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martes, 8 de abril de 2014

MARTES DE PASIÓN

MARTES DE PASIÓN

Daniel y los leones

Expecta Dominum, viriliter age: et confortetur cor tuum, et sustine Dominum: Aguarda al Señor, obra con valor, sufre tus penas, y espera con confianza la ayuda del Señor. Dominus illuminatio mea, et salus mea: quem timebo? El Señor me da sus consejos, me enseña, y vela en mi conservación: ¿qué tengo, pues, que temer? Quien habla así es David perseguido injustamente por Saúl, por los más principales de la corte; pero intrépido en medio de los peligros por su gran confianza en Dios, es viva figura del Salvador perseguido por los jefes del pueblo. Había hecho David a Saúl y a toda la nación particulares servicios, y la persecución que padece no tiene otra causa que una envidia diabólica. El Salvador ha llenado de beneficios a todo el pueblo judaico; pocas personas hay que no hayan tenido parte en sus favores; todavía menos que no hayan sido testigos de sus milagros. ¿De dónde, pues, venía aquel furor de los pontífices, de los escribas, de los fariseos contra este amable Salvador: Qui pertransiit benefaciendo: que por todas partes por donde ha pasado ha hecho tanto bien? La envidia, el odio fue quien hizo nacer aquella mortal rabia que no pudo satisfacerse sino con su muerte. La Iglesia, en estos días en que está toda ocupada en celebrar la pasión del Salvador, ha elegido el último y el primer versículo del salmo XXVI para el introito de la Misa de este día.

La Epístola cuenta la historia de la venganza de los babilonios sobre el profeta Daniel, al cual hicieron arrojar a los leones por haber destruido los objetos de su idolatría. En lo cual notan los Padres que fue una de las figuras de Jesucristo perseguido por los judíos.

Había cerca de cuarenta años que el profeta Daniel estaba en la privanza y valimiento del rey de Babilonia, siendo su primer ministro y su valido. Los babilonios tenían un famoso ídolo llamado Bel, a quien sacrificaban todos los días doce medidas de harina del trigo más puro, cuarenta ovejas y seis grandes medidas de un vino exquisito. El rey era muy devoto de este ídolo, al que iba a dorar regularmente todos los días, y hubiera gustado que Daniel, su primer ministro, hubiese tenido la misma devoción; pero Daniel tenía demasiadas luces y demasiada religión al verdadero Dios para no tener horror a un culto tan vano. Un día le preguntó el rey, por qué no adoraba al dios Bel. Porque yo no adoro, respondió Daniel, a los ídolos, que no son otra cosa que unas obras hechas por manos de hombres; yo no adoro sino a Dios vivo, soberano Señor de todo el universo, creador del cielo y de la tierra. Si es Dios vivo a quien tú adoras, replicó el rey, no hubo jamás otro más vivo que Bel; pues él solo come y bebe más que todos los otros juntos; no ignoras lo que se le da de comer todos los días, y sabes que nada queda de cuanto se le pone delante. Daniel le respondió sonriéndose, que se admiraba de que su majestad no viese la falacia de los sacerdotes, los que se regalaban con lo que se le daba al pretendido Bel para que lo comiese; que en lo demás esta pretendida divinidad no era otra cosa que una estatua de bronce por fuera y por dentro de ladrillo. El rey, que no gustaba se anduviese jugando con él, se mostró indignado por ver que se abusaba de su credulidad. Hace venir al punto a los sacerdotes de Bel y les dice: Si no me declaráis quién es el que se come todo lo que se pone delante de Bel, os hago morir a todos ahora mismo; pero si me hacéis ver que es Bel el que se lo come, le costará la cabeza a Daniel, que ha blasfemado contra este dios. Daniel, que se hallaba presente, dijo que consentía gustoso en que la palabra del rey se pusiese en ejecución. Los sacerdotes de Bel, en número de setenta, se vieron obligados a decir lo mismo. Habiendo ido al templo el rey con Daniel desde allí mismo, los siguieron los setenta sacerdotes, los cuales después de haber asegurado nuevamente al rey con juramento que era el ídolo quien se lo comía todo, le dijeron: Señor, queremos que seáis convencido de ello por vuestros propios ojos. Todos vamos a salir: haga vuestra majestad que se pongan las viandas y el vino delante de Bel; cierre después la puerta del templo y séllela con su real sello: si mañana por la mañana al abrir vuestra majestad el templo no hallase que el dios Bel se lo ha comido todo, consentimos en que a todos nos haga morir según la palabra de vuestra majestad. El motivo de hablar con tanta seguridad era porque tenían una cueva o subterráneo por dónde venían todas las noches a deshora, y se llevaban las viandas que se habían puesto junto a Bel. Salidos que fueron todos los sacerdotes, el mismo rey puso las viandas delante del ídolo; pero Daniel, que tenía un conocimiento sobrenatural de todo cuanto pasaba, tuvo la precaución de hacer llevar secretamente una porción de ceniza cernida, la que hizo esparcir por todo el templo en presencia del rey, y habiendo salido todos, se cerró la puerta y se selló. Los sacerdotes según tenían de costumbre entraron durante la noche con sus mujeres y sus hijos; después de haber bebido y comido a su satisfacción, se retiraron llevándose todo lo que había sobrado.

