hacerles servir en su palacio entre los criados de su cuarto. El primero de los cuatro era Daniel, que vino a ser bien pronto por su sabiduría y su talento el valido del Príncipe; los otros tres fueron Ananías, Misael y Azarías, todos cuatro de la sangre de los reyes de Judá. Habiéndole agradado a Nabucodonosor todos cuatro, dio orden para que los educasen e instruyesen por tres años en todos los ejercicios propios y correspondientes a su calidad, y a los empleos a que estaban destinados por el Rey, el cual quiso que se les enseñase la lengua y los usos del país, y que se les sirviesen las viandas y el vino de su mesa. Pero exactos observantes de la ley del Señor, no quisieron llegar jamás a las viandas caldaicas, y obtuvieron del oficial encargado el cuidado de su educación, los dejase usar solo de legumbres y aguas. Habiendo sido ensalzado Daniel a las primeras dignidades del reino, por haber interpretado el famoso sueño del Rey, no se olvidó de sus amados compañeros; todos tres fueron hechos intendentes de las obras de la provincia de Babilonia. Su fortuna no alteró su piedad, ni su celo por su religión; pero les concilió muchos envidiosos que determinaron perderlos; y bien pronto encontraron ocasión de hacerlo.

Nabucodonosor, embriagado con su alto poder, con sus conquistas y todas sus prosperidades, quiso que se le hicieran los mismos honores que se hacían a los dioses del imperio. Mandó hacer una estatua de oro fino, la cual tenía sesenta codos de alto y seis de largo, y la hizo colocar en el campo de Dura, con orden a todos los magnates de su corte, a los magistrados de la ciudad, a los gobernadores de las provincias, y a todos los oficiales de asistir a la dedicación de la estatua; en efecto, se juntaron en dicho campo para el día señalado una multitud increíble; se les significó de parte del rey que al momento que oyesen el son de las trompetas, y de otros instrumentos músicos, adorasen todos la estatua, so pena, los que rehusasen obedecer, de ser arrojados al mismo instante en un horno encendido. Lo mismo fue hacer la señal que postrarse todos, y adorar la estatua; solo los intendentes de la provincia de Babilonia, Sidrac, Misac y Abdénago (estos eran los tres nombres caldeos que habían puesto a los tres jóvenes hebreos, Ananías, Misael y Azarías); solo estos, digo, creyeron no debían imitar el ejemplo de los otros. En efecto, fueron notados y denunciados al Rey como refractarios de sus órdenes. Los mandó venir a su presencia, confesaron el hecho, y dijeron intrépidos al Rey, que jamás adorarían a otro que al verdadero Dios, solo soberano Señor del universo; y que aunque les hubiese de costar la vida, no adorarían jamás ni a sus dioses, ni a su estatua. Esta respuesta irritó de tal suerte a Nabucodonosor, que en el transporte de su furor mandó que el fuego del horno fuese siete veces mayor de lo acostumbrado; y habiendo hecho atar en su presencia a los tres oficiales hebreos, los hizo echar en el horno vestidos como estaban. Los encargados de esta ejecución eran unos soldados de su guardia, escogidos de entre los más robustos. Apenas los hubieron echado en el horno, cuando saliendo la llama a manera de un torbellino envolvió a los soldados y a los caldeos que estaban más vecinos al fuego, y los consumió en un instante. Los tres hebreos se hallaron en el horno encendido como en un lugar fresco y apacible; y habiendo el fuego quemado solamente sus ligaduras, se les vio pasearse tranquilamente en medio de las llamas, alabando a Dios, y bendiciendo al Señor que hacía en su favor uno de los más estupendos milagros. Entonces Azarías, a quien los babilonios habían puesto en medio del fuego con el nombre de Abdénago, estando en pie, hizo en voz alta a Dios, en nombre de todos, la oración que hace el asunto de la Epístola de la Misa de este día. Después de haber bendecido al Señor, y deseado que fuese glorificado por todos los siglos; después de haber confesado cuán equitativos son sus juicios en todos los males que ha descargado sobre su pueblo, y sobre Jerusalén; después de haber reconocido que todos estos azotes son justos castigos de sus pecados: Induxisti omnia hæc propter peccata nostra; implora por último su infinita misericordia, y suplica en medio de aquel gran teatro de su bondad, en medio de aquellas llamas, que no han podido hacerles la menor lesión, que no abandone a su pueblo; y le conjura por su nombre y por su gloria a que no disipe, ni rompa su alianza; que los castigue como merecen, pero de un modo que no padezca su gloria; que no retire de ellos su misericordia. Admiremos aquí el motivo que alega: En atención, dice, a los méritos de Abraham vuestro amigo, de Isaac vuestro siervo, y de Israel vuestro santo; tanta verdad es que en todos tiempos han estado persuadidos los hombres a que el valimiento de los Santos con Dios era poderoso, y que en atención a sus méritos y por su respeto concedía Dios muchas gracias; acordaos, Señor, continúa, que les habéis prometido multiplicar su posteridad como las estrellas del cielo, y nos vemos reducidos a más pequeño número que todas las naciones de la tierra; vivimos en la oscuridad; no se ven ya entre nosotros, ni reyes sobre el trono, ni profetas con autoridad, ni forma alguna de república. Jerusalén está arruinada, vuestro santo templo profanado, no tenemos ni sacrificios, ni oblaciones; y pues el estado a que estamos reducidos no nos permite aplacar vuestro enojo, y recurrir a vuestra clemencia, ofreciendo a vuestro templo sacrificios sangrientos, recibid siquiera con benignidad el solo sacrificio que somos capaces de ofreceros, que es un corazón contrito y humillado que implora vuestra misericordia. Dignaos, Señor, mirar con ojos propicios a vuestro afligido pueblo, y dejaos mover de nuestros gemidos y nuestras lágrimas como en otro tiempo de los holocaustos de los carneros y toros que se ofrecían en el templo: Sic fiat sacrificium nostrum in conspectu tuo hodie, ut placeat tibi. La Iglesia ha puesto en el canon de la Misa estas palabras. Finalmente Azarías, animado del Espíritu Santo, no omite en esta admirable deprecación motivo alguno de los que juzga ser a propósito para mover el corazón de Dios y desarmar su enojo; confesión sincera de tantos desbarros, dolor de haber pecado, propósito de la enmienda, confianza en su misericordia, de todo echa mano en medio de aquel horno para aplacar la indignación de Dios contra su pueblo.

El Evangelio refiere la conversión de aquella famosa pecadora, que desde el punto en que se convirtió fue un modelo de devoción, de fervor y de penitencia.