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domingo, 26 de enero de 2014

DOMINGO 3º. DESPUÉS DE EPIFANÍA. SANACIÓN DEL LEPROSO Y DE EL CRIADO PARALÍTICO DEL CENTURIÓN

DOMINGO 3º. DESPUÉS DE EPIFANÍA. D. – VERDE


Salmo 96
Epístola de San Pablo a los Romanos 12, 16-21
San Mateo 8, 1-13

Este domingo nada tiene de particular que interese. Solo se sabe que en la antigüedad se le ha denominado de diferentes modos. Domingo del Leproso, domingo del Centurión, o domingo después de la Cátedra de san Pedro: las dos primeras denominaciones se tomaban del asunto del Evangelio; la otra procedía de que este domingo es siempre el primero que sigue a la celebración de la Cátedra de san Pedro en Roma, la cual está asignada al día 18 de enero.

La misa de este día comienza por estas hermosas palabras del versículo 8 del salmo XCVI: Ángeles del Señor, adorad al Salvador y Juez soberano de los hombres y vuestro. Sion ha salido fuera de sí de alegría al oír ensalzar la gloria de su Rey. Las hijas de Judá han dado saltos de regocijo, Señor, al saber que debéis juzgar al universo. Restablecido David en su trono, se sirve del castigo de sus enemigos para describir en este salmo la segunda venida de Jesucristo en el día del juicio universal. El Profeta convida a los Ángeles a que adoren a este Hombre-Dios. Manifiesta la alegría que ha tenido Sion al saber cuál es el poder de que un día ha de estar revestido su Rey. En fin, exhorta a los hombres a que huyan del mal, a fin de merecer con su inocencia la protección y las recompensas de su soberano Juez. Así es como interpretan los santos Padres este salmo. Adorate cum omnes Angeli eius: espíritus santos, ministros del Señor, adorad al soberano Dueño del universo, ya que no lo hacen los hombres ingratos, los hombres vanos e impíos que le desprecian, hasta que Él se haga a sí mismo justicia en el día terrible del juicio universal. Ángeles del Señor, rendid al Juez de toda la tierra las adoraciones y respetos dignos de su majestad, ya que nosotros somos tan poco capaces de rendirle los honores que merece. Lætata est Sion: toda la Iglesia, de que Sion es aquí la figura, triunfa llena de contento; y las hijas de Judá, esto es, todas las almas justas, las almas fieles, exultaverunt, dan a conocer su alegría cuando contemplan que en el gran día de vuestras recompensas y de vuestras venganzas os haréis justicia a la faz de todo el universo, recompensando con una gloria eterna a los que os han servido con fidelidad inviolable, y castigando con un suplicio eterno a los impíos que os han despreciado tan descaradamente.