Apenas amaneció el día siguiente cuando el rey vino al templo acompañado de Daniel, de toda su corte, y visto que el sello estaba intacto lo quitó, y habiendo entrado vio la mesa del altar despojada de cuanto se había puesto en ella el día antecedente: volviéndose entonces a Daniel le dijo con un tono severo e indignado: ¿Dónde está el engaño y la falacia que suponías en los sacerdotes de Bel? Sonriéndose Daniel al oír al rey le dijo: Os suplico, señor, no paséis más adelante. Vea vuestra majestad este pavimento: considere de quién son estas huellas. Son, dijo el rey, huellas de pies de hombres, de mujeres y de niños: Video vestigia virorum, et mulierum, et infantium. Descubierta la trama, fue fácil descubrir todos los subterráneos por dónde venían todas las noches; lo que irritó tanto al rey, que hizo que allí mismo quitasen la vida a todos aquellos impostores con sus mujeres e hijos. Asimismo mandó demoler el templo y hacer pedazos el ídolo.

Había en la misma ciudad otra ridícula divinidad cuyo ídolo estaba animado. Este era un dragón monstruoso que adoraban los babilonios. Confieso, dijo el rey a Daniel, que Bel era un dios muerto; pero no puedes negarme que el dragón, a quien tenemos y tributamos una particular veneración, es un Dios vivo. ¿Por qué no le has de adorar? Amaba el rey a Daniel; pero como este fiel ministro despreciaba a todos los dioses de los babilonios, hubiera deseado el príncipe que hubiese sido de la misma religión que él, para que de este modo no fuese tan odioso al pueblo. Señor, respondió Daniel, el dragón que adoráis como un dios con la más lastimosa superstición no es sino un vil animal que yo me ofrezco a matar sin palo y sin espada, si vuestra majestad me lo permite. Obteniendo el consentimiento del rey, tomó Daniel una porción de pez, otra de sebo y otra de pelos, y habiendo hecho hervir todo esto junto hizo de ellos una masa, la que habiéndosela comido el dragón, se le pegó en los dientes y en la boca tan fuertemente, que el dragón reventó repentinamente. Viéndolo muerto Daniel le dijo al rey: Ved aquí, señor, lo que vuestra majestad adoraba: he aquí el objeto de vuestro culto.

