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jueves, 6 de febrero de 2014

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD: INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA

INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA


Cum dilexisset suos qui erant in mundo, in finem dilexit eos
“Como (Jesús) hubiese amado a los suyos que vivían en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1)

¡Cuán bueno es nuestro Señor y cuán amante! No le satisface el haberse hecho nuestro hermano por la encarnación, nuestro salvador por su pasión, ni el haberse entregado por nosotros; quiere llevar su amor hasta hacerse nuestro Sacramento de vida.

¡Con qué júbilo preparó este don supremo de su dilección!

¡Qué complacencia la suya al instituir la sagrada Eucaristía y legárnosla como un testamento!

Consideremos la sabiduría infinita de Dios en la preparación de la Eucaristía y adoremos su omnipotencia divina, que en este acto de amor llegó a agotarse.

I

Jesús revela la Eucaristía con mucho tiempo de anticipación.

Nace en Belén, que es llamada casa del pan, domus panis. Le recuestan sobre unas pajuelas que parecen sostener entonces la espiga del verdadero trigo.

En Caná de Galilea y en el desierto, cuando multiplica los panes, Jesús da a conocer y promete la Eucaristía. No cabe duda que es ésta una promesa formal y pública.

Después afirma con juramento que dará a comer su carne y su sangre a beber.

Esta es la preparación remota. Mas se acerca el momento de la preparación próxima de la Eucaristía. Llegado a este punto, Jesús quiere prepararlo todo por sí mismo, pues el amor no sabe delegar en nadie el cumplimiento de sus deberes, sino que lo hace todo por sí mismo, siendo ésta su gloria.

Por eso Jesús mismo designó la ciudad: Jerusalén, lugar de los sacrificios de la antigua ley. Él señala el local: el cenáculo. Él elige los ministros que le han de ayudar en esta obra: Pedro y Juan; Pedro, el discípulo de la fe; Juan, el discípulo del amor. Él fija hasta la misma hora, esto es, la última de que podrá disponer libremente.

Llega, por fin, Jesús de Betania y se dirige al cenáculo. Viene alegre y aligera el paso, como si le faltase tiempo y temiese llegar tarde. El amor vuela cuando va al sacrificio.


II

Ha llegado el momento supremo de la institución del augusto Sacramento. ¡Qué momento éste! Es la hora del amor. La Pascua mosaica va a terminar. El Cordero verdadero va a sustituir al que sólo era figura. En lugar del maná del desierto se recibirá en adelante el pan de vida, el pan bajado del cielo. Todo está a punto. Jesús acaba de lavar los pies a sus apóstoles, quedando purificados. Jesús se sienta modestamente a la mesa... Conviene comer la nueva Pascua sentado, es decir, en el reposo de Dios.

Reina un profundo silencio. Los apóstoles, puestos los ojos en el Maestro, quedan ensimismados. Jesús se concentra en sí mismo: levanta los ojos al cielo; da gracias al Padre por haber llegado esta hora tan deseada; extiende su mano; bendice el pan, y... mientras los apóstoles, penetrados de un profundo respeto, no se atreven a preguntar la significación de aquellos misteriosos signos, Jesús pronuncia estas palabras estupendas, tan poderosas como la palabra creadora de Dios: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo; tomad y bebed, esto es mi sangre”.

Ya se consumó el gran misterio de amor. Jesús ha cumplido lo que había prometido. Nada le queda por dar, mejor dicho, sólo le queda por dar su vida mortal en la cruz, y así lo hará, resucitando luego para poder hacerse nuestra Hostia perpetua. Hostia de propiciación, de comunión y de adoración.

El cielo todo contempla atónito la obra de Jesús. La santísima Trinidad ha puesto en este misterio todas sus complacencias. Los ángeles, arrobados en éxtasis, lo adoran. El infierno... ruge furioso con hórridos estremecimientos de satánica rabia.

¡Sí, Jesús mío! ... Todo está consumado; ya no tienes nada más que dar al hombre para demostrarle tu amor. Ya puedes morir, pues ni aun después de la muerte te apartarás de nosotros; el amor te ha dejado para siempre en la tierra. Vuélvete al cielo de tu gloria, la Eucaristía será el cielo de tu amor.

¡Oh, cenáculo!, ¿dónde estás? ¡Oh sagrada mesa donde fue colocado el cuerpo sagrado de Jesucristo! ¡Oh fuego divino encendido por Jesús sobre el monte Sión, arde y extiende tu llama y abrasa todo el mundo!

¡Oh Padre celestial! En adelante los hombres pueden estar seguros de vuestro amor, poseyendo como poseen para siempre a Jesucristo. Ya no habrá tempestades que asuelen la tierra, ni se verá ésta anegada por más diluvios, pues la Eucaristía es nuestro arco iris. Amaréis a los hombres, puesto que Jesucristo, vuestro divino Hijo, tanto los ama. A la verdad, ¡cuánto nos ha amado el buen Salvador!

¿No será bastante para merecer nuestra correspondencia? ¿Qué más hace falta para que nos decidamos a consagrarle nuestra vida y todos los afectos de nuestro corazón?

¿Tenemos algo más que desear? ¿Exigiremos nuevas pruebas del amor de Jesús?

¡Ay, que si el amor de Jesús en el santísimo Sacramento no cautiva el corazón, Jesucristo queda vencido, supera nuestra ingratitud a su bondad, y nuestra malicia es más poderosa que su inmensa caridad! ¡No, no, Salvador mío, no ha de ser así; tu caridad me apremia, me acosa y me subyuga!

¡Quiero consagrarme al servicio y a la gloria de tu augusto Sacramento! ¡Quiero, a fuerza de amor, hacerte olvidar mi pasada ingratitud y, a fuerza de abnegación, conseguir que me perdones el haber vivido tanto tiempo sin amarte!

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