La Epístola de la misa de este día es continuación de la del domingo precedente: está tomada del mismo capítulo XII de la carta de san Pablo a los romanos. El Apóstol continúa enseñándoles los principales deberes de la vida cristiana. Como se había introducido entre los fieles que había en Roma no sé qué espíritu de imperfección, en el que tenían mucha parte el amor propio y los celos, y que producía entre los fieles de esta Iglesia el que los unos se prefiriesen a los otros; los judíos a los gentiles, pretextando que ellos habían sido escogidos por Dios para que fuesen la nación privilegiada de la cual debía nacer el Mesías; y los gentiles a los judíos que habían sido tan ingratos y tan impíos, que habían hecho morir en la cruz al Mesías tan esperado de ellos; el Apóstol se esfuerza en muchos parajes de esta carta en abatir la vanidad de los unos y de los otros por la consideración de sus propias miserias, y teniendo presente la misericordia de Dios, a la cual solamente debían todo el bien que había en ellos. Les exhorta a que sufoquen enteramente el espíritu de nacionalidad tan opuesto al espíritu de Dios, el espíritu de partido que reina alguna vez entre las gentes que hacen profesión de piedad, y que no tiende mas que a mantener la división, debilitar la caridad y fomentar el espíritu de cábala. San Pablo recomienda a todos la humildad; pero una humildad sincera, que consiste no en un desprecio exterior y afectado de sí mismo, sino en un conocimiento interior de su bajeza y de su miseria; una humildad de corazón que ama la humillación sin querer hacer ostentación de ella. Como la humildad de corazón es inseparable de la dulzura, el santo Apóstol la inspira a todos los fieles, exhortándoles a que perdonen de buena gana las injurias lejos de prevenir la venganza que Dios mismo tomará de la injusticia que se les pueda haber hecho, y hacer bien a aquellos que nos hacen mal; haciéndolo así, les dice, amontonáis carbones ardientes sobre su cabeza. Según san Jerónimo y san Agustín, amontonar carbones sobre la cabeza de su enemigo, es ablandar a fuerza de beneficios la dureza de su corazón, causarle un vivo dolor de haber ultrajado a aquellas personas que le colman de bienes, forzarle a amarlos como a pesar suyo. Por poco honor y religión que uno tenga, nada llena tanto de confusión a un hombre como el verse colmado de beneficios por aquel a quien acaba de cargar de injurias o de hacerle daño. Contrasta extraordinariamente el honor que le resulta al uno con la sinrazón del otro. El resplandor de la virtud del hombre cristiano patentiza con mayor claridad la malignidad y los vicios de un corazón ulcerado y de un espíritu perverso en fin, concluye el Apóstol, no os dejéis vencer por el mal, antes bien tratad de vencer el mal por el bien. ¡Cuánta gloria y cuánto mérito hay en esta victoria! Es uno vencido por el mal cuando, no teniendo fortaleza para sufrir los ultrajes de un enemigo, ultrajándole cae en el mismo pecado con respecto a él, que el que él había cometido contra el otro. Vencer el mal por el bien es el efecto más glorioso de la magnanimidad cristiana, es la prueba más auténtica de una virtud heroica.

El Evangelio de este día contiene la historia de la curación del leproso y la del criado del centurión que refiere san Mateo al capítulo VIII.
Habiendo Jesús llamado a su compañía a san Pedro, san Andrés, Santiago y san Juan, recorrió con ellos muchas ciudades, aldeas y lugares enseñando y haciendo milagros en todas partes. Habiéndose retirado un día a una montaña elevada, le siguió inmediatamente un pueblo numeroso, al que sus milagros atraían en pos de él y que ansiaba por oírle. Entonces fue cuando hizo el gran sermón que puede considerarse como el compendio de toda la doctrina del Salvador y como el resumen de toda la moral cristiana. Habiendo bajado de esta montaña se le presentó un leproso: causaba horror el ver a este pobre enfermo; estaba todo cubierto de úlceras o manchas deformes, a manera de escamas de pescado, por todo el cuerpo, o mas bien todo su cuerpo no era más que una úlcera. Estaba tan espantoso, que no se atrevía a manifestarse; así que se arrojó a los pies del Salvador, pegado el rostro a la tierra, le adoró humildemente, y abrazándole las rodillas, animado de una fe viva y lleno de una confianza firme: Señor, le dijo, yo sé que nada oses imposible, estoy seguro que si queréis me podéis curar de mi lepra; mi salud, pues, está en vuestras manos. Vos estáis lleno de misericordia, veis mi mal, y esto basta. Apenas hubo dicho esto, extendió Jesús la mano, le tocó, y le dejó tan limpio y tan sano como nunca lo había estado, sin decir otra cosa más que yo lo quiero: queda curado. Pero este Señor omnipotente, que remedia las enfermedades del alma lo mismo que las del cuerpo, queriendo enseñarnos, dice san Ambrosio, la humildad, prohíbe al leproso que publique el milagro de su curación, y la prohibición que le hace va acompañada de amenazas. Hasta le despide con tal prontitud, que parece mas bien arrojarle de su presencia que despedirle. Vete, le dice, y guárdate bien de hablar a nadie de todo esto; preséntate únicamente al príncipe de los sacerdotes, y ofrécele lo que la ley de Moisés manda que se le ofrezca, a fin de que no vuelvas a entrar en el comercio con las genes sin su consentimiento, y que él y todos los sacerdotes sean testigos del acatamiento que yo hago a la ley.