Los babilonios habían tolerado, aunque de muy mala gana, la demolición del templo de Bel y la destrucción del ídolo; pero cuando supieron la muerte del dragón no pudieron contener su odio contra Daniel; se volvieron contra el rey y no se detuvieron en hablar de él cuanto les venía a la boca. El rey, decían, se ha hecho judío; y este judío, hablando de Daniel, se ha hecho rey; él ha destruido el templo y la estatua de Bel, ha matado al dragón y ha hecho matar a los sacerdotes. Habiéndose amotinado el pueblo fue a embestir el palacio diciéndole a voces al rey, que si no les entregaba a Daniel iban a pegar fuego al palacio y hacerlo perecer a él y a toda su familia real. El rey, precisado por las violencias de un pueblo loco y fuera de sí, e intimidado por aquellas amenazas, se vio obligado, contra su voluntad, a entregarles su primer ministro, sin embargo de lo mucho que lo estimaba por los importantes servicios que había hecho al Estado, por su exacta hombría de bien y por el don de profecía con que Dios le había dotado. Apenas aquellos furiosos se hubieron apoderado de Daniel cuando decretaron arrojarlo al lago o fosa de los leones. Había siete, a los cuales les daban todos los días dos cuerpos de dos hombres y dos carneros; este era el suplicio ordinario de los reos condenados a muerte. No se les había dado nada aquel día con el fin de irritar más su hambre, y para que se tragasen con más ansia a Daniel. El santo hombre fue arrojado efectivamente a la fosa; pero lejos de quedar lastimado de la caída o ser devorado por los leones hambrientos, se halló más tranquilo en medio de los leones que entre aquel pueblo bárbaro; seis días estuvo allí, en los cuales no quisieron los babilonios se diese de comer nada a los leones, con el fin de que en caso de que hubiese perdonado a los principios a un hombre tan célebre por los prodigios que había obrado, irritados, en fin, con hambre tan larga, se tirasen a él y se lo tragasen.

En este tiempo el profeta Habacuc, que iba a llevar la comida a sus segadores, vio un Ángel que le mandaba de parte del Señor fuese a llevar aquella comida a Babilonia y se la diese a Daniel que estaba en el lago de los leones; el buen viejo, un poco atónito de una orden como esta, le respondió: ¿Cómo he de hacer lo que me dices, si jamás he estado en Babilonia, ni sé dónde está ese lago de que me hablas? El Ángel sin replicar lo tomó por los cabellos y lo llevó con la presteza y actividad propia de un espíritu hasta Babilonia, y lo puso a la boca del lago de los leones, desde donde empezó a dar voces, diciendo: Daniel, siervo de Dios, recibe la comida que te envía el Señor. Admirado Daniel de lo que oía, exclamó: ¿Es posible que el Señor se haya dignado acordarse de mí? ¡Buen Dios, qué cuidado no tenéis de los que os aman! Seáis eternamente bendito. El Ángel volvió a acoger al instante a Habacuc, y lo volvió al lugar donde lo había tomado.


El día 7, según el uso de aquellos pueblos, fue el rey a llorar a su amigo y favorecido al sepulcro, que era el lago, en el cual pensaba, como todos los demás, que Daniel había sido devorado desde el primer día; pero quedó agradablemente sorprendido cuando mirando por curiosidad al fondo del lago vio a Daniel sentado en medio de los leones; y dando repentinamente un gran grito, exclamó: ¡Oh, y qué grande sois, qué poderoso, Señor Dios de Daniel! ¡Cómo esta maravilla manifiesta visiblemente vuestro poder! Luego, habiendo hecho sacar a Daniel del lago, hizo le llevasen los más sediciosos de los que habían pedido la muerte de Daniel, y los hizo echar en el lago, donde fueron devorados a su vista en un momento. Este milagroso suceso dio tanto golpe al rey, que ordenó se reverenciase en todo su imperio al Dios de Daniel, diciendo que Él era el Salvador que hacía prodigios en toda la tierra, y que acababa de librar a su siervo Daniel del lago de los leones, en que la más negra malicia lo había hecho arrojar.


