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miércoles, 9 de abril de 2014

MIÉRCOLES DE PASIÓN

MIÉRCOLES DE PASIÓN

Moisés y el Decálogo
El introito de la Misa de este día se tomó del salmo XVII, uno de los más afectuosos y patéticos, cuyo estilo es sublime, y todo el salmo de una admirable belleza. David en la prosperidad de su reinado, tranquilo y pacífico en sus Estados, describe elocuentemente en este salmo todos los peligros en que se ha visto, y hace una viva pintura de todos ellos; cuenta además de esto, con términos pomposos, el modo con que Dios los sacó de tantos peligros; y reconoce que si salió triunfante de tantos enemigos, fue únicamente por una protección muy especial del Señor. Además del sentido histórico que mira a la persona de David, y a su confianza en Dios en medio de tantas persecuciones, se advierten en dicho salmo algunas profecías que manifiestamente hablan del reino del Mesías, de la vocación de los gentiles a la fe y del triunfo de la Iglesia. San Jerónimo y san Agustín dicen, que al mismo tiempo que el Profeta describe en este salmo sus combates contra sus enemigos, describe también las victorias de Jesucristo sobre los judíos, y las de la Iglesia sobre sus perseguidores, y sobre los herejes.

Liberator meus de gentibus iracundis: ab insurgentibus in me exaltabis me: a viro iniquo eripies me: Vos, Señor, me habéis arrancado del furor de mis más crueles enemigos, me habéis puesto fuera de tiro de los que se levantaban contra mí, y habéis hecho inútiles sus depravados designios, y su enorme malicia: ¿cómo podré yo dejar de amaros? Diligam te Domine, virtus mea: Dominus firmamentum, et refugium meum, et liberator meus: Yo os amaré, Señor, a Vos que sois toda mi fortaleza. El Señor es mi apoyo, mi refugio y mi Redentor. No deja de conocerse bastante la relación que dicen todas estas palabras a Jesucristo en cuanto hombre, especialmente en el tiempo de su pasión, que fue le tiempo y la materia de su más glorioso triunfo.

La Epístola de la Misa contiene con la mayor individualidad los preceptos que dio el Señor a Moisés para el arreglo de las costumbres. Es una exposición clara de los principales mandamientos del Decálogo, particularmente de los que pertenecen al prójimo; y lo que todavía hay de más particular es, que aunque la ley natural autoriza bastante todas estas ordenanzas, Dios junta casi a cada uno de los artículos una consideración particular, diciendo: Que el que da estos preceptos, y quien manda que se observen, es el Señor, el Dios de aquellos a quienes los impone: Ego Dominus Deus vester: Yo soy quien lo manda, yo que soy vuestro Señor y vuestro Dios.

No hay cosa más instructiva que la individualidad con que el Señor intima sus preceptos a su pueblo en este capítulo XIX del Levítico, que empieza por esta primera lección, la cual encierra en sí todas las otras: Sed santos, porque soy Santo yo, que soy el Señor, vuestro Dios: Sancti estote, quia ego Sanctus sum Dominus Deus vester. Temed, va diciendo, a vuestro padre y madre, y respetadlos, como es debido. Guardad religiosamente el día del sábado. Cuando hicieres la siega en tu campo, continúa, no cogerás las espigas que se quedaren: tampoco cogerás los racimos que en tu viña se les escaparen a los vendimiadores; todo esto debes abandonarlo a los pobres que vengan a hacer la rebusca, esto es, a juntar las espigas y los racimos que se hubieran quedado sin coger después la siega y la vendimia: Pauperibus, et peregrinis carpenda dimittes. Porque yo soy el Señor, tu Dios, lo dispongo y lo ordeno así: Ego Dominus Deus vester.