La ley establecía a los sacerdotes jueces de esta enfermedad: a ellos les tocaba declarar si los que se les presentaban estaban tocados de ella, o si estaban bien curados. Aquellos que eran reconocidos por sanos ofrecían inmediatamente dos gorriones, y ocho días después ofrecían dos corderos y una oveja; si eran pobres, un cordero y dos tórtolas, después de lo cual volvían a la sociedad. El sacerdote les introducía en seguida en la ciudad, y después en el templo, donde ofrecían su presente, como estaba mandado por la ley.

Este hombre que debía su vida y su salud a Jesús, supo muy bien distinguir las dos cosas que se le habían dicho. En cuanto a la primera, que le prohibía hablar de la curación, no la consideró de ningún modo como un precepto, sino solo como una lección o como un ejemplo de humildad, dice san Ambrosio; por esto luego que pudo presentarse en público, y que hubo concluido el tiempo de su separación, conforme a la disposición de la ley, publicó altamente todo lo que había pasado. Si bien que habiéndose esparcido por todas partes la noticia, no se hablaba en todas mas que del milagro. La súplica de este leproso, dice san Juan Crisóstomo, indica la grandeza de su fe, su firme confianza y su perfecta resignación; es uno de los más bellos modelos de oraciones que se ven en el Evangelio. Algunos creen que la prohibición que hizo el Salvador al leproso de publicar su curación milagrosa no debía entenderse sino antes que hubiese satisfecho a la ley que le obligaba a irse a presentar al sacerdote, y hacer su ofrenda a Dios en el templo antes de presentarse en público.

El milagro del leproso curado se había obrado a la puerta de Cafarnaúm, o muy cerca de la ciudad. Habiendo entrado Jesús en ella, encontró inmediatamente a los ancianos y los más calificados de los judíos, que vinieron a rogarle de parte de un centurión que se dignase curar a un criado muy querido de este oficial que se hallaba peligrosamente enfermo. San Mateo para compendiar la narración nada dice de la mediación de los judíos, y lo cuenta como si todo hubiese pasado solo entre el Salvador y el centurión. San Lucas, que circunstancia este hecho más a la larga, no dice que el mismo centurión haya venido, sino que únicamente había hecho suplicar a Jesús por medio de los más notables de los judíos para que estos le hablasen en su nombre, sirviéndose aun hasta de sus propias palabras. No hay cosa más común en la Escritura que atribuir a alguno lo que ha hecho hacer o decir por otro. Es verisímil que la primera súplica la hiciesen los ancianos de los judíos en nombre del centurión, y que sabiendo este oficial que Jesús venía a su casa, se presentase él mismo.

El centurión, que era un oficial romano de infantería que tenía a sus órdenes cien soldados, y que mandaba entonces en Cafarnaúm, habiendo sabido que Jesús estaba en la ciudad, quería ir en persona a verle y decirle: Señor , tengo un criado en mi casa, que está cruelmente atormentado de una parálisis que Vos solo podéis curar; mas los que había elegido por intermedios se encargaron, según el uso del tiempo y del país, de llevar la palabra en su nombre, y no contentos con esto añadieron de su parte solicitaciones ejecutivas, diciendo al Salvador: Este hombre merece que le concedáis la gracia que os pide, porque aunque es extranjero ama a nuestra nación, y aun nos ha hecho edificar una sinagoga.

No podían racionalmente concebir que serían mal recibidos de Aquél cuya bondad, no menos que su poder, no tienen límites. El Salvador, en efecto, les concedió más de lo que pedían. Yo mismo iré, les respondió, y curaré al enfermo; y al momento se encaminó allá con ellos. Advertido el centurión de que venía Jesús a su casa, salió al encuentro de este Médico omnipotente, y habiéndole hecho una profunda reverencia: Señor, le dijo, no os toméis la pena de ir más adelante, porque yo no merezco que entréis en mi casa. Ni aun yo mismo me había juzgado digno de presentarme a Vos en persona: estoy seguro de que podéis, sin pasar adelante, decir una sola palabra, y no será necesario más para curar a mi criado. Vos no recibís órdenes de ninguno, porque no hay nadie que sea superior a Vos. Es, pues, muy debido que toda la naturaleza os obedezca como a su Señor soberano, y yo no dudo que no hay enfermedad que no disipéis, diciendo una sola palabra; porque yo que no tengo más que una autoridad subordinada, me hago obedecer de mis inferiores a la menor señal de mi voluntad; con cuánta más razón lo hallaréis Vos todo sumiso a vuestra sola palabra.

