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viernes, 14 de marzo de 2014

P. JEAN CROISSET SJ. VIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SACADA DE LOS CUATRO EVANGELISTAS: IX. Huye el Salvador a Egipto, y Herodes manda degollar a los inocentes.

IX.   Huye el Salvador a Egipto, y Herodes manda degollar a los inocentes



Apenas el niño Jesús había llegado a Egipto, cuando Herodes, el más bárbaro y cruel de cuantos tiranos hubo jamás en el mundo, mandó degollar en Belén y en todos sus alrededores a todos los niños varones de dos años abajo. Pensando este impío Rey que la estrella no había podido aparecer sino poco tiempo después del nacimiento del Niño, determinó hacer perecer a todos cuantos habían nacido cerca de dos años antes de la aparición de la estrella, creyendo que no podía menos de ser envuelto en esta matanza aquel que los Magos habían venido a adorar. El erudito Salmerón dice, que el número de las víctimas inocentes que fueron inmoladas a honra del Salvador recién nacido, fue de cerca de catorce mil. El tirano no sobrevivió mucho tiempo a esta cruel carnicería; todavía estaba humeando la sangre de todos estos santos inocentes cuando Herodes se sintió asaltado de una enfermedad nunca oída hasta entonces: salió de su cuerpo un hormiguero innumerable de gusanos que alimentándose de su carne hecha podre le devoraban con sus mordeduras; y exhalaba una hediondez tan insoportable, que no pudiendo sufrirse él a sí mismo, quiso muchas veces matarse para librarse de sus dolores. Un calor lento, que no se percibía por fuera, dice Josefo, le abrasaba y devoraba: tenía un hambre tan violenta que nada podía saciarle; sus intestinos estaban llenos de úlceras que le causaban tan violentos cólicos, y estos cólicos tan horribles dolores, que jamás ningún reo sufrió suplicio más cruel; todo su cuerpo, hasta su cara, era un hervidero de gusanos, y esta corrupción general exhalaba un olor tan hediondo, que nadie podía acercarse a él. Después de haber sido devorado en vida por los gusanos este Príncipe tan cruel como impío, murió desesperado uno o dos meses después de la matanza de los inocentes, habiendo caído enfermo el mismo día en que hizo ejecutar esta horrible carnicería.

Muerto el tirano, al punto hizo Dios que la noticia fuese llevada a san José por un Ángel, que apareciéndosele en sueños, le dijo que se levantara y tomara al Niño y a la Madre para volverse con ellos a tierra de Israel, pues ya no vivían los que querían quitar la vida al Divino Infante. Obedeció José; pero habiendo sabido en el camino que Arquelao, hijo de Herodes, había sucedido a su padre, temiendo que este Príncipe habría heredado sus celos y su crueldad, no se atrevió a fijar su domicilio en las inmediaciones de Jerusalén, y por una nueva orden del cielo se retiró a Nazaret, a fin, dice el historiador sagrado, que lo que había sido predicho del Salvador por los Profetas se cumpliese; es a saber, que se llamaría Nazareno, aunque no había nacido en esta ciudad.


Aunque nada nos dicen los Evangelistas de la infancia del Salvador, no es difícil comprender que no fue ni menos admirable ni menos prodigiosa que lo restante de su vida mortal; la razón no necesitaba del socorro de los años para desenvolverse en aquel que era esencialmente la sabiduría increada; pues aunque Jesucristo fue niño en la edad, no lo fue jamás en el espíritu; desde el primer instante de su concepción fue aquel renuevo divino, aquella flor celestial, aquella raíz de la vara de Jesé, sobre el cual, como dice el Profeta, descansaba el espíritu del Señor, el espíritu de sabiduría y de inteligencia, el espíritu de consejo y de fortaleza, el espíritu de ciencia y de piedad: ni su sabiduría ni su razón dependían de la educación ni de la edad. Uniéndose el Verbo divino a la naturaleza humana, quiso sujetarse a sus leyes, pero no a sus defectos: quiso ser niño en cuanto al cuerpo, pero su alma jamás experimentó las flaquezas de la infancia: en aquella primera edad poseía ya todos los tesoros de la ciencia y sabiduría divina; y siendo infinitos estos tesoros, no podían tener incremento: Jesucristo no solo no podía adquirir nada de nuevo en cuanto Dios, pero ni aun en cuanto hombre podía crecer en luces, ni en perfecciones, ni en gracias; porque, aunque era hombre, era Dios al mismo tiempo: solamente podía dar señales y muestras de sabiduría y de ciencia más o menos sensibles, proporcionando y adaptando a la edad el uso de sus tesoros; y así, cuando el Evangelio dice que el niño Jesús crecía en edad, en sabiduría y en gracia, no quiere decir otra cosa, sino que el Salvador, lleno de sabiduría y de gracia, manifestaba más la una y la otra a medida que su cuerpo se hacía mayor y más fuerte, y conforme iba creciendo en edad. No obstante, aunque fue joven, es muy cierto que jamás mostró ni en sus palabras ni en sus acciones cosa pueril; todo estaba en aquel divino Niño en la última perfección: todos sus pensamientos, todos los movimientos de su corazón eran otros tantos sacrificios de alabanza que ofrecía día y noche a su Padre; y Dios era más honrado por la menor acción suya, que lo hubiera podido ser por el sacrificio de todas las criaturas juntas. En este joven Infante encontraba Dios todas sus complacencias; Jesucristo era el único objeto en que Dios se complacía plenamente. Y como uno de los principales motivos del inefable misterio de la encarnación del Verbo Divino era dar a Dios un culto digno de su grandeza, y suplir de este modo la imposibilidad en que está el hombre de honrar a este Ser supremo, Jesucristo se dignó hacerse niño para suplir por la flaqueza de una edad naturalmente incapaz de amar a Dios. Todo era santo, todo era noble, todo majestuoso y de un mérito infinito en este augusto Niño, así como todo era divino en Él; y aunque sus acciones eran proporcionadas a su edad, como tenían todo su mérito de la dignidad infinita de su adorable persona, eran el objeto de las delicias de aquel Dios, de quien era el Hijo muy amado. Esto es lo que ha inspirado a tantos Santos ser devotos de la infancia del Salvador, y profesarla una piedad en cierto modo más tierna y más sensible; y sin duda para testificar cuán agradable le era esta devoción, se ha aparecido este divino Salvador a tantas almas escogidas en figura de niño.

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