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viernes, 4 de abril de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SACADA DE LOS CUATRO EVANGELISTAS: XII. Jesucristo en el desierto.

XII.  Jesucristo en el desierto.



Estando Jesús en el desierto, pasó cuarenta días y otras tantas noches sin comer ni beber. Este ayuno de cuarenta días antes de la predicación del Evangelio había sido figurado por el ayuno de Moisés, el cual estuvo sin comer ni beber los cuarenta días que precedieron a la promulgación de la ley antigua. Un ayuno tan extraordinario y tan visiblemente sobre las fuerzas de la naturaleza puso en armas a todo el infierno: Se imaginaba el espíritu de tinieblas por conjeturas, todas las más bien fundadas, que un hombre de una vida tan ejemplar, tan santa, y que era capaz de pasar cuarenta días y cuarenta noches sin comer ni beber, podía muy bien ser el Hijo de Dios y el Mesías; pero no se hubiera atrevido a tentarle, si Jesús, después de un ayuno tan riguroso, no hubiese querido sentir el hambre, y caer en una extremada flaqueza para animar de este modo al tentador, dejándole creer que aquel hombre, por más extraordinario que pareciese, no era sino un hombre sujeto a las mismas enfermedades que los otros hombres, y que podría muy bien estar igualmente sujeto a las mismas pasiones. Alentado, pues, con esta opinión el demonio, se le presentó en figura humana, y le dijo: Me parece que eres el Hijo de Dios; si es así, añadió, ¿cómo no haces que estas piedras se conviertan en pan, y remedias la extremada flaqueza a que te ha reducido el ayuno? Queriendo Jesús dejarle siempre en la duda en que estaba acerca de su divinidad, se contentó con responderle estas palabras de la Escritura: El hombre no vive con solo pan, sino con cualquier palabra que sale de la boca de Dios, como si dijera: lo que da vida al hombre es una perfecta obediencia a todo lo que Dios manda; sin duda en consecuencia de esto dijo después el Salvador, que su alimento era el cumplimiento de la voluntad de su Padre que le envió (Joan. IV).

Habiéndole salido al demonio tan mal este artificio tan generoso, creyó que sería más feliz si le tentaba por el lado de la presunción y vanagloria, la que entre todas las tentaciones es la más delicada, y por lo común la más de temer para aquellos que parece están sobre los placeres sensuales. Habiendo permitido el Salvador que el demonio le tentase, le permitió también que le llevara a lo alto del balaustre que rodeaba el techo del templo de Jerusalén. Los intérpretes no dudan que una de las miras del demonio en este transporte fuese hacer pasar al Hijo de Dios por hechicero; lo que le parecía conseguiría llevándole por los aires a vista de todo el mundo, y poniéndole en lo alto del templo a vista de todo el pueblo de Jerusalén; pero es cierto que Jesús se hizo invisible, sin que el demonio lo advirtiese. Estando ya allí, tuvo este la insolencia de decirle que si era el Hijo tan querido de Dios, como una voz bajada del cielo lo había publicado en las riberas del Jordán después de su bautismo, debía dar una prueba manifiesta de ello que confirmara lo que se había oído: arrójate, pues, de aquí abajo, le dijo, no tienes que temer que suceda el menor mal, porque la misma Escritura que citas, dice que Dios tiene encargado a sus Ángeles el cuidado de la persona de su Hijo para que velen en su conservación, y le lleven en sus manos por si acaso sus pies tropiezan en alguna piedra; pero Jesús replicó, que esta misma Escritura decía en términos formales: No tentarás al Señor tu Dios.

Una respuesta tan precisa y tan sabia cubrió de confusión al tentador; pero no por eso desistió de su empresa. Altivo el espíritu soberbio con el poder que Dios le daba de transportar a su arbitrio a aquel hombre tan santo y tan prodigioso, tuvo todavía la osadía de llevarle sobre la cima de uno de los más altos montes; y mostrándole desde allí la inmensa extensión de país que comprendía todo el horizonte, le dijo el impostor: Todos estos reinos son míos; yo reino y soy adorado en todos estos pueblos, a excepción de la Judea; en todas las naciones se me ofrecen víctimas e incienso; todos estos Estados están a mi disposición, y los reparto entre los que me sirven; todo esto te lo daré si te postras y me adoras. A una proposición tan insolente y tan impía, revistiéndose Jesús de señor que manda con imperio, le dijo con indignación: Retírate de aquí, Satanás; es decir, enemigo de Dios y de los hombres; y sabe que está escrito: Adorarás al Señor tu Dios, y le servirás a Él solo. Estas palabras fueron un rayo para el tentador, el cual desapareció cubierto de confusión; y entonces los Ángeles, acercándose al Salvador, le sirvieron la comida después de un ayuno tan largo, trayéndole que comer. Con esto quiso Jesucristo enseñarnos que la victoria de las tentaciones es siempre seguida de favores celestiales; que la tentación siempre va acompañada de la ayuda de la gracia, y que la fidelidad en la tentación es siempre premiada inmediatamente con una nueva gracia y con algún nuevo favor del cielo. Pasma que el Salvador le permitiese al demonio llevarle y transportarle por los aires; pero el poder que Jesucristo les dio después a los verdugos sobre su persona no nos debe causar menos admiración que el que da aquí al espíritu maligno.


Mientras que el Salvador estaba en el desierto, Juan Bautista, que había pasado al otro lado del Jordán, predicaba con admiración y con utilidad de todos la penitencia: su modo de vida austero, su santidad y su predicación confirmaron la opinión que se tenía de que Juan podía ser muy bien el Mesías; lo cual movió a los principales de entre los judíos a que le enviaran una diputación de sacerdote y levitas para preguntarle si era Cristo; les respondió Juan que no; le dijeron si era Elías, o a lo menos algún profeta; a lo que respondió que no era ni lo uno ni lo otro. Pues ¿quién eres, replicaron los diputados? Y si no eres ni Cristo, ni Elías, ni profeta, ¿por qué bautizas? Yo soy, les dijo entonces el Santo, aquel de quien habló Isaías cuando viendo en espíritu al Mesías, y a aquel que era enviado para darle a conocer y mostrarle, dijo: Yo soy la voz del que clama en el desierto; preparad el camino al Señor, hacedle senderos rectos, y llevad los valles, allanad los montes para ver la salud que viene de Dios. Yo soy, pues, esta voz que no cesa de gritar en el desierto: purificad vuestros corazones en el bautismo de la penitencia; humillaos, enderezad vuestros caminos reformando vuestras costumbres, y preparaos por este medio a recibir a aquel que es la misma salud; por lo que a mí toca, si yo bautizo, no es sino con agua; pero vosotros tenéis ya en medio de vosotros mismos, aunque no le conocéis, al que esperáis, de quien yo soy el precursor; este es el único que purifica al alma perdonando los pecados.

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