Este discurso agradó al Salvador, y no pudo menos de dar señales de admiración. No porque la admiración que demostró procediese de ignorancia, de asombro o de sorpresa, como en nosotros, puesto que Él lo sabía todo, lo preveía todo, y nada podía serle nuevo; era mas bien un efecto de la extraordinaria satisfacción que le causó la fe de este oficial romano, y esto fue lo que le hizo decir a todos los que le seguían: En verdad que no he hallado tanta fe en Israel, en ninguno de los que he favorecido más, y que están más obligados a creer y a confiar en mí, debiendo sin duda ser tan firme vuestra fe como la de este extranjero. El Hijo de Dios hablaba de los que estaban presentes y de todo el pueblo judío. Siempre debe exceptuarse la santísima Virgen, san Juan Bautista y los Apóstoles, sin que esta excepción impida que la fe de este extranjero fuese capaz de confundir la incredulidad de la nación judía. Por esto, añadió el Salvador, debéis tener por cierto, y yo os lo predigo hoy, que muchos de Oriente y Occidente tendrán lugar con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos; se sentarán con estos santos Patriarcas entre las delicias y regocijos de un festín perpetuo, mientras que los hijos de la casa que podían aspirar los primeros a este Reino, como a una herencia que se les destinaba con preferencia a los demás, serán desheredados y arrojados al abismo, donde no verán jamás la luz, y en donde no tendrán mas que lágrimas y crujir de dientes. Lo que el Hijo de Dios acaba de decir indica bastante la vocación de los gentiles, los cuales por su docilidad en recibir el Evangelio merecieron sustituir a los judíos, y sucederles en todos sus derechos. Se sentarán en el festín con Abraham, Isaac y Jacob, es decir, que las promesas hechas a los antiguos Patriarcas de una tierra de delicias y de una felicidad eterna, se cumplirán en sus personas, mientras que los judíos, vasallos naturales, por decirlo así, del Reino del Mesías, no se aprovecharán de ellas. Después de haberse ellos mismos excluido de la Iglesia de Jesucristo y permanecido en la ceguera, serán arrojados para siempre de la sala del banquete celestial, arrojados a las tinieblas exteriores, y precipitados en las llamas del infierno. Este oráculo terrible habla también con los malos cristianos, que habiendo sido llamados al festín misterioso, y aun habiendo entrado en la sala con todos los convidados, no hubieren llevado la ropa de boda, esto es, hubieren perdido la inocencia, y muerto en pecado.

Hasta aquí el Salvador solo había alabado la fe heroica del centurión; pero no había respondido a la súplica de este nuevo fiel, ni a los que habían pedido de su parte. No se atrevían, sin embargo, a urgirle sobre la curación solicitada, ya por un género de respeto, ya porque sabían bien que cuando quisiese, y en cualquier lugar que estuviese presente o ausente, curaba los enfermos. Por fin, dirigiéndose al centurión: Ve, le dice, yo quiero que se cumpla tu deseo, y que esta sea la recompensa de tu fe; y en la misma hora el enfermo quedó perfectamente curado de su parálisis. Esta maravilla no obró solo la curación del cuerpo; todos los que fueron testigos se llenaron de admiración, y la mayor parte creyeron en el Salvador, embelesados y persuadidos de la eficacia de su palabra.

FUENTE: P. Jean Croisset SJ, Año Cristiano ó ejercicios devotos para todos los domingos, cuaresma y fiestas móviles, TOMO I, Librería Religiosa. 1863. (Pag.98-104) [Marcaciones hechas por este blog]

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