No engañarás a tu prójimo, hurtándole lo que es suyo, ni levantándole algún falso testimonio, ni de ningún otro modo: Nec decipiet unusquisque proximum suum. Por este precepto empieza la Epístola de este día: Non mentiemini; no mentirás: el texto hebreo dice: No negarás, ni rehusarás volver el depósito que te hubieren confiado. Algunos intérpretes lo explican de la obligación de dar limosna; Non extenuabilis vos, no os haréis unos a otros más pobres de lo que sois, rehusando bajo un falso pretexto de necesidad hacer limosna. Una de las mayores injurias que se le pueden hacer a Dios, es ponerlo por testigo de una mentira. Así lo declara y protesta en varios parajes de la Escritura: Non perjurabis in nomine meo. No calumniarás a tu prójimo: Non facies calumniam. La calumnia es un delito sumamente detestable, por cuanto no se puede reparar jamás el mal que ocasiona. Aunque se desdiga el calumniador, la persona que se ha tiznado jamás recobra bien su primera blancura. La hacienda que se ha hurtado se puede restituir, aunque para ello sea necesario quedar por puertas el que la ha usurpado; pero ¿quién podrá volver la reputación a una persona infamada en el concepto de quinientas o mil personas? Según esto ¿se salvarán mucho calumniadores? Non morabitur opus mercenarii tui apud te usque mane. ¡Qué admirable es Dios en esta interesante enumeración! No diferirás, dice el Señor, hasta el día siguiente el salario del jornalero que te sirve, de los obreros que han trabajado para ti, de los domésticos que tienes a tu cuidado. ¿Te han dado el fruto de su trabajo? No les rehúses, ni dilates el de sus sudores: su salario no es a tuyo, sino de ellos; ¡qué injusticia es retener la hacienda ajena! El que hace esto es un rico que por ahorrar de lo suyo se sirve de lo del pobre: Non maledices surdo: no hablarás mal del sordo; no hay cosa más indigna ni más injusta que ofender a los que no pueden ni defenderse, ni resistir. Tal es el vicio de la murmuración. Nunca se habla mal sino de los ausentes, porque están fuera de estado de justificarse, y de cubrir de confusión al murmurador, que por la más maligna bajeza solo habla de los que no están en disposición de oírlo, y confundirlo: Nec coram cæco pones offendiculum: no pondrás delante del ciego cosa que pueda hacerle caer. En efecto, no puede darse mayor inhumanidad que insultar a un infeliz, y añadir adrede un nuevo azote a su miseria. ¡Qué bien pintadas están en estas santas leyes la sabiduría y la bondad de nuestro Dios! ¡Qué bien se da a conocer su santidad en el menor de sus preceptos! Non consideres personam pauperis. Para con Dios no hay aceptación de personas; el rico y el pobre le son igualmente amables, y así quiere que nosotros, a su imitación, tengamos una caridad general. Siendo Dios creador y padre de todos los hombres, todos los hombres son hermanos, y quiere Dios que nos miremos como tales. ¡Qué indignidad desdeñarnos de mirar a un hombre que está mal vestido, y no tener miramiento ni respeto sino a los ricos! Non consideres personam pauperis, dice el Señor, nec honores vultum potentis. Juste judica proximo tuo. ¿Estás en empleo? Pues juzga a tu prójimo según justicia y con la más exacta integridad, sin tener respeto a la calidad de las personas, y sin dejarte torcer por la presencia de los más poderosos. No tengas la baja, la maligna y perniciosa inclinación de hablar mal del prójimo, ni en público ni en secreto: Non eris criminator, nec susurro in populo. Siempre ha mirado Dios con horror a estas pestes de la sociedad civil: son la execración de las gentes de bien, y los enemigos de la unión de los corazones y de la paz: Ego Dominus; quien te lo manda soy yo, que soy tu Señor: Non oderis fratrem tuum in corde tuo. El mundo todo está lleno de disimulo y de ficción. ¡Qué de malignidad bajo un exterior risueño, bajo unas apariencias engañosas! Se alaba, se adula, se hacen protestaciones de la más sincera amistad, al mismo tiempo que se alimenta un mortal rencor en el corazón. Esta maligna simulación, este fingimiento indigno es lo que Dios condena aquí. ¿Tienes algún motivo de queja contra tu hermano? Díselo amigablemente, dice el Señor, sin que tu corazón esté sentido o exasperado: Ne habeas super illo peccatum. Finalmente, si alguno te ofende, deja al cuidado del Señor la venganza: se interesa demasiado en tu bien, para que deje sin castigo la injuria que se te hace: Non quæras ultionem. No te contentes con no vengarte, procura olvidarte de las injurias que has recibido: Nec menor es injuriæ. Ama a tu prójimo como a ti mismo: Diliges amicum tuum sicut te ipsum. Quiere Dios que no haya diferencia entre los nombres de prójimo y amigo. De este modo el Señor, por un efecto de su bondad, instruía a aquel pueblo grosero y material, a aquel pueblo todo carnal e indócil, como un buen padre instruye a un hijo cuando niño. No le da sino lecciones propias y acomodadas a su corta edad, reservándose el dárselas más espiritualmente y más perfectas cuando haya llegado a una edad más madura. Esta edad madura era el tiempo de la venida del Mesías. Así vemos que los preceptos de Jesucristo son mucho más espirituales y más perfectos que los de la ley antigua. Esta solo ordena que se eche en olvido la injuria recibida: la ley nueva ordena además de esto que amemos al que nos ha injuriado: aquella solo tiene preceptos conformes a la razón natural: los preceptos y las máximas de la ley de gracia son sobre la naturaleza y la razón.


El Evangelio de la Misa del día cuenta lo que pasó en Jerusalén mientras la fiesta de la dedicación del templo, cerca de tres meses y medio antes de la muerte del Salvador.


