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martes, 4 de febrero de 2014

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. XIII

Nota del Acólito: traemos este trabajo realizado por Ernest Hello y publicado caritativamente por el blog En Gloria y Majestad. Invitamos al lector a que no lea solamente este post referente a este maravilloso trabajo sobre Las Lágrimas en la Escritura; sino que exhortamos a que se nutra espiritualmente con el trabajo completo de esta serie de publicaciones que se pueden obtener en lista dando click AQUÍ.

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. XIII

La Resurrección de Lázaro. Doré.


XIII
JUNTO AL SEPULCRO DE LÁZARO


Y Jesús lloró.
(Juan, cap. XI, vers. 35).

Y Jesús lloró.

Observad la progresión de las lágrimas relatadas en el Evangelio.

La hija de Jairo fué resucitada por Jesús en el momento en que acababa de morir.

El hijo de la viuda de Naín se encontraba ya a punto de ser sepultado. Era arrancado a su madre; era llevado a la tierra. Estaba ya lejos de la vida y avanzado en la muerte.

Pero Lázaro estaba muy lejos de la vida; muy avanzado en la muerte. Estaba enterrado, enterrado desde hacía cuatro días, y ya nadie esperaba. Se había esperado, pero ya no se esperaba más, pues la muerte había realizado su obra, su obra maestra, la descomposición.

Lázaro olía mal. El Evangelio, tan sobrio y singularmente conciso, nos da este detalle pavoroso que se volverá en un detalle tranquilizador.

Marta advierte a Jesucristo que Lázaro ya huele mal.

No es María quien hace esta observación; es Marta. No olvidemos que viene de Marta y no de María Magdalena.

Era Marta también quien acababa de decir, al hablar de su hermano: Sé que resucitará en el último día.

Jesús había pronunciado estas palabras: Tu hermano resucitará.

Y ella había respondido: Sé que resucitará en el último día.

Marta relegaba la resurrección de su hermano hasta el día de la resurrección general. No sabía que la situación de Lázaro muerto no era la de todos los muertos. No conocía el misterio particular; lo confundía con el misterio general. Sólo veía la ley; no veía la excepción. ¡Ver la excepción! ¡Qué gloria! Marta no la tenía aún. Y al cabo de un instante, cuando Jesucristo dice: — Sacad la piedra —, Marta responde: — Señor, huele mal.

¡Cómo insiste sobre la muerte y cómo la destaca!

Y Jesús responde: ¿No os había dicho yo que si teníais fe, veríais la gloria de Dios?

¡La gloria de Dios! Con estas palabras se refiere a la resurrección del muerto excepcional. Responde a Marta, explica las palabras de un momento atrás: "Tu hermano resucitará"; no entendía por esto sólo la resurrección general, sino la resurrección especial. No admite que Lázaro sea tratado como los otros. Y al hablar de esta diferencia, de esta particularidad, de esta excepción, nombra a la gloria de Dios.

"Sacad esa piedra", dice Jesucristo antes de llamar a Lázaro. Podía sacarlo El mismo con la fuerza de su misma voluntad, que iba a arrancar de la muerte la presa que ésta ya poseía; pero deja a los hombres ese cuidado porque los hombres son capaces de eso. Reserva para sí la resurrección del muerto, porque sólo Él es capaz de eso.

Los deja participar en su obra, en lo que está al alcance de sus brazos. San Agustín señala esta atención, esta distribución. Los hombres, al sacar la piedra de la tumba, contribuyen con su pequeña participación, a la resurrección que no pueden operar. Pero Aquel que puede realizar lo posible y lo imposible, les deja lo primero y se reserva lo segundo.

¡Pero las lágrimas de Jesús han corrido! La resurrección no está lejos. AMEN.

En las otras dos resurrecciones relatadas por el Evangelio, son los otros quienes lloran. En la resurrección de Lázaro, es Jesús quien llora.

¿De dónde venían esas lágrimas? ¿De qué profundidad, de qué abismo?

Él, Jesús, lloraba.

Tenía ante sí a Lázaro muerto. Lázaro, que era un hombre, y que al mismo tiempo representaba al hombre.

Tenía un muerto ante los ojos, y a la vez a la muerte.

Y ese muerto era su amigo.

¡Qué sentimientos debió de despertar la muerte!

¿Quién puede saber cómo la contempló, en qué profundidades la sintió?

¿Quién puede saber lo que era para Él esa palabra, y lo que era para Él aquello: la muerte?

Frente a esto, los hombres tienen un recurso: el olvido, el recurso de la ligereza, el recurso del desafío, mil recursos que saben encontrar y el amor propio contribuye con su enceguecimiento, y ese enceguecimiento se confunde con las distracciones de la vida.

Pero Jesús no tenía amor propio ni enceguecimiento, ni ligereza; veía a la muerte tal cual es. La veía sin disfraz, la veía en su horrible desnudez: la veía como la continuación y sombra del pecado; veía el pecado tal como es, y sabía lo que iba a costarle.

Y Jesús lloró.

Y estas palabras constituyen un versículo entero. Todo un párrafo es consagrado a sus lágrimas.

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