El Evangelio de la Misa del día es del capítulo VII de san Juan, donde se dice, que viendo Jesucristo, poco antes de su muerte, el furor con que los judíos, o mas bien los pontífices, los escribas y fariseos de Jerusalén habían conspirado contra su vida, se retiró a Galilea, no porque rehusase verter su sangre, sino porque no quería prevenir el tiempo determinado por su Padre para la consumación de su sacrificio, y para el cumplimiento de la grande obra de nuestra redención. Le hubiera sido muy fácil al Salvador librarse milagrosamente de la persecución de los judíos; pero como había de ser príncipe y cabeza de una religión que debía ser perseguida continuamente, no quiso hacer nada que sus miembros no pudiesen imitar. En la escuela del mundo es bajeza ceder a sus enemigos; y en la escuela de Jesucristo es virtud, es grandeza de alma el sufrir con paciencia sus violencias. Estando cerca la fiesta de los Tabernáculos, una de las más célebres entre los judíos, que caía siempre en el mes de septiembre, sus paisanos, ya sea que lo fuesen en el efecto por la santísima Virgen, o que pasasen por tales por serlo de san José, le dijeron que sería mucho mejor ir a Judea, y especialmente a Jerusalén, que detenerse más tiempo en una provincia tan pequeña como la Galilea. Que si era enviado de Dios, como decía, si sus milagros eran obras de Dios, y pruebas ciertas de la verdad de su doctrina y de la dignidad de su persona, no debía enterrar en la oscuridad estos dones de Dios; que debía manifestarse al mundo; que teniendo muchos discípulos en Judea, y particularmente Jerusalén, debía hacer fuesen testigos de las maravillas que obraba para que creyesen mas bien lo que les predicaba; y en fin, que en la capital era propiamente donde debía dar señales visibles de lo que era, y darse a conocer al inmenso pueblo de que se componía. El desprecio y la bufonada tenían más parte en esta advertencia que la estimación y la buena fe, porque los que creían menos en Jesús, dice el Evangelio, eran sus parientes más cercanos; como estaban acostumbrados a mirarlo como uno de ellos, de la misma condición, de la misma familia que ellos, solo tenían de Él unas ideas muy comunes, y no podían imaginarse pudiese ser el Mesías un hombre que había pasado siempre por hijo de un artesano. El Salvador les dio una respuesta toda misteriosa, que muy pocos la comprendieron. No es todavía el tiempo, les dijo, para que yo me presente en el gran mundo: soy demasiado enemigo de él, y mi Espíritu es demasiado opuesto al suyo para que halle en él buen recibimiento; vosotros, que tenéis su espíritu, que vivís según sus máximas, nada tenéis que temer, porque el mundo siempre recibe bien a los que se conforman con sus ideas. Id vosotros a Jerusalén a celebrar el primer día de la fiesta; por lo que a Mí toca, yo no voy a asistir a la fiesta de este día. En efecto, el Salvador no fue a Jerusalén hasta la mitad de la octava. En las grandes solemnidades de los judíos, una de las cuales era la de los Tabernáculos, había dos días muy solemnes, el primero y el octavo, que era el día de la octava, tan célebre como el primero. Dies primus vocabitur celeberrimus: diez quoque octavus celeberrimus atque sanctissimus. Jesucristo no fue a Jerusalén el día primero de la fiesta. Non ascendo ad diem festum istum: No voy a entrarme en Jerusalén este día. La razón que da es, porque sabía que los pontífices y fariseos habían resuelto prenderle el día de la fiesta, no dudando asistiría a ella el primer día; pero como no había llegado todavía el tiempo determinado para su gran sacrificio, no quiso entregarse al furor de sus enemigos antes de tiempo: Tempus meum nondum advenit, les dijo: mi tiempo no ha venido aun; vosotros que nada tenéis que temer, ya es tiempo que subáis a encontraros en la fiesta. Cuando se hubiere cumplido el tiempo de mi misión, yo mismo iré a entregarme a la muerte para consumar mi sacrificio. El Salvador se detuvo todavía algunos días en Galilea; se fue no obstante a Jerusalén antes de acabarse la octava; pero el mismo motivo que le había obligado a no venir el primer día, le obligó a estar como de oculto los postreros; su ausencia dio ocasión para que todos hablasen de Él: unos decían que era un Santo; otros, que estaban tocados de los mismos sentimientos y pasión que los fariseos, hablaban de Él de un modo poco ventajoso; decían que engañaba y alucinaba al populacho. Ved aquí lo que sucede siempre; cada cual piensa y habla según el espíritu de que está animado. Si quien lo anima es el Espíritu de Dios, no hay cosa más moderada ni más caritativa que sus juicios. Pero si está animado por el espíritu de parcialidad, todo se interpreta en el mal sentido y se echa a mala parte. Sin embargo, nadie se atrevió a declararse abiertamente por Él, por temor a los judíos. El respeto humano en todos tiempos ha ejercido su tiranía, y cuando uno le sacrifica sus obligaciones y su conciencia, bien pronto le sacrificará su religión.

FUENTE: P. Jean Croisset SJ, Año Cristiano ó ejercicios devotos para todos los domingos, cuaresma y fiestas móviles, TOMO II, Librería Religiosa. 1863. (Pag.225-232)

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