Esta fiesta, instituida no más de ciento setentaicuatro años antes de Jesucristo, era muy célebre entre los judíos, y duraba ocho días como las otras fiestas de primera clase: se celebraba en memoria de la purificación del templo y de su dedicación, hechas bajo el gobierno de Judas Macabeo, gloria de la nación judaica, y el restaurador de la religión y de su patria. Habiéndose apoderado de la Judea, y en particular de Jerusalén, el impío Antíoco Epifanes, rey de Siria, profanó con todo género de abominaciones el santo templo. Muchos de los judíos, cediendo a la persecución, apostataban todos los días, y ofrecían incienso a los ídolos. Judas Macabeo, el prodigio de su siglo por su celo, por la religión y por su valor, habiendo derrotado con un puñado de gentes los ejércitos numerosos de Antíoco, y conseguido siete grandes victorias contra Apolonio, Serón, Gorgias, Nicanor, Timoteo, Baquides y Lisias, recobró a Jerusalén, e hizo publicar la intención que tenía de restablecer la religión, y reparar el culto del Señor en su templo. El pueblo fiel se juntó el día señalado; pero al ver la profanación con que había sido tratado el lugar santo, y que todo lo que había de más respetable en la casa del Señor había sido, o destruido, o contaminado por los gentiles, fue tan general el desconsuelo, que no hubo quien no echase a llorar. El religioso héroe dispuso que se restableciera todo incesantemente: se reparó el santuario que había sido casi enteramente destruido, se fabricó un altar nuevo, se santificó el templo y el atrio, se fabricaron vasos sagrados, y se restableció el santo templo a su primer esplendor y a su primera magnificencia. Acabado todo felizmente, se hizo la dedicación, o la renovación solemne, el día 25 del mes Casleu, que era el nono mes judaico, el cual caía regularmente a principios de diciembre. La fiesta de esta dedicación se celebró por espacio de ocho días con gran solemnidad, y se ordenó que todos los años se renovase en semejante día la memoria con octava. En esta solemnidad fue cuando el Salvador vino al templo. Como era invierno, y hacía mal tiempo, no quiso Jesús detenerse en los atrios, que estaban descubiertos y expuestos a los temporales, sino que se entró en una galería, que se llamaba el pórtico de Salomón, porque había sido fabricada en el sitio o sobre el modelo del antiguo pórtico de Salomón, a la entrada del templo. Los judíos se juntaron al instante alrededor de Él, y le dijeron: ¿Hasta cuándo nos has de tener suspensos? Si eres el Mesías, dínoslo claramente: Si tu es Christus, dic nobis palam. ¿Es acaso un verdadero deseo de saber la verdad el que hace hablar a los que hacen esta pregunta? Los judíos comprenden bastantemente que Jesucristo se atribuye el título de Mesías, cuando se trata de imputárselo a delito y perseguirle por este motivo. Pero cuando se trata de creerle sobre su palabra, autorizada con los milagros de obra, pretenden que no haya hablado jamás con bastante claridad. Lo mismo sucede con los herejes, los cuales en sus disputas, en las conferencias, en la Escritura misma, en los escritos de los santos Padres, no buscan la verdad, sino cómo autorizar su pasión y su rebelión contra la Iglesia. Búsquese la verdad sin pasión, con ingenuidad, de buena fe, y se encontrará. El Salvador, que conocía el verdadero motivo y los verdaderos sentimientos de aquellos espíritus malignos y disimulados, les respondió: Os lo he dicho bastantes veces y con bastante claridad, pero vosotros no me queréis creer; y cuando yo no os lo hubiera dicho, los milagros que hago en nombre y por la virtud de mi Padre manifiestan bastante claramente quién soy: Hæc testimonium perhibent de me. ¿No os he dicho que yo era la luz del mundo, el Hijo de Dios y el buen pastor? ¿Qué he venido a salvar, a dar la vida, la libertad y a redimir? ¿Qué debo morir y resucitar? ¿Qué soy árbitro de mi vida y de mi muerte? ¿No habéis notado que veo lo más secreto de vuestro corazón y de vuestro espíritu? Os he dicho que mi Padre era Dios, y que yo era una misma cosa con mi Padre: ¿os parece que Dios puede hacer milagros para autorizar la mentira y la impiedad? Pues Dios ha autorizado todo lo que yo he dicho con milagros los más estupendos. Vosotros no creéis, porque no queréis creer, y por lo mismo no sois de mi rebaño. Mis ovejas oyen mi voz, y las conozco, y ellas me conocen, y así me siguen con una perfecta docilidad; yo les doy la vida eterna, y no perecerán jamás, a no ser que ellas mismas se quieran perder. Ellas creen en Mí, y con las gracias que yo les doy, las pongo en estado de obrar su salvación. Yo velo continuamente sobre ellas, de suerte que todos los esfuerzos del infierno no son capaces de robármelas, mientras que ellas permanezcan en mi redil; no hay poder en el mundo que pueda arrebatármelas de las manos. ¿Quién podrá resistir al Todopoderoso? ¿Quién podrá oponerse a mi Padre? Lo que mi Padre me ha dado, es sobre todas las cosas, quiero decir, siendo el poder y la naturaleza divina, que yo recibo de mi Padre, los mismos que los de mi Padre, tan imposible es quitarme nada de entre las manos, como quitarlo de entre las manos de mi Padre. Vosotros queréis que yo os hable sin figuras y sin metáforas, y que os diga quién soy: Yo os lo diré; pero tampoco me creeréis. Yo y mi Padre somos una misma cosa. ¿Podía Jesucristo explicarse más claramente? Estas palabras contienen una declaración tan expresa de la consustancialidad del Verbo, y de la divinidad de Jesucristo, que los mismos judíos creyeron no se les podía dar otro sentido. Yo y mi Padre somos una misma cosa. Ved aquí la distinción de las personas, y la unidad de naturaleza entre Jesucristo y el Padre. Al oír esto los judíos, cogieron piedras para apedrearlo como a un blasfemo, porque decía que era una misma cosa con Dios Padre. ¡Oh, y cómo prueba esto la mala intención de los judíos en la pregunta que le habían hecho! Piden al Señor que les diga si es el Mesías: se lo dice, y lo quieren apedrear. Pero el Hijo de Dios les dijo sin alterarse: He hecho a vuestros ojos muchas buenas obras por la virtud que tengo de mi Padre, ¿por cuál de estas obras maravillosas me queréis apedrear? Como si dijera: He curado vuestros enfermos, he echado los demonios de los cuerpos, he resucitado muertos: con cinco panes he dado de comer a más de cinco mil personas: todas estas maravillas son unos testimonios convincentes de quién soy, y unas pruebas concluyentes de la verdad de mi doctrina y de la santidad de mi moral, ¿por cuál de estos milagros me queréis apedrear? No es por esto, respondieron ellos, sino porque acabas de pronunciar una blasfemia; pues siendo hombre, te haces Dios: luego este nombre Dios que me atribuyo, es lo que os escandaliza; pero no tenéis razón. ¿Por ventura no está escrito en términos expresos en los Libros santos que contienen vuestra ley: Yo dije, vosotros sois dioses? Si la Escritura, que es incapaz de contradicción y de falsedad, da a los jueces y a los magistrados, que no son sino unos puros hombres, el título de Dios, porque hacen las veces y tienen su poder del verdadero Dios, de quien son ministros, ¿qué razón tenéis para llamar blasfemo al que ha sido santificado y enviado al mundo por el Padre, e imputarme a delito el haber dicho: Yo soy el Hijo de Dios; y yo a quien mi Padre ha engendrado desde la eternidad, a quien ha comunicado su santidad, y a quien ha enviado para que sea el Mesías, el Profeta tanto tiempo esperado, y el Salvador de los hombres? No alega Jesucristo en este lugar las palabras del salmo LXXXI sino para confundir a los judíos, no para explicar con qué sentido ha tomado y se ha atribuido la cualidad de Dios. Si no hago obras de Hijo de Dios, de Mesías, de un Hombre-Dios, no me creáis: vengo bien en que digáis que soy un blasfemo; pero si las hago, dad a las obras la fe que negáis a las palabras: reconoced que una vez que hago las mismas obras que mi Padre, tengo el mismo poder, y por consiguiente la misma naturaleza; y así reconoced que mi Padre está en Mí, y yo en mi Padre; y que mi Padre y yo somos una misma cosa. Apelo a mis obras: vosotros sois testigos de ellas y no me podéis negar que todas tienen el carácter de divinas. Los que son reos, divino Salvador mío, de la más horrible blasfemia, son esos mismos judíos que os acusan de blasfemo; pues no pueden negaros la cualidad de Hijo de Dios que Vos os atribuís, sin pretender que Dios puede autorizar con los más evidentes milagros la mentira y la impiedad. Admiremos aquí la sabiduría y la suave providencia de nuestro Dios, que no ha querido obligarnos a creer unos misterios que son sobre la razón, sin haber hecho antes Él mismo, en confirmación de ellos, obras que exceden al poder de la naturaleza. Después de esto, ¡qué no deben temer estos espíritus indóciles, que no son incrédulos sino porque la corrupción del corazón ha cegado y abrutado su espíritu!

FUENTE: P. Jean Croisset SJ, Año Cristiano ó ejercicios devotos para todos los domingos, cuaresma y fiestas móviles, TOMO II, Librería Religiosa. 1863. (Pag.239